CITA OTOÑAL EN BIDEBARRIETA

 

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Por KEPA TAMAMES

 

Es Bidebarrieta el nombre de una calle de Bilbao, en pleno Casco Viejo, que alberga en su tramo inicial a su “biblioteca de toda la vida”, sita en un contundente edificio que tiene bien pasado un siglo, de estilo ecléctico, que es como no decir nada porque de todo tiene un poco. Como tal, la biblioteca ocupa una sala de alto techo, romántica y silenciosa, que para eso es sala de lectura y recogimiento. Pero yo frecuento más el Salón de Actos, en el piso superior, imponente y al tiempo discreto, con vidrieras que por sí mismas merecen una visita. Me acerco allí cada otoño, pues se celebran desde hace algunos años unas sesiones vespertinas (y públicas) de lo más interesantes, creo. Y, además, sé con absoluta certeza que no estaré solo escuchando las ponencias, siendo que desde la platea observa con atención cerúlea Don Miguel [de Unamuno]. Quizá siente nostalgia el viejo profesor de aquella su primera conferencia en lo que era entonces el centro cultural y disidente de la ciudad. Disidente aún lo es, por cuanto se tratan allí los más diversos temas a lo largo del curso. Por ejemplo, la cuestión de los animales, que a eso  voy. 

Este próximo lunes día 3 se inauguran, en efecto, las VII JORNADAS VASCAS DE PROTECCIÓN ANIMAL. Se trata de un foro de opinión en su más estricto sentido, con invitados de todas las tendencias y pareceres, media docena cada año, divididos en tres sesiones: una pareja cada jornada. La primera suele estar dedicada al debate, elemento esencial, entiendo, de toda ideología que se precie. Pero, que se sepa, para cualquier debate se necesitan al menos dos opiniones no coincidentes, y resulta que la administración invitada declinó (ni siquiera me atrevo a decir que “amigablemente”) la invitación para explicar cara a cara su política de exterminio de palomas urbanas. Porque, salvo rarísimas y plausibles excepciones, no hay en España ayuntamiento de cierta entidad demográfica que no tenga establecido un rudo protocolo para eliminar a estas aves. Que, por cierto, son usadas al tiempo por esos mismos consistorios como representación icónica de valores tan virtuosos como la paz y el buen entendimiento. ¡Tiene tela! Una palomita al aire siempre arregla una portada. No obstante, y a pesar de su pomposa etiqueta, los citados ayuntamientos las trampean en masa para después eliminarlas de la misma forma con gases venenosos. Aunque ello conlleve un sufrimiento insoportable, no quiero evitar pensar en toda la escena: en cómo las aves se ven de súbito atrapadas en la jaula; en cómo se manejan por parte de unos operarios desmotivados (desde su mentalidad estándar, ¿por qué tendrían que observar un trato considerado hacia quienes van a gasear apenas unos minutos más tarde?), en cómo las presas se golpean entre sí durante el viaje; o en cómo empiezan a sentir los primeros síntomas del mareo una vez abierta la espita. Y acaso lo peor de todo es que esta razzia –incluso desde su perspectiva técnica– no sirve absolutamente para nada, puesto que pasados unos meses el número de aves en un espacio dado volverá a ser el mismo, mientras la comunidad siga teniendo la misma carga reproductora. Es así que la mera eliminación protocolaria y repetitiva se limita en la práctica a “contentar” a ese fragmento de vecinos que protestan por todo. Podría hablarse de un auténtico “sacrificio ritual”.

Durante la segunda sesión (martes día 4) nos visitará la policía. No, no es que tengamos en mente hacer nada malo. Es que está invitada. Dos curtidos agentes –pertenecientes a la Ertzaintza y al SEPRONA– nos trasladarán en vivo su experiencia profesional en el particular campo de la defensa de los animales: de cómo en ocasiones se encontraron tras una puerta con el infierno en la tierra, o aquella vez que pudieron acariciar, ya recuperado, al mastín que fue no ha tanto un saquito de huesos y terror.

La tercera jornada (miércoles día 5) se dedica a eso que podríamos llamar “la madre del cordero”: la educación. Cuentan algunos que somos lo que aprendimos de niños, y digo yo que también de mayores podemos dar un giro al timón y resetearnos de arriba abajo, o casi. Cuestión de caracteres y de compromiso, como todo en esta vida. En dicha sesión habrá ocasión de escuchar a dos educadores, que lo son por tratar con gente menuda (¡menuda gente!), para tratar de cimentar sus valores en cosas como la empatía, la solidaridad, la ayuda al necesitado: esculpir en ellos una ética global, en definitiva. Así entrarán en la edad adulta con cada, y no habrá necesidad de reseteo alguno. ¡No me negarán que venir a este mundo –o a alguna de sus etapas vitales– con la ética global “de serie” es de lo más práctico!

Olvidaba remarcar un detalle que, por su calado político, no debiera pasar desapercibido: las Jornadas están auspiciadas por el Gobierno Vasco, que encarga su organización a una entidad animalista. Allá cada cual, pero se me antoja que esta apertura de miras debería ser justamente reconocida, visto lo visto y soportado lo soportado. 

Termino el artículo aclarando para los no iniciados que Bidebarrieta significa algo así como “caminos nuevos”. Como amante que soy de la metáfora sencilla, les dejo esta, por ligar de alguna forma el espacio físico, las Jornadas y sobre todo su propósito central: enseñar, aprender… pero sobre todo “aprendernos”. A quienes acudan, bienvenidos.

 

[*] Este artículo fue publicado en El caballo de Nietzsche, el flamante blog animalista de eldiario.es.

 

 

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PIEDRAS Y OREJAS CONTRA MANOS DESNUDAS

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Por KEPA TAMAMES

 

Por si no había quedado claro a lo largo de las anteriores ediciones,ciertos ciudadanos y ciudadanas lo certificaron el pasado 16 de septiembre en Tordesillas (Valladolid) durante la ejecución sumaria de Elegido. Recibieron a pedradas a un nutrido grupo de personas que protestaba como buenamente podía contra el macabro acto: haciendo piña en un punto del recorrido del reo, mostrando sus manos desnudas, llorando, tragando flemas… Les espetaron insultos (los ya clásicos hijos de puta, vagos, catalanes…), y hubo quien quiso aprovechar la indefensión de algún manifestante mientras era retirado en volandas por fornidos miembros de la benemérita para asestarle una patada en la espalda o un puñetazo en la cara. ¡Muy valientes estos tipos mesetarios!

Como valientes eran los mastuerzos que arrojaban las orejas –imagino que aún calientes– de los becerritos recién torturados sobre el albero por vecinos sin la menor pericia profesional para la práctica del martirio. (Se las arrojaban, en efecto, a los manifestantes que ocupaban la calle con las manos desnudas). Distinto parece un torero con carnet y traje de luces, quien sabe cómo clavar banderillas sobre la espalda del “enemigo”, marearle con la muleta para que los hierros aumenten la hemorragia y se debilite así aún más, meterle hasta los pulmones una espada que le provocará la muerte por pura y simple asfixia, muchas veces ya en el desolladero, comenzado el protocolo de desguace por los operarios. ¿Distinto?  

