RAPTADOS DEL PARAÍSO

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Por KEPA TAMAMES

 

Tan sólo durante las últimas décadas (pongamos medio siglo) la movilidad de especies silvestres ha sido muy superior a la que ha tenido lugar en los anteriores dos millones de años. Animales que durante milenios han ocupado selvas, océanos y desiertos, viven hoy en salas de estar, cocinas, terrazas de apartamentos o discotecas. La razón es muy simple: la comunidad humana del mundo industrializado ha convertido la compraventa de animales exóticos en un negocio con extraordinarios beneficios, que tiene además el dudoso honor de encabezar la lista de las actividades delictivas más rentables, solo superado por el comercio de armas, de drogas y de personas. En realidad, esta transacción zoológica a gran escala responde a la lógica consumista que todo lo condiciona en una sociedad mercantilista como la que hemos creado, unido al hecho de que hoy los animales no humanos siguen teniendo el status de propiedad, de simples objetos de intercambio. Las tiendas especializadas del mundo rico se han convertido en un inmenso bazar donde es posible adquirir casi cualquier tipo de animal. Existe un auténtico `servicio a la carta´, siendo también la oferta publicitaria la que crea tendencias y modas. Si bien es cierto que estamos ante el conocido fenómeno de la oferta y la demanda, debe hacerse la salvedad de que, en el caso que nos ocupa, no se trata de meros enseres inertes, sino de individuos sensibles al dolor físico y al padecimiento emocional.

En realidad, la en apariencia “inocente” compra de un animal en uno de esos establecimientos conocidos popularmente con el horrendo nombre de pajarerías es el desencadenante de todo un engranaje que enriquece a unos y somete a otros a un régimen de esclavitud perpetua (afortunadamente abolido en todo el planeta para los individuos humanos).

Una buena fórmula para advertir todo el dolor que implica el comercio de animales silvestres consiste en realizar un seguimiento de los protagonistas desde que viven libres en su entorno natural hasta que son adquiridos en el lugar de destino, a miles de kilómetros de distancia. Por lo general, los países de procedencia suelen ser pobres, con lo que resulta sencillo convencer a algunos de sus habitantes para que esquilmen el medio natural en busca de lagartos, aves, ranas o cualquier animal que pueda ofrecer ganancias económicas. A sabiendas de que todo el proceso implica un fuerte shock que acabará en la práctica con buena parte de las capturas, estas suelen ser masivas, sin que además se tenga especial cuidado en el manejo de los animales. Muchos de ellos apenas sobreviven a los primeros días de cautiverio, y otros se vuelven inapetentes, por lo que es habitual la alimentación forzada basada en papillas. Lo grosero de la operación hace que a algunos la comida les encharque los pulmones, provocándoles una angustiosa muerte. Las condiciones en las que viajan los supervivientes son simplemente atroces. Hacinados en jaulas, envueltos en papel de periódico o instalados en los más diversos recipientes para sortear las aduanas, no es extraño que el número de ejemplares que llega con vida a su destino sea muy reducido. Dependiendo de la especie de que se trate, el porcentaje de mortalidad llega a afectar a ocho de cada diez animales. Y a los que superan esta etapa les espera una costosa recuperación. En el mejor de los casos, serán adquiridos por personas que, en la medida de sus posibilidades, tratarán de ofrecerles un entorno rico y satisfacer sus necesidades primarias. Sin embargo, todos estos esfuerzos bienintencionados no conseguirán sino una burda caricatura del entorno natural de donde nunca debieron haber salido.

Hasta aquí algunos apuntes –por otra parte bien conocidos– de las nefastas consecuencias que tienen para los animales el que podríamos calificar de “tráfico ilegal”. Porque es este uno de los puntos de inflexión del debate sobre el comercio de especies: la distinción buscada de dos actividades que desde el punto de vista de los intereses y de los derechos de sus desdichados protagonistas tienen secuelas similares. En tal sentido, los medios de comunicación e incluso las diferentes administraciones se han encargado de hacernos creer que es el tráfico ilegal el que debe combatirse, el único negocio perverso, concediendo así una licitud moral al grueso de todo el montante regulado y legal, que crea en la práctica tanto o más sufrimiento que el primero.

Con independencia de que el animal haya sido capturado en su medio o nacido en cautividad, el resultado de una adquisición caprichosa o poco reflexionada es fácil de adivinar. La ilusión inicial se torna más pronto que tarde en falta de interés, desaparece el encanto de las primeras semanas, y la serpiente, ardilla o sapo se acaba convirtiendo en un estorbo del que tratamos de deshacernos a la primera oportunidad que se nos presenta. Para ello, fundamentalmente se utilizan tres vías: depositarlo en uno de los centros de acogida que existen; regalarlo o malvenderlo a terceros; o, por último, liberarlo en la naturaleza. La segunda opción no hace la mayoría de las veces sino alargar el periplo del animal. En cuanto a la primera vía, quienes desarrollan su labor en uno de los centros de acogida mencionados conocen muy bien la dimensión del problema, por ser receptores de cientos de estos animales cada año, a los que buscarles una solución satisfactoria se convierte en un reto imposible. Con frecuencia, la solución más práctica es el sacrificio sistemático.

Pero es la tercera opción la que más preocupa a las diferentes administraciones, paradójicamente las mismas que asumen una incomprensible relajación en las etapas previas a la suelta de ejemplares en el medio. En efecto, estamos ante un problema cuyas consecuencias finales son ya identificables por los expertos en la materia: hibridación con especies genéticamente similares, competencia por la comida con ejemplares autóctonos, agresividad directa… Lo cierto es que los diversos poderes públicos con competencias en el tema suelen aplicar protocolos de actuación tan contundentes como la captura y sacrificio de los animales, a los que se reserva la poca amistosa etiqueta de especies invasoras, como si por su parte se tratara de una estrategia de conquista consciente y malévola. He aquí uno de los elementos de reflexión más sugerentes en este campo: la legitimidad moral que nos asiste para poner en marcha una política de eliminación dolorosa de animales inocentes sin que previamente hayamos establecido fórmulas básicas para evitar estos dramáticos resultados finales.

