LOS ANIMALES SON `ANIMALES´, Y PRECISAMENTE POR ELLO NO PUEDEN EQUIPARARSE A LOS HUMANOS

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AFIRMAR QUE “los animales son animales” no parece desde luego un razonamiento muy elaborado. Tal vez lo más interesante de esta forma arcaica de plantear las cosas es que presume por defecto que nosotros, los seres humanos, no somos animales; lo cual constituye todo un desafío a la biología moderna. Resulta obvio que el planteamiento se apoya en una de las variantes que existen del término animal (podríamos denominarla “versión cultural”), convirtiéndola en equivalente a animal no humano. Sin embargo, desde un punto de vista fisiológico y evolutivo, no existe duda alguna de que una tortuga (o un cordero, o una gallina, o un escarabajo pelotero, o un arenque) es tan animal como pueda serlo usted mismo. Asociaríamos esta segunda versión con el epígrafe de “biológica”.

INCLUSO ACEPTANDO la equivalencia terminológica entre ambas palabras (animal = animal no humano), y en referencia al supuesto teórico de que “los animales no puedan equipararse a los seres humanos”, lo cierto es que sí puede establecerse tal equiparación en multitud de aspectos. Ellos y nosotros necesitamos alimentarnos, poseemos sistemas sensoriales para comunicarnos con el entorno, nos reproducimos, poseemos una vida finita, un sistema celular en lo fundamental idéntico, etcétera. La lista de similitudes resulta interminable, y su peso específico extraordinario. Parece razonable solicitar a quien formula una premisa tan contundente como la enunciada en la cabecera que aclare a qué aspectos se refiere cuando niega semejanzas entre grupos zoológicos ya de por sí heterogéneos.

PERO ES QUE, ADEMÁS, de todos es sabido que multitud de especies animales nos superan con creces en cuestiones como la velocidad, la capacidad de supervivencia, o respecto a determinados sentidos sensoriales, solo por citar algunas características relevantes. Sin embargo, estas particularidades no parecen ser tenidas en cuenta por los defensores del planteamiento que aquí se analiza. De la misma forma que nos colocamos por encima en cuanto nos vemos “superiores” en según qué realidades, sería justo que les concediéramos ciertas prebendas (quedaría por consensuar cuáles) cuando sucede lo contrario. Pero parece que no estamos dispuestos a asumir obligaciones morales para con ellos, y sí en acaparar derechos para nosotros. Este extremo revela de alguna forma que el argumento se apoya más en una creencia dogmática –sazonada de grandes dosis de egoísmo– que en la idea de justicia y de compromiso ético.

ES EN CUALQUIER CASO un hecho (léase presunción) el que destaca sobre todos los demás a la hora de debatir sobre este punto. Con frecuencia se comete el error de presuponer sin más que todos los animales son iguales entre ellos, por un lado, y que somos idénticos al mismo tiempo todos los seres humanos, por otro. Se establece así una especie de fosa invisible pero profunda entre ambos colectivos, al tiempo que se dota a la idea de su correspondiente tabú para franquear la barrera referida. No obstante, la verdad desnuda nos demuestra que el colectivo zoológico al que denominamos animales es extraordinariamente dispar, como lo es de hecho también el grupo humano. Solo algunos animales vuelan, solo algunos reptan, solo algunos nadan. Pero todos son animales al cien por cien. Y lo mismo cabe decir de la comunidad formada por hombres y mujeres, en la que todos sin exclusión somos humanos, aunque no todos somos artistas, políticos, deportistas, o reponedores de supermercado. Es la disparidad casuística la que hace poco recomendable realizar sentencias generalistas para grupos tan heterogéneos en cuanto a las características individuales de sus miembros.

BASAR TODA UNA ARGUMENTACIÓN (que además deriva en gravísimas consecuencias para los miembros de uno de los grupos) en una forma tan reduccionista de ver las cosas no parece, desde luego, deseable. En realidad, toda la estructura argumental del planteamiento está cimentada sobre una premisa falsa, puesto que son factores como la edad, el sexo o la capacidad individual los que nos convierten a humanos y animales en seres particulares y únicos, con características propias, sin que la cuestión de la especie a la que se pertenece aporte demasiado al debate.