Quizá me ciegue mi vena animalista, pero veo en estos escenarios algo intrínsecamente perverso. Y “perverso” en varias capas que se superponen, como una suerte de “cebolla envenenada”. Porque a la agresión urdida y letal se suma el desprecio grotesco hacia quienes reivindican el respeto al prójimo, el cambio, la progresía moral. No siendo yo habitual partícipe en dichas manifestaciones, he visto a taurinos bajándose los pantalones ante el grupo de las pancartas, o exhibiendo una castiza “peineta”, o regalando una sonrisa tétrica; eso sí: parapetados siempre por las fuerzas del orden, no vaya a ser. ¿Pero qué problema tiene esta gente para aceptar el escenario de la crítica, continuar su camino, entrar a la plaza y ocupar su asiento; o bajar a la vega e imbuirse en la polvareda que impide ver y sentir, disfrutar de “su” arte, de “su” cultura, de “su” sacrosanta tradición? Con toda probabilidad destapo ahora el tarro de mi ingenuidad, pero pienso que deberían comprender al menos que quienes protestan no lo hacen desde el antojo, sino desde una profunda convicción de que eso está mal. ¿Qué lleva a alguien –seguro que amorosa madre de familia y aún mejor convecina– a "celebrar" la muerte de Vulcano? ¿Es que acaso no se percata de que ello la hace peor persona? Son estos comportamientos los que a mí me causan desazón y una profunda tristeza: el lanzamiento de piedras y orejas contra las manos desnudas; la celebración de la muerte de Vulcano

No entraré en las [para mí] misteriosas razones que impulsan a alguien a jugarse enuna mañana lo que no se ha jugado el resto del año, y encima pretendiendo repartir lecciones de activismo a diestro y siniestro. Me quedo con el compromiso ético desplegado esa mañana de septiembre en el páramovallisoletano, o de madrugada ante las puertas del vetusto coso de Algemesí.

Como era previsible, el escenario acabó estallando en graves desórdenes públicos, recogidos con avidez morbosa por toda suerte de medios de comunicación: rojos, azules, morados y verdes. Supongo que lo ideal para ellos hubiera sido poder presentar un muerto sobre la mesa; y merefiero a un muerto humano, pues bovino ya lo hubo: Elegido tomó el macabro relevo a Vulcano, como este lo hizo a Volante. (Desconozco los nombres de los pobres cachorritos). Y he de confesar que, así, a bote pronto, no me veo yo con autoridad moral alguna para afear la conducta a este grupo de aguerridos animalistas, teniendo en cuenta la grosería del acto, que se defiende desde la sociedad local con lamisma cantinela que oyen a sus dirigentes: la tradición. No es desde luego el caso, pero tampoco me vería con dicha licencia si las mismas personas fueran a Tordesillas con mochilas llenas de pedruscos, con la clara  intención de lanzarlas contra los agresores de Elegido y compañía. Llego a comprender que supondría un comportamiento ilegal, como sé que estaríamos ante un acto de purajusticia. Porque ambos no siempre van de la mano. Si la policía puede usar material antidisturbios para “poner las cosas en su sitio”, no alcanzo a entender por qué determinados ciudadanos no han de poder hacer lo mismo para tratar de evitar el linchamiento de un inocente con diurnidad y alevosía. ¿Acaso no estaríamos hablando de un diáfano caso de legítima [auto]defensa? Ahí dejo la reflexión, que tiene un punto provocador; no lo duden. Pero siempre creí en la “provocación didáctica” como herramienta imprescindible en cualquier reflexión de naturaleza ética.

 

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JODIDAS PREGUNTAS TRAS EXCÁLIBUR

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Por KEPA TAMAMES

 

Pasado el tsunami emocional, llega el momento de la reflexión; de separar el grano de la paja respecto a lo que podríamos denominar Caso Excálibur.

Apenas un mes después de la gran movilización contra el infame Torneo del Toro de la Vega, el mundo vuelve a poner sus ojos en España por algo relacionado con el maltrato animal y con la defensa de sus víctimas. Cientos de miles de ciudadanos han firmado para que no se sacrifique a Excálibur, el perro de la auxiliar de enfermería infectada por el maldito ébola. Responsables sanitarios de la Comunidad decidieron, sin apenas consultas ni aun menor remordimiento de conciencia, el sacrificio del animal, como primer paso de la desinfección de la vivienda. No se sabe [con la necesaria certeza científica] que los perros actúen de vectores biológicos para la trasmisión de la enfermedad, pero ¿qué importa? A pesar de los avances en sensibilidad animalista, los perros siguen teniendo en nuestra sociedad un muy bajo estatuto moral, y es por ello que, desde una perspectiva de rédito político, bien vale una eutanasia a tiempo –por muy arbitraria que sea– que la pérdida de un puñado de votos.

Un nutrido grupo de personas se manifestaron frente al domicilio donde Excálibur llevaba encerrado un par de días, tratando de aportarle un  granito de esperanza, y vomitando al tiempo su rabia contenida por tanto crimen impune. Imagino a esa gente voluntaria de albergues para animales abandonados, donde escasean los recursos y sobran los desheredados. Viven allí como un gran clan, conocen los nombres de cada uno de los residentes, y estos lamen las manos a sus cuidadores como lo que son: ángeles.

¿Van a ordenar el sacrificio de todos los perros de Alcorcón? Porque imagino que serán unos cuantos los que han tenido contacto más o menos directo con los efluvios de Excálibur, como de hecho unos cuantos serán los vecinos que coincidieron con él en el ascensor, en el parque o por la acera. Pero bastante más preocupante que el contacto con el perro es el contacto con su tutora, que al parecer pudo infectarse con un leve roce del guante en la cara mientras se desenfundaba su traje galáctico. ¿Van a sacrificar también a Javier, adhiriéndose al sesudo protocolo del “por si acaso”? Puestos a preguntarse, a uno le entra la desazón y acaba por dudar de si acaso no sacrificaron de facto a los religiosos fallecidos, y nos han colado una versión tan oficial como falsa…

Tocado el fango, pensemos que el perverso caso de Excálibur puede dejarnos ciertos “brotes verdes” en lo que a la ética comunitaria concierne. No es mala cosa que España sea lo mismo ejemplo sangrante de malos tratos a los animales en la misma o similar medida que lo es en el apartado de compromiso y militancia. Por tanto, y siendo gratis, casi mejor si optamos por ver la botella medio llena, reconociendo que hace apenas una década hubiera sido impensable este pollo mediático “por un perro”.

Pongámonos en lo peor. Supongamos que, en efecto, Excálibur fuera no solo portador del virus, sino que su capacidad de transmisión fuera similar a la que de hecho es entre humanos. ¿Cuál es la diferencia entre que te contagie un perro, una salamandra o un cuñado? Desde un plano biológico, ninguna. Desde uno moral, también está claro: que unos son humanos y otros no. En realidad, la simpleza del panorama no ofrece algo distinto a la segregación por causa de raza, sexo o nivel social. La arbitrariedad es siembre arbitrariedad. Y el sufrimiento es siempre sufrimiento.

En mi opinión, no se trataría tanto de cuestiones sociosanitarias –que también– sino más bien éticas. Cada uno tendrá sus razones para preferir la muerte o la vida de Excálibur, y a su vez, dentro de esta última, subsiguientes motivos, que pueden surgir de la mera solidaridad (sin matices de especie) o del más prosaico deseo de salvar tu pellejo a costa de lo que sea, siempre que sea de los otros. Pero a mí, de momento, lo que más me indigna es que a diario cientos de animales que sufrieron un abandono impune reciban una segunda y definitiva condena: la inyección letal. Simplemente no puede ser que ahora adornen la ejecución de Excálibur con la excusa de la salud pública, mientras un ejército de inocentes pasa por la misma situación porque la Administración no quiere gastarse los cuartos que supone aplicar una estricta justicia. ¡Si no somos capaces de generar más empatía comunitaria, aquí la pensión de las víctimas la pagamos todos a escote!

