ETB: ENGULLIR RANAS VIVAS FORMA PARTE DEL GUIÓN

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Por KEPA TAMAMES

 

Un entramado de tablas hace las veces de mesa para los comensales, y sobre ella varias cacerolas de barro, cubiertas. Enfrente, a una prudencial distancia y en disciplinado orden, dos grupos de personas vestidas con harapos de diseño esperan órdenes. Se trata de gente que intenta sobrevivir en medio de la selva sudamericana. El escenario resulta “premeditadamente informal”. El presentador, al más puro estilo macho alfa, ofrece las oportunas instrucciones para llevar a cabo la prueba:

“Aquel o aquella que designe el capitán deberá comerse vivos los animales que contenga el recipiente. ¡Suerte!”.

La cámara recoge muecas de repulsa, caritas de asco, pero nadie muestra especial desaprobación ni ética ni estética: forma parte del guión. A una de las concursantes le toca en suerte una rana de considerables dimensiones. Esta, una vez atrapada, patalea con desesperación tratando inútilmente de escapar. Nada extraño, por otra parte: el comportamiento que se espera de cualquier batracio en semejante tesitura. Pudiera decirse que también la pataleta forma parte del guión. La chica le asesta sin pensarlo varios contundentes mordiscos al tiempo que tira de su cuerpo, y acaba por engullir al mutilado animal con absoluta grosería. Se queja de que su víctima “tiene mucho hueso”, a lo que un compañero de aventura, por poner las cosas anatómicas en su sitio, añade: “No te preocupes, que es cartílago”. Arantxa no puede evitar un eructo, y el chiste fácil no se hace esperar: “Es la rana”. Otro concursante desmiembra impúdico una especie de nécora antes de tragársela a pedazos. Uno más descubre en su recipiente una escurridiza anguila, a la que descabeza a dentelladas tras ímprobos esfuerzos. Muestra después el valiente muchacho la prueba de tan insigne hazaña: su boca rezumando sangre.

Así relatado, bien pudiera parecer que la anterior escena corresponde a una peli gore de bajo presupuesto, o a la desquiciante trama de una novela urdida por mente perversa. Pero se trata de la más pura y dura realidad. Más en concreto, hablamos del programa El Conquistador del Fin del Mundo (El Conquis, para los amigos), orquestado por Euskal Telebista (ETB) y por tanto sufragado a escote con el erario vasco, detalle que agrava si cabe el hecho, pero que a las víctimas poco les importa, imagino.

En un capítulo anterior confinaron a dos peces en sendas pozas naturales y obligaron a las concursantes a matarlos a lanzazos. No había prisa por terminar la bacanal, y, con tal de que se cumpliera el guión, el presentador ordenó devolver a uno de los animales a la poza para que siguiera siendo alanceado. La escena termina con los peces heridos de muerte, coleando ya por puro protocolo y ahogándose impotentes fuera del agua. Ganó Arantxa, y perdimos todos. Pero el ansia de sangre de la productora no pareció quedar satisfecha, a tenor de los machetazos que asesta ante la gélida cámara otro participante a una serpiente que pasaba por allí, camino de su casa o dando un paseo matutino, eso ni lo sé ni me importa. Hasta una organización conservacionista lo denunció en los medios, manifestando su desazón porque les habían chafado en unos minutos la labor de años, inmersos como estaban en plena campaña de concienciación escolar para tratar de desterrar de la mente de los niños la absurda mala fama que “arrastran” los ofidios. Yo no entiendo mucho de serpientes, pero supongo que por fuerza ha de dolerles un machetazo en la cabeza, dotadas como están de un sistema nervioso centralizado, como lo estamos de hecho todos cuantos leemos estas líneas. ¿De verdad resulta tan difícil empatizar con quienes compartimos naturaleza vertebrada? Y quizá tenga su gracia lo de arrancar a mordiscos la carne de un cerdo abierto en canal –al menos tuvieron el detalle de que este estuviera muerto–, aunque muchos no conseguimos vérsela por ningún sitio. Será que nos manejamos con un sentido del humor diferente. O que nos hemos leído el Artículo 13.a de la Declaración Universal de los Derechos del Animal. Más allá de la agresión objetiva y gratuita a los animales, estaremos de acuerdo en que estos hechos en poco o nada favorecen la imagen de una comunidad política, la vasca en este caso.