LO CIERTO ES QUE no puede asumirse con garantías ninguna afirmación genérica y sólida sobre conjuntos biológicos tan dispares como el humano o el animal (etiquetemos a este último si nos place como “la comunidad de animales no humanos”), de la misma manera que no podemos hacerlo con otras combinaciones biológicas: hombres vs. mujeres, ancianos vs. niños o blancos vs. negros. El grupo zoológico conformado por los “humanos varones” no puede atribuirse el derecho a causar daño y discriminar a los “humanos hembras” por la trivial razón de no estos pertenecen al primer conjunto. Ya sabemos que tal estructura mental recibe el nombre de sexismo, y se muestra como una ideología tan injusta como aquella que en la práctica pudiera discriminar a los humanos blancos respecto de los negros en cuestiones que tengan que ver con el disfrute de derechos básicos, como los concernientes a la vida o la integridad física, entre otros. El racismo se construye sobre la idea de que poseer una tez de determinado color es motivo suficiente para condenar a quienes tengan otra tonalidad epidérmica a un amplio listado de discriminaciones sociales.

AUNQUE PUEDA RESULTAR INCÓMODO para nuestra arrogancia, lo cierto es que establecer una abismo entre todo el grueso de animales y el de seres humanos responde más bien a la obsesión ancestral de mantener ambos colectivos convenientemente alejados en nuestro sistema de valores (la “fosa abismal”), con el poco honesto fin de que no interfieran demasiado en nuestra moral, permitiendo así su utilización en multitud de facetas cotidianas sin que ello nos cree ningún conflicto moral serio.

 

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DE ACUERDO, LOS HUMANOS SOMOS TAMBIÉN ANIMALES, PERO 'ANIMALES RACIONALES'

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SE RECURRE CON demasiada alegría a la racionalidad para establecer la debida distancia emocional entre los seres humanos y el resto de animales. Pero lo cierto es que estamos ante un término extraordinariamente impreciso, y que se presta por lo tanto a una fácil manipulación (género en el que nos desenvolvemos con inusitada naturalidad, dicho sea de paso). Su ambigüedad semántica es tal que nadie hasta la fecha ha sabido ofrecer una definición exacta y consensuada sobre su significado verdadero. Por lo general, parece claro que estamos siempre dispuestos a presentar la documentación que nos acredita como racionales para exigir nuestros derechos (y de paso negárselos a los demás), sin saber muy bien qué encarna, dónde empieza y dónde termina dicha condición. En este sentido, y haciendo un esfuerzo por acercarnos a su significado científico, algunos autores apuntan a la posesión de determinadas características para poder hablar con propiedad de raciocinio en un individuo dado: conciencia de sí mismo en el tiempo y en el espacio, capacidad para planear acciones futuras, o posibilidad de desarrollar ideas abstractas, entre otras. Resulta llamativo que todas las premisas requeridas apunten a factores de tipo “científico” y no hagan mención a valores de carácter moral, como el altruismo, la solidaridad o la compasión. Es por ello que el [más bien poco virtuoso] carácter humano sin duda nos haría retroceder algunos puestos en el imaginario escalafón de “seres racionales”.

EN CUALQUIER CASO, y aunque pudiéramos llegar a una definición inequívoca del vocablo en cuestión, parece claro que no todos los seres humanos existentes en un momento dado podrían acogerse a la misma. Los niños de corta edad, los discapacitados psíquicos, o quienes ya no son competentes para valerse por sí mismos a causa de enfermedades mentales degenerativas, no podrían incluirse en el epígrafe de animales racionales. ¿Implicaría esto una legitimación para hacer con ellos lo que a diario hacemos en la actualidad con muchos animales, como utilizarlos en experimentos dolorosos, comerlos u obligarlos a participar en espectáculos públicos letales? Si la respuesta es del tipo “no deberíamos utilizarlos para tales fines, porque son seres humanos”, ¿cuál es la razón exacta que nos impide defender un argumento similar e incluir en la esfera moral (en lugar de limitarnos a los humanos, como sucede ahora) a todos los mamíferos, a todos los vertebrados, o directamente a todos los animales? Entonces estaríamos en condiciones de afirmar que no es lícito causarles daño “porque son mamíferos, porque son vertebrados... o simplemente por su condición de animales”. Además, fijémonos en que cualquiera de los conjuntos mencionados en este último entrecomillado incluiría a todos los seres humanos (pues son “mamíferos, vertebrados y animales), por lo que no tenemos que temer ninguna suerte de exclusión.