¿Cómo recibiría Excálibur a esos seres extraños embutidos en ropa espacial? Seguro que al oír los primeros ruidos en la puerta imaginó en su cabecita a Teresa y a Javier con las llaves en la mano, disculpándose por haber tardado tanto y prometiéndole un largo paseo por el parque como desagravio. Seguro que, pasados los primeros segundos, incluso a esos extraños les movió amigablemente la cola. Estaría bien que los operarios nos relataran al detalle el encuentro con un perro potencialmente peligroso que lleva cagándose y meándose en la terraza dos días. ¡Que nos lo cuenten!  

¿Nos mirarán ahora de reojo los miserables de turno cuando paseemos a nuestros perros, como si portáramos al otro lado de la correa un saco infecto? ¿Saldrán ahora en el África Subsahariana a la caza indiscriminada del perro sarnoso? ¿Entenderemos ahora por fin que los perros son para muchos y muchas sus amigos, sus compañeros; en definitiva: su familia? Se me ocurre un montón más de jodidas preguntas tras Excálibur… pero son políticamente incorrectas.

 

[*] Publiqué este artículo en el magacín AllegraMag (sección BICHOS).

 

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LA REALIDAD OCULTA DE LOS ZOOLÓGICOS

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Por KEPA TAMAMES

 

Los centros en los que se mantienen animales con el objeto de mostrarlos al público a cambio de dinero son muy populares en las grandes ciudades, y para sus gestores resulta relativamente sencillo transmitir una idea amable del negocio. Esto se debe fundamentalmente a que la sensación que se obtiene de una visita dominical a estos lugares es por lo general positiva: se observan animales en apariencia felices, que evolucionan de una manera también aparentemente “natural”, lo que no invita a pensar en los zoos como una actividad agresiva para sus inquilinos. Pero un análisis sosegado del fenómeno tal vez nos permita tener una visión holística del mismo y adoptar una postura algo más crítica.

Una buena forma de establecer un análisis completo es pensar cuál es la vivencia cotidiana de los animales residentes, y compararla con la que les ofrece la libertad. Vamos a ello. Por lo general, se trata de individuos que en su medio natural tienen vidas ricas, que ocupan buena parte de su tiempo en la búsqueda de comida o en organizar a la comunidad en la que se integran, que deben permanecer alerta ante la aparición de posibles peligros, o preparar la cacería. Se trata con frecuencia de especies gregarias que asumen el juego como una parte imprescindible de su bienestar, y que toman decisiones en un sentido u otro. Que experimentan, en definitiva, sensaciones complejas en su devenir cotidiano. Es obvio que nada de esto sucede en el entorno de los centros zoológicos que se asumen como negocios (en la práctica, una inmensa mayoría). Digámoslo ya: los animales residentes están allí contra su voluntad. Algunos incluso son capturados de su medio natural, mediante técnicas siempre agresivas en algún grado, por la sencilla razón de que no son capaces de comprender determinadas situaciones. Y aquellos que nacen en cautividad portan una memoria genética que les predispone hacia ciertos comportamientos, que sin embargo no pueden desarrollar, con lo que aparecen síntomas como la frustración (y tras ella cuadros depresivos, que a su vez acaban somatizándose).

Por otro lado, uno de los aspectos más criticables de los parques zoológicos como concepto es que transmite y perpetúa la idea de los animales como “objetos al servicio del hombre”. De la misma manera que se utilizan para servirnos de alimento o para vestirnos, son literalmente “usados” para crear un escenario atractivo para los clientes. Si los visitantes no asumen una visión crítica (en el sentido de analítica) de la utilización de animales, aceptarán dichos centros como un aspecto más de la oferta lúdica.

Asimismo, la cuestión educacional es presentada como uno de los pilares argumentales por parte de quienes los legitiman. Pero hay que apuntar  aquí que el mismo término “educación” encierra una sutil trampa (que en calidad de tal se vuelve especialmente peligrosa). Se asocia por defecto el vocablo con algo positivo, cuando en realidad la educación es “el conjunto de valores en los que se educa” (con total independencia de que estos arrastren consecuencias negativas o positivas). Transmitir la idea de que los animales merecen respeto es tan “educativo” como hacer ver que son simples recursos a nuestra disposición, y que no tenemos para con ellos mayores obligaciones morales que las que decidamos unilateralmente. En tal sentido, desde un punto de vista didáctico, los centros zoológicos son nefastos. Primero, porque ofrecen una imagen caótica a sus visitantes, con especies “amontonadas” en apenas unas hectáreas, cuando la realidad es que en su hábitat natural pertenecen a entornos –e incluso a continentes– bien distintos. Así, una visita matinal al zoo implica enseñar a nuestros hijos la naturaleza como si fuera un álbum de cromos, donde grupos dispares comparten capítulos e incluso páginas. La existencia de los zoológicos contribuye a reforzar nuestra idea de los animales como “bloques impersonales”, donde lo importante es la especie, sin desarrollar el concepto de “individuo”. Y con ello se dificulta de forma notable la idea de la “empatía” (ponerse en el lugar del otro).

En cuanto a la cuestión del bienestar de los animales, cabe destacar que muchos están aquejados de algunos extendidos males entre los animales cautivos: el estrés, por una parte; el aburrimiento, por otro. Téngase en cuenta que, en su hábitat natural, la mayoría pasa buena parte de su tiempo buscando comida. Pero en el zoo todo está hecho: solo cabe esperar la hora de la comida, y todo el sustento viene en vehículos motorizados. Esto puede parecer a los ojos de muchos una ventaja, pero no conviene extrapolar a un león algo que muchos de nosotros elegiríamos con gusto. El aburrimiento trastorna y mata, literalmente; provoca angustia, y aparecen con frecuencia comportamientos inusuales como la agresión a los congéneres, la masturbación compulsiva, la coprofagia o la apatía sexual. Concebido como un negocio, los animales problemáticos o que ofrezcan una imagen no deseada a los visitantes suelen ser apartados de la vista. “Apartados” significa en este contexto traspasados a otros centros menos exigentes (y que por lo tanto invierten menos en bienestar), o incluso a algún circo ambulante donde se convierten en caricaturas de sí mismos, cuando no directamente en esclavos. El olor y la presencia visual entre especies que en la naturaleza son presa y predador ocasiona a veces una incomodidad adicional, puesto que ni unos ni otros tienen posibilidad alguna de actuar según su instinto.

No deberíamos olvidar tampoco los problemas individuales que pueden surgir, dado que no todos los miembros de una especie se comportan de la misma forma. Así, mientras algunos soportan bien la presencia humana (de cuidadores y visitantes), otros se muestran más asustadizos. Y un animal que se pasa el día metido en la madriguera no resulta rentable, ni conviene al negocio quien se teme al público que le lanza chucherías. Tales comportamientos se suelen cortar de raíz, sin que la gente se percate de la desaparición de aquel monito tan gracioso que hacía las delicias de los niños semanas atrás.

Por otra parte, digamos que el trasfondo de estos lugares suele ser una realidad desconocida para el gran público, que tan solo pasa unas horas en el recinto. Existe una importante transacción de animales entre distintos centros. Hay épocas en las que, por diferentes circunstancias, se da una sobreabundancia de determinadas especies, se traslada el stock sobrante a otros lugares que al final también quieren deshacerse de los individuos sobrantes.