Parece claro que, desde tesis puramente animalistas, la solución pasa por un cambio de mentalidad profunda que convierta el hecho de adquirir animales en una opción mal vista. Pero mientras llega ese momento debe ejercerse sobre los propietarios un control exhaustivo, que pasa inevitablemente por la identificación del mayor sector de animales posible. Detrás de cada uno de ellos ha de existir un responsable con nombre, apellidos y domicilio. Y es este ciudadano o ciudadana quien debe trasladar al organismo que corresponda cualquier circunstancia relevante, como pueda ser la adquisición, pérdida, fallecimiento o extravío. Una situación como la sugerida puede parecer hoy ciertamente quimérica, pero existen no pocas realidades que han variado de forma radical en apenas unos años, cuando en un principio tal cambio parecía imposible. Nos topamos otra vez con la falta de interés y de voluntad de las instituciones que, como mínimo, deberían cumplir escrupulosamente la normativa que ellas mismas propugnan.

En el terreno de las reflexiones más genéricas, cabe destacar que uno de los problemas clave que se derivan del cautiverio de animales silvestres en nuestro entorno es que aquellos se hallan en un estado de dependencia absoluta. Nada de lo que hagan les reportará grandes beneficios. En su medio natural, pueden cambiar de lugar con facilidad, evitar con rapidez un buen número de situaciones inconvenientes para ellos, establecer las relaciones sociales que les son propias. Nada de esto es posible en un acuario instalado junto al televisor, o en la jaula que no deja ver más paisaje que una cocina. Para los peces, la temperatura del agua resulta fundamental, y la cautividad no les permite desplazarse ni siquiera un metro. Un medio en pésimas condiciones puede ser el resultado de algo aparentemente tan trivial como que al cuidador humano le dé pereza cambiar el agua de la pecera u olvide oxigenarla adecuadamente.

Los animales silvestres no pueden desarrollarse con una mínima dignidad en nuestro entorno. Sus potenciales biológicos y de comportamentales se encuentran cercenados de por vida. Son víctimas de un “contrato” unilateral en el que siempre salen perdiendo, convirtiéndose así en esclavos de nuestro egoísmo y nuestra vanidad. Sus vidas en cautividad son apenas una burda imitación de la libertad y de todas las posibilidades que esta ofrece.

Como en tantos otros escenarios, se da la aparente paradoja de que quienes crean el problema tienen en sus manos la solución. Si el detonante de toda esta locura es la demanda, el factor de corrección apunta a lo contrario. Nuestra responsabilidad ética como consumidores debería orientarnos hacia la solución: no participar en un negocio sucio, adjetivo aplicable por encima de la etiqueta asignada: “ilegal” o “lícito”. El sufrimiento no entiende de acuerdos jurídicos, de tal forma que un periquito con los papeles en regla pero enjaulado padece las mismas carencias emocionales que la tortuga importada con toda pulcritud legal.

 

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ANIMALES EN PUBLICIDAD: CUANDO EL PÁNICO PARECE UNA SONRISA

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Por KEPA TAMAMES

Un loro multicolor suelta gracietas picaronas; un aterido gatito se deja secar amorosamente por su dueña tras caer “por descuido” a la piscina; un caballo camina con brioso gesto sobre una superficie de ascuas… Por lo general, no solemos reparar en la trastienda de este tipo de publicidad, quizá porque se trata de “simple publicidad”, al fin y al cabo la hermana menor de las artes escénicas. Pero trastienda la hay, sin duda, y no resulta excesivo pensar que, dirigidos los hilos por humanos, los animales, con su estigma de “no humanos” cosido a la espalda, sean también aquí meros elementos de atrezzo al servicio de intereses comerciales.

El extraordinario desarrollo de los medios audiovisuales en los últimos tiempos ha traído consigo un mayor uso de animales en el ámbito publicitario, siendo estos son utilizados como gancho comercial, bien apelando a los sentimientos positivos que despiertan, bien como meras unidades estéticas (icónicas). Al parecer, la aparición de determinados animales en según qué mensajes funciona. Pero las cosas están cambiando. Ricardo Devis, asesor en Estrategia y Comunicación, dice que “la inclusión de animales en los anuncios publicitarios se debe al `principio de sustitución necesaria´”. Para que nos entendamos: la divulgación requerida necesita de actores ajenos al producto divulgado. Devis, como buen experto, clasifica los diferentes usos de animales en distintas categorías, una de ellas bajo el curioso epígrafe de “nuda comparación”, donde la clave está, según él, en la simplicidad de las características que por lo común se atribuyen a aquellos: el tigre equivale a fiereza; el guepardo significa velocidad; el león representa la fortaleza. A tenor de la insistencia, parece que el uso de animales en publicidad ofrece muy buenos dividendos a las empresas. Pero ¿es un `buen negocio´ para ellos?

Por supuesto que puede hacerse publicidad sin que ello repercuta de manera negativa en sus actores animales (hay muchos y buenos ejemplos).Pero en no pocas ocasiones el anuncio tiene su “lado oscuro”. Mientras nos resulta familiar leer en los títulos de crédito de las películas aquello de que Ningún animal sufrió malos tratos durante el rodaje de este film (salvo los que murieron a golpes, ahogados o empalados), parece que en el campo de la publicidad las cosas van algo más lentas. Al menos, es lo que denuncia la campaña ADnimalsfree, una plausible iniciativa promovida por la Fundación FAADA, que fija su objetivo en informar y concienciar sobre el indebido trato que sufren muchos de estos “actores” en ciertas producciones audiovisuales. La experta en comunicación Marta Molas afirma que “cuando colocamos a los animales delante de una cámara, dejan de comportarse como ellos mismos, perdidos como están en un mundo que no es el suyo y obligados a un guión que va contra su naturaleza”. Pinta lógico.

La violencia hacia los animales no se limita, por supuesto, a la agresión directa y activa, sino que hay otras muchas formas de atentar contra sus intereses elementales: obligarles a actuar contra su condición, por ejemplo. Aunque estas maneras de agresión se muestren más sutiles –y por ello pasen desapercibidas para una gran mayoría de la opinión pública–, sus críticos aseguran que “los efectos psicológicos y físicos perdurarán para siempre”. Podemos recibir aquí una breve pero práctica clase on line sobre “gestología primate”.