DE FORMA PARALELA, los datos que hoy manejamos no nos autorizan a discriminar de un manotazo al conjunto completo de los animales no humanos bajo la premisa de que “no son racionales”. Hacerlo ofrece dos serias objeciones argumentales. En primer lugar, porque, al parecer, algunos grupos de mamíferos sí podrían regirse por ciertas normas sociales que recuerdan demasiado a nuestras reglas éticas. Según ciertas conclusiones científicas, habrían desarrollado a lo largo de su historia evolutiva determinados conceptos que hasta ahora creíamos privativos de los seres humanos, como los referentes a conceptos como el bien o el mal. En tal sentido, podríamos no ser ya los únicos “animales racionales” del mundo, lo que supondría una sonora bofetada a nuestro ancestral egocentrismo. En otro sentido, quizá mucho más sólido y generoso, no sería necesario conseguir el pasaporte de “ciudadano racional” para ser depositario de determinados derechos básicos. Dicho de otra forma: deberíamos aceptar que una gallina posee una racionalidad de tipo “gallináceo”, de la misma manera que los caballos tienen una naturaleza “equina”, o que las lagartijas viven una vida “reptiliana”. Cada cual está limitado y al mismo tiempo impulsado por el conjunto de sus características naturales específicas (las que como tal corresponden a su especie), que no son ni mejores ni peores que las de los demás, pero que sí son con autenticidad suyas. En consecuencia, no parece justo que, conociendo de antemano la ausencia de ciertas particularidades en una determinada especie, nos basemos precisamente en ello de cara a negarle algo tan sustancial para cualquier ser sensible como su integridad física e incluso su propia vida. Nadie quisiera ver negadas tales cosas (y percibir por tanto la posibilidad de poder ser torturado y asesinado con total impunidad) por el mero hecho de no haber superado cierto listón intelectual. Dependiendo de dónde se coloque el límite, siempre habrá un importante sector de la Humanidad que se quedaría en las puertas del aprobado. Podría darse el caso de que tan solo unos pocos superdotados consiguieran superar con éxito la prueba, con lo que ese selecto grupo poseería autoridad moral para acabar con sus compañeros de especie por las razones más triviales. Este escenario puede parecer un poco forzado, pero es de hecho el que los seres humanos en general hemos diseñado para el resto de nuestros congéneres animales.

A LO LARGO de la historia del hombre como animal ético se ha ido ampliando el límite de lo que podríamos llamar la “comunidad moral digna de consideración”, de tal manera que grupos sociales que eran burdamente discriminados no hace muchos años (tenemos claros ejemplos en las mujeres, homosexuales o discapacitados psíquicos) hoy gozan de una justa protección. El camino hacia una ética global no se detiene en la frontera de nuestra especie, como no debe hacerlo en la que delimita el género sexual o el color de la piel. Una elemental lógica de la compasión nos debería dictar que esta (la ética global) tiene que abarcar a todos los seres sensibles, puesto que las razones para no maltratar a nuestra pareja sentimental son en esencia las mismas que para no hacer lo mismo con nuestro perro.

NO ES POR TANTO nuestra [maquillada] condición de racionales la que nos separa del resto, sino más bien algunas características poco virtuosas que nos acompañan generación tras generación, y que tienen que ver con el egoísmo y una aparente incapacidad para la empatía. 

 

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ES UNA OFENSA PREOCUPARSE POR LOS ANIMALES MIENTRAS LOS HUMANOS PADECEN TANTAS DESGRACIAS

familia hipo

 

ESTE PLANTEAMIENTO PRESUPONE por defecto que existe una suerte de incompatibilidad natural entre las diferentes formas de solidaridad, de tal manera que una imposibilita otra. Por suerte, cuestiones como la compasión y la empatía son ilimitadas, de tal manera que siempre podemos asumir una causa más sin que necesariamente se resientan las anteriores. A nadie se le ocurriría reprochar su dedicación solidaria a quien se ocupa de los niños pobres “cuando existen tantos adultos necesitados”, o afear la conducta a aquellas personas que condenan la violencia doméstica en Europa, “cuando dicho fenómeno es mucho más virulento en Bangladesh”. Esta forma de plantear las cosas (recurriendo a ejemplos donde los protagonistas son humanos) suele provocar en la mayoría de la gente desasosiego, cuando no directamente indignación, sin percatarse de que sigue la misma ruta argumental que la planteada en la cabecera. Y, además, no suele apreciarse el hecho de que lo único que se pretende al recurrir a ejemplos con humanos es hacer comprender que la extensión de valores como el respeto o la compasión al mayor número posible de seres es en sí mismo extraordinario para ellos, y no demasiado malo para nosotros.