Añadido a todo lo anterior, uno de los aspectos más crudos cuando se analiza este fenómeno es la absoluta dependencia en la que se encuentran los animales cautivos. Concebidos como meros elementos mercantiles, el centro siempre centrará su objetivo en la rentabilidad. Pero a veces los objetivos no se cumplen. No se consigue atraer al suficiente número de clientes, y hay que echar el cierre. ¿Qué pasa entonces con los inquilinos? ¡No se les puede hacer desaparecer con una varita mágica! Es entonces cuando la vida de estos desdichados pende de un hilo. La rapidez con la que se liquida el negocio es fundamental a la hora de reducir pérdidas, por lo que el tiempo corre en contra de las víctimas animales. Serán vendidos a bajo precio al primero que pague una cantidad razonable. En la medida que vivimos en una sociedad para la cual los animales son en su mayoría propiedades, se funciona con la lógica comercial de “a menos valor, menos aprecio”. Es muy normal que acaben sus días formando parte de algún espectáculo de segundo orden o de otras colecciones menores donde sus necesidades tanto físicas como emocionales se verán aún menos satisfechas que en la anterior etapa. La tragedia está servida.

 

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EL CRIMEN DE TORDESILLAS

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Por KEPA TAMAMES

 

Puede que el título no sea demasiado original, pero al menos es deliberado, en un deseo consciente de recordar la famosa película (El Crimen de Cuenca) que relataba la tortura infligida a unos inocentes a manos de la Guardia Civil, el cuerpo policial del Estado por excelencia durante décadas. Seguramente debido a crueles paradojas que solo pueden darse en una sociedad intelectualmente narcotizada y éticamente en avanzado estado de descomposición, el mismo cuerpo que arrancaba las uñas a aquellos pobres analfabetos se encarga hoy de salvaguardar el derecho de los ciudadanos de Tordesillas a clavar lanzas en el cuerpo de un individuo (toro, en este caso) al menos tan inocente como los desgraciados del citado film.

Bajo el grosero pretexto de la tradición y la cultura (¡como si ambas fueran en sí mismas legitimadoras de la violencia gratuita!), la localidad vallisoletana se dispone, doce meses después, a llevar a cabo lo que no es más que el linchamiento público de un ser indefenso. Elegido sufrirá el acoso de miles de personas enardecidas por hacer cumplir la sacrosanta tradición. Respetables padres de familia que educan a sus hijos en valores como la solidaridad y el respeto al semejante, mujeres que vinculan su igualdad social a la participación en la fiesta, y candorosos niños que dibujan animales sonrientes en el colegio durante este inicio de curso. Los mismos padres y madres que ponen exquisito cuidado en no taladrarse la mano mientras hacen sus pinitos con el bricolaje casero; las mismas mujeres y hombres que usan el preceptivo dedal para no pincharse mientras bordan el anagrama de la Peña de turno; los mismos niños que lloran desconsolados cuando, por simple descuido, se grapan un dedo en clase. Son en muchos casos las mismas personas que se reúnen en la plaza del pueblo para condenar otras variantes de la violencia unilateral humana: canalladas como el terrorismo político o doméstico. Ellos y ellas, que se espantan ante el sufrimiento propio, ejercen impasibles el papel de verdugos en una escandalosa ejecución sumaria.

Hastiado estoy (aunque se ve que todavía no lo suficiente) de repetir que no existe un sufrimiento “animal” y otro “humano”. De decir y escribir que solo existe el sufrimiento: la terrible experiencia del dolor. Y que, precisamente por ello, tan indeseable resulta esta para unos como para otros (hombres, niños, mujeres), sin que cuestiones como la especie biológica a la que pertenece la víctima aporte al debate nada importante.

En una sociedad éticamente decente, los ciudadanos y ciudadanas de Tordesillas serían detenidos por las mismas fuerzas del orden que ahora garantizan el buen discurrir del festejo, conducidos ante el juez, y condenados a penas severas por crueldad con agravante de alevosía. Pero es este un país donde determinadas versiones del crimen organizado han sido elevadas al rango de cultura, donde la administración se erige en garante de la tortura pública, pues eso y no otra cosa es el infame Toro de la Vega. El mismo país donde muchos políticos actúan como valedores de la agresión institucionalizada y los medios de comunicación como pilares para la propaganda y la loa.

Solo un ingenuo radical puede creer a estas alturas que el Estado español ha abolido en la práctica la pena de muerte por el mero hecho de estar proscrita de facto la ejecución de seres humanos.

Mientras Tordesillas mancha un año más su cerebro y su corazón de sangre inocente, los animalistas seguiremos denunciando estos crímenes execrables, con la esperanza de que, tal vez en un futuro no muy lejano, alguien decida rodar una película –cuyo título ya pueden imaginar, a poco avezados que sean– que nos avergüence a todos de un pasado plagado de miserias morales.

[*] Escribí la primera versión de este artículo allá por 2002. El principal cambio en las sucesivas versiones fue el nombre de la víctima. ¡Qué país tan triste!

 

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LOS GANSOS DE LEKEITIO YA NO SUFREN

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Por KEPA TAMAMES

 

Se celebra un año más el Antzar Eguna (Día del Ganso) en Lekeitio. Esta localidad de la costa vasca congrega cada 5 de septiembre a miles de personas en el puerto, para ver como los mozos y mozas se cuelgan de los cuellos de las aves hasta decapitarlas con su peso. Hay quien todavía cree que los animales están vivos. Por fortuna para ellos, no es así. La masacre evolucionó hacia formas más “dulces” hace ahora treinta años, cuando –debido sobre todo a una de esas conocidas pandemias, pero quiero pensar que también a la presión animalista– decidieron sustituir a las víctimas por sus correspondientes cadáveres. Pensarán algunos que poco se avanza con el cambio, pues al final se sacrifican de igual forma. Discrepo por completo. Creo que aquella decisión, tres décadas después, se muestra del todo irrevocable, y de hecho las pandemias pasaron, mientras se mantuvo el cambio. A nadie se le ocurriría hoy siquiera sugerir la vuelta a los años negros, que en total sumaron dos siglos y medio largos. Y esto desdice a los que todavía apelan a la tradición para no dar el último paso y sustituir definitivamente a los cuerpos inertes por señuelos de plástico, de goma, o de lo que ustedes quieran; porque, hasta donde yo sé, un muñeco no sufre. Aunque bien estaría que, puestos a ello, colgasen de las cuerdas objetos que en nada recordasen a animales. Ni siquiera a cachorros humanos. ¿Se imaginan ustedes un juego que consistiera en arrancar cabezas de muñecas? Tan cierto es que no habría sufrimiento infantil como que la escena ofendería todos nuestros sentidos, y se entendería que hasta las asociaciones de pediatría (y no solo las organizaciones en defensa de los derechos del niño) pondrían el grito en el cielo por tan grosero proceder.

Por primera vez en trescientos años, el Ayuntamiento deja a la libre elección de las cuadrillas si quieren participar con animales de verdad (muertos) o prototipos artificiales. Y la quinta parte de ellas ha elegido lo segundo. Parecerá poco, pero a quienes estamos bregando con la barbarie humana un día sí y otro también nos parece muchísimo, y vemos en ello un real cambio, una luz a la esperanza. Vale que muchos habrán elegido los muñecos por aquello de la novedad, y otros por hacerse un huequecillo en los medios, pues en esta edición están siendo ellos los protagonistas. Pero seguro que también la ética y la sensibilidad han tenido su peso, porque esto es Euskadi y estamos en pleno siglo XXI. Como seguro es que el porcentaje aumentará durante los próximos años hasta completar el máximo, dado que, en realidad, la verdadera tradición –los gansos vivos agonizando en la soga: “la esencia de la fiesta”– quedó finiquitada mediados los años ochenta.

Estoy convencido de que a los niños y niñas lekeitiarras se les explica hoy de soslayo y con cierta incomodidad cómo eran las cosas hasta no hace tanto, y no serán pocos los que muestren un gesto agrio al oír a sus mayores el crudo relato. Y no pasará tanto tiempo antes de que los chavales de hoy eviten en lo posible tener que contarles a los pequeños del futuro que durante décadas mataron a los patitos para luego decapitarlos en el puerto durante las fiestas locales.

