DOCE BUENAS RAZONES PARA "NO" TENER PERRO

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Por KEPA TAMAMES

 

1 | BUSCAS UN PERRO PARA QUE VIVA EN EL EXTERIOR. ¿Por qué no pruebas tú, a ver si te gusta? ¡Ya te vale! Una de las principales características de los perros es su talante afectuoso hacia las personas y otros animales. Es por ello que serán MUY desdichados si se les coarta dicho deseo. Un perro condenado al jardín o a una terraza es un perro frustrado, y acabará por generar problemas de comportamiento. ¿Sabes quién pagará tu falta de consideración? Efectivamente: él. Los perros son muy buena gente, y solo pretenden ser razonablemente felices junto a sus amigos. Como ves, compartimos preferencias comunes.

2 | NO TE GUSTAN LOS PELOS. ¡Entonces, depílate de arriba abajo! (Es broma). Los perros no pueden evitarlo: tiran pelo constantemente, y les trae al pairo dónde. Verás al pasar la escoba que ahí va "parte de tu amigo". Es lo que hay. Piensa que, en realidad, recoger cada día esa mata es una excelente noticia, pues confirma su buena salud. Cierto es que siempre compartirás lindos cabellos con la ropa –el mercado ofrece aparatitos bastante eficaces–, pero, por otro lado, cuentan que el género "animales de compañía" es una fuente inagotable de ligoteo (hablo de oídas). Además, recuerda que los perros necesitan ser cepillados regularmente para mantener su pelaje limpio y en óptimas condiciones. Si tienes manía compulsiva a los pelos, descarta vivir con animales.

3 | NO TIENES SENTIDO DEL HUMOR. Mala carencia en general, que se convierte en verdadero problema si convives con perros. Como seres sociables y amistosos que son, manifiestan una notable predisposición a hacer travesuras. Si de verdad no le acabas de ver la gracia a despertarte con una pelota de tenis baboseada compartiendo almohada, o a que el cachorrito decida que las 3:45 (a. m.) es una hora tan apropiada como cualquier otra para jugar... mejor te olvidas, ¿ok?

4 | ERES UN MANIÁTICO DE LA LIMPIEZA. Prepárate para meter ocasionalmente en casa –que también es la suya, por cierto– a una enorme masa de barro (y quién sabe si de otras materias igual de naturales), o tener marcas de nariz en cada uno de los cristales del coche... o hasta algún que otro escape gaseoso justo en plena reunión familiar. Si no te ves relajándote y poniendo una [medio] sonrisa a estas y similares situaciones, todo apunta a que TÚ y PERRO sois por completo INCOMPATIBLES.

5 | ERES POR NATURALEZA SEDENTARIO, Y PRETENDES QUE TU PERRO TE IMITE. Los perros son animales de por sí activos, y necesitan estímulos como ejercicio regular y socializarse a través del juego y de la relación, o por lo contrario los convertiremos en seres frustrados e infelices. Si te place, tú puedes optar por quedarte apoltronado en el sofá, pero mejor si no condenas a nadie a algo tan aburrido.

6 | TE GUSTA QUE TODO ESTÉ SIEMPRE EN SU SITIO. Los perros no tienen manos (te habrás percatado), con lo que su boca se convierte en un instrumento esencial de interacción. Por tanto, deberás asumir con cierta filosofía que tu amigo decida convertir en juguete tus prendas íntimas, que al fin y al cabo huelen a ti (quizá deberían visitar con más frecuencia la lavadora, por cierto).

7 | TIENES LA INTENCIÓN DE TENER UN PERRO DE FORMA TEMPORAL. ¿Pero tú de qué vas? ¿Crees que un perro es un reproductor de música? Sucede que los perros son amigos –verdaderos colegas, para que nos entendamos–, y tienen la "mala costumbre" de pretender vivir durante mucho tiempo contigo: toda la vida, si puede ser. Repite conmigo: perro = compromiso vitalicio. Si contemplas la mera posibilidad de deshacerte de él cuando tus hijos crezcan y comiencen su etapa escolar, has de saber que no es una opción ni medio aceptable. El mundo rebosa de animales abandonados que claman por una familia decente. ¡Y el tuyo ya la tiene! No aumentes la dramática lista de seres que perdieron su hogar por culpa de decisiones impulsivas y poco meditadas. La mayoría de estos desgraciados acaban muriendo de pena y soledad. Si decides tener un perro, repasa estos puntos tantas veces como sea necesario, por favor.