LA MACHACONA LÓGICA ARGUMENTAL del “hay cosas peores” merece una reflexión aparte, por cuanto que no se aportan datos concluyentes sobre por qué una situación dada es peor que otra. Es obvio que no todo el mundo piensa igual respecto a un mismo hecho, puesto que los intereses personales y la escala de valores con los que funcionamos varían de manera ostensible no solo de unas culturas a otras, sino de unos individuos a otros dentro de una misma comunidad social. La sola intuición emocional no es suficiente para concluir que matar a una persona es mucho peor –o simplemente peor– que matar a un toro. Habrán de valorarse igualmente factores como la culpabilidad del sacrificado, grado de sufrimiento de cada uno, consecuencia de la acción, o si los protagonistas desempeñan papeles de víctima o de verdugo.

PERO, POR ENCIMA DE cualquier otra consideración, debería resultarnos evidente que una determinada realidad no es buena o mala en función de que existan otras peores o mejores, sino en consonancia con las características que concurren en la misma. En todo caso, siempre cabe aceptar la hipótesis hasta sus últimas consecuencias, enzarzándonos así en una espiral absurda que legitimaría cualquier cosa por macabra que fuese, con la sola condición de que identificásemos algo en rigor más dañino. El comodín del “hay cosas peores” no justifica nada, y es en realidad una estrategia discursiva para distraer la atención del verdadero fondo del problema.

RESULTA CUANDO MENOS ilustrativo (o tal vez no tanto) que aquellos que se apoyan en este argumento huraño no dudan en ir al servicio de urgencias si se fracturan un brazo o una pierna, sin tener en cuenta que un sinnúmero de personas en el mundo tiene padecimientos muy superiores al suyo. ¿Cómo se sentirían si el médico que les atiende les reprochase sus quejidos por no haber calibrado las terribles desgracias que sufre la Humanidad, sin duda muchísimo peores, o sencillamente la del accidentado que en la sala contigua se retuerce de dolor por un politraumatismo torácico? Además, tengamos en cuenta que se establece en este caso un ejemplo donde los hechos se muestran accidentales, y no son por ello provocados por ningún agente consciente, a diferencia de lo que sucede con la agresión a los animales, cuyos ejecutores sí conocen los efectos de sus decisiones.

POR CIERTO… ¿existen “realidades más importantes” que la violencia institucionalizada que ejercemos a diario sobre los animales? Creo que no es así. Si echamos un vistazo a las consecuencias reales de nuestro comportamiento, comprobaremos horrorizados que la explotación animal constituye con mucho la actividad más lesiva de entre cuantas se nos puedan achacar. No se trata de aportar una sentencia efectista al debate, sino de sopesar con rigor los efectos de nuestra conducta. A ningún otro comportamiento conocido pasado o presente se le puede atribuir que acabe o haya acabado con la vida de varios miles de individuos cada segundo, ni que la experiencia de estos sea tan miserable que la misma muerte supone en la práctica una verdadera liberación. Se mire como se mire, jamás ha tenido lugar un escenario tan devastador como el que caracteriza al manejo y la explotación de los animales en la actualidad. Y quien opine de otra forma deberá aportar al debate algo más que el marchamo de “humano” de las víctimas. Así pues, y ante la hipotética y sin embargo turbadora necesidad de tener que optar por un único área de militancia solidaria, deberíamos elegir sin apenas titubeos la causa animalista, por ser esta la que presenta peores resultados, con lo que su desaparición también supondría el mayor cambio en positivo. Por fortuna, tal conjetura queda en el terreno de las suposiciones, ya que la vida diaria nos demuestra cuán fácil resulta compatibilizar acciones solidarias de distinto signo.

PUES SÍ: dadas las características y las consecuencias de la agresión que sufren a diario, la preocupación moral por los animales es una de las cosas más serias que pueden asumirse en esta sociedad, realidad que ha sido afortunada y perfectamente captada por un número cada vez mayor de personas.