He tomado como punto de partida un caso concreto, pero apenas es este un simple ejemplo del uso y abuso de ciertos animales que se prodiga en determinados programas de televisión: de manera burda en algunas ocasiones, más sutil en otras, pero siempre lesivos para ellos. Siendo así, debe tomarse también este texto como denuncia a todos esos espacios de la tele que recurren a la presencia de animales en el plató como mero atrezzo: tigres aterrorizados por el resplandor de los focos, perros temerosos de los aplausos, y no hablemos ya de los insectos y gusanos que servirán de “asquerosa comida” a concursantes ávidos de fama, por efímera y palurda que esta sea. Y hasta creo que merecería una muy seria reflexión el contenido de [supuestos] chistes y gracietas que desde luego no tienen en cuentan la terrible realidad de la que se nutren.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

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SIMIOS IGUALES, IGUALES DERECHOS

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Por KEPA TAMAMES

 

Parece que el veinticinco de abril se empeña en vincularse al concepto de revolución en la Península ibérica, si nos atenemos a dos acontecimientos que han tenido lugar en la mencionada fecha. Por un lado, la famosa “revolución de los claveles” que acabó con cincuenta años de dictadura salazarista en Portugal, y de paso con una interminable y dolorosa descolonización para el país vecino en sus posesiones africanas. El otro veinticinco de abril de carácter revolucionario tiene lugar treinta y dos años después, cuando uno de los grupos políticos representados en la Cámara Baja, esta vez en España, presenta una Proposición No de Ley para que se apruebe una de las iniciativas más audaces en lo que a avances morales se refiere: el Proyecto Gran Simio. Es esta una propuesta teórica lanzada por dos reconocidos filósofos en 1993, y cuyo propósito es que todos los Grandes Simios gocen de los mismos derechos básicos, entendiendo estos como los que conciernen a la vida y a la integridad física y emocional. Cinco son las especies que componen el grupo referido, y a una de ellas pertenecen todos y cada uno de los lectores de estas líneas. Pues sí, qué le vamos a hacer: nosotros y nosotras somos humanos, y por ende monos; “grandes simios” para más señas. Y nuestros compañeros de grupo lo completan orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos. Esto no es ni bueno ni malo, sino una evidencia científica sobre la que no cabe hacer conjeturas de índole moral. Es así y punto.

La cuestión es que los sesudos estudios realizados hasta la fecha no dejan de aportar cada vez más luz respecto al parentesco filogenético que nos une a todos los miembros de este exclusivo club, similitud que en algunos casos como el de los chimpancés llega a superar el 99%. ¡Ninguna broma! Y no lo es hasta tal punto que, con los datos en la mano, ciertas teorías morales que creíamos hasta ahora sólidas como rocas se tambalean ya como hojas. El dilema está servido. ¿Podemos permitir que se destruya la casa de los orangutanes en Borneo sin hacer nada, mientras asumimos el derecho a una vivienda digna de los monos humanos como un logro social digno de elogio? ¿Resulta coherente prohibir que se realicen experimentos médicos en hombres, mujeres y niños, al tiempo que lo permitimos en bonobos? ¿Somos “iguales”? Y, de ser así, ¿en qué aspectos y grados?

Estamos sin duda ante una segunda etapa de la revolución moral que Charles Darwin comenzó allá a mediados del XIX, y que provocó todo una suerte de críticas satíricas alrededor de la tesis según la cual no solo descendemos del mono, sino que somos de hecho “un mono más”. Las viñetas de los periódicos se convirtieron entonces en estrado de jueces, y los ilustradores contemporáneos hicieron su agosto a cuenta de la famosa teoría del naturalista inglés, que el tiempo y la ciencia han acabado convirtiendo en realidad palmaria. Incluso alguno de esos dibujos ridiculizantes preside todavía la etiqueta de cierta castiza bebida alcohólica con gran arraigo popular en nuestro país.