8 | NO TE GUSTA CONOCER GENTE NUEVA. El animal necesitará ciertas pautas educativas que le ayuden a convertirse en un "ciudadano canino ejemplar". Está científicamente demostrado que el binomio humano-perro es uno de los más eficaces para la relación social. Los perros son "imanes" para la gente (¡es materialmente imposible caminar al lado de un perro y no ser parado por extraños!). Si te reconoces como "misántropo irreversible", deshecha la opción de tener un perro.

9 | QUIERES GANAR UN POCO DE DINERO HACIENDO CRIAR A TU PERRA. Hay mil posibilidades de invertir esperando una lícita rentabilidad. ¡Pero los amigos no son acciones de bolsa! Cada año, miles de inocentes mueren por culpa de los "buenos sentimientos", como hacer caso al vecino que te pidió que le reservaras un cachorrito del perro de tu amiga. ¡No pretendas hacer negocio con tu colega peludo, so caradura! Haz caso omiso al enterado de turno que va por ahí alabando la "bondad de la cría". No te engañes: ellos y ellas no lo echan de menos, y traer más perros al mundo es un criminal acto de irresponsabilidad. Además, si lo piensas, la cría doméstica nunca puede ser rentable, pues requiere desde el principio una considerable inversión: atención veterinaria, medicinas, y un sinfín de "complementos". Pero con independencia de esto, recuerda que los amigos son para disfrutarlos, no para explotarlos.

10 | BUSCAS UN PERRO DE GUARDA. Seguramente has oído hablar de las "alarmas". Son unos aparatitos que, llegado el momento, generan un sonido tan desagradable como necesario. Bueno, pues es eso lo que necesitas; no un perro guardián. Porque los perros son camaradas, no sirenas de la policía. Si de verdad necesitas protegerte, incluye dentro de esa protección a los tuyos –¡también a los animales!–, e instala el correspondiente sistema de seguridad, como todo hijo de vecino.

11 | ¿DARÍAS LO QUE FUERA PARA QUE ESA BOLITA DE PELO NO CRECIESE? Algunos perros –sean de raza o mestizos– llegan a alcanzar un tamaño considerable, pudiendo superar los 50 kilos. ¡Eso es mucho perro! Puede que acabes con un oso peludo e hiperactivo que derribe sin querer con su rabo todo cuanto se interponga en su camino. No hay que ser diplomado en veterinaria para saber que "ese chucho no crecerá demasiado".

12 | PIENSAS EN UN PERRO COMO UN ELEMENTO TERAPÉUTICO PARA TUS HIJOS PEQUEÑOS Y UNA RESPONSABILIDAD PARA LOS MAYORES. Ambas cosas son en parte ciertas. Entre perros y niños deberían establecerse siempre vínculos amistosos y hasta cómplices –es de hecho lo que suele acontecer–. Sin embargo, la responsabilidad máxima de un perro debe recaer siempre sobre un adulto. Los niños pueden ser unos maravillosos amigos y compañeros, pero necesitan ser guiados y adoctrinados por sus referentes pedagógicos: los mayores.

 

RECUERDA: Solo si no te ves reflejado en ninguno de estos puntos puedes considerar que quizá –y solo quizá– estés preparado para convivir con un perro. Es de suponer que habrás captado que JAMÁS DEBES COMPRARLO, SINO ADOPTARLO.