 

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¿POR QUÉ DEBERÍAMOS A ESTAS ALTURAS CAMBIAR NUESTRO ESTILO DE VIDA?

mama orangutan

 

LA PREGUNTA TRAE CONSIGO otros interrogantes del tipo “¿y por qué lo hacemos sin pensarlo dos veces cuando somos nosotros los beneficiados del cambio?”. Es un hecho palpable que en efecto lo hacemos, sobre todo en múltiples cuestiones que elevan nuestro nivel de bienestar, como la asunción de todo tipo de avances tecnológicos y sociales. No mostramos remilgo alguno a la hora de dar la bienvenida a cualquier cambio en nuestro estilo de vida si ello nos beneficia. Debemos cambiar nuestro modus vivendi tantas veces como sea necesario si ello trae consigo una mejora para un sector importante de individuos, y un cambio de dirección en nuestro comportamiento con los animales sería una excelente noticia para miles de millones de ellos en primer término, y para nosotros mismos al obtener un logro moral, lo que nos revaloriza como seres humanos.

EL MERO HECHO de que algo haya venido sucediendo a lo largo de espacios de tiempo prolongados no parece en sí mismo motivo suficiente para perpetuarlo (o tal vez sí, pero lo será por otro tipo de causas, y no por la trivial razón de que una realidad nos resulte familiar y nos favorezca). A menos que, respondiendo a la misma lógica, justifiquemos el hambre, la pobreza, o todas las formas de discriminación arbitraria que nos acompañan desde los albores de nuestra historia sobre la tierra. [Podríamos actuar con cierta coherencia si legitimásemos todas las prácticas lesivas de las que son víctimas tanto los animales como los seres humanos, pero nos encontraríamos ante un escenario siniestro, donde todos podríamos agredir y matar a quien nos apeteciera sin temor a represalia alguna]. La simple presencia de comportamientos coherentes no convierte a una idea en virtuosa, a menos que esta se desarrolle dentro de parámetros solidarios. Parece más sugerente por lo tanto establecer unos mínimos, que pasarían sin duda por garantizar derechos básicos para todos los individuos sensibles, sin olvidar por supuesto a los animales.

JUSTIFICAR ESTAS TERRIBLES SITUACIONES no parece muy recomendable ni para sus víctimas ni para la sociedad que lo consiente, por lo que no se alcanza a comprender por qué deberíamos defender tal comportamiento por una razón tan poco consistente como que los protagonistas no pertenezcan a nuestra especie biológica. Una postura argumental tan tosca no puede estar sustentada sino en el puro y simple egoísmo.

EN CUANTO A LA DEFENSA de determinadas realidades porque son “ley de vida” o “naturales”, resulta curioso (o más bien clarificador de nuestra naturaleza ególatra) que no estemos dispuestos a abrazar la misma tesis cuando somos nosotros o nuestro entorno afectivo quienes salen perjudicados. Parecemos no darnos cuenta de que la apelación a “lo natural” resulta por igual aplicable a cualquier circunstancia que ocurra o haya ocurrido alguna vez, como poner en práctica la ley del más fuerte o condenar a la miseria a los que no pertenecen a nuestro grupo social. Quienes justifican en algún grado la supuesta superioridad intelectual de los varones sobre las mujeres, de las sociedades opulentas sobre las menos “civilizadas”, o de la población local sobre la inmigrante utilizan en el fondo los mismos argumentos. Por todo ello, si basar un tipo de discriminación en el concepto del género sexual o del origen étnico nos parece injusto, ¿cómo es posible que lo aceptemos por el trivial hecho de que la especie biológica de la víctima no coincida con la nuestra? Tenemos que mostrarnos precavidos con ciertos conceptos, dado que su atractivo inicial puede hacernos caer en la trampa de querer aceptarlos por defecto gracias a su contundencia sonora. Y eso es lo que sucede con el término “natural”. No se sabe muy bien qué es natural y qué no. La eliminación física de nuestro enemigo por desavenencias vecinales ha sido una constante a lo largo de la historia, aspecto que sin duda lo convierte en “natural”, pero de esta etiqueta no puede deducirse sin más que es el comportamiento correcto que beberíamos adoptar en casos similares. Parece razonable dejar un espacio cada vez mayor a la diplomacia y al diálogo antes que cederlo a la fuerza bruta. La afirmación de que “los seres humanos nos hemos servido de los animales en multitud de facetas” no viene sola, sino adosada a la evidencia de que también hemos hecho lo propio con nuestros compañeros de especie y con la propia Naturaleza.