A tenor de lo que acaba de suceder en esta ocasión, se diría que pocas cosas han cambiado en nuestra mentalidad a lo largo de los casi dos últimos siglos, o bastantes menos desde luego de lo que nuestra arrogancia pretende exhibir. Porque la iniciativa socialista ha abierto la espita para que toda una cohorte de pensadores a sueldo, sin el más mínimo rigor ni información (una cosa lleva a la otra) se lance a verter sus críticas, ora estableciendo una comparación grosera entre los monos y el político de turno, ora sacándose de la chistera (que no de lo que pretende cubrir, como sería lógico) toda suerte de chanzas y gracietas, de tan ínfima calidad que apenas si tienen recorrido en el mercado interno de “incondicionales”. Pero la cosa podría quedar en simple anécdota si no se diese la circunstancia de que en el terreno de la argumentación más elaborada –que la hay– la cosa no mejora, y debiera hacerlo si pretendemos hacernos merecedores de la lustrosa etiqueta de “racionales” con la que tan frecuentemente nos regalamos los oídos. Haciendo un esfuerzo por sintetizar los argumentos utilizados por los detractores de la iniciativa, creo que pueden identificarse dos de ellos por encima de cualesquiera otros. El primero hace referencia a la supuesta improcedencia de conceder derechos humanos a individuos que no lo son. Improcedencia que asumimos por completo desde nuestra asociación. Tal es así, que nadie, hasta donde se sabe, ha propuesto tal cosa. Los orangutanes no necesitan “derechos humanos”, sino más bien “derechos orangutanianos”. Cosa bien distinta es que algunos (como los mencionados anteriormente a la vida y a la integridad) coincidan; pero tal hecho no deriva sino de la también coincidente naturaleza que nos caracteriza a humanos y orangutanes: ambos poseemos similar capacidad de experimentar dolor físico y padecimientos psicológicos intensos. Y es en este punto donde el dilema alcanza su punto álgido. Porque ya me dirán ustedes cómo conciliamos idénticos sufrimientos con diferentes consideraciones morales. ¿Estamos dispuestos a aceptar un hecho lesivo proscribiéndolo si la víctima es humana y al tiempo mostrar indiferencia por el solo hecho de que el protagonista pertenezca a otra especie? ¿Acaso este escenario no cae de lleno en el terreno de la discriminación arbitraria? ¿Qué diferencia sustancial existe entre discriminar humanos en razón de su raza, de su género o de su orientación sexual y hacerlo con otros individuos por razones de especie? Conocida es la extraordinaria dificultad de superar mentalidades forjadas durante milenios, de echar abajo ideologías que pesan como losas, para bien y para mal. Pero en eso precisamente consiste el reto: en ser capaces de superar errores e incorporar a nuestra realidad novedades que hagan de este mundo un lugar mejor para un número cada vez mayor de beneficiarios.

Y con esto nos vamos a la segunda cuestión aducida por los detractores. El manido y sin embargo eficiente argumento del “nosotros primero”. Siguiendo este pensamiento simplista, se supone que la comunidad humana no debería hacer nada por nadie (excepción hecha de nosotros mismos) hasta que no queden definitivamente superados todos y cada uno de los problemas que nos acechan. ¡Pero tal pretensión es egoísta como pocas, máxime teniendo en cuenta que el problema central de los monos chimpancés y de todas las demás especies “grandesimiescas” somos los monos humanos! Intentar dejar aparcadas sus desdichas hasta que no solventemos nuestras desgracias es tanto como intentar acallar la boca de las mujeres maltratadas aduciendo que “antes están los varones” (con el agravante de que son precisamente estos los victimarios de aquellas). Se necesitan grandes dosis de mala fe para que alguien que agrede a un inocente le espete a continuación que debe esperar a que él mismo resuelva sus problemas antes de que se proceda a atenderle de sus heridas.

Pues así están las cosas. Parecía que la actual legislatura política, y en lo que a logros de naturaleza moral se refiere, había tocado techo con las comisarías especializadas en violencia doméstica y los derechos civiles concedidos a los homosexuales. Pero todo apunta a que esta ilusionante etapa aún puede dar mucho juego, teniendo en cuenta además que apenas hemos superado el ecuador de la misma.

Termino recuperando la caprichosa conexión inicial con las fechas. Si incruenta –o casi– fue la primera, más pretende serlo la segunda, dadas sus raíces y características esencialmente protectoras y orientadas en cualquier caso a garantizar el bienestar de inocentes. Al final, y se mire por donde se mire, la concesión de derechos a comunidades a las que hasta ese momento se les negaban es una cuestión de simple y llana generosidad. Nada más. Y nada menos.

[*] Texto escrito en mayo de 2007

 

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PERSONAS COMO WASHOE

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 Por KEPA TAMAMES

 

Hace ya algunos meses que murió Washoe, una persona por completo desconocida para la mayoría de nosotros, a quienes nada especial nos dice su nombre. Ante la desaparición de tan insigne residente, responsables de la Universidad de Ellensburg (Estado norteamericano de Washington) manifestaron entonces su intención de rendirle un tributo fúnebre, añadiendo que "En el momento del deceso Washoe estaba rodeada de su familia y sus más estrechos amigos". ¿Qué hizo en vida Washoe para merecer tal reconocimiento? En realidad, nada. La comunidad científica obtuvo logros que a buen seguro no eran para ella sino algo natural. Nunca sabremos si Washoe en realidad se mofaba de los sesudos catedráticos de bata blanca cuando éstos se congratulaban de poder establecer con ella conversaciones de cierta complejidad. Hablo de "ella" porque Washoe era una chica, una venerable anciana de 42 años –lo son al parecer las chimpancés a esa edad–.

