LA REALIDAD OCULTA DE LOS ZOOLÓGICOS

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Por KEPA TAMAMES

 

Los centros en los que se mantienen animales con el objeto de mostrarlos al público a cambio de dinero son muy populares en las grandes ciudades, y para sus gestores resulta relativamente sencillo transmitir una idea amable del negocio. Esto se debe fundamentalmente a que la sensación que se obtiene de una visita dominical a estos lugares es por lo general positiva: se observan animales en apariencia felices, que evolucionan de una manera también aparentemente “natural”, lo que no invita a pensar en los zoos como una actividad agresiva para sus inquilinos. Pero un análisis sosegado del fenómeno tal vez nos permita tener una visión holística del mismo y adoptar una postura algo más crítica.

Una buena forma de establecer un análisis completo es pensar cuál es la vivencia cotidiana de los animales residentes, y compararla con la que les ofrece la libertad. Vamos a ello. Por lo general, se trata de individuos que en su medio natural tienen vidas ricas, que ocupan buena parte de su tiempo en la búsqueda de comida o en organizar a la comunidad en la que se integran, que deben permanecer alerta ante la aparición de posibles peligros, o preparar la cacería. Se trata con frecuencia de especies gregarias que asumen el juego como una parte imprescindible de su bienestar, y que toman decisiones en un sentido u otro. Que experimentan, en definitiva, sensaciones complejas en su devenir cotidiano. Es obvio que nada de esto sucede en el entorno de los centros zoológicos que se asumen como negocios (en la práctica, una inmensa mayoría). Digámoslo ya: los animales residentes están allí contra su voluntad. Algunos incluso son capturados de su medio natural, mediante técnicas siempre agresivas en algún grado, por la sencilla razón de que no son capaces de comprender determinadas situaciones. Y aquellos que nacen en cautividad portan una memoria genética que les predispone hacia ciertos comportamientos, que sin embargo no pueden desarrollar, con lo que aparecen síntomas como la frustración (y tras ella cuadros depresivos, que a su vez acaban somatizándose).

Por otro lado, uno de los aspectos más criticables de los parques zoológicos como concepto es que transmite y perpetúa la idea de los animales como “objetos al servicio del hombre”. De la misma manera que se utilizan para servirnos de alimento o para vestirnos, son literalmente “usados” para crear un escenario atractivo para los clientes. Si los visitantes no asumen una visión crítica (en el sentido de analítica) de la utilización de animales, aceptarán dichos centros como un aspecto más de la oferta lúdica.

Asimismo, la cuestión educacional es presentada como uno de los pilares argumentales por parte de quienes los legitiman. Pero hay que apuntar  aquí que el mismo término “educación” encierra una sutil trampa (que en calidad de tal se vuelve especialmente peligrosa). Se asocia por defecto el vocablo con algo positivo, cuando en realidad la educación es “el conjunto de valores en los que se educa” (con total independencia de que estos arrastren consecuencias negativas o positivas). Transmitir la idea de que los animales merecen respeto es tan “educativo” como hacer ver que son simples recursos a nuestra disposición, y que no tenemos para con ellos mayores obligaciones morales que las que decidamos unilateralmente. En tal sentido, desde un punto de vista didáctico, los centros zoológicos son nefastos. Primero, porque ofrecen una imagen caótica a sus visitantes, con especies “amontonadas” en apenas unas hectáreas, cuando la realidad es que en su hábitat natural pertenecen a entornos –e incluso a continentes– bien distintos. Así, una visita matinal al zoo implica enseñar a nuestros hijos la naturaleza como si fuera un álbum de cromos, donde grupos dispares comparten capítulos e incluso páginas. La existencia de los zoológicos contribuye a reforzar nuestra idea de los animales como “bloques impersonales”, donde lo importante es la especie, sin desarrollar el concepto de “individuo”. Y con ello se dificulta de forma notable la idea de la “empatía” (ponerse en el lugar del otro).

