VICENTA

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Por KEPA TAMAMES

No es Vicenta un nombre figurado, ni su historia una metáfora. Se trató de un ser de carne y hueso, en las proporciones que correspondieron a una ancianita de su edad y tamaño. Y me perdonarán la broma (afectuosa en cualquier caso), ahora que no nos lee nadie: ella era el permanente recuerdo de que la belleza es cosa de interior, como algunas plantas; aunque bien es cierto también que, dadas las circunstancias, poca guasa puede uno exhibir sobre un campo tan subjetivo. A los hechos me remito.

Vicenta llegó a Euskadi en vuelo directo procedente de Sevilla, donde había pasado sus últimos tres años en uno de esos horrendos lugares conocidos popularmente como “perreras”, y que la administración trata de dulcificar con el eufemístico nombre de “centros de protección animal”, cuando la realidad es que muchos de ellos no pasan de ser simples antesalas de la muerte, almacenes de peludos para los que su mestizaje, o tener parásitos –¿quién no los tendría en dicha situación?–, o un rabo pelón supone una desventaja insalvable a la hora de ser elegidos para una segunda oportunidad, como si hubieran desperdiciado la primera por puro antojo. En tal sentido, Vicenta representó sin duda la excepción.

Fue abandonada a su suerte cuando ya se encontraba en esa fase vital que etiquetamos de manera un tanto cursi “tercera edad”. Con nueve años, deshacerse así de una compañera que ha compartido contigo su vida es algo más que una burda canallada. Se trata directamente de un deleznable crimen, con todas sus letras. Conociendo el desolador panorama que espera a los animales sin dueño en este país, asestarle un certero martillazo en su cabecita hasta hubiera sido hasta un comprensible acto de compasión. Pero seguramente a sus antiguos dueños les hubiera remordido la conciencia de haber actuado así. Prefirieron dejarla como una caja vacía e irse a su casa a cenar, a ver su programa favorito en la tele, y a dormir después a pierna suelta. La pregunta que a uno le asalta ante escenarios como el descrito es cómo se pasa la primera noche, y la segunda; y si esta gente se acuerda de la Vicenta de turno un mes después de su hazaña. Con las características de la yaya Vicenta, las posibilidades de encontrar una familia decente se reducen a prácticamente cero. Mas el caso que nos ocupa, convenientemente difundido por la red, encontró una solución a cientos de kilómetros.

La vida cambió radicalmente para ella, y además para siempre. Recuerdo aún a Vicenta tumbada sobre un cojín limpio (o en el sofá, utensilio doméstico no menos apreciado por los perros que por nosotros mismos), echando una cabezadita tras el paseo matinal, despertándose apacible al notar las pisadas de alguno de sus cuatro compañeros de piso (dos seres humanos y dos caninos), pasando la noche a los pies de la cama o donde le apeteciera, comiendo y paseando a la misma hora, que no hay nada más placentero para un perro que la rutina diaria.

Sirva el caso de Vicenta para sacar a la luz por enésima vez la tragedia cotidiana de docenas de miles de perros y gatos que cada año tienen que ser sacrificados por abnegadas entidades protectoras ante la imposibilidad de poder garantizarles una existencia mínimamente digna, o directamente por el ayuntamiento de turno, que con frecuencia reduce el problema a frías estadísticas, gestionado siempre en clave de “affaire sanitario”.

Resulta incomprensible que tras varias décadas transcurridas desde la impactante campaña del Él nunca lo haría siga condenándose a la miseria a una cifra de animales no tan distinta a la de entonces. Nuestra sociedad ha avanzado en muchos aspectos, estableciendo normas de protección para diferentes colectivos humanos desprotegidos, acompañadas aquellas de severas penas, como mandan los cánones éticos. Pero parece que la cuestión de la defensa de los animales en general, y en particular la de aquellos a los que percibimos emocionalmente más cercanos, sigue siendo relegado a la categoría de “ideal caprichoso”. La compasión y la puesta en práctica de un elemental ejercicio de justicia para ese colectivo al que denominamos animales continúa siendo la hermana pobre de la solidaridad. No obstante, se trata sin duda de una realidad que cambiará más pronto que tarde –lo hace de hecho cada día, con discreción pero sin posible marcha atrás–, como han cambiado en las últimas décadas otras tantas mierdas solo achacables a lo humano. En medio de tanta miseria moral, un chute de optimismo en vena nunca viene mal. Aunque “solo” sea por las muchas Vicentas que esperan su turno con las maletas hechas.