El spot Vota a Mono ha servido de lanzadera para una campaña informativa sobre las consecuencias que una “publicidad deshonesta” puede tener para los animales. En el spot aparece Tiby como candidato a la cartera de Economía, encorbatado en su despacho y ofreciendo mítines a diestro y siniestro. Pero los bonobos, que se sepa, no hacen en su estado natural nada de esto. Es por ello que sus denunciantes hablan sin tapujos de “graves abusos”. Tiby es propiedad de un circo francés, donde nació hace veintitrés años, y en realidad no ha conocido otra cosa que las actuaciones en la pista y una vida trashumante. De hecho, no es la primera vez que participa contra su voluntad en un anuncio (¿la reconoces?),lo que da idea del grado de explotación de estos animales cuando hay un cheque por medio. Tiby es el palpable ejemplo de cómo la publicidad, además de un arte, puede presentarse con frecuencia en forma de engaño manifiesto. Porque en los bonobos la “sonrisa” no representa felicidad, sino pánico; porque sus ojos dicen “no me gusta” cuando nosotros leemos “estoy encantado”; porque sus gestos, leídos con un mínimo de ética y empatía, nos advierten que Tiby quiere abandonar cuando antes en set de grabación, pues para ella supone lo que supondría para cualquiera de nosotros: una absurda tortura.

Las inmensas posibilidades que hoy nos ofrece la recreación virtual de casi cualquier escena publicitaria convierte al uso de animales silvestres en un recurso por completo innecesario. En realidad, es una suerte que la tecnología pueda brindarnos todo esto, pues despoja a sus obcecados defensores de toda excusas para seguir insistiendo en una mala praxis profesional. No deja de resultar paradójico que se recurra al uso de animales en publicidad porque nos inspiran buenos sentimientos, y que al mismo tiempo sigamos reservándoles un estatuto moral tan ínfimo: simples recursos a nuestra disposición. Quizá en este escenario se refleje también esa suerte de esquizofrenia moral que ha presidido desde siempre nuestra relación con ellos.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

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PALOMAS, PALOMITAS...

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Por KEPA TAMAMES

 

Las aves generan sentimientos contradictorios en los seres humanos. Por un lado, recurrimos a ellas a través de metáforas e incluso las convertimos en iconos a la hora de transmitir algunos de los valores que más apreciamos, como la libertad o la paz. Por otro, las aniquilamos en masa a través ciertas prácticas deportivas, o las sometemos a la más cruel de las esclavitudes para obtener algunos de sus “productos”. Ello no es sino una clara muestra del desequilibrio moral con que la comunidad humana percibe a los animales con los que comparte planeta. En efecto, mientras algunas especies gozan de la protección legal y la estima general de la sociedad, no mostramos hacia otras el más elemental respeto, por lo que las reducimos a simples objetos de consumo en multitud de campos. Por lo que a las aves respecta, un ejemplo que ilustra de forma drámatica esta realidad lo encontramos en las palomas urbanas, consideradas auténtica “peste” por las administraciones y aun por muchos ciudadanos.

Cada año, cientos de miles de palomas urbanas son capturadas y exterminadas por los ayuntamientos españoles. En realidad, y aunque la razón oficial sea la del “control poblacional”, todo apunta a que se trata de una medida irracional, que a medio plazo no soluciona nada, dado que a los pocos meses del descaste la densidad de aves recupera su nivel. Muchas de estas políticas parten de estudios obsoletos (a veces confeccionados décadas atrás), que no tienen en cuenta factores como el ratio entre hembras y machos, o el porcentaje de animales enfermos. La actuación municipal se limita a matar varios miles y punto; y lo hace capturando sin demasiados miramientos a las víctimas, para luego gasearlas por grupos en dependencias municipales.

Toda esta locura se pone en marcha por las denuncias de los vecinos (de unos muy concretos, que además son los mismos que se quejan por otras muchas situaciones (¿quejicas patológicos?), molestos por la suciedad que los animales generan… ¡como si precisamente los humanos pudiéramos presumir de ser una especie pulcra! Resulta difícil no ver en esta actuación municipal una especie de “tributo político” a ese pequeño sector ciudadano quisquilloso con casi todo. De esta forma, las administraciones locales se blindan ante la ciudadanía con el argumento simplista de “nosotros ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos; no nos exijan más”.

Algunas urbes ya han probado sistemas no traumáticos para el control de aves con suficiente éxito, mientras que en nuestro ámbito geográfico se siguen obviando estas y otras iniciativas humanitarias. Todo ello convierte a la eliminación física de palomas en un crimen execrable.

Pero hay un aspecto especialmente preocupante si de doble moral hablamos, pues mientras las perseguimos con saña inusitada, continuamos recurriendo a ellas como símbolo de concordia y de buenos deseos en actos reivindicativos, y las “liberamos” emocionados de las cajas donde han pasado horas apretujadas, sin siquiera pensar que también ellas merecerían ser destinatarias de nuestra consideración, y que por lo tanto deberíamos dejarlas en paz y tratar de resolver los conflictos entre humanos por nuestra cuenta y riesgo, sin necesidad de involucrar a terceros.

Es poco conocido el hecho de que las palomas se emparejan de por vida (son, en efecto, monógamas), y que, en consecuencia, la muerte de uno de los miembros deja en estado de viudedad al otro. Sí, descojónense si eso les relaja, pero la pérdida de la pareja sentimental es una putada para todo el mundo, y no solo para los humanos. Quién sabe si los ancianos que las alimentan en parques y plazas lo saben por experiencia propia y hay en su comportamiento algo de emociones no contadas…

Conozco gente que curó en su momento una paloma herida y acabó formando parte de la familia durante más de veinte años. Gente que las libera de las jaulas destinadas a la cámara de gas. Gente que devolvió al pichón desubicado a su cornisa y vio cómo durante semanas los padres lo alimentaron con primor y dedicación, hasta que echó el vuelo. Gente que se organiza y las defiende.

No albergo duda alguna sobre el hecho de que el crimen que cometemos con las palomas urbanas es por completo desproporcionado, un castigo del todo injusto por una cagadita en la chaqueta. Aunque sea el día de tu boda.

 

[*] Publiqué este artículo en AllegraMag (sección BICHOS).