 

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ABANDONOS

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Por VÍCTOR PINTO [*]

 

Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que el abandono es la primera causa de sufrimiento de nuestros animales de compañía. El perro al que con suerte solo lo sacan a pasear una vez al día, o el gato que pasa la mayor parte del día solo y que ocupa las horas en dormir por puro aburrimiento son en cierta forma felices respecto al pobre animal abandonado. El perro expresa sin dobleces su inmensa felicidad cada vez que se reencuentra con su "jefe de manada", a quien saludará con la mayor de las efusividades. Y el gato es razonablemente feliz percibiendo que su territorio está a salvo y que su "madres" (nosotros) lo atenderán sin falta en todo aquello que pueda necesitar. Poco más piden unos y otros. Pero, aun así, para algunas personas es incluso demasiado, y no dudan en abandonarlos en plena calle o en cederlos a algún centro de acogida. Las autojustificaciones corren como el agua, y como los falsos tópicos, no aguantan la más mínima prueba racional. Así, aquello de que "El gatito aquí estará bien, pues siempre encontrará alguna persona caritativa que le alimente", el recurrente "No te preocupes, que alguien lo recogerá", o el no menos conocido "Allí estará bien, junto con otros perros y gatos" apenas pasan de ser burdos lavados de conciencia. Tan groseros que ni pena merece ocupar el tiempo en desmentirlos, porque otros ocuparían rápidamente su lugar. Reconozcamos que los humanos hemos aprendido a justificar muchas de nuestras criminales acciones de una forma prodigiosa, y basta para evidenciarlo un breve repaso a nuestra historia reciente, plagada de barbaries que siempre tuvieron su "razón de ser".

Y, mientras tanto, ahí se quedan ellos y ellas, que tanto daban y tan poco pedían. Deberíamos ocuparnos más en apreciar sus ojos, tristes o alegres según circunstancias, para comprenderlos mejor, o simplemente para comprenderlos. ¿Qué he hecho mal esta vez? o ¿Por qué me dejan aquí? son mientras tanto preguntas que no obtienen respuesta.

[*] Profesor Titular de Geología en la Universidad de Barcelona.

 

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LA CAMISETA

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Por KEPA TAMAMES

 

Llegan de nuevo los Sanfermines, y con ellos la matraca diaria de todo medio que se precie, sea televisión internacional o periódico gratuito local. Para gustos, desde luego, pero a un servidor la información sobre eventos festivos le parece igual de ligera que una copita de lavavajillas como digestivo. Porque, reconozcámoslo, la cosa esta de los Sanfermines es pesada como ella sola. Que sí, que se trata de una fiesta superdivertida y que hay mogollón de gente en la ciudad. Una sociedad discreta, reservada y conservadora el resto del año, la pamplonica, bulle y se desmelena durante nueve días. Seguro que les suena de algo, aunque sólo sea por el elemental hecho de que, terciado junio, ya empiezan algunos con los dichosos Sanfermines para arriba y para abajo. Lo dicho, las fiestas más conocidas fuera de nuestro país, las más internacionales, sin parangón en lo pachanguero. Con su "lado oscuro", añado yo. Y para tratar de explicarme tengo por delante el resto del artículo.

Mi primer desembarco en los Sanfermines fue fugaz. Se produjo cumplidos los treinta y muchos, algo casi incomprensible teniendo en cuenta que he vivido siempre a no más de una hora por carretera de la vieja Iruña. En una rueda de prensa multitudinaria explicamos a periodistas de medio mundo el aspecto siniestro de la fiesta: las corridas de toros y los encierros. (Hasta donde yo sé, la primera vez que se cuestionaban a micrófono abierto estos últimos). Apenas una hora después del chupinazo yo cogía el autobús de vuelta a casa, no sin antes dar un pequeño paseo por el centro y detenerme en los puestecillos ambulantes cargados hasta los topes de algunos elementos textiles ineludibles para la juerga. Hablo de los consabidos sombreros de paja deshilachada, de las fajas rojas, de camisetas de quita y pon con toda suerte de mensajes que, dicho sea de paso, no rebosaban precisamente enjundia intelectual. Han pasado casi diez años de aquello, y todavía es lo que acude a mi cabeza cada vez que veo en la televisión imágenes de la fiesta. Una de las camisetas más solicitadas por el público no contenía frase alguna; simplemente estaba repleta de agujeros y desgarros, tintada toda ella de manchurrones rojos. Sí, son ustedes unos linces: representaba la de alguien que acabara de ser corneado brutalmente por un toro durante el encierro. Sea por mi particular sentido del humor, sea porque yo allí estaba a lo que estaba, quedé impactado por la escena. Se frivolizaba con el terrible hecho de que un animal acosado por la turbamulta penetre tu torso por aquí y por allá, te perfore el estómago, los pulmones, te abra de par en par las axilas. Tal vez se trate de una cuestión de déficit personal en cuanto a un apartado tan particular como el humorístico, insisto, pero les confieso que aquella visión permanece entre las más obscenas que he presenciado en mi vida. Me pregunto a través de qué mecanismo mental puede aceptarse la banalización de la tragedia y elevarla luego a la categoría de drama social cuando de hecho ésta se produce. ¿Cómo es posible que la población en general asuma ese hecho con anodina complacencia –imagino que la prenda sigue dando buenos dividendos–, y luego se rasgue las vestiduras (la expresión ha surgido sola, lo siento) a la que un toro aterrado osa tocar con sus defensas al mozo de turno? Puestos a barrenar en lo morboso, imagino las portadas de los periódicos, la instantánea del corredor de turno con la vista perdida, llevado en volandas por los servicios de urgencias, enfundado en la camiseta, empapada ahora por su propia sangre y con orificios añadidos a los originales. Dado el severo estado de parestesia moral en que vivimos, hasta tengo dudas de que alguien se percatara del detalle.