  

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ARMAS DE DESTRUCCIÓN MASIVA

armas destruccion masiva

Por KEPA TAMAMES

Adquirió gran notoriedad hace unos años el término “armas de destrucción masiva”, referido al terrorífico arsenal que ciertos países almacenan para tan poco noble propósito como matar personal a mansalva. Creo que también se conoce el pavoroso resultado como “genocidio”, aunque la etiqueta suene algo más añeja. Por muy atroz que se nos presente, al menos no podremos decir los humanos que nos resulte novedoso, pues genocidios hubo desde siempre: el primero nada más comenzar nuestra historia, cuando Caín se cargó él solito… ¡a una cuarta parte de la población mundial, se dice pronto!

Es bien curioso que solamos asociar determinada terminología tétrica con algo lejano, o como mínimo propio de países de culturas muy diferentes a la local… y por supuesto con sociedades regidas manu militari y lideradas por mesiánicos líderes. No nos vemos a nosotros mismos como “armas de destrucción masiva”, cuando sobradas razones hay para ello, si nos atenemos a la devastación que sembramos allá donde plantamos nuestros reales. Hemos convertido el planeta en un inmenso estercolero, y acaso lo peor de todo sea ese suicidio colectivo –invisible pero cierto– que supone el cambio climático.

¿A qué viene todo esto? De momento, les confirmo que en Iraq SÍ había armas de destrucción masiva. ¿Cómo se les queda el cuerpo? Tranquilos, que no le voy a dar la razón a nuestro geyperman ibérico y al chulito tejano. Ellos aseguraron ufanos que en efecto encontrarían un arsenal terrorífico… pero cuando afirmaban eso no tenían en mente platos, cucharas, tenedores y cuchillos.

Si nos atenemos a un par de factores que enseguida comentaré, pueda que la captura, cría, explotación y sacrificio de animales como alimento sea la mayor y más devastadora forma de violencia que pueda achacarse a la comunidad humana. Los factores vienen a ser los siguientes: el número de individuos, por un lado; y su grado de sometimiento (agresión), por otro. En cuanto al primero, confieso que siempre me paralizó la cifra: ¡3000 cada segundo! Pero más paralizado me quedé al saber que el fatídico número refiere en exclusiva a los animales sacrificados en los mataderos, pues no entran ahí los peces, por ejemplo, ni por supuesto los invertebrados, pobrecitos míos. Incluidos todos, nos iríamos a dígitos mareantes… 30.000, 40.000, 50.000 vidas únicas e irrepetibles segadas cada segundo. Soy el primero en reconocer la severa dificultad de colocarme en la “piel” de una nécora o en la “mente” de un bogavante… pero no sé por qué me da que a tan particulares animalillos no les hace ni pizca de gracia que los arrojen a una perola con agua hirviendo. Y no sé por qué escribo que “no sé por qué”, cuando en realidad sí que lo sé. Las nécoras tienen la sana costumbre de huir en dirección contraria al agua hirviendo (¡no hagan esto en casa!), precisamente. Y este simple hecho debería darnos qué pensar. ¿No creen? Y hablo de crustáceos, insisto, de quienes nos separa un foso filogénico importante. Piensen ahora en un ave, y no digamos ya en un mamífero –un perro o un gato, sin ir más lejos–, ya me contarán qué diferencia hay entre nuestro querido periquito y un pollo de granja, entre Toby y un cordero, entre nuestro gato y el conejo que comparte paella cuando era de verdad conejo peludo y saltarín.