 

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POR LOS CERDOS

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Por KEPA TAMAMES


Con frecuencia se nos pregunta –a quienes militamos en organizaciones proteccionistas– por qué los humanos admitimos que deben tratarse con respeto a unos animales mientras no sentimos la más elemental compasión por otros. Parece claro que tal actitud obedece a la “categoría” que les hemos asignado a lo largo de nuestra historia ética, el estatuto moral del que gozan, o habría que decir en este caso “que sufren”. Así, pocos de nosotros justificamos los malos tratos a los perros, a las ballenas o a las aves rapaces. Los primeros portan desde tiempo inmemorial la etiqueta de “amigos”, las segundas se han acabado convirtiendo en un icono conservacionista, y las últimas pasaron de ser alimañas (por cuya captura la administración pagaba una recompensa hasta no hace tantos lustros) a animales con valor ecológico a los que no se puede molestar bajo ningún concepto. En consecuencia, vemos que algunas especies siempre nos han merecido una cierta consideración, y que con otras se ha conseguido tras una ardua tarea educacional.

Por desgracia para ellos, una generosa mayoría de los animales a los que obligamos a vivir en nuestro entorno no pertenecen a ninguna de estas dos categorías, y por ello siguen cargando con el estigma de “animales-recurso”, a raíz de lo cual se les niega cualquier tipo de derecho básico, como son los concernientes a la vida y a la integridad tanto física como emocional. Y, en dicho plano, los cerdos desempeñan el citado papel como pocos.

Estamos, en efecto, ante un ser que no despierta apenas simpatías, una y mil veces satanizado, y ridiculizado hasta el hastío. En tal grado todo ello, además, que su sola defensa provoca desconcierto, mofa y hasta indignación (quizá por este orden). Sin embargo, cualquiera de las docenas de miles de cerdos que electrocutamos cada día tras haberles condenado a una vida miserable podría haber sido un perfecto compañero de juego si se le hubiera dado esa oportunidad, tal y como hacemos con nuestros perros y gatos. Aunque a muchas de las personas que leen esto pueda parecerles extravagante, a los cochinos les encanta que les rasquen la panza, como a cualquier hijo de vecino, corretear por un prado persiguiendo olores, o tumbarse a descansar a la sombra, al sol, o básicamente donde les salga del hocico, que para eso tienen la misma capacidad de elegir entre diferentes opciones, igual que usted y que yo mismo. Pues sí, resulta que los “despreciados” cerdos son tan animales, tan vertebrados y tan mamíferos como cualquiera de nosotros, con idénticas terminaciones nerviosas y similar interés en no ser agredidos. Sorprendente, ¿verdad? En realidad, no debería serlo tanto; a no ser que, por el peregrino hecho de ser cerdo en lugar de político (les aseguro que no he querido hacer con ello ningún chiste fácil) nos creamos legitimados para considerarlos enseres insensibles en lugar de individuos con intereses propios. Si alguien sufre de manera gratuita, no hay excusa para volver la cara y dejarlo en manos de su verdugo, independientemente de la especie biológica a la que pertenezca dicha víctima.

Lo que hacemos a diario con los cerdos (encerrándolos de por vida en pocilgas infectas, no permitiéndoles siquiera que se relacionen entre ellos, frustrando a perpetuidad todas sus necesidades físicas y afectivas, o tratándolos como simples masas de carne sin ningún valor que no sea el económico) constituye uno más de los crímenes abyectos que la sociedad humana comete a diario con los [demás] animales. Es –digámoslo claramente– un acto de agresión institucionalizada en el que la mayoría de la sociedad participamos en algún grado. En tal sentido, resulta preocupante (y al mismo tiempo ilustrativa) la autocomplacencia de mucha gente, satisfecha consigo misma por condenar la violencia doméstica (malos tratos en el entorno afectivo), política (terrorismo) o cultural (racismo, homofobia), mientras admiten impasibles la más atroz de las violencias que existe en nuestra sociedad: la que ejercemos sobre los animales.

Al admitir con total naturalidad los cuerpos inertes –cuarteados o íntegros, según casos– en los comercios del ramo de individuos cuyo único “delito” fue nacer cerdo en lugar de lince ibérico, no hacemos otra cosa que poner en práctica la forma de discriminación más devastadora que hemos inventado: el especismo.

 

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PONTE EN SU LUGAR, "NO" EN SU PIEL

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Por KEPA TAMAMES

 

La explotación y matanza de animales para obtener su piel es cada vez más conocida por el gran público, gracias a las constantes campañas llevadas a cabo por las diferentes organizaciones proteccionistas, y está siendo en consecuencia cuestionada por una parte significativa de la sociedad, en especial el apartado que hace referencia a la llamada industria de la “peletería de lujo”. A pesar de ello, no sería justo dar la espalda a otras realidades como el negocio del cuero o de la lana, ni desde luego las que explotan a animales hacia los que tenemos una escasa empatía, como es el caso de los reptiles. Pero, ¿cuál es la realidad de toda esta industria y cuáles sus consecuencias para millones de víctimas? Este artículo trata de ofrecer una visión aproximativa y descarnada de la trastienda de una industria infame, que en ocasiones se dota de una propaganda tan interesada como falsa para distorsionar la realidad y dulcificarla con vistas a tranquilizar las conciencias de los consumidores y obtener así los mayores beneficios posibles, sin tener en cuenta los padecimientos de zorros, visones, terneros, ovejas, cocodrilos, armiños, y un sinfín de animales a los que se despoja de su abrigo natural para confeccionar prendas de las que podríamos prescindir si tan solo pusiéramos un poco de interés en colocarnos en su lugar, aplicando un elemental ejercicio de empatía. De ahí el título: “Ponte en su lugar, NO en su piel”.


La industria peletera, un negocio inmoral

Hubo un tiempo en el que resultaba imprescindible causar daño a los animales para obtener algunas cosas de ellos, entre otras su piel. Se trataba de un mero ejercicio de autodefensa. Pero son épocas ya muy lejanas, que nos retrotraen a escenas prehistóricas. Nuestro sentido de la ética debería habernos hecho entender que vestir la piel de otros pertenece a capítulos superados de nuestra historia evolutiva. Sin embargo, el egoísmo propio de nuestra especie aflora de nuevo para hacer de la industria peletera un negocio que solo consigue satisfacer la vanidad de las personas que visten el producto final. La industria de las llamadas “pieles de lujo” está concebida para obtener la epidermis de los animales explotados, objeto de gran valor en el mercado de las vanidades.