[*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.

 

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UN INFIERNO SOBRE RUEDAS: DAÑOS COLATERALES DE LA TAUROMAQUIA

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Por KEPA TAMAMES

 

Asociamos la tauromaquia con el escenario público de la sangre, la baba y el estertor, todo ello a apenas unos metros del “respetable”. Pero la tauromaquia es mucho más que eso; y con más quiero decir peor: más detestable, más triste, más criminal.

Hay una tragedia que no se plasma en el ruedo, y que por tanto nadie es capaz de maquillar con las consabidas pildoritas sedantes del arte y la cultura. Con frecuencia hay un después de la lidia, cuando la gente fija su atención en el diestro, héroe o villano, para el aplauso o el insulto, según toque. El toro, al derrumbarse sobre el albero, oficialmente derrotado, cesa en su protagonismo. Pero a menudo el morlaco sigue dándose cuenta de todo, aunque su cuerpo ya no le responda, por la sencilla razón de que fue cercenada su médula espinal, o como se llame eso que nos permite a los vertebrados gestionar nuestras extremidades con cierto libre albedrío. A pesar de todo, los pulmones suelen ser unos órganos tozudos, y continúan su labor, para desgracia del animal, que siente así ahogarse; y siente bien, porque la mayoría muere por falta de oxígeno. (Pruebe el lector a dejar de respirar durante unos segundos, y comprobará en carne propia de lo que se habla). Y a veces llegan conscientes al desolladero, lo cual no es óbice para que los operarios den comienzo al protocolo de desguace, pues el siguiente –vivo o muerto– apenas tardará veinte minutos en traspasar la cortina de plástico hediondo.

Y hay un antes. Una tragedia que los toros traen en su mochila biográfica, rumiada en la dehesa, lejos de miradas indiscretas, y de manera especial durante el desconcertante último capítulo de su vida campestre, cuando un buen día aparece en lontananza un cubo tambaleante y móvil, cada vez más grande. Vienen a por ellos.

Está también la tienta, horrenda forma de “calibrar” la bravura del animalito. Porque cuando le horadan por primera vez el cuello es apenas un cachorro vivaracho y desconfiado, que gime de dolor por el escozor de la herida (¿han oído ustedes los desgarradores gemidos?). La tienta no es ninguna broma, y de hecho sus víctimas son sometidas a la preceptiva cura posterior (eviten el vídeo los muy sensibles), para que el desaguisado no derive en severa infección y se recuperen; llegarán así íntegros al cadalso algunos años después. Por la noche, de vuelta con los suyos y el boquete ardiéndole, el cachorro ni se imagina que los humanos ya le han catalogado como “toro para lidia” o “morralla para fiesta de pueblo”.

El transporte del ganado de lidia constituye uno de los aspectos menos conocidos de este crimen, y sin embargo ninguna ejecución podría empezar de manera más vomitiva. Nunca mejor usada la expresión, por cuanto los animales padecen durante el trayecto un auténtico calvario, acostumbrados como están a su repetitiva vida cotidiana. A pesar de que el humano hace ímprobos esfuerzos por convertirlos en unas “malas bestias”, son en realidad pacíficos herbívoros. Y como tales sufren la subida al camión, la estabulación individual y claustrofóbica, flanqueados quizá por colegas con los que establecieron afectos y con quienes tuvieron alguna que otra trifulca, una forma como otra cualquiera de hacerse amigos. Por prescripción veterinaria, los pasajeros bovinos no probarán bocado durante todo el viaje. Tampoco agua. Es la única manera de que el tránsito sea “productivo” y no se produzcan bajas. Sería lógico pensar que, en tales condiciones, los pobres animales deberían perder cierto peso. ¡Hasta cincuenta kilos en algunos casos! ¡Hablamos de la décima parte en apenas unas horas! Es lo que tiene el ayuno forzado, el estrés, los golpes de calor, el miedo, la depresión, el mareo y la diarrea, entre otros factores. Hasta los veterinarios taurófilos (entiéndase el término en el presente contexto) reconocen en sus informes que los animales “salen del cubículo entumecidos, doloridos y mareados” (sic). Admiten de igual forma la situación de estrés de los mismos, y hay quien llega a concluir que, en general, el sufrimiento durante el transporte alcanza mayores niveles que durante la lidia. Yo no entiendo un carajo de betaendorfinas y cortisoles (tampoco en humanos, y me repugna la pena de muerte), pero con llegar a la [obvia] conclusión de que, en efecto, padecen, tengo suficiente.

Hace solo unos días se celebró una corrida de rejones en Vitoria-Gasteiz. Nocturna, para más señas, porque esta gente ya no sabe qué inventar para atajar la desbandada de las plazas. Con el tiempo (y una llamada anónima), nos enteramos de que el evento se cobró un total de nueve vidas inocentes, y no seis, como de costumbre. La prensa no lo recogió (seguro que por simple desconocimiento), pero al abrir la puerta del camión los veterinarios se encontraron con que tres de los viajeros yacían desplomados en el suelo, ya cadáveres. ¿Qué tuvieron que padecer esos animales, fuertes como rocas en origen, para sucumbir de semejante manera? Pues sí: un infierno sobre ruedas.

Es la lidia formal en la plaza –la faena con luz y taquígrafos– la que sale reflejada en crónicas y tertulias. Pero hay unos “daños colaterales” de la tauromaquia que la hacen si cabe más punzante, más dolorosa.

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

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CARRERAS DE BURROS: ENTRE LO PATÉTICO Y LO CANALLA

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Por KEPA TAMAMES

 

No son pocos los lugares de la geografía patria donde se celebran “carreras de burros”. Naturalmente, no es que los animalitos queden en un determinado paraje para competir entre sí, pues en tal caso sería cosa suya. Me refiero a las carreras que, organizadas por peñas, cuadrillas, comisiones festivas y demás entidades de similar pelaje, se valen de pollinos para que estos midan su capacidad atlética. ¿Qué hay de malo en ello? “La pregunta habría que hacérsela a los burros”, he oído decir a ciertas mentes preclaras, como si los animales no nos contaran a través de toda una parafernalia gestual sus emociones y su estado anímico. Con todo el mérito de un título académico, intuyo que no se necesita para según qué apreciaciones. De hecho, no se solicita a nadie el título de Pediatría para la pertinencia moral de su denuncia por malos tratos al niño de turno. ¿Qué creemos que ha de sentir un bebé dejado a pleno sol, que además llora y patalea, colorado como un tomate, sino un extremo desagrado (sufrimiento)?

Si, en general, las carreras entre animales promocionadas por los humanos merecen una reflexión en sí mismas, aquellas protagonizadas por determinadas especies se convierten en modelo de escasa virtud moral. ¿Por qué precisamente burros? Acaso esa sea la pregunta clave. Y la respuesta se presenta tan punzante como cierta: porque se trata de animales que en nuestra jerarquía moral ocupan muy bajos estratos de consideración. Se les supone tercos, necios e insensibles, cuando están muy lejos de todo eso, como atestiguan no solo los etólogos, sino todo aquel que haya tenido la oportunidad de convivir con uno de estos animales, y como en cualquier caso debería dictarnos el más elemental sentido común. A los burros les encanta tratar con los suyos, o pegar brincos porque sí, o retozar en la arena; depende. Cosas de burros, en definitiva. Lo que me temo que no les gusta nada es que les trasladen a un escenario festivo (charangas, cohetes, griterío), ante miles de personas, y les obliguen a colocarse en la rampa de salida. Para ello hay que “convencerles”. Y como tienen la [razonable] costumbre de negarse a avanzar hacia lo que presumen desagradable (¿estúpidos?), se les lleva sí o sí, pues al fin y al cabo son meros borricos y no caballos alazanes. El firme de baldosa (con frecuencia mojada) no ayuda, y de hecho sufren una permanente sensación de inseguridad bajo sus patas. Por eso no avanzan por deseo propio. A menos que se tire de ellos mediante sogas o empujándoles del trasero. Pero creo que a eso lo llaman “por la fuerza”.