En cuanto a la cuestión del bienestar de los animales, cabe destacar que muchos están aquejados de algunos extendidos males entre los animales cautivos: el estrés, por una parte; el aburrimiento, por otro. Téngase en cuenta que, en su hábitat natural, la mayoría pasa buena parte de su tiempo buscando comida. Pero en el zoo todo está hecho: solo cabe esperar la hora de la comida, y todo el sustento viene en vehículos motorizados. Esto puede parecer a los ojos de muchos una ventaja, pero no conviene extrapolar a un león algo que muchos de nosotros elegiríamos con gusto. El aburrimiento trastorna y mata, literalmente; provoca angustia, y aparecen con frecuencia comportamientos inusuales como la agresión a los congéneres, la masturbación compulsiva, la coprofagia o la apatía sexual. Concebido como un negocio, los animales problemáticos o que ofrezcan una imagen no deseada a los visitantes suelen ser apartados de la vista. “Apartados” significa en este contexto traspasados a otros centros menos exigentes (y que por lo tanto invierten menos en bienestar), o incluso a algún circo ambulante donde se convierten en caricaturas de sí mismos, cuando no directamente en esclavos. El olor y la presencia visual entre especies que en la naturaleza son presa y predador ocasiona a veces una incomodidad adicional, puesto que ni unos ni otros tienen posibilidad alguna de actuar según su instinto.

No deberíamos olvidar tampoco los problemas individuales que pueden surgir, dado que no todos los miembros de una especie se comportan de la misma forma. Así, mientras algunos soportan bien la presencia humana (de cuidadores y visitantes), otros se muestran más asustadizos. Y un animal que se pasa el día metido en la madriguera no resulta rentable, ni conviene al negocio quien se teme al público que le lanza chucherías. Tales comportamientos se suelen cortar de raíz, sin que la gente se percate de la desaparición de aquel monito tan gracioso que hacía las delicias de los niños semanas atrás.

Por otra parte, digamos que el trasfondo de estos lugares suele ser una realidad desconocida para el gran público, que tan solo pasa unas horas en el recinto. Existe una importante transacción de animales entre distintos centros. Hay épocas en las que, por diferentes circunstancias, se da una sobreabundancia de determinadas especies, se traslada el stock sobrante a otros lugares que al final también quieren deshacerse de los individuos sobrantes.

Añadido a todo lo anterior, uno de los aspectos más crudos cuando se analiza este fenómeno es la absoluta dependencia en la que se encuentran los animales cautivos. Concebidos como meros elementos mercantiles, el centro siempre centrará su objetivo en la rentabilidad. Pero a veces los objetivos no se cumplen. No se consigue atraer al suficiente número de clientes, y hay que echar el cierre. ¿Qué pasa entonces con los inquilinos? ¡No se les puede hacer desaparecer con una varita mágica! Es entonces cuando la vida de estos desdichados pende de un hilo. La rapidez con la que se liquida el negocio es fundamental a la hora de reducir pérdidas, por lo que el tiempo corre en contra de las víctimas animales. Serán vendidos a bajo precio al primero que pague una cantidad razonable. En la medida que vivimos en una sociedad para la cual los animales son en su mayoría propiedades, se funciona con la lógica comercial de “a menos valor, menos aprecio”. Es muy normal que acaben sus días formando parte de algún espectáculo de segundo orden o de otras colecciones menores donde sus necesidades tanto físicas como emocionales se verán aún menos satisfechas que en la anterior etapa. La tragedia está servida.

 

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EL CRIMEN DE TORDESILLAS

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Por KEPA TAMAMES

 

Puede que el título no sea demasiado original, pero al menos es deliberado, en un deseo consciente de recordar la famosa película (El Crimen de Cuenca) que relataba la tortura infligida a unos inocentes a manos de la Guardia Civil, el cuerpo policial del Estado por excelencia durante décadas. Seguramente debido a crueles paradojas que solo pueden darse en una sociedad intelectualmente narcotizada y éticamente en avanzado estado de descomposición, el mismo cuerpo que arrancaba las uñas a aquellos pobres analfabetos se encarga hoy de salvaguardar el derecho de los ciudadanos de Tordesillas a clavar lanzas en el cuerpo de un individuo (toro, en este caso) al menos tan inocente como los desgraciados del citado film.