Los animales que nutren la demanda provienen principalmente de dos fuentes: o bien del entorno natural, o bien de granjas específicamente diseñadas para su manejo y sacrificio. A pesar de que la propaganda peletera muestra especial interés en que la gente crea que ya no se capturan animales en libertad, lo cierto es que cada año varios millones de ellos caen en trampas de todo tipo, que por supuesto les provocan atroces sufrimientos. Hasta no hace muchos años, la piel proveniente de este tipo de capturas engrosaba una buena parte del mercado, con lo que, siguiendo una lógica mercantilista, a nadie le resulta fácil perder tan suculento negocio. Es por ello que siempre se encuentran las vías adecuadas para introducir en el circuito grandes partidas de pieles cuyos legítimos dueños vivían en libertad. La existencia de estos seres cambia para siempre en el momento en que tienen la fatalidad de pisar la trampa. El susto inicial apenas dura un segundo, para dar paso a un insoportable dolor físico. La reacción natural es tratar de zafarse inmediatamente del endemoniado objeto (sea este un lazo de cuerda o un cepo metálico), que comienza a rasgar la piel y los músculos de la zona afectada. La infructuosa lucha dura por lo general horas, y el hecho de que los animales no consigan entender qué les sucede no hace sino aportar una cuota de sufrimiento psicológico añadido. La respuesta de la víctima puede observar ciertas diferencias en función de la especie, pero, por lo general, llega un momento en que los animales se abandonan a su suerte, entrando en lo que científicamente se denomina "síndrome de claudicación". Aunque el sufrimiento sea extremo, poco más pueden hacer. O tal vez sí. Comenzar a roer su propio miembro hasta seccionarlo, liberándose así de la trampa. Las heridas provocadas son tan severas que lo más probable es que se produzca una necrosis, con la consiguiente infección y muerte. El proceso dura semanas, y en realidad convierte los últimos días del pobre animal en una lenta y dolorosa agonía. Aquellos que consiguen sobrevivir a semejante trauma se convierten en discapacitados y quedan permanentemente en inferioridad de condiciones respecto a sus competidores, con un futuro muy poco halagüeño. Y a quienes no consiguen quitarse el cepo o el lazo, lo mejor que les puede suceder es que el trampero aparezca cuanto antes y acabe con él. Lo malo es que esto puede suceder hasta varios días después del chasquido inicial. El objetivo último del operario es claro: no dañar la piel. En consecuencia, utilizará cualquier método para que el "material" quede intacto: apalear su cabeza o ponerse encima para ahogarlo puede no ser muy estético, pero funciona. El sufrimiento que se inflija al animal carece de importancia. A toda esta locura deben añadirse ciertos "efectos colaterales", como la destrucción de familias (muchos animales se emparejan para toda la vida) o la muerte por inanición de los cachorros que puedan depender en esa época de los padres.

 

La “piel ecológica”, un engaño propagandístico

Bajo la etiqueta de "piel ecológica" (es la que se usa para denominar a la que procede de animales criados en cautividad) se esconde un cruel engaño a los consumidores, a quienes se transmite la idea de que mientras el producto no provenga de animales silvestres –y en consecuencia no contribuya al desequilibrio del medio y a la desaparición de especies–, el comercio es moralmente legítimo. Pero si mucha gente conociera las condiciones de vida que tienen que soportar los inquilinos de las granjas de producción, tal vez se lo pensarían dos veces antes de adquirir una prenda de vestir o un complemento estético. La cruda realidad es que la piel "ecológica" deja tras de sí una cantidad de sufrimiento notablemente superior a la que podríamos denominar "silvestre", por la sencilla razón de que los animales estabulados deben soportar durante toda su vida una explotación extrema.

Una fórmula eficaz para evaluar tal situación consiste en comparar su vida en libertad y la que se les ofrece en su eterno encierro. Así, mientras en su medio natural suelen recorrer grandes distancias, en las granjas su territorio se limita a una jaula infecta que tienen que compartir con otros compañeros. El carácter solitario de algunas especies hace que el hecho de tener que convivir constantemente con otros individuos suponga para ellos una tortura añadida. Las especies ligadas al medio acuático jamás tienen acceso a nada que se parezca a una charca o a un río, y están condenadas a temperaturas extremas tanto en verano como en invierno. Ni que decir tiene que en libertad este tipo de contratiempos son fácilmente solventados guareciéndose en sus madrigueras o buscando zonas climáticas más benévolas. Nada de esto es posible en cautiverio. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los animales silvestres son por lo general muy asustadizos, pero que en los barracones no tienen posibilidad alguna de huir de aquellos a los que consideran enemigos. Pensemos también en su morfología. Por ejemplo, las patas están adaptadas al medio en el que desarrollan su vida natural, pero en la jaula el suelo es de rejilla, para que las heces caigan directamente fuera de ella, facilitando así la labor de los operarios. Las patas se llagan y se infectan, pero por lo general la hora del sacrificio llega antes que la muerte por gangrena, por lo que no reciben ningún tipo de cuidado. El negocio es el negocio. Se trata además de animales carnívoros, que capturan a sus presas, mientras que en cautividad reciben una alimentación basada en papillas, lo que les provoca constantes diarreas y trastornos digestivos. Pero lo que importa es el producto final, la piel, y para ello el último paso es el sacrificio. Este episodio, como no podía ser de otra forma, se convierte en una chapucera brutalidad. Los métodos utilizados tienden siempre a no dañar la piel, por lo que estos desdichados animales acaban sus vidas en una cámara de gas (en realidad, una cutre instalación cerrada a la que se conecta el motor de un coche en marcha), electrocutados, o simplemente estrangulados. En una situación de violencia tan extrema, resulta comprensible que las víctimas intenten de escapar o zafarse de sus torturadores, por lo que éstos prefieren evitar ser mordidos manipulándolos sin ningún tipo de consideración ni cuidado. Desde la óptica del empresario, no tiene sentido ralentizar el proceso si ello significa pérdidas económicas. Todo vale en la industria de la peletería de lujo. Incluso la manipulación genética para obtener animales con mayor superficie de piel, patas más cortas, aunque sea a costa de que apenas pueda andar y sean casi ciegos.

Cualquiera de las circunstancias aquí relatadas constituiría por sí sola una importante contrariedad para sus víctimas, y haría que su bienestar se resintiera de forma notable. Pensemos por lo tanto en las consecuencias de todos estos hechos juntos. La conclusión no puede ser otra que la de que sus vidas se convierten así en una miserable experiencia.