Quizá la carrera de burros que más proyección mediática tiene sea la que se celebra cada 25 de julio en Vitoria-Gasteiz, pomposa capital de Euskadi –con una Ordenanza Municipal de Protección Animal recién aprobada y más que lustrosa–, que sin embargo se resiste a cerrar página. Es cuestión de tiempo. O mejor diré “de tiempos”, porque en pleno siglo XXI ya no caben ciertos espectáculos, por muy incruentos que sean. Los animalistas llevan años denunciando tan chusco evento, y el pasado año, por primera vez, no se produjeron agresiones físicas a los animales durante la prueba. Hasta el alcalde garantizó en declaraciones públicas que nadie tiraría de los pollinos ni los empujaría. Vale que un alcalde no esté obligado a entender de comportamiento asnal… ¡pero es que hasta el más torpe de la ciudad sabe que un équido colocado ahí, en medio del gentío, se queda quieto-parao, sin saber qué hacer ni para dónde tirar! Bueno, miento… los animales miraban de reojo al camión que les trajo cada vez que pasaban por ese punto del recorrido. Al parecer, solo quienes protestaban se percataron del “detalle”. Sin diplomas acreditativos.

¿Dice algo la normativa proteccionista sobre lo que aquí tratamos? Pues sí. De forma genérica, los distintos textos de aplicación prohíben “Maltratar a los animales o someterlos a cualquier práctica que les pueda producir sufrimientos o daños y angustia injustificados”. Parece obvio que el acto afecta a sus elementales intereses de bienestar. Dice también que no cabe “Imponerles la realización de comportamientos y actitudes ajenas e impropias de su condición o que impliquen trato vejatorio”. No se sabe que los burros, en su medio natural, organicen competiciones con motivo de cada Santiago Apóstol, ni que prefieran hacerlo frente a una multitud y la algarabía general que en privado. Sospecho que, de poder, elegirían quedarse en su parcela, ora pastando, ora echando una siestecita con los colegas. No necesitamos preguntarles, pues ya nos responden con sus ojos, con sus belfos, con sus orejas: están aterrorizados. ¿No les parece? Asimismo, la normativa local proscribe sobre el papel “Utilizar animales en espectáculos que puedan herir la sensibilidad de las personas que los contemplan”. El pasado año fueron treinta los y las ciudadanas (cada cual con su filiación completa) que manifestaron este extremo en una denuncia formal. Los técnicos la desestimaron.

Pero uno, que ya peina canas, prefiere ver la botella medio llena. Pues sepan que hasta no hace tanto a los burros se les paseaba de bar en bar tras la infame “carrera”, que les atizaban sin descanso con lo primero que pillaban, o que incluso se les llegaron a introducir vía rectal hortalizas picantes, por “animarlos” en su cometido. Hoy el espectáculo da sus últimas bocanadas, y sería estupendo que este artículo contribuyera a ello. Sus promotores tienen aún la oportunidad de acabar de manera digna esta lúgubre etapa tomando decisiones dignas y plausibles. De persistir la cerrazón, serán “los tiempos” –y la decencia política– los que les desplacen y cedan paso a aires frescos y modernos. 

Por cierto… ¿de verdad alguien cree que son los animales los que compiten? ¡Claro que no! En realidad, compiten sus jinetes. Aunque sospecho que ni ellos saben con certeza a qué. Porque estos eventos, reconozcámoslo, oscilan entre lo patético y lo canalla. Son patéticos en cuanto que nos retratan –a los humanos– en nuestros más bajos instintos, creando un escenario de dominación. Y al tiempo canalla, pues no se me ocurre otro calificativo para quien, pudiendo divertirse de mil formas respetuosas, elige aquella que molesta, duele y ridiculiza.

[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.

 

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TERAPIA CON ANIMALES

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Por KEPA TAMAMES

 

Se asume por defecto que, cuando hablamos de “medicinas alternativas”, nos referimos a aquellos métodos que se salen en alguna medida de las vías convencionales y aceptadas por la comunidad de expertos. Sin embargo, resulta revelador que bajo este epígrafe no suelan incluirse aquellas terapias basadas fundamentalmente en la utilización de las emociones. En tal sentido, los entendidos en la materia se rindieron hace ya mucho tiempo a la evidencia de que un entorno afectivo adecuado aporta con frecuencia mucho más que toda la batería de fármacos a la que nos tienen acostumbrados. Pues bien… si admitimos que el factor emocional resulta decisivo a la hora de superar con éxito determinadas dolencias, dicha asunción incorpora automáticamente a los animales como parte de esa realidad.

En sí misma, el empleo consciente de animales como vectores terapéuticos es una especialidad relativamente reciente, pero que ha adquirido un importante auge en las últimas décadas dentro de diversas disciplinas científicas, especialmente en el caso de la psicología clínica. Consecuencia de todo ello es que algunas instituciones han acabado orientando buena parte de su labor al desarrollo de programas cuya finalidad es la de contribuir a conseguir mejoras tanto físicas como psíquicas en pacientes aquejados de muy diferentes dolencias, así como la de acelerar y favorecer su reinserción social. Cada vez es más frecuente que la conocida como Terapia Asistida por Animales de Compañía (TAAC) forme parte de programas oficiales, y sea de gran ayuda en realidades como el Síndrome de Down, enfermedad de Alzheimer, o determinados cuadros de autismo. De la misma forma, parece que se han mostrado como importantes elementos de apoyo a la hora de paliar episodios de ansiedad en ancianos solitarios, reclusos o menores en proceso de reeducación. En estos dos últimos casos, se trata de reforzar la autoestima y el sentido de la responsabilidad, constatándose una mejora en las relaciones entre internos y de estos con los educadores.

La presencia de animales de compañía (generalmente perros, pero también gatos) en residencias de la tercera edad dota a la vida cotidiana de sus residentes de un mayor sentido, disminuye su estrés y alivia los procesos depresivos propios de esta periodo vital. Además, los animales actúan como hilo conductor en las relaciones sociales, y constituyen un elemento clave a la hora de ampliar sus círculos de amistades. La incorporación de determinados animales en programas para niños con disfunciones comportamentales es frecuente, actuando como catalizadores, y son de gran ayuda a la hora de la diagnosis.

Pero, con todo –e independientemente de los indudables beneficios, que los hay–, el uso de determinados animales en situaciones como las descritas expone para una ideología como la animalista una situación que, cuando menos, plantea una serie de dilemas éticos que deben ser abordados con objetividad y al mismo tiempo con grandes dosis de prudencia. En dicho contexto, parece claro que los animales son empleados como meros recursos a nuestra disposición, y ello los reduce a simples objetos que los humanos –por causas más relacionadas con nuestra naturaleza egoísta que con argumentos sólidos– deseamos tener a nuestra disposición en todo momento. Por otra parte, debería apreciarse con facilidad que en determinadas ocasiones ambas partes (animal y humana) puedan verse beneficiadas de estas realidades. En tales casos, ¿cómo emitir un juicio crítico? Muchos creemos que, aportando la debida honestidad moral por nuestra parte, determinadas iniciativas no merecen sino elogio. Si todos ganan, se trata sin duda de una situación óptima.