Bajo el grosero pretexto de la tradición y la cultura (¡como si ambas fueran en sí mismas legitimadoras de la violencia gratuita!), la localidad vallisoletana se dispone, doce meses después, a llevar a cabo lo que no es más que el linchamiento público de un ser indefenso. Elegido sufrirá el acoso de miles de personas enardecidas por hacer cumplir la sacrosanta tradición. Respetables padres de familia que educan a sus hijos en valores como la solidaridad y el respeto al semejante, mujeres que vinculan su igualdad social a la participación en la fiesta, y candorosos niños que dibujan animales sonrientes en el colegio durante este inicio de curso. Los mismos padres y madres que ponen exquisito cuidado en no taladrarse la mano mientras hacen sus pinitos con el bricolaje casero; las mismas mujeres y hombres que usan el preceptivo dedal para no pincharse mientras bordan el anagrama de la Peña de turno; los mismos niños que lloran desconsolados cuando, por simple descuido, se grapan un dedo en clase. Son en muchos casos las mismas personas que se reúnen en la plaza del pueblo para condenar otras variantes de la violencia unilateral humana: canalladas como el terrorismo político o doméstico. Ellos y ellas, que se espantan ante el sufrimiento propio, ejercen impasibles el papel de verdugos en una escandalosa ejecución sumaria.

Hastiado estoy (aunque se ve que todavía no lo suficiente) de repetir que no existe un sufrimiento “animal” y otro “humano”. De decir y escribir que solo existe el sufrimiento: la terrible experiencia del dolor. Y que, precisamente por ello, tan indeseable resulta esta para unos como para otros (hombres, niños, mujeres), sin que cuestiones como la especie biológica a la que pertenece la víctima aporte al debate nada importante.

En una sociedad éticamente decente, los ciudadanos y ciudadanas de Tordesillas serían detenidos por las mismas fuerzas del orden que ahora garantizan el buen discurrir del festejo, conducidos ante el juez, y condenados a penas severas por crueldad con agravante de alevosía. Pero es este un país donde determinadas versiones del crimen organizado han sido elevadas al rango de cultura, donde la administración se erige en garante de la tortura pública, pues eso y no otra cosa es el infame Toro de la Vega. El mismo país donde muchos políticos actúan como valedores de la agresión institucionalizada y los medios de comunicación como pilares para la propaganda y la loa.

Solo un ingenuo radical puede creer a estas alturas que el Estado español ha abolido en la práctica la pena de muerte por el mero hecho de estar proscrita de facto la ejecución de seres humanos.

Mientras Tordesillas mancha un año más su cerebro y su corazón de sangre inocente, los animalistas seguiremos denunciando estos crímenes execrables, con la esperanza de que, tal vez en un futuro no muy lejano, alguien decida rodar una película –cuyo título ya pueden imaginar, a poco avezados que sean– que nos avergüence a todos de un pasado plagado de miserias morales.

[*] Escribí la primera versión de este artículo allá por 2002. El principal cambio en las sucesivas versiones fue el nombre de la víctima. ¡Qué país tan triste!

 

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UN INFIERNO SOBRE RUEDAS: DAÑOS COLATERALES DE LA TAUROMAQUIA

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Por KEPA TAMAMES

 

Asociamos la tauromaquia con el escenario público de la sangre, la baba y el estertor, todo ello a apenas unos metros del “respetable”. Pero la tauromaquia es mucho más que eso; y con más quiero decir peor: más detestable, más triste, más criminal.

Hay una tragedia que no se plasma en el ruedo, y que por tanto nadie es capaz de maquillar con las consabidas pildoritas sedantes del arte y la cultura. Con frecuencia hay un después de la lidia, cuando la gente fija su atención en el diestro, héroe o villano, para el aplauso o el insulto, según toque. El toro, al derrumbarse sobre el albero, oficialmente derrotado, cesa en su protagonismo. Pero a menudo el morlaco sigue dándose cuenta de todo, aunque su cuerpo ya no le responda, por la sencilla razón de que fue cercenada su médula espinal, o como se llame eso que nos permite a los vertebrados gestionar nuestras extremidades con cierto libre albedrío. A pesar de todo, los pulmones suelen ser unos órganos tozudos, y continúan su labor, para desgracia del animal, que siente así ahogarse; y siente bien, porque la mayoría muere por falta de oxígeno. (Pruebe el lector a dejar de respirar durante unos segundos, y comprobará en carne propia de lo que se habla). Y a veces llegan conscientes al desolladero, lo cual no es óbice para que los operarios den comienzo al protocolo de desguace, pues el siguiente –vivo o muerto– apenas tardará veinte minutos en traspasar la cortina de plástico hediondo.

Y hay un antes. Una tragedia que los toros traen en su mochila biográfica, rumiada en la dehesa, lejos de miradas indiscretas, y de manera especial durante el desconcertante último capítulo de su vida campestre, cuando un buen día aparece en lontananza un cubo tambaleante y móvil, cada vez más grande. Vienen a por ellos.