Cuero, lana, marroquinería…

Cuando desde el discurso animalista se hace referencia a la industria de las pieles, por lo general se entiende que se trata del negocio de las llamadas "pieles finas" (o "de lujo"), es decir, aquellas cuya adquisición responde más a un consumo caprichoso que a verdaderas necesidades de primer orden, como puede ser el hecho en sí de proteger nuestros cuerpos con prendas de abrigo. Sin embargo, parece claro que la piel de los terneros y de las cabras –o la lana de las ovejas– tiene para ellos la misma función que para visones o armiños, por lo que resulta en principio plausible la postura de quienes rehúsan utilizar todo tipo de prendas de origen animal. Siendo así, tampoco debemos olvidar que, en el caso de las pieles que provienen del matadero, el factor limitante no es tanto la piel (considerada como un subproducto cuyo valor económico supone aproximadamente un 15% del total) sino el boicot a la carne. La verdad es que bien podríamos prescindir de no pocas de las prendas de cuero que de las que habitualmente hacemos uso, como cazadoras, cinturones o bolsos. Incluso en el aparentemente difícil apartado del calzado empiezan a aparecer interesantes artículos fabricados con materia prima sintética de buena calidad.

Por otro lado, mucha gente piensa aún que no hay nada de malo en la lana, dado que para su obtención no se sacrifica al animal. La realidad es bien distinta, puesto que el proceso de esquilado se realiza sin ningún tipo de cuidado, con lo que no es raro que muchas veces se produzcan heridas e incluso el corte de los pezones, provocando severas heridas que desde luego nadie se ocupará de tratar adecuadamente, porque ello implica el empleo de recursos humanos y por lo tanto económicos. También aquí, y desde un punto de vista de la rentabilidad del negocio, resulta más rentable que algunos ejemplares mueran por infección que prestarles atención veterinaria.

Mención especial merece el mercado de las “otras pieles”, entre las que se incluyen las de cualquier animal susceptible de rentabilidad comercial. Así, en los comercios de nuestras ciudades pueden verse objetos confeccionados con piel de avestruz o de distintas especies de reptiles. En el caso de estos últimos la crueldad es aún mayor, por la propia naturaleza de los animales, que no son capaces de transmitirnos sus emociones con la misma eficacia que los zorros o las chinchillas. Ello convierte a la operación de sacrificio y despellejado en un escenario dantesco. Casi sin excepción, se desprende la piel de sus cuerpos mientras permanecen vivos y perfectamente conscientes y acaban muriendo por shock traumático.

Pensemos ahora en las cifras, pues se trata de un apartado simplemente escalofriante. Es obvio que para la confección de la mayoría de las prendas de vestir no basta con un solo animal. Dado que de toda la superficie corporal únicamente se aprovechan algunas partes, la realidad es que son muchos los individuos que se necesitan para obtener una sola de las prendas que se exponen en los escaparates de las tiendas. Dependiendo de la especie, pueden ser necesarios hasta varios cientos de animales (seres sintientes, individuales, únicos e irrepetibles) para un abrigo. Si la vida y el bienestar de uno solo de estos animales es en sí valiosa para él, imaginemos lo que significa la muerte y el dolor para los varios cientos de millones de animales que mueren cada año a causa de la demanda social de la piel.


¿Qué podemos hacer?

Debemos ser conscientes de que las situaciones aquí denunciadas no se producen porque sí, sino que responden a una demanda social. Es esta la que desencadena todo el proceso, por lo que si queremos contribuir a erradicar cualquier realidad que afecte a animales inocentes, es imprescindible que la gente se implique y adquiera un mínimo compromiso. Cada cual elegirá el grado y la manera de involucrarse en el mismo. Es evidente que hay determinadas prendas que no solo resultan superfluas sino que además alcanzan elevadísimos precios, por lo que lo más razonable es empezar por rehusar su compra. Se trata de todos aquellos productos que tienen como fin último la obtención de la piel del animal: la llamada alta peletería. En realidad, cualquier grado de compromiso beneficia a los animales implicados. Por eso deberíamos plantearnos en serio si queremos seguir contribuyendo con nuestro dinero a convertir la vida de millones de seres sensibles en una experiencia miserable, o asumir nuestra responsabilidad ética y optar por un consumo más solidario. Conviene no olvidar que en nuestras manos está ser parte del problema o parte de la solución.

 

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TEO NO SE ENTERA

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Por KEPA TAMAMES

 

“Teo es un niño simpático y divertido a quien le gustan mucho los animales y la naturaleza”. Esta viene a ser la presentación de Teo en su visita al zoo local. Para incondicionales, supongo; aunque a mí Teo siempre me pareció un niño entre repelente y megañoño, y sobre todo un perfecto ingenuo. Pues bien, y si tenía alguna duda, se me despeja tras saber que el muchachito no tiene mejores planes para el domingo por la mañana que acercarse al zoológico. Teo cree que los animales residentes son felices, unos suertudos que disfrutan del resort solo tras conseguir una plaza entre multitud de aspirantes, que mueren de viejecitos y que el Director, compungido por tan irreparable pérdida, se ocupa de que sus cenizas sean esparcidas por la tierra que vio nacer a sus antepasados: África, América, Oceanía… Teo debe de pensar sin duda bobadas de tal pelo, más si cabe tras la dominical visita junto a su hermano pequeño, invitados ambos por tía Rosa, otra que tal baila. Teo no se entera.

Como Teo, mucha gente sigue percibiendo los parques zoológicos como “paraísos para los animales”: el lugar soñado por leones, monos y flamencos. Hasta pueda que Marius –con sus facultades físicas y mentales intactas– llegara a pensar algo similar en su cabecita de jirafa adolescente. Pero ni tiempo tuvo el pobre de rectificar en sus creencias, desplomado desde las alturas tras el disparo de un trabajador del centro. ¿Sacrificio humanitario? Pues no, porque, como se ha apuntado, Marius estaba perfectamente sano. Pero cometió el error de no portar genes “demasiado originales”, y eso lo convertía en un ejemplar “sin interés para el programa de reproducción del que formaba parte”. “La gente tiene derecho a protestar. Pero, por supuesto, nos ha sorprendido”, declaraba Tobias Stenbaeck, portavoz del zoológico de la capital. Sin otras valoraciones periféricas, el sr. Stenbaeck me parece lo más parecido a un tontaina, en su estricta acepción moral. Porque hay que serlo para “sorprenderse” por las protestas de la gente ante tan  burda muerte. Mucho más después de conocer que el animal fue fríamente descuartizado ante el público que en esos momentos visitaba el recinto, numerosos niños incluidos numerosos niños incluidos. ¡En Copenhage! Los signos de admiración también son muestra de notable ingenuidad (la mía, en este caso), al creer que, traspasadas ciertas fronteras, se entra en una nueva dimensión. Seguro que hay importantes avances por aquellos lares respecto a estos, aunque conviene recordar igualmente que hablamos del mismo país cuyas autoridades se aferran a la pueril coartada cultural para defender la matanza anual de calderones.