En fin, y a eso voy, que aquí les dejo la reflexión, para que la tomen en serio o me pongan verde en el apartado “deja un comentario”, a gusto del consumidor, que para eso están ustedes ahí y yo aquí. Porque, al igual que genocidios, revoluciones hay muchas, y pudiera ser que las más eficaces fueran las cotidianas y personales, pues al menos estaremos de acuerdo en que no habría guerras si cada cual se comprometiera en firme a no participar en ellas, o que la fatídica cifra antes señalada se vería disminuida si de verdad nos planteásemos la real “necesidad” de comernos a nuestros semejantes (lo son las nécoras y los bogavantes en cuanto a que huyen del agua hirviendo, como mismamente huiríamos usted o yo), descubriendo que otra alimentación es posible. Por múltiples y variadas razones, además, entre las que solo una tiene que ver con el respeto hacia los animales. Otro día hablamos de ellas. ¡Que aproveche!

  

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POLIS MALOS

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Por  KEPA TAMAMES

No soy de los que cuentan sus batallitas a las primeras de cambio –ora durante el desayuno a comensales somnolientos, ora en la sobremesa a familiares desconocidos–, entre otras razones porque algunas de mis cuitas son públicas. Pero hoy toca.

Me recuerdo esposado dentro de un furgón policial (hace de esto la tira de años, de cuando ni tenía aún la barba semicana), tras negarme a la identificación requerida por los agentes, quienes desde la otra punta de la concentración hicieron el recorrido con el insano propósito de tocarme las narices. Vista su actitud provocadora y chulesca (llevaba desde el principio desplegada toda una dotación antidisturbios, armados sus ocupantes de fusiles lanzapelotas, ante una veintena de antitaurinos, equipados estos con “peligrosísimos” carteles reivindicativos y en el más absoluto silencio), mi conciencia me invitó a no colaborar, y les dije con toda la serenidad que pude que el menda no iba a facilitarles la labor. La labor consistió en llevarme hasta la furgoneta sí o sí: que el menda no anda, pues se le arrastra, que para eso los polis antidisturbios no se andan con remilgos, ya se lo digo yo. Convenientemente “acomodado” en mi asiento del coche oficial, comprobé enseguida que no iba a hacer el viaje en solitario –imagino que quisieron llenar el vehículo por motivos ecológicos, yo qué sé–. Al poco entró Iñigo en similar tesitura. Su acomodo no fue tan sencillo como el mío, pues era y es grande como un oso, y se veía que allí o sobraban piernas o faltaba coche. “Nos van a dar hostias por un tubo”, me espetó protocolario. Yo le miré con una expresión mitad sonrisa mitad mueca, y le dije que no exagerase, que estábamos en el mundo civilizado y no en un país dictatorial del África profunda. Entonces Iñigo soltó una carcajada mientras me miraba con aire paternalista: “Kepa… la policía es igual en todas partes”.

No se produjo la anunciada somanta. Quizá porque compartimos la zona de calabozos con Inestrillas y sus secuaces, que la habían hecho más gorda, y nosotros no pasábamos de ser al fin y al cabo un par de jovenzuelos idealistas. Unas pocas horas en aquel diáfano agujero, sórdido pero limpio, identificación, y a casita, que se enfría la sopa. La acusación policial aseguraba que había “intentado agredir a los agentes de todas las formas posibles”, y que de hecho había causado desperfectos en uno de los vehículos (adjuntaban la fotografía de una goma fuera de sitio). Diagnóstico: desobediencia grave a la autoridad. La jueza instructora no les debió de creer, dado que mutó el “grave” por un más cauteloso “leve”, haciendo caso omiso al “atentado a la autoridad en grado de tentativa” y al “deterioro del coche”. Y digo yo que si una juez no se cree ni de lejos la versión policial redactada en el atestado, por ende considera que sus responsables están mintiendo (¿es esto legal?), con lo que la famosa “presunción de veracidad” que por defecto se asigna a los agentes de la autoridad vale aquí tanto como un billete de tres euros. En el juicio no fue llamado a testificar ninguno de los polis que intervinieron en mi detención, y ni siquiera se me solicitó que ofreciera mi versión de los hechos. Me pregunté entonces –y me sigo preguntando ahora– para qué demonios me hicieron perder una mañana si estaba de antemano sentenciado. Simplemente se me condenó a pagar una multa, dos mil pelillas del ala, nada que te arruine, desde luego, pero llegaba entonces para algún que otro capricho gastronómico.