Está también la tienta, horrenda forma de “calibrar” la bravura del animalito. Porque cuando le horadan por primera vez el cuello es apenas un cachorro vivaracho y desconfiado, que gime de dolor por el escozor de la herida (¿han oído ustedes los desgarradores gemidos?). La tienta no es ninguna broma, y de hecho sus víctimas son sometidas a la preceptiva cura posterior (eviten el vídeo los muy sensibles), para que el desaguisado no derive en severa infección y se recuperen; llegarán así íntegros al cadalso algunos años después. Por la noche, de vuelta con los suyos y el boquete ardiéndole, el cachorro ni se imagina que los humanos ya le han catalogado como “toro para lidia” o “morralla para fiesta de pueblo”.

El transporte del ganado de lidia constituye uno de los aspectos menos conocidos de este crimen, y sin embargo ninguna ejecución podría empezar de manera más vomitiva. Nunca mejor usada la expresión, por cuanto los animales padecen durante el trayecto un auténtico calvario, acostumbrados como están a su repetitiva vida cotidiana. A pesar de que el humano hace ímprobos esfuerzos por convertirlos en unas “malas bestias”, son en realidad pacíficos herbívoros. Y como tales sufren la subida al camión, la estabulación individual y claustrofóbica, flanqueados quizá por colegas con los que establecieron afectos y con quienes tuvieron alguna que otra trifulca, una forma como otra cualquiera de hacerse amigos. Por prescripción veterinaria, los pasajeros bovinos no probarán bocado durante todo el viaje. Tampoco agua. Es la única manera de que el tránsito sea “productivo” y no se produzcan bajas. Sería lógico pensar que, en tales condiciones, los pobres animales deberían perder cierto peso. ¡Hasta cincuenta kilos en algunos casos! ¡Hablamos de la décima parte en apenas unas horas! Es lo que tiene el ayuno forzado, el estrés, los golpes de calor, el miedo, la depresión, el mareo y la diarrea, entre otros factores. Hasta los veterinarios taurófilos (entiéndase el término en el presente contexto) reconocen en sus informes que los animales “salen del cubículo entumecidos, doloridos y mareados” (sic). Admiten de igual forma la situación de estrés de los mismos, y hay quien llega a concluir que, en general, el sufrimiento durante el transporte alcanza mayores niveles que durante la lidia. Yo no entiendo un carajo de betaendorfinas y cortisoles (tampoco en humanos, y me repugna la pena de muerte), pero con llegar a la [obvia] conclusión de que, en efecto, padecen, tengo suficiente.

Hace solo unos días se celebró una corrida de rejones en Vitoria-Gasteiz. Nocturna, para más señas, porque esta gente ya no sabe qué inventar para atajar la desbandada de las plazas. Con el tiempo (y una llamada anónima), nos enteramos de que el evento se cobró un total de nueve vidas inocentes, y no seis, como de costumbre. La prensa no lo recogió (seguro que por simple desconocimiento), pero al abrir la puerta del camión los veterinarios se encontraron con que tres de los viajeros yacían desplomados en el suelo, ya cadáveres. ¿Qué tuvieron que padecer esos animales, fuertes como rocas en origen, para sucumbir de semejante manera? Pues sí: un infierno sobre ruedas.

Es la lidia formal en la plaza –la faena con luz y taquígrafos– la que sale reflejada en crónicas y tertulias. Pero hay unos “daños colaterales” de la tauromaquia que la hacen si cabe más punzante, más dolorosa.

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

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LOS GANSOS DE LEKEITIO YA NO SUFREN

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Por KEPA TAMAMES

 