Podría pensarse que la muerte de Marius entra de lleno en lo estadísticamente anecdótico. Pero la Coalición Infozoos cifra en varios miles los animales que son sacrificados cada año en los distintos zoológicos europeos, escalofriante guarismo que no desmiente la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA, por sus siglas en inglés). Según Infozoos, “se trata en la mayoría de los casos de pequeños mamíferos, por lo que no llaman tanto la atención como el caso de Marius. Pero desde un punto de vista ético estas muerte son por igual condenables”. Pues sí…

Teo, chaval, entérate: los zoos son cárceles de animales, centros sin interés alguno en la conservación de especies ni en el bienestar altruista de sus inquilinos, meros negocios donde impera la lógica comercial de la máxima rentabilidad con la mínima inversión, simples centros de operaciones que se intercambian material, y que eliminan material cuando la Junta Directiva considera que hay excedentes. Pero material y excedentes son en este caso vidas únicas e irrepetibles, como mismamente lo es la tuya. ¿Te preguntaste alguna vez si aquellos monos o aquellos leones eran de verdad los mismos que en tu anterior visita? ¿Hubieras seguido pensando lo mismo si la casualidad te hubiera atrapado de visita en el zoo de Copenhague durante la aparatosa muerte del gigantón con piel de terciopelo? Por eso ejecutaron a Marius: meramente para “hacer sitio” a otros reos.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

 

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ANIMALITOS

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Por KEPA TAMAMES

 

Confieso que es una suerte disponer de un rinconcito como este donde dejar a discreción pensamientos y reflexiones varias, porque me dio la vena melancólica. Y como mucho me temo que soy el “abuelete” del grupo, pues no me siento demasiado incómodo contando mis batallitas. A ello voy.

Llevo en esto de la defensa de los animales ya algunos meses: desde septiembre, más en concreto. (Se cuentan los meses por trescientos treinta, y me refiero a septiembre de 1986). Con lo que al menos puedo afirmar que he tenido oportunidad de apreciar cambios, algunos baladíes y otros bastante más que significativos. Se asociaba entonces esta ideología con lo más parecido a una tara mental de las gordas (quiero decir “de las graves”, entiéndase la expresión), reflejada icónicamente en la clásica viejecita persiguiendo con el bastón a pendencieros muchachos por haber chafado un parterre o echado a perder una nidada de gorriones. Quede claro que me parece cojonudo que las venerables ancianitas actúen de tan contundente manera, ojo. Pero supongo que ni era entonces justa dicha imagen, ni mucho menos lo es ahora.

Hablo de un tiempo en el que los comunicados de prensa se redactaban en máquinas de escribir “digitales” de la época, con la Junta Directiva en pleno rodeando al mecanógrafo y corrigiéndole cada frase, bien para mejorarla, bien para tocarle las narices. Consensuado el texto (tres o cuatro días más tarde), se acercaba uno o una a la copistería más cercana y encargaba veinte ejemplares, que luego habría de firmar el señor Presidente, y a los que el señor Secretario estamparía uno a uno el flamante y oficial sello. Introducidas las misivas en sendos sobres –presididos estos por el logo de la entidad– ya solo faltaba la distribución por periódicos y radios locales: labor del quinto Vocal (este ni señor). Todo a pata, por supuesto. En resumidas cuentas, que mandar un comunicado se nos ponía en una semanita. Naturalmente, nadie se hacía eco de la nota, pues para cuando la recibían en la mesa de redacción, como “noticia de última hora” aquello no tenía valor alguno.

¡Cómo ha cambiado el mundo, incluido el de la defensa de los animales! Hoy las cosas son muy diferentes a como eran entonces. En unos minutos redactas un texto, y en otro lo has mandado a medio planeta. En la actualidad, los medios recogen con merecida profusión muchas de nuestras acciones… ¡y hasta entrecomillan en sus crónicas segmentos del texto!: sin duda, el mayor logro por lo que a presencia mediática concierne. Incluso los periodistas más reaccionarios etiquetan hoy de animalistas a quienes participan de esta todavía adolescente ideología. Veamos en este detalle la botella medio llena, pues no es poca cosa que se desligue así en cierta medida al animalismo del conservacionismo.

Recuerdo, por ejemplo, que allá por los primeros noventa escribí un artículo de opinión para la incombustible sección de Cartas al Director. Lo titulé Animalistas, precisamente, y trataba de resumir en él la teoría y la práctica del entonces bisoño pensamiento. Ni me preocupé de saber si en efecto fue publicado. No obstante, me llevé una inmensa alegría cuando al poco leí en el diario más afamado de la ciudad un artículo en la citada sección donde alguien expresaba nuestra visión palabra por palabra y frase por frase. ¡Albricias! ¡No estábamos solos! ¡Había gente en nuestro entorno más inmediato con idénticas ideas! Quizá lo que menos nos agradó del artículo fue su título, cursi como él solo: Animalitos. Pero, al fin y al cabo, semejante detalle era lo de menos. Lo de más fue la cara de idiotas que se nos quedó a toda la Junta Directiva al comprobar que aquello estaba firmado por su autor: yo mismo. El inicial momento agriculce (en efecto, seguíamos más solos que la una) se tornó raudo en alegría comedida, por cuanto media ciudad lo estaría leyendo al tiempo que nosotros. Dimos por buena la hipótesis del Vicesecretario: el periodista debió de entender que la equivocación era nuestra (“Animalistas, qué término tan extraño”), y decidió hacernos un favor mutándolo por lo que él supuso queríamos decir en realidad: Animalitos.

Créanme: las cosas han cambiado, y no poco, en los últimos veintisiete años y medio. Sé de lo que escribo. Mas no pretendo con dicha percepción –personal e intransferible, al fin y al cabo– transmitir la idea de que debemos relajarnos, sino más bien la contraria: que el tesón y la paciencia no son precisamente malos aliados, y que con una dosis de cada cual, si no al fin del mundo (¿qué hace uno cuando llega a tan inhóspito lugar?, puede llegarse muy lejos. Y ahora les dejo, porque tengo que perseguir, cachaba en mano, a unos críos que corretean entre los parterres, frente a mi casa.