En efecto, Washoe fue objeto de una amplia atención mediática en los años ochenta, cuando, integrada en una familia humana como un miembro más, fue objeto de meticulosos estudios sobre la capacidad de los miembros de su especie para desarrollar y usar el lenguaje de signos hasta entonces privativo de los sordos humanos. Los resultados fueron sorprendentes. Se llegó a la conclusión de que los chimpancés son capaces de transmitir ideas estructuradas, deseos abstractos, de establecer planes de futuro, de "engañar" para conseguir prebendas, de burlarse por puro placer, de exteriorizar conscientemente sentimientos y emociones, de compartir penas y alegrías con los demás y recibir así el apoyo necesario para superar determinados traumas. Esta realidad no demuestra tanto que "se parecen a nosotros", como gusta afirmar a los etólogos, sino más bien que "se parecen a ellos mismos". Cabría en consecuencia deducir que, por encima de la autocomplacencia de la comunidad científica (otro día hablamos de ello), los chimpancés son verdaderas personas.

Imagino que muchos de quienes leen este artículo se habrán percatado ya de que he calificado de "persona" desde el mismo título a un mono, un atrevimiento que casi todo el mundo colocaría entre la ofensa y la herejía. Pues sí, Washoe era una persona, tanto como pueda serlo usted o yo, dado que no existe nadie que pueda ser persona "en cierto modo" o "a tiempo parcial". Lo de ser persona es como aquello de estar embarazada, para que nos entendamos: o se es o no se es. Pero vamos al meollo de la cuestión. ¿A qué viene esto de que los monos sean personas? Pues a que el concepto de persona da más juego del que parece, y sobre todo del que nuestro ego está dispuesto a permitirnos. No hay problema –al menos yo no lo tengo– en aceptar la completa equivalencia etimológica entre persona y ser humano en nuestro lenguaje cotidiano, sobre todo por cuestiones de estricto carácter práctico. Pero si nos adentramos un poco en el terreno de la filosofía moral, tal equivalencia salta hecha añicos, por cuanto una persona sería un individuo con unas determinadas características, y no tanto por la mera pertenencia a una determinada especie biológica. (Conviene recordar aquí que con el término "persona" se designaba en las obras teatrales de la Roma clásica a la careta que dotaba de diferentes "personalidades" a los actores). Siendo así, no es difícil concluir algo que resulta turbador para cualquier especie de naturaleza engreída, un descubrimiento que socava lo más profundo de nuestro carácter autorreferencial: ni todos los seres humanos son, stricto sensu, personas, ni todas las personas han de ser necesariamente humanas. (Aclaro que se trata de algo que no depende de mí, ni tengo yo interés especial alguno en ello, pues mi papel aquí se limita al de mero informador).

La historia de Washoe debería servir al menos para revisar nuestra habitual mueca cuando oímos a alguien aquella supuesta redundancia de "las personas humanas", endosándole por defecto una escasa formación académica. Vale que quienes recurren a la castiza expresión lo hacen –imagino– desde un completo desconocimiento de todo el rollo éste de la filosofía moral, lo que no es óbice para que, una vez constatados los hechos, la comunidad humana deba hacer examen de conciencia sobre el trato que da a muchos de sus semejantes, personas no humanas en este caso, a quienes encierra de por vida tras unos barrotes con el único propósito de hacer negocio, somete a dolorosos experimentos pagados por empresas de cosméticos, o convierte en un guiñapo sanguinolento en verdaderos linchamientos públicos. Son ya muchos los científicos que desde muy diversos campos del conocimiento abogan por reconocer derechos jurídicos garantistas "para todas las personas", con independencia de la especie a la que pertenezcan. Se trata de una meta que en nada nos perjudica a nosotros y en mucho les beneficia a ellos, los animales parahumanos. Un estricto ejercicio de decencia y generosidad moral.

[*] Artículo escrito en febrero de 2008.