 

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EN CUALQUIER CASO, NUESTROS DERECHOS SIEMPRE PREVALECERAN SOBRE LOS SUYOS

en cualquier caso

 

PLANTEADO DE ESTA MANERA, puede parecer que estamos hablando de situaciones límite en las que haya que optar por nuestra vida o la suya. Pienso en una especie de naufragio masivo en alta mar, o alguna catástrofe natural como una erupción volcánica o un corrimiento de tierras. Tales circunstancias no suelen darse con frecuencia en nuestra relación cotidiana con los animales, y en todo caso estaríamos ante la típica situación en la que sería comprensible causar daño no sólo a un animal, sino a un ser humano, con tal de defender nuestros intereses primarios o los de los miembros de nuestro entorno afectivo. La legítima defensa siempre es un eximente a la hora de tomar según qué decisiones, incluso en aquellos casos con resultado de muerte, dejando también aquí a un lado la especie biológica a la que pertenezca la desdichada víctima. El planteamiento recuerda por otra parte al famoso grito de ¡las mujeres y los niños primero! con el que en determinadas situaciones complicadas trata de contrarrestarse la natural inferioridad física de unas y otros. Siendo así, y comprobada la vulnerabilidad extrema que sufren los animales en nuestra sociedad, hasta sería un detalle y un acto de pura justicia por nuestra parte hacerles un hueco en el bote salvavidas.  

PERO LO CIERTO ES QUE la práctica totalidad de las situaciones en las que agredimos a los demás animales no pertenecen al apartado de “accidentes”, sino que se trata de casos de violencia deliberada, unilateral, masiva y gratuita, y muchas veces incluso institucionalizada. Deliberada porque somos plenamente conscientes del hecho y de sus consecuencias. Unilateral porque con ello no tratamos de repeler un ataque, sino de obtener un beneficio prescindible. Masiva porque afecta a un número extraordinario de individuos. Gratuita porque nuestras vidas podrían ser plenas y satisfactorias sin recurrir a la explotación de los animales. E institucionalizada porque se ejerce a menudo con el beneplácito y el necesario apoyo logístico de la administración.

ADEMÁS, CONVIENE RECORDAR QUE, cuando hablamos de derechos, no todos pueden ser considerados de primer orden. El derecho a la vida y a la integridad física están desde luego por encima del derecho a presenciar un espectáculo teatral previo paso por taquilla. Los primeros serían derechos básicos, mientras el segundo podría pasar por precisamente eso, secundario. Y esto es en realidad lo que sucede cuando justificamos la explotación de los animales: hacemos prevalecer nuestros derechos secundarios (a consumir determinados alimentos, a asistir a determinados espectáculos o a llevar a cabo determinados experimentos dolorosos) sacrificando lo que para ellos son intereses de primer orden, que truncan los aspectos más preciados para cualquiera, como la vida o el bienestar físico y emocional. Poner por encima de sus intereses básicos nuestros intereses superfluos es invertir el orden de la justicia más elemental. O, dicho de otra forma, estaríamos colocando los supuestos derechos secundarios del verdugo sobre los primarios de la víctima. Si ya de hecho constituye una aberración moral priorizar los del primero sobre los de la segunda, la naturaleza de cada uno de ellos (su carácter básico o sencillamente colateral) aporta una dosis mayor de ignominia al escenario.

EN CUALQUIER CASO, tengamos en cuenta que cuando se reivindica que los humanos “deben estar primero”, parece que se apela a un cambio, por lo que cabría interpretar que lo habitual es que se haga prevalecer a los animales sobre los humanos. Resulta evidente que ni es así ni lo ha sido nunca. Y, a la luz de toda la gama de atrocidades que el hombre comete contra ellos, se trata de una verdad dramática. Quienes tratan de llamar la atención sobre este punto parecen no querer darse cuenta de la terrible realidad que sufren a diario millones de animales en circunstancias que difícilmente pueden escapar al calificativo de “caprichosas”, por no responder a necesidades reales del grupo opresor. Los humanos “ya están primero” en relación a los animales, lo han estado siempre de manera escandalosa e inmoral. La situación actual de sus víctimas es simplemente atroz, y no parece que toda esta locura criminal vaya a cambiar de manera sustancial a corto plazo. Así las cosas, todo apunta a que la eterna demanda del “primero los humanos” es en realidad un soniquete machacón que no parte de una evaluación objetiva de la realidad que guía la relación entre la comunidad humana y el resto de especies animales. La instancia a que nosotros debemos estar por delante no se sostiene, porque de hecho es lo que sucede para vergüenza nuestra y desgracia suya.

 

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