Lo que quiero transmitirles con esta historia es que a fuerza de hostias –también aquellas que no nos dieron– se aprende, y me refiero con ello a la ingenuidad de pensar que la Policía nos defiende, que vela por nuestros intereses tanto como por los de su propia familia, o que uno se mete por defecto a poli por querer servir a la sociedad y hacerla mejor. Hay casos en que así es, en efecto, y yo mismo conozco de cerca algunos, que antes que polis [buenos] son amiguetes, o precisamente por eso. Pero hace ya mucho que no me creo cuentos edulcorados, y vivo en el convencimiento de que buena parte de las fuerzas de seguridad se nutren de “polis malos”. Como creo que la mayoría de quienes dan sus primeros pasos en el correspondiente cuerpo lo hacen con relativa (o absoluta) buena fe; pero el ambiente les acaba malignizando más pronto que tarde. A mí, con los policías, sean nacionales, autonómicos o locales, siempre me asalta la duda de si acaso se metieron en eso por ser así, o si son así porque se metieron en eso.

Me incoan ahora un expediente sancionador por “intentar parar una carrera de burros, llamar `peleles´ a los agentes, arengar a los manifestantes a la rebelión, negarme repetidamente a ser identificado, y no sé cuántas cosas más”. Todo yo solito, que para eso soy vasco, ante varios miles de ciudadanos y con un amplio despliegue mediático tomando imágenes. Lo mismo que confesé al principio del artículo mis culpas –no las que me endosaron, sino las ciertas–, les digo que las acusaciones actuales pertenecen a la más burda fantasía, al género de la literatura delirante, y en buena medida a la mala leche. Nada de lo que ahí pone es ni medianamente cierto, pues los periodistas lo hubieran recogido con profusión al día siguiente en su crónica sobre la patética carrera, y nadie mencionó ni por asomo lo que los polis afirman en comandita. Lo que sí escribió algún medio local fueron los calificativos de parte del público hacia mi persona, el ya clásico y desgastado “¡hijo de puta!”, que lo mismo vale para un árbitro que para un animalista. Pero ellos, con el visor que les da su magnánima condición, solo constataron a un tipo desquiciado intentando abortar la carrera y formar la de Dios es Cristo. ¡La imaginación en el poder! 

Tampoco quisiera terminar este texto en plan abuelete contestatario (algo hay de cada cosa, también es cierto), ni con la consabida moraleja facilona. Pero déjenme que les traslade una sugerencia con toda seguridad innecesaria: no sean ingenuos, o al menos no lo sean desde la estupidez de creer lo primero que les cuentan sobre la bondad y la maldad del personal. Pues nada, queridos y queridas lectoras, que afrontaremos con la dignidad que el caso merece este nuevo desaguisado, ataviado en lo escénico con distintos uniformes y números de placa, pero con los mismos protagonistas en lo moral: polis malos.

 

P. D.: Cada vez que el tiempo refresca recuerdo aquel primer episodio con la policía, cuando cierto dolor sordo aparece en mi muñeca derecha al hacer un giro indebido. La colocación [también indebida] de las esposas me lesionó un tendón, y con ello bregaré para los restos. Poca cosa, no se preocupen. Imagino que algún graciosillo malicioso (¿poli malo?) estará pensando en estos momentos: “Pues no la gires”.

 

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JÚBILO POR EL LLANTO DE UN NIÑO

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Por KEPA TAMAMES

Hacía tiempo que quería contar esto en alguna parte visible, pues ya lo compartí en conversaciones íntimas con varias personas de mi entorno, y todas asintieron con una medio sonrisa cómplice antes de que acabara mi exposición, lo cual significa que sabían por dónde iba la misma, y que pensaban de hecho igual, pero que, como yo mismo, se habían guardado la sensación para sí, sabedoras de que una parte aún significativa de la sociedad no las comprendería, y aun malinterpretaría con generosa dosis de mala fe su relato.