 

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ESPERANDO A PATTY

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Por KEPA TAMAMES

 

Estábamos nerviosos como adolescentes en su primera cita. Y no porque hubiera dado comienzo una nueva primavera, menuda cursilada. El pasado sábado nos examinamos: vinieron a casa dos inspectoras de cierta asociación protectora para comprobar in situ nuestra idoneidad como tutores caninos (vulgo "dueños"). Mi mujer y un servidor hemos convivido con perros durante más de un cuarto de siglo ininterrumpido (salvando las dos semanas entre Arkupe y Koska). Ahora le toca el turno a Patty, un ser diminuto –chica– al que solo conocemos por fotos (lo más parecido a una cita a ciegas), y de la que sin embargo estamos ya perdidamente enamorados. Si pasa con los actores de cine, parece aún más lógico que suceda con quienes van a ser tus colegas de por vida.

Aunque por naturaleza somos gente aseada en lo personal y cuidadosa con nuestro modesto piso, le dimos para la ocasión una limpieza somera, para que las citadas inspectoras se llevasen la mejor impresión posible y nos avalen en la adopción de Patty. Porque esto, reconozcámoslo, ha avanzado que es una barbaridad –me refiero a la gestión de la protección animal–. Yo recuerdo que hace apenas unas décadas las cosas eran como más abruptas y deslavazadas. Hoy, para ser aspirante a "dueño" tienes que rellenar un señor formulario donde lo mismo te interpelan sobre dónde dormirá el animalito que sobre tus planes para las vacaciones del verano. Una vez enviado el documento, una persona te responde amablemente al correo, y te dice que, en calidad de candidato, tu petición será examinada en la correspondiente comisión evaluadora (¡seis miembros!), y que se comunicará el resultado a la mayor brevedad posible, para no hacer esperar a ninguna de las partes, en especial al bichín, que sin saberlo se encuentra en un momento crucial de su vida.

A mí me parece cojonudísimo que las cosas se hagan con este celo y profesionalidad, porque desalmados y tontos del culo hay en todas partes, y si acaso nosotros formásemos parte del club, pues perfecto que se nos niegue alto tan importante.

Cuentan en la red que Patty malvivía en la calle con un hermanito. Que se alimentaba sobre todo de pan, y que por ello estaba desnutrida en su primera visita al veterinario. Hace ya mucho que opté por dejar de intentar comprender determinadas mentes, entre ellas las de quienes permiten y aun fomentan la procreación de perros por puro capricho, porque se ha hecho siempre, o porque un vecino guay les soltó en el ascensor –en lugar de hablar del tiempo, como todo el mundo– aquello de "¡Mira a ver si tu perrilla tiene cachorros y me regalas uno!". Y, claro, la perrilla tiene cachorros, porque uno es un caballero de palabra y hay que repartir muñequitos a toda la comunidad. Luego, la mitad de los que se apuntaron comienzan a silbar y a mirar para otro lado, y los cachorros se los lleva el primer desaprensivo al caserío o a la huerta y los condena a cadena perpetua, o se los ofrece a los sobrinos para que jueguen un par de tardes, no más, pues ya se sabe que los chavales de hoy se cansan enseguida de todo. Si acaso hay un mal gesto del animalito, agobiado por los chiquillos, se pone el grito en el cielo, se le cataloga como "perro peligroso" y se le tira a un pozo, o se le asesta un palo en la cabeza, que nadie se va a enterar de la desaparición de un chucho que de hecho no existía de manera oficial. ¡A esta gentuza la enviaba yo un trimestre a Bangladesh o a Etiopía, para que conociera de primera mano lo que significa ser un paria entre los parias! Creo de verdad que hay gente que solo a hostias aprende. Y muchos –si saben que tienen el pasaje de vuelta pagado– ni aun así.

Les dejo, porque tenemos que seguir limpiando el inminente hogar de Patty. ¡Ojalá pasemos el examen, y que todos nos disfrutemos!

 

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EL CURIOSÍSIMO Y DECIMONÓNICO CASO DE LA SEÑORA KINGSFORD

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Por KEPA TAMAMES

 

Aunque los menos, algunos activistas por los derechos de los animales han llegado a la agresión física de sus oponentes: por ejemplo, los partidarios del uso de animales en experimentación (eso que aún se sigue denominando "vivisección"). Médicos, farmacéuticos y pensadores recibieron en sus buzones cartas amenazantes, e incluso descubrieron horrorizados bajo su automóvil paquetes que dejaron de ser sospechosos para pasar a ser oficialmente bombas. Los militantes más corajudos se la jugaron, pagaron por ello con la cárcel, y hasta alguno con la propia vida tras varias huelgas de hambre. A buen seguro que cualquiera de ellos daría gustoso sus dedos meñiques por conocer la fórmula secreta de la señora Kingsford, quien se llevó por delante con total impunidad a más de un afamado vivisector. O eso tienden a creer las mentes más fantasiosas.