La realidad se nos muestra sin embargo algo menos glamurosa que la que nos quieren vender desde los sectores interesados económica y publicitariamente en la existencia de la zooterapia. La utilización de animales como elementos terapéuticos en centros penitenciarios puede ser un buen ejemplo. No conseguir “el éxito deseado” quizá signifique algo tan sencillo como que los reclusos consideraron el programa una cursilería, y que estamparon a los cachorros contra la pared para hacérselo saber a los monitores. Todos los logros conseguidos con un niño autista pueden quedar truncados cuando, en una inocente expresión de cariño hacia su nuevo amigo, acabe partiéndole la columna al conejo con el que tan estrecha relación mantenía, y que será sustituido rápidamente por otro, para no echar por tierra los buenos resultados del programa. Los rimbombantes reportajes sobre la materia que nos regalan las revistas dominicales no suelen aportar datos sobre qué sucede con los animales “adoptados” por una comunidad de ancianos cuando la residencia echa el cierre por motivos económicos, o en qué situación quedan si se traslada a un lugar mejor, en el caso de las familias de gatos a los que cuidan y alimentan. Durante la tradicional visita al zoológico o al circo, a los niños con problemas no se les explica que, en realidad, se trata de prisioneros sin culpa alguna, a los que se aplican castigos físicos dolorosos –y otros métodos psicológicos más sutiles, peri igualmente perniciosos– para conseguir el comportamiento deseado sobre la pista. En un plano educativo, ofrecer una versión edulcorada de esta brutal realidad constituye un verdadero fraude didáctico. Estoy seguro de que pocos entre quienes lean este artículo han pensado alguna vez en el futuro que les aguarda a los perros lazarillo ancianos que por ello ya no pueden aportar a su tutor las prestaciones para las que le fue cedido, tras toda una vida de frustraciones y aburrimiento.

Pero retomemos de nuevo la cara amable del tema (que la tiene, como quedó dicho), y reconozcamos todas aquellas situaciones de las que ambas partes puedan salir beneficiadas. Per se, el uso de animales como agentes terapéuticos no debería merecer especiales condenas, sino más bien lo contrario. En cualquier caso, España está aún muy lejos de esas sociedades donde se permiten las visitas de nuestro compañero perro a la habitación del hospital, o de otras en las que los programas para la adopción de animales por parte de personas mayores incluye la garantía de que nuestro compañero gato será a su vez adoptado por otro tutor si desaparecemos antes que él.

Por otra parte, no debemos olvidar que nosotros somos también elementos terapéuticos para los animales: paliamos su angustia, les rescatamos del corredor de la muerte para ofrecerles una vida plena, o los incluimos en nuestros planes lúdicos como lo que realmente son: uno más de la familia.

 

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EL LOBO QUE CAMBIÓ AMÉRICA

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Por KEPA TAMAMES

 

Corre la última década del siglo XIX en la vieja América de la conquista agrícola y ganadera. La caza de búfalos y otras especies se extiende por doquier, y se ha convertido de hecho en una práctica obsesiva y criminal. Ello priva de alimento a los lobos; a ellos, legítimos y ancestrales moradores de aquellas vastas tierras.

Lobo es el líder de una manada que ataca al ganado para sobrevivir, atemorizando a los colonos de Nuevo Méjico, quienes, como buenos creyentes católicos, se ven a sí mismos como dueños y señores de todo cuanto pisan, que para eso Dios dejó claro, negro sobre blanco, que nos cede en usufructo vitalicio Todo Su Santo Monte. La historia de Lobo es también la historia de Ernest Thompson Seton, cazador profesional de origen inglés. Contratado por un puñado de dólares, se dirige al desierto con el único fin de acabar con Lobo. El experto mercenario rastrea sus huellas, le coloca toda suerte de cepos y comida envenenada, pero el animal demuestra una sorprendente habilidad para sortear los engaños mortíferos que coloca Ernest a su paso. El “enfrentamiento” entre ambos dura meses. No pasa mucho tiempo antes de que el cazador observe que las huellas de Lobo siguen a otras algo más pequeñas. Es una hembra, su compañera, a la que bautiza como Blanca. Es época de celo, y ambos son en ese momento pareja de hecho. Es entonces cuando en la mente del cazador germina una brillante idea: si no puede capturar directamente a Lobo, atrapará a su novia. Elige un estrecho cañón por donde sabe que suelen pasar ambos, y coloca un suculento cebo: el esqueleto de una vaca. Al día siguiente, Seton descubre con alborozo el éxito de su estrategia: Blanca ha caído y se retuerce intentando huir de la mandíbula de acero. Lobo permanece a su lado, como el fiel partenaire que es. Al vislumbrar al hombre, no le queda otra alternativa que huir para salvar su vida. Seton mata a Blanca de un disparo.

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El cazador apenas puede pegar ojo durante esa noche, desvelado por los desgarradores aullidos de Lobo llamando a Blanca. Pero el objetivo final del cazador sigue intacto. Durante los siguientes días, Lobo merodea su cabaña, en la creencia de que él la mantiene cautiva. Seton coloca entonces alrededor numerosas trampas impregnadas del olor de Blanca. Al amanecer descubre que algunos de los cepos han desaparecido, y que allí ha estado Lobo. Sigue el rastro, y descubre a su viejo enemigo inmovilizado en el suelo con una trampa en cada pata. En apenas unos segundos arma el guión en su cabeza: Lobo, en su incursión nocturna, fue cayendo en cada uno de los cepos, que olían a su añorada compañera. Algo oprime entonces el pecho del cazador –con toda seguridad, eso que desde antiguo llamamos remordimiento–. El objetivo de los últimos meses se encuentra allí, a unos escasos metros, a su completa merced, abatido de dolor, aunque no acertaría a asegurar en ese preciso momento si es mayor el que le ocasionan los artilugios metálicos o el recuerdo de Blanca. Desde el principio tuvo claro que disfrutaría sobremanera ante un Lobo derrotado. Pero algo no funciona según lo previsto por su mecanismo emocional. Lejos de percibir ante sus ojos a un asesino despiadado, observa a un animal leal y tocado por el afecto, un ser que fue capaz de permanecer al lado de su amada y de acercarse a la cabaña de un humano esperando recuperarla. Le miró fijamente a los ojos, y se le heló el alma al no verse correspondido. El hombre, consternado por sus propios sentimientos, decide en ese mismo momento que se llevará con él a Lobo, a pesar de su lamentable estado, esperando que se recupere de las heridas y tenga así una “segunda oportunidad”. Contó después que el animal ni se resistió, que tenía la mirada clavada en la inmensa planicie, en las montañas donde un día reinó y amó. Lobo murió al día siguiente. Y sí: Seton reunió a ambos y los enterró juntos.  

Hasta en el alma del más aguerrido trampero anida un hálito de compasión, y cabe pensar que en el alma de Ernest Thompson Seton debía de haber una generosa dosis, pues aquella experiencia le marcó de tal manera que al poco abandonó su profesión para dedicarse desde entonces a defender la Naturaleza y a sus moradores: también a los lobos. El ciudadano Seton acabó alcanzando fama mundial tras publicar en 1899 su libro Wild Animals I Have Known (Animales Salvajes Que Conocí), donde, obviamente, relata la historia de Lobo y Blanca. Ecologista prematuro, aprovechó su fama para defender el medio natural americano, a pesar de lo cual la caza de lobos continuó hasta su práctica desaparición. Pero sin duda sembró la semilla necesaria para que las cosas cambiasen. Colaboró de facto en la creación del movimiento Boy Scout, del que acabó alejándose tras apreciar su excesivo belicismo durante la Primera Guerra Mundial. Seton trató de recuperar a través de sus libros el respeto que los indios profesaban hacia los animales en general, aquellos pieles rojas que cazaban para sobrevivir (como los mismos lobos), pero a quienes sus víctimas les merecían un reverencial respeto, al punto de solicitarles el perdón a través de distintos ritos tras de cada jornada cinegética.