¿En qué consiste la "fiesta"? ¿Acaso hemos reflexionado sobre si de verdad merece tal nombre una celebración nutrida de sangre inocente –me refiero a la de los toros, naturalmente–, y con frecuencia de la de sus agresores, los que corren a cientos delante, detrás, a los costados? ¿De verdad creen que se puede reservar el calificativo de "inocentes" a quienes con su sola presencia mantienen aterrorizados a los pobres bóvidos, que sólo muy de vez en cuando se defienden y le dan al valiente de turno su merecido? Sí, su merecido; a mí no me miren. Porque quienes se dedican en sus ratos de ocio a acosar a seres pacíficos por naturaleza deben asumir que la consecuencia razonable es que la víctima acorralada haga uso en un momento dado del único arma que posee. Según mi modesto entender, lo de verdad lógico sería dejar que los mozos corneados se desangraran en el asfalto. (Nunca he entendido que se deban utilizar recursos sanitarios sufragados por todos para curar a gente irresponsable). Que se levanten si tienen bemoles, que recojan sus vísceras humeantes y que se vayan a su casa a lamerse las heridas, como hacen los pocos toros indultados que sobreviven al linchamiento en sus dos etapas, matinal y vespertina. Gajes del oficio, chaval, nadie dijo que esto fuera un juego inocente: te la has jugado y has perdido. A estas alturas del texto no pocos lectores estarán horrorizados con lo que he escrito. Y muchos entre quienes maldicen al diario que osa publicarlo serán los mismos que ven con agrado los puestos de fruslerías festivas, con su producto estrella en primera línea: la camiseta.

 

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LOBOS: EL FACTOR ÉTICO

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Por KEPA TAMAMES

 

Todo lo que rodea a una especie como la del lobo hace correr ríos de tinta desde tiempo inmemorial, inagotable filón para los mass media. Y suele presentarse el conflicto de forma bipolar: de un lado, los ganaderos; de otra, los ecologistas. Pudiera decirse que la administración desempeña aquí un papel intermedio, como de “espectadora secundaria”, aunque es ella quien al final determina las medidas que se ponen en marcha y que, dicho sea de paso, no suelen dejar demasiado bien parados a los cánidos. Este vendría a ser, grosso modo, el escenario.

Sin embargo, desde una respectiva animalista, el debate se queda por completo cojo si no se otorga su verdadero peso a determinadas cuestiones que suelen soslayar tanto las instituciones públicas como las tesis ecologistas (¡y no digamos ya los ganaderos!). Me refiero a eso que llamaré “el factor ético”, y que entronca directamente con la cuestión de los derechos de los animalesAproximarse al problema desde este prisma implica tener en cuenta no solo al lobo, sino al ganado del que este se alimenta, sin olvidar a otros animales que como elementos periféricos forman parte del cuadro, pues lo sufren como víctimas propiciatorias: los perros pastores.