Ya desde niña, la entonces Annie Bonus aprovechó la condescendencia de su padre, un próspero comerciante inglés, y comenzó a leer... ¡y a escribir! –mediado el siglo XIX y con vagina de serie, sendas proezas–. La chica era más bien rarita, mas no por las aficiones relatadas, sino por la obsesión que acabó condicionando su vida. Dada al ocultismo, y por zanjar cuanto antes algo tan inevitable en la época como el matrimonio, contrajo nupcias con un clérigo (familiar cercano, por más señas), de quien tomó su definitivo apellido. La pareja consensuó desde el primer momento la absoluta independencia de cada cual, a tal punto que Anna se trasladó a París con la doble intención de estudiar Medicina y continuar con sus investigaciones esotéricas. No gozó de especial simpatía entre la comunidad universitaria, fuera por su convencido vegetarianismo, acaso por sus ideas en general radicales, o quizá debido a su férrea condena de la vivisección. Y sí: para la buena de Anna resultaba del todo compatible estudiar una ciencia empírica y comunicarse con genios y espíritus.

La señora Kingsford sentía verdadero odio hacia las prácticas que sus compañeros de estudios realizaban con toda suerte de animales, y solía retar a los profesores a que experimentaran con ella si tenían valor. Le eran insoportables los aullidos desesperados de las víctimas, y sobre ello escribió: "He hallado mi Infierno en esta Facultad; un Infierno más real y terrible que cualquiera que pueda encontrar en otra parte". Le espetó un contundente ¡Asesino! al mismísimo Claude Bernard –entonces profesor suyo– en plena clase, cuando este explicaba cómo cocinó vivos a unos pobres animales para estudiar el calor corporal. Con toda su rabia anheló que el profesor muriese esa misma tarde. Si bien no satisfizo su deseo al completo, apenas tuvo que esperar seis semanas, pues al poco del incidente en el aula Bernard cayó enfermo, y falleció mes y medio después sin diagnóstico médico.

Anna asumió con relativa naturalidad que había sido ella la inductora de la muerte del profesor Bernard, y se prometió en la intimidad de su dormitorio que a partir de entonces, en calidad de "ángel exterminador", dedicaría parte de su energía a acabar con todo vivisector que se cruzara en su camino, convencida de que con ello no hacía sino impartir una especie de Justicia Divina para la que sin duda había sido elegida. Fijó su próximo objetivo en otro profesor: el Dr. Paul Bert. Tras graduarse con notable éxito, pasaría a la historia como la primera estudiante que objetaba a las horribles prácticas de vivisección. Pero ahora estaba centrada en su particular cruzada. Bert no tenía empacho alguno en dejar agonizando durante toda la noche a los animales objeto de sus experimentos, pavoroso escenario que hasta provocaba el insomnio en parte del barrio. El doctor falleció a finales de ese mismo año.

Si su primer "logro" la convenció de ciertos poderes sobrenaturales –y hasta justicieros–, el segundo la animó aún más en su empresa. Metida en faena... ¿por qué no Louis Pasteur? Desdeñó la lenta y antropocéntrica mano de la Justicia, persuadida de que su método era mucho más eficiente, audaz y rápido. Pero la magia es ante todo caprichosa, y lo mismo te ofrece confianza que te da un disgusto de los gordos. Una tormenta, por ejemplo, al salir a hurtadillas del despacho de la que pretendía fuera su tercera víctima. De aquella incursión nocturna cogió una neumonía de las de hace siglo y cuarto, ninguna broma. Y de ahí a la tuberculosis, un paso. Efectivamente, Anna murió en febrero de 1888. Según contaron quienes la acompañaron en el trance, la pobre pasó sus últimos meses atormentada por los gritos e imágenes de los animales en las mesas de prácticas.

Pasteur le sobrevivió siete años largos, con lo que quedaría en parte desmontada la supuesta habilidad mental de la señora Kingsford. O no. Porque en la época en que la mujer ejercía con todo ahínco su odio hacia el científico, este cayó gravemente enfermo, recobrando la salud al poco de que Anna abandonase este valle de lágrimas.

 

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