En las fotos aparecen los reales protagonistas de esta poderosa historia. Fueron tomadas por el propio cazador poco antes de que su corazón se transformara definitivamente y lo modelase hasta convertirlo en un verdadero ser humano.

 

DOCUMENTAL

 

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BONARILLO: OTRA EJECUCIÓN SUMARIA

 

Por KEPA TAMAMES

BONARILLO imagen 

■ Una entidad animalista solicita al alcalde de Benavente (Zamora) que indulte a Bonarillo, el Toro Enmaromado 2014. La prensa local recoge la noticia y abre una encuesta… ¡y una mayoría entre quienes votan optan por la compasión! ¿Está cambiando algo en la [rocosa] mentalidad española?

■ Los espectáculos basados en el acoso público a animales inocentes generan ciertas preguntas inquietantes: ¿Qué clase de educación estamos dando a nuestros niños? ¿Merecen sus ejecutores atención sanitaria (pagada por todos) cuando “pierden” una lid que solo ellos promovieron?

 

Decididos de antemano lugar y fecha, solo faltaba por concretar la víctima propiciatoria. Ya se sabe que Bonarillo será acosado por las calles de Benavente (Zamora) el próximo miércoles 18 de junio, y ejecutado después con pulcra legalidad en el matadero local. Como antes lo fueron Cortador, Dibujante o Manzanero. Sus acólitos defienden la tradición (¿quién duda de que en efecto lo es?) con el recurrente argumento de que al toro no se le mata en la vía pública –como sí sucede en otros lugares patrios–; de que no se le “agrede”; de que, en consecuencia, “se le respeta”. Porque algunos se han empeñado en detectar la agresión y la violencia únicamente en el castigo físico, lacerante y cruento. Como si separar a un mamífero de su familia, trasladarlo a un escenario desconocido y soltarlo ante el gentío vociferante no fuera una agresión en toda regla. Pero no nos engañemos: se trata de los mismos que acuden raudos y quejicas al cuartel de la Guardia Civil a denunciar el robo de su cartera (quizá no tanto por la documentación y el dinero cuanto por la foto firmada del Ronaldo ese), o al administrador del bloque en cuanto aparece una pintada sobre su buzón, el consabido hijoputa con rotulador indeleble. Mucho me temo que hablamos de los mismos que no aceptarían que el tipo del tricornio les espetase entonces que “al fin y al cabo, no hay agresión física por medio”, y que “robos y gamberradas pictóricas las ha habido siempre, por lo que bien pueden considerarse `costumbres ancestrales´”. Los mismos que no reservan la menor pega a las clásicas corridas, ni regalan crítica alguna al Toro de la Vega, tan cercano en lo geográfico y en lo moral. Y no lo hacen porque en realidad sus “argumentos” son apenas groseros disfraces de “excusas”, o diríamos más bien “coartadas”. De hecho, ni siquiera es cierto eso de que al animal, por defecto, no lo ejecutan in situ y ante una turbamulta de espectadores, muchos de ellos niños (ahora voy con ello). A veces pasa. Le sucedió a Manzanero, por ejemplo, hace tres años, cuando misteriosamente se rompió la maroma nada más salir del chiquero. Apareció ante las cámaras con el horror marcado a fuego en sus ojitos de cristal, y tuvieron que amarrarlo a lo bruto al primer ejemplar de mobiliario urbano que encontraron: una farola. Hasta la presentadora de cierto informativo oficial reconocía en directo la cara de sufrimiento del pobre animal. A la hora del matarile tuvieron la delicadeza, eso sí, de montar a su alrededor un “cordón estético” de plástico azul, en lo más parecido a una morgue improvisada y cutre. ¡Dios mío, qué santísimo país el que nos ha tocado en desgracia! Por eso quiero dejar aquí un par de reflexiones ajenas al hecho en sí de la letal agresión a Bonarillo y compañía; porque uno está ya un poco fatigado de la matraca de la crueldad, de la injusticia y de la barbarie que acompañan a ciertos espectáculos. Si de verdad portamos en los genes un ápice de la célebre racionalidad, eso se da por supuesto.

REFLEXIÓN PRIMERA. Los niños de Benavente esperan ansiosos año tras año la emocionante fiesta del Toro Enmaromado, y todo establecimiento que se precie exhibe orgulloso en el escaparate la fotografía del morlaco de turno, posando desconcertado para la posteridad, presidida la imagen por su poético nombre y el de la ganadería. Imagino a los niños de Benavente dibujando en clase tambaleantes borreguitos y gatos jugando con ovillos de lana. Muchos habrán garabateado ya a Bonarillo como regalo a mamá en su festejado Día. Y quizá haya asado esta un cordero para el clan, y el pequeño se chupará los dedos sin establecer el menor vínculo entre plato y dibujo. Y acabarán pareciéndose a sus mayores, incapaces por igual aquellos de vincular maroma y sufrimiento. Los niños de Benavente asisten emocionados a una clase práctica, e incluso viste uno camiseta solidaria a favor de un tal Iván, seguramente otro pequeño de su edad al que golpeó la vida con una de esas malditas enfermedades raras. Debería considerarse crueldad hacia los niños según qué modelos educativos.  

REFLEXIÓN SEGUNDA. Los heridos por las [razonables] embestidas del toro se evacúan de inmediato en la consabida ambulancia. Y me pregunto yo ahora por qué no rechazan amables tal ayuda, mostrando con ello la valentía que se supone a todo amante de semejantes festejos. ¡Que exijan ellos mismos ser dejados junto a la talanquera, con la camisa desgarrada y quizá un boquete en el costado, por ver si en el cara a cara con Bonarillo triunfan o fracasan! Ni aun así quedaría justificada tamaña agresión, unilateral y gratuita, pero al menos se mostraría el escenario coherente con el pelaje moral de sus promotores. ¡Que al susodicho paisano le abandonen allí, con la cabeza abierta y en pleno vahído, a su suerte, como de hecho dejarán a su suerte poco después a Bonarillo en su dictaminado final, solo que a este le espera el matarife en su puesto de trabajo: nada que ver! Entiendo que, como mínimo, los gastos sanitarios ocasionados por la atención a los heridos deberían serles exigidos a estos –y a tocateja–, pues nadie les obligó a estar allí en tan particular jornada. Se me abren las carnes solo de pensar que algunos conciudadanos deben esperar meses a ser operados (si llegan), mientras otros son atendidos de inmediato para reparar las heridas de una batalla a la que fueron por necedad propia.

Una entidad animalista solicitó formalmente al alcalde el indulto de Bonarillo, y explicaba en su carta que “indulto” no es desde luego la expresión adecuada, pues el animal, que se sepa, no ha cometido falta alguna como para que se le conceda el perdón. Hasta el momento, la contestación brilla por su ausencia. Pero a la prensa local se le ocurrió la brillante idea de una encuesta… ¡y hete aquí que la mayoría de los votantes se decanta por la piedad! ¡Sorpresas te da la vida!

Bonarillo, el Toro Enmaromado de Benavente, como cualquier vaquilla anónima de la más mísera alquería ibérica, engrosa ya, cuando acaso todavía disfruta de sus encinas y de sus amigos de manada, la sórdida lista de lo que bien podrían denominarse Crímenes de Lesa Animalidad. Porque a ver si nos vamos enterando de que el sufrimiento es siempre sufrimiento, sea este vacuno, felino o humano, y de que su mera indeseabilidad por parte de la víctima debería ser el principal y único criterio que guíe nuestra conducta.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

 

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