En primer lugar, entiendo que conviene diferenciar de forma clara la distinta sensibilidad que mueve a ecologistas y a animalistas, pues con demasiada frecuencia suelen compartir ambos colectivos el mismo saco, cuando la realidad dicta que las diferencias entre ambos son muchas y profundas. Con todo, no se trata desde luego de posturas antagónicas o necesariamente irreconciliables. Lejos de ser así, unas y otras se complementan, e incluso dotan de la fuerza necesaria a una causa tan noble como lo es la defensa de los animales. Pero merecen no obstante ser abordadas por separado, pues una y otra poseen entidad propia. Mientras el ecologismo clásico –al menos por lo que a las especies silvestres respecta– ve a los animales como conjuntos biológicos con un status determinado en el medio, la ideología animalista los percibe como seres individuales con lícitos intereses en evitar el sufrimiento, siendo como son sujetos dolientes. Nos acabamos de topar de bruces con el quid de la cuestión, pues es la capacidad para el padecimiento físico y moral el elemento clave del ideario animalista, sin el cual se desmoronaría como un castillo de naipes. Asumiendo tan esencial detalle, cabría añadir incluso que muchos de los postulados ecologistas se encuentran justo enfrente de los animalistas, teniendo en cuenta que, ante la tesitura individuo vs. especie, no duda el ecologismo en decantarse por la segunda, aun a costa del padecimiento y la muerte de millones de los primeros.

Cimentada la escena, centrémonos en el fenómeno del lobo. Tal vez el primer aspecto que proceda ser tenido en cuenta sea la propia naturaleza del manejo del ganado en la actualidad. Los animales de abasto a los que hoy se explota pasan –en su práctica totalidad– sus días encerrados en sombríos barracones, por lo que apenas puede hablarse ya con propiedad de “pastoreo”. Esta labor implica una dedicación exclusiva, y no parece que merezca tal nombre el hecho de dejar vacas y ovejas en el monte, a su libre albedrío, mientras los propietarios trabajan a diario en una fábrica, subiendo a los pastos los fines de semana en una suerte de “comunión con la naturaleza”. Se me ocurre que, como mucho, no merece dicha variante otro calificativo que el de “pastoreo lúdico”. Así las cosas, no resulta extraño que la situación sea aprovechada por los depredadores de toda la vida, los lobos, que además se han quedado sin parte de su “despensa” natural, a la que el hombre se ha encargado de diezmar en algunos casos hasta la práctica desaparición. Introduciendo la cuña ética que entiendo merece este debate, parece claro quela licitud del lobo para atacar a las ovejas es muy superior a la de los propios ganaderos para similar propósito. Porque conviene ir dejando claro que la práctica de la ganadería, incluida la extensiva, supone un ataque frontal a los derechos más elementales de los animales. Ya me dirán si no qué implica tratar a seres sensibles –las ovejas lo son, sin duda– como simples mercancías, sin dedicar un mínimo esfuerzo a tratar de entenderlas, ponerlos en su lugar. A ellas les desagrada y apetece a grandes rasgos lo mismo que a usted o que a mí. ¿Por qué habría de ser diferente? Se necesitan grandes dosis de ingenuidad –o en su defecto de puro y simple egoísmo– para creer que el manejo de animales de abasto es hoy una actividad respetuosa. Los hechos están ahí para quien quiera aproximarse, libre de prejuicios y con un mínimo rigor, al fenómeno.

Manifiestan los ganaderos que el lobo afecta de manera grave a sus intereses, y no les falta razón. Pero parecen querer obviar tras esta pataleta que los lobos también tienen intereses. ¿O acaso alguien piensa que un disparo en el costado o la pérdida de la compañera sentimental son hechos inocuos para ellos? Sin ningún género de dudas, tales cosas suponen dolor físico y padecimiento emocional, y los lobos están tan interesados como podamos estarlo nosotros mismos en eludirlos. ¿Resulta proporcionada la reacción de los ganaderos al matar y destruir familias ante una pérdida que no supone para ellos sino una parte ínfima de lo que poseen? Salvo que nos abonemos a la discusión reduccionista entreecologistasyganaderos–con la administración como árbitro, bastante casero en este caso–, otras muchas reflexiones deben salir a la palestra en este debate, y la ética global ocupa aquí un lugar preferente.

Precisamente su carácter global nos obliga a considerar a otros grandes olvidados: los perros. Se trata de animales usados –en su acepción más mecanicista– hasta su extenuación. ¿Alguien se ha parado a pensar qué sucede con estos trabajadores cuando cumplen cierta edad y ya no responden con la eficacia inicial a su triste papel de “matones”? ¿Cumplen las instituciones públicas la normativa proteccionista en tales casos? Los mastines destinados a disuadir con su imponente presencia a los lobos apenas pasan de ser burdas herramientas de las que el dueño del rebaño se deshará a la que no satisfaga sus expectativas. Un torpe disparo, una cuerda al cuello, o lanzarlo vivo a una sima son demasiadas veces los expeditivos métodos empleados por los ganaderos para eliminar el “material viejo”.

Como se ve, el tema da para mucho. A poco interés que tengamos en un análisis completo y honesto de la situación, aparecen efectos colaterales por doquier. Mención especial merece, por ejemplo, la execrable actitud de quienes, no contentos con esclavizar animales y disparar sobre aquellos que no pretenden sino su condumio diario, se valen de individuos muertos y heridos para llamar la atención de los medios en ciertas reivindicaciones callejeras, en un comportamiento que raya con la perversión moral.

Cabría decir, por último, que no estaría mal que las diferentes instituciones competentes en la materia –suelen ser las diputaciones provinciales– nos explicaran con claridad diáfana en qué situaciones entienden ellas que está justificado agredir a los animales. Porque la legítima defensa bien puede ser una. Aunque cuesta horrores entonces colocar en el mismo epígrafe a la cría de faisanes con el único objetivo de que una horda de ociosos domingueros con licencia para matar la emprendan a tiros con ellos, en lo más parecido a un fusilamiento sumario.

 

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SI NACES TORO

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Por KEPA TAMAMES

 

Si naces toro y las conversaciones que oyes a tu alrededor se desarrollan en español, existen sobrados motivos para preocuparte. A partir de entonces tienes el dudoso honor de haberte convertido en el protagonista de una historia de pasión, de identidad cultural, de negocio y, lo que es peor para tus particulares intereses, de linchamiento público. Todo junto. Dicho así, hasta pudiera parecer sugerente, pero el hecho de que ninguna de las personas que leen estas líneas daría su consentimiento para cambiarse por ti da cuando menos que pensar.

Si naces toro vives con tu madre, y durante cierto tiempo te dejan más o menos en paz. Analizado en ese momento, ser toro hasta podría resultar una experiencia interesante. Apacibles jornadas de sol y moscas, una vivencia que no requiere mucho más que un cronograma rutinario. Despertarte, comer, acercarte con tus compañeros de manada hasta la charca, un relajado sesteo bajo tu encina favorita, y se te va la tarde sin darte cuenta. Hora de regresar. Mañana será otro día.

Si naces toro debe de resultarte muy desagradable que, apenas con unos meses de vida, te separen un día de tu familia y te lleven a un lugar donde hace un calor infernal (casi tanto como cuando acercaron a tu nalga aquel hierro candente, apenas venido al mundo), con un aspecto que en nada recuerda a tu paisaje cotidiano. Arena de color oscuro sobre el suelo, y una banda corrida de cemento y madera por todo horizonte inmediato mires donde mires.

Un tipo a caballo aparece en el extraño escenario y te provoca para que te acerques, en una situación novedosa y desconcertante para ti. Te defiendes, pero cuando lo haces sientes un agudo dolor detrás del cuello. Apenas unos segundos más tarde lo que percibes en un tufillo ferroso: parte de la sangre que hasta ese momento corría por el interior de tu cuerpo se abre ahora paso por la herida. Las provocaciones continúan. Tú respondes, a pesar de que comienza a invadirte una sensación de sofoco, fruto del calor y de la hemorragia. Por la noche, de vuelta con los tuyos, recuerdas la experiencia como algo inexplicable y traumático. Ni te imaginas que, mientras tú apenas puedes pegar ojo por el escozor del boquete abierto, los humanos ya te han catalogado como "toro para lidia" o "morralla para fiesta de pueblo". Lo cierto es que, si pudieras evaluar las consecuencias de uno y otro destino, no te sería fácil elegir tu final en base a uno de los dos estatus.

Cuando una fresca mañana aparece en el horizonte un enorme cubo que se mueve, tienes bien olvidado aquel nefasto día. Han transcurrido por lo menos cuatro años, y eso es mucho tiempo para un toro. Ni sospechas entonces que ésa será la última vez que veas y huelas tu único mundo. Atrás quedará para siempre el paisaje de encinas y tomillo.

El constante traqueteo del vehículo acaba convirtiéndose en un tormento. Ni un instante de sosiego, sin siquiera poder darte la vuelta o echarte un rato a descansar. Tú eres toro, incapaz por lo tanto de medir el tiempo (¿para qué debería servirte tal habilidad?), pero han sido nueve horas de golpes en los costados, vómitos, mareos y angustia. No habías sentido nada tan desagradable desde la jornada de la tienta. Desciendes por la rampa, tambaleante y receloso, con veinte kilos menos. Desconoces por completo que uno de tus compañeros de manada murió hace dos semanas por colapso durante el traslado.

Un par de días más, y otra vez al horrendo chiquero, las varas que pinchan tu cuerpo y te dirigen para aquí y para allá... Otro pinchazo en el cuello como aquel ya casi olvidado, y la única salida hacia un entorno redondo, tumultuoso, asfixiante, vagamente familiar. De nuevo el tipo del caballo, esa figura siniestra que repite la operación, pero esta vez de una menar mucho más brutal, más prolongada. Si naces toro te introducen en la espalda una puya metálica del grosor de un brazo humano. Sacan y meten la vara para agrandar la herida. Una vez dentro, el diabólico instrumento gira sobre sí mismo como un taladro con el perverso fin de raspar la cara interna del boquete, para lo que resulta especialmente eficaz forrar el extremo del palo con maroma. Si naces toro eres lo suficientemente imbécil como para pensar que empujando al caballo te vas a zafar de la tortura. Desconoces que, a estas alturas, no tienes posibilidad alguna de escapar.

Apenas un respiro antes de que se acerque corriendo una absurda figura luminosa y te clave, en diferentes acometidas, hasta media docena de pinchos que te producen un dolor de fuego. Tratas de librare de ellos con bruscos movimientos de cabeza, pero no consigues otra cosa que desgarrarte los músculos con los arpones. La pérdida de sangre te nubla la vista, y ni el incesante jadeo consigue que recuperes tu ritmo cardíaco habitual. La sed te abrasa la garganta, y pensar en el agua de la charca bajo la encina no hace sino angustiarte aún más. No hay tregua. Definitivamente, esto es mucho peor que lo de la tienta. El incesante griterío te impide encontrar un segundo de consuelo.

Si naces toro se te planta enfrente el tipo brillante, se arranca a toda prisa con un sable en la mano y te atraviesa los pulmones. A veces también el corazón. Este pasaje resulta especialmente doloroso, porque te acaban de reventar tu bolsa de oxígeno y comienzas a ahogarte. Por la boca sale un caudal de sangre importante, que se une a las babas y al moco que te ha acompañado desde el principio de la lidia.

Si naces toro no tienes ni puta idea de lo ridículo que resulta pensar que, quizás como la otra vez, al final dejarán que vuelvas a tu encina, a tu charca, con los tuyos. Empiezas a sospechar lo peor cuando, ya inmóvil en el suelo, sientes como te rebanan las orejas hasta desprenderlas de la cabeza, donde siempre habían estado desde que recuerdas. A veces corre la misma suerte el rabo, el mismo que tan útil te había resultado a la hora de mantener a raya a los pesados tábanos. Llegados a este punto, sólo puedes desear morir antes de llegar al desolladero, pero en ocasiones tu destino es tan cruel que ni siquiera eso sucede.

Nunca sabrás que hasta es posible que tu tormento y el de otros cinco compañeros puede haber servido de excusa propagandística con el objetivo de recaudar fondos para luchar contra comportamientos humanos tan deleznables como el terrorismo, la violencia doméstica o la guerra.

 

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