Se celebra un año más el Antzar Eguna (Día del Ganso) en Lekeitio. Esta localidad de la costa vasca congrega cada 5 de septiembre a miles de personas en el puerto, para ver como los mozos y mozas se cuelgan de los cuellos de las aves hasta decapitarlas con su peso. Hay quien todavía cree que los animales están vivos. Por fortuna para ellos, no es así. La masacre evolucionó hacia formas más “dulces” hace ahora treinta años, cuando –debido sobre todo a una de esas conocidas pandemias, pero quiero pensar que también a la presión animalista– decidieron sustituir a las víctimas por sus correspondientes cadáveres. Pensarán algunos que poco se avanza con el cambio, pues al final se sacrifican de igual forma. Discrepo por completo. Creo que aquella decisión, tres décadas después, se muestra del todo irrevocable, y de hecho las pandemias pasaron, mientras se mantuvo el cambio. A nadie se le ocurriría hoy siquiera sugerir la vuelta a los años negros, que en total sumaron dos siglos y medio largos. Y esto desdice a los que todavía apelan a la tradición para no dar el último paso y sustituir definitivamente a los cuerpos inertes por señuelos de plástico, de goma, o de lo que ustedes quieran; porque, hasta donde yo sé, un muñeco no sufre. Aunque bien estaría que, puestos a ello, colgasen de las cuerdas objetos que en nada recordasen a animales. Ni siquiera a cachorros humanos. ¿Se imaginan ustedes un juego que consistiera en arrancar cabezas de muñecas? Tan cierto es que no habría sufrimiento infantil como que la escena ofendería todos nuestros sentidos, y se entendería que hasta las asociaciones de pediatría (y no solo las organizaciones en defensa de los derechos del niño) pondrían el grito en el cielo por tan grosero proceder.

Por primera vez en trescientos años, el Ayuntamiento deja a la libre elección de las cuadrillas si quieren participar con animales de verdad (muertos) o prototipos artificiales. Y la quinta parte de ellas ha elegido lo segundo. Parecerá poco, pero a quienes estamos bregando con la barbarie humana un día sí y otro también nos parece muchísimo, y vemos en ello un real cambio, una luz a la esperanza. Vale que muchos habrán elegido los muñecos por aquello de la novedad, y otros por hacerse un huequecillo en los medios, pues en esta edición están siendo ellos los protagonistas. Pero seguro que también la ética y la sensibilidad han tenido su peso, porque esto es Euskadi y estamos en pleno siglo XXI. Como seguro es que el porcentaje aumentará durante los próximos años hasta completar el máximo, dado que, en realidad, la verdadera tradición –los gansos vivos agonizando en la soga: “la esencia de la fiesta”– quedó finiquitada mediados los años ochenta.

Estoy convencido de que a los niños y niñas lekeitiarras se les explica hoy de soslayo y con cierta incomodidad cómo eran las cosas hasta no hace tanto, y no serán pocos los que muestren un gesto agrio al oír a sus mayores el crudo relato. Y no pasará tanto tiempo antes de que los chavales de hoy eviten en lo posible tener que contarles a los pequeños del futuro que durante décadas mataron a los patitos para luego decapitarlos en el puerto durante las fiestas locales.

[*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.

 

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CARRERAS DE BURROS: ENTRE LO PATÉTICO Y LO CANALLA

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Por KEPA TAMAMES

 

No son pocos los lugares de la geografía patria donde se celebran “carreras de burros”. Naturalmente, no es que los animalitos queden en un determinado paraje para competir entre sí, pues en tal caso sería cosa suya. Me refiero a las carreras que, organizadas por peñas, cuadrillas, comisiones festivas y demás entidades de similar pelaje, se valen de pollinos para que estos midan su capacidad atlética. ¿Qué hay de malo en ello? “La pregunta habría que hacérsela a los burros”, he oído decir a ciertas mentes preclaras, como si los animales no nos contaran a través de toda una parafernalia gestual sus emociones y su estado anímico. Con todo el mérito de un título académico, intuyo que no se necesita para según qué apreciaciones. De hecho, no se solicita a nadie el título de Pediatría para la pertinencia moral de su denuncia por malos tratos al niño de turno. ¿Qué creemos que ha de sentir un bebé dejado a pleno sol, que además llora y patalea, colorado como un tomate, sino un extremo desagrado (sufrimiento)?

Si, en general, las carreras entre animales promocionadas por los humanos merecen una reflexión en sí mismas, aquellas protagonizadas por determinadas especies se convierten en modelo de escasa virtud moral. ¿Por qué precisamente burros? Acaso esa sea la pregunta clave. Y la respuesta se presenta tan punzante como cierta: porque se trata de animales que en nuestra jerarquía moral ocupan muy bajos estratos de consideración. Se les supone tercos, necios e insensibles, cuando están muy lejos de todo eso, como atestiguan no solo los etólogos, sino todo aquel que haya tenido la oportunidad de convivir con uno de estos animales, y como en cualquier caso debería dictarnos el más elemental sentido común. A los burros les encanta tratar con los suyos, o pegar brincos porque sí, o retozar en la arena; depende. Cosas de burros, en definitiva. Lo que me temo que no les gusta nada es que les trasladen a un escenario festivo (charangas, cohetes, griterío), ante miles de personas, y les obliguen a colocarse en la rampa de salida. Para ello hay que “convencerles”. Y como tienen la [razonable] costumbre de negarse a avanzar hacia lo que presumen desagradable (¿estúpidos?), se les lleva sí o sí, pues al fin y al cabo son meros borricos y no caballos alazanes. El firme de baldosa (con frecuencia mojada) no ayuda, y de hecho sufren una permanente sensación de inseguridad bajo sus patas. Por eso no avanzan por deseo propio. A menos que se tire de ellos mediante sogas o empujándoles del trasero. Pero creo que a eso lo llaman “por la fuerza”.