[*] Publiqué este artículo en la revista digital Allegramag (sección BICHOS).

 

 

 

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ETB: ENGULLIR RANAS VIVAS FORMA PARTE DEL GUIÓN

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Por KEPA TAMAMES

 

Un entramado de tablas hace las veces de mesa para los comensales, y sobre ella varias cacerolas de barro, cubiertas. Enfrente, a una prudencial distancia y en disciplinado orden, dos grupos de personas vestidas con harapos de diseño esperan órdenes. Se trata de gente que intenta sobrevivir en medio de la selva sudamericana. El escenario resulta “premeditadamente informal”. El presentador, al más puro estilo macho alfa, ofrece las oportunas instrucciones para llevar a cabo la prueba:

“Aquel o aquella que designe el capitán deberá comerse vivos los animales que contenga el recipiente. ¡Suerte!”.

La cámara recoge muecas de repulsa, caritas de asco, pero nadie muestra especial desaprobación ni ética ni estética: forma parte del guión. A una de las concursantes le toca en suerte una rana de considerables dimensiones. Esta, una vez atrapada, patalea con desesperación tratando inútilmente de escapar. Nada extraño, por otra parte: el comportamiento que se espera de cualquier batracio en semejante tesitura. Pudiera decirse que también la pataleta forma parte del guión. La chica le asesta sin pensarlo varios contundentes mordiscos al tiempo que tira de su cuerpo, y acaba por engullir al mutilado animal con absoluta grosería. Se queja de que su víctima “tiene mucho hueso”, a lo que un compañero de aventura, por poner las cosas anatómicas en su sitio, añade: “No te preocupes, que es cartílago”. Arantxa no puede evitar un eructo, y el chiste fácil no se hace esperar: “Es la rana”. Otro concursante desmiembra impúdico una especie de nécora antes de tragársela a pedazos. Uno más descubre en su recipiente una escurridiza anguila, a la que descabeza a dentelladas tras ímprobos esfuerzos. Muestra después el valiente muchacho la prueba de tan insigne hazaña: su boca rezumando sangre.

Así relatado, bien pudiera parecer que la anterior escena corresponde a una peli gore de bajo presupuesto, o a la desquiciante trama de una novela urdida por mente perversa. Pero se trata de la más pura y dura realidad. Más en concreto, hablamos del programa El Conquistador del Fin del Mundo (El Conquis, para los amigos), orquestado por Euskal Telebista (ETB) y por tanto sufragado a escote con el erario vasco, detalle que agrava si cabe el hecho, pero que a las víctimas poco les importa, imagino.

En un capítulo anterior confinaron a dos peces en sendas pozas naturales y obligaron a las concursantes a matarlos a lanzazos. No había prisa por terminar la bacanal, y, con tal de que se cumpliera el guión, el presentador ordenó devolver a uno de los animales a la poza para que siguiera siendo alanceado. La escena termina con los peces heridos de muerte, coleando ya por puro protocolo y ahogándose impotentes fuera del agua. Ganó Arantxa, y perdimos todos. Pero el ansia de sangre de la productora no pareció quedar satisfecha, a tenor de los machetazos que asesta ante la gélida cámara otro participante a una serpiente que pasaba por allí, camino de su casa o dando un paseo matutino, eso ni lo sé ni me importa. Hasta una organización conservacionista lo denunció en los medios, manifestando su desazón porque les habían chafado en unos minutos la labor de años, inmersos como estaban en plena campaña de concienciación escolar para tratar de desterrar de la mente de los niños la absurda mala fama que “arrastran” los ofidios. Yo no entiendo mucho de serpientes, pero supongo que por fuerza ha de dolerles un machetazo en la cabeza, dotadas como están de un sistema nervioso centralizado, como lo estamos de hecho todos cuantos leemos estas líneas. ¿De verdad resulta tan difícil empatizar con quienes compartimos naturaleza vertebrada? Y quizá tenga su gracia lo de arrancar a mordiscos la carne de un cerdo abierto en canal –al menos tuvieron el detalle de que este estuviera muerto–, aunque muchos no conseguimos vérsela por ningún sitio. Será que nos manejamos con un sentido del humor diferente. O que nos hemos leído el Artículo 13.a de la Declaración Universal de los Derechos del Animal. Más allá de la agresión objetiva y gratuita a los animales, estaremos de acuerdo en que estos hechos en poco o nada favorecen la imagen de una comunidad política, la vasca en este caso.

He tomado como punto de partida un caso concreto, pero apenas es este un simple ejemplo del uso y abuso de ciertos animales que se prodiga en determinados programas de televisión: de manera burda en algunas ocasiones, más sutil en otras, pero siempre lesivos para ellos. Siendo así, debe tomarse también este texto como denuncia a todos esos espacios de la tele que recurren a la presencia de animales en el plató como mero atrezzo: tigres aterrorizados por el resplandor de los focos, perros temerosos de los aplausos, y no hablemos ya de los insectos y gusanos que servirán de “asquerosa comida” a concursantes ávidos de fama, por efímera y palurda que esta sea. Y hasta creo que merecería una muy seria reflexión el contenido de [supuestos] chistes y gracietas que desde luego no tienen en cuentan la terrible realidad de la que se nutren.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

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SIMIOS IGUALES, IGUALES DERECHOS

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Por KEPA TAMAMES

 

Parece que el veinticinco de abril se empeña en vincularse al concepto de revolución en la Península ibérica, si nos atenemos a dos acontecimientos que han tenido lugar en la mencionada fecha. Por un lado, la famosa “revolución de los claveles” que acabó con cincuenta años de dictadura salazarista en Portugal, y de paso con una interminable y dolorosa descolonización para el país vecino en sus posesiones africanas. El otro veinticinco de abril de carácter revolucionario tiene lugar treinta y dos años después, cuando uno de los grupos políticos representados en la Cámara Baja, esta vez en España, presenta una Proposición No de Ley para que se apruebe una de las iniciativas más audaces en lo que a avances morales se refiere: el Proyecto Gran Simio. Es esta una propuesta teórica lanzada por dos reconocidos filósofos en 1993, y cuyo propósito es que todos los Grandes Simios gocen de los mismos derechos básicos, entendiendo estos como los