Al grano. ¿Quién de ustedes no siente un sincero júbilo al percatarse de que es en realidad el llanto de un niño lo que creíamos lamentos de un animalito? ¿A que saben ahora a qué me refiero, sin necesidad de que continúe el artículo? (No obstante, y como quiera que tiene este una hechura formal algo más larga, me entretendré algo en la reflexión). Comprenderán también quienes se hallen conectados a la “empatía transespecífica” el motivo del gozo: un niño tiene por doquier prioridad absoluta, de tal forma que su desconsuelo será mitigado con relativa inmediatez. Incluso allí donde los Derechos Humanos son todavía apenas un raquítico embrión, siendo niño se goza de un estatuto moral muy superior al de cualquier animal, con lo que la dramática distancia se mantiene. Y ese es, creo, el objetivo último de la teoría animalista: equiparar sufrimientos idénticos desde su calidad de indeseables, igualar nuestro compromiso de no dañar a nadie si podemos evitarlo, con total independencia de que sea la víctima gato urbano, fontanero, paloma o reponedor de supermercado.

Por tanto –y si de ser consecuentes se trata–, deberíamos adoptar idéntica postura en caso de hallarnos en una sociedad donde fuesen los bebés los desfavorecidos. Quiero decir con ello que, desde la decencia que por defecto se nos supone, habríamos de sentir entonces un inmenso alivio al comprobar que el lamento proviene de un gatito abandonado, y no de un crío. No sé si ustedes me siguen. Porque reconozcan al menos que contar esto requiere un cierto cuajo, y pretender que encima se entienda a la primera resulta de una ingenuidad carmelita. Saltará una buena parte de quienes lo oyen –que no “escuchen”– con aquello de que “se prefiere a los animales que a los niños”, o al menos “que se prioriza el sufrimiento de aquellos sobre el de estos”. Y en cierta forma es esa la realidad. Mas requiere la sentencia de una cuidada gestión, aunque lo que todo esto necesita de verdad es una postura humanista y bienpensante de quien oye y escucha.

Desear por estos lares –sirve el adverbio para cualquier rincón del mundo– que sea un niño el que berrea no muestra sino un mero acto de buenos deseos, y lo contrario una demostración de inmensa mezquindad. No entenderlo a la primera, hasta comprensible. Soltar pestes a la mitad del relato, una mezcla de ignorancia y racanería moral. Eso es todo, amigos.

  

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BROTES VERDES

Brotes verdes

Por KEPA TAMAMES

Suelo pasar ocasionalmente algunos días en eso que se dio en llamar la “España profunda”. Con esta terminología etiquetadora hay que observar exquisito cuidado, no sea que estés adosando calificativos a diestro y siniestro con similar alegría que injusticia. De todo hay en la viña del señor, y uno se alegra bastante más de que ese crisol de mentalidades se dé en unas partes antes que en otras. Pues bien, les cuento que de mi penúltima visita a la zona vine con renovado espíritu, tras la anécdota a partir de la cual gira este artículo.

Mi pareja y un servidor sabemos que el viaje acarrea un cierto cambio de mentalidad, pues hay que tratar allí con gente “algo diferente” a nosotros. No entro en si mejores o peores, dada la relatividad de las cosas en general y de las cosas morales en particular. Pero somos muy conscientes de que, por el bien de todos, procede un severo cambio de chip, a menos que queramos acabar a las primeras de cambio a trompadas con todo lo [humano] que se mueve. Es por ello que nos conectamos al “modo diplomático” en cuanto pisamos aquella tierra.

Instalados en la casa familiar, tenemos por sana costumbre coger el coche cuando languidece la tarde, sin rumbo fijo, y lo mismo acabamos bordeando la aliseda de un río que subiendo a la iglesia de un pueblo perdido en el páramo. Este fue el caso. Aparcamos allí (Quintanilla de Urz, enigmático nombre) como podríamos haberlo hecho en cual otra localidad. Está presidida esta por una iglesia de piedra tosca, pero cuidada hasta el mimo, con un jardincillo en su fachada que la hace singular. Al poco apareció una mujer de complexión fuerte, acompañada de una cachorrita encantadora, cuyo rabo frenético anunciaba a los forasteros amistad perruna sin dobleces. Nosotros, huérfanos de Koska desde hacía apenas dos meses y medio, nos lanzamos a acariciar cualquier bicho de pelo o pluma, son las cosas del querer y de la ausencia. Nos preguntó la mujer si éramos turistas, y asentimos. Entró en escena entonces otra perrita, esta adulta, regordeta y por igual amistosa, acompañada de su madre (me refiero a la madre de la señora inicial, para que no nos liemos entre canes y humanos). La conversación fue la clásica en estos casos: que de dónde éramos, que si estábamos alojados en la zona y demás. Nos interrumpió una tercera pareja persona-perro. Y dieron comienzo al paseo cotidiano, al que fuimos amablemente invitados. Aceptamos, por ver qué se cocía allí. Porque allí se cocía algo de nuestro interés, o al menos del interés de mi pareja, nuestra parte perspicaz e inteligente (es lo que hay). Nos contó la portavoz que quedaban a diario “a pasear a las perras”, hecho ya curioso y hasta ilusionante en según qué sitios, o esa es la idea que manejamos algunos. Nos dijeron que para ellas sus animales eran muy queridos, tras señalar un lugar en el suelo, junto a una hilera de humildes arbolitos, donde al parecer reposaban los restos de la última integrante del grupo canino desaparecida. Evito relatarles lo que aquella confesión supuso para quienes llevamos defendiendo a los animales algo más de la mitad de nuestra vida. Ya de vuelta, tras confesar uno de los integrantes del grupo que era de Manganeses de la Polvorosa, se nos ocurrió preguntar, por cerciorarnos, si se trataba del famoso pueblo de cuyo campanario arrojaban una cabra los mozos durante las fiestas locales, allá por los años noventa, y que acabó por abolirse tras las protestas animalistas. Nos dijo que sí, que ese era el pueblo, y hubiéramos continuado con la banal conversación de no haber comentado uno de ellos algo que nos dejó helados: “Sí, una barbaridad; como lo del Toro de la Vega de Tordesillas”. Ambos nos miramos incrédulos y pasmados, pensando en si se trataría de un traicionero sueño o si el comentario era real como la vida misma. Aquella gente, que normalmente identificamos –por el mero hecho de formar parte de una determinada comunidad– desde la lejanía con la defensa acérrima de todo lo suyo, también de la tortura pública de animales, se mostraba inequívoca ante unos desconocidos contra el lanzamiento de una cabra desde un campanario y de la persecución y alanceo de un morlaco aterrado… ¡y hasta contra las tradicionales corridas de toros! Les trasladamos nuestra perplejidad, que aumentó si cabe al manifestarnos que allí había bastante gente que no comulgaba con dichas “barbaridades”. Apenas fueron veinte minutos de contacto, pero suficientes para que nos trajéramos esta vez la experiencia como un regalito extra, gratis total, porque la ética se vende hoy a precio de oro, y bastante más en unos sitios que en otros.

Quiero pensar en “brotes verdes”. Que quizá las cosas estén cambiando a un ritmo más ágil del que cree el segmento animalista más mustio, porque seguro que hay factores que se nos escapan en la evaluación global. Tras esta edición del linchamiento de Tordesillas se ha producido una especie de tsunami “anti Toro de la Vega”. Parece como si de repente (nada súbito ni espontáneo, en cualquier caso, pues hay detrás un arduo trabajo de décadas) hubiera triunfado –o como mínimo se hubiera abierto cierto paso– lo “políticamente correcto”; es decir, condenar ese esperpento medieval, convirtiendo en “fea” su defensa. Si acaso la cuestión va por ahí, no la considero mala noticia.

 

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