Quizá la carrera de burros que más proyección mediática tiene sea la que se celebra cada 25 de julio en Vitoria-Gasteiz, pomposa capital de Euskadi –con una Ordenanza Municipal de Protección Animal recién aprobada y más que lustrosa–, que sin embargo se resiste a cerrar página. Es cuestión de tiempo. O mejor diré “de tiempos”, porque en pleno siglo XXI ya no caben ciertos espectáculos, por muy incruentos que sean. Los animalistas llevan años denunciando tan chusco evento, y el pasado año, por primera vez, no se produjeron agresiones físicas a los animales durante la prueba. Hasta el alcalde garantizó en declaraciones públicas que nadie tiraría de los pollinos ni los empujaría. Vale que un alcalde no esté obligado a entender de comportamiento asnal… ¡pero es que hasta el más torpe de la ciudad sabe que un équido colocado ahí, en medio del gentío, se queda quieto-parao, sin saber qué hacer ni para dónde tirar! Bueno, miento… los animales miraban de reojo al camión que les trajo cada vez que pasaban por ese punto del recorrido. Al parecer, solo quienes protestaban se percataron del “detalle”. Sin diplomas acreditativos.

¿Dice algo la normativa proteccionista sobre lo que aquí tratamos? Pues sí. De forma genérica, los distintos textos de aplicación prohíben “Maltratar a los animales o someterlos a cualquier práctica que les pueda producir sufrimientos o daños y angustia injustificados”. Parece obvio que el acto afecta a sus elementales intereses de bienestar. Dice también que no cabe “Imponerles la realización de comportamientos y actitudes ajenas e impropias de su condición o que impliquen trato vejatorio”. No se sabe que los burros, en su medio natural, organicen competiciones con motivo de cada Santiago Apóstol, ni que prefieran hacerlo frente a una multitud y la algarabía general que en privado. Sospecho que, de poder, elegirían quedarse en su parcela, ora pastando, ora echando una siestecita con los colegas. No necesitamos preguntarles, pues ya nos responden con sus ojos, con sus belfos, con sus orejas: están aterrorizados. ¿No les parece? Asimismo, la normativa local proscribe sobre el papel “Utilizar animales en espectáculos que puedan herir la sensibilidad de las personas que los contemplan”. El pasado año fueron treinta los y las ciudadanas (cada cual con su filiación completa) que manifestaron este extremo en una denuncia formal. Los técnicos la desestimaron.

Pero uno, que ya peina canas, prefiere ver la botella medio llena. Pues sepan que hasta no hace tanto a los burros se les paseaba de bar en bar tras la infame “carrera”, que les atizaban sin descanso con lo primero que pillaban, o que incluso se les llegaron a introducir vía rectal hortalizas picantes, por “animarlos” en su cometido. Hoy el espectáculo da sus últimas bocanadas, y sería estupendo que este artículo contribuyera a ello. Sus promotores tienen aún la oportunidad de acabar de manera digna esta lúgubre etapa tomando decisiones dignas y plausibles. De persistir la cerrazón, serán “los tiempos” –y la decencia política– los que les desplacen y cedan paso a aires frescos y modernos. 

Por cierto… ¿de verdad alguien cree que son los animales los que compiten? ¡Claro que no! En realidad, compiten sus jinetes. Aunque sospecho que ni ellos saben con certeza a qué. Porque estos eventos, reconozcámoslo, oscilan entre lo patético y lo canalla. Son patéticos en cuanto que nos retratan –a los humanos– en nuestros más bajos instintos, creando un escenario de dominación. Y al tiempo canalla, pues no se me ocurre otro calificativo para quien, pudiendo divertirse de mil formas respetuosas, elige aquella que molesta, duele y ridiculiza.

[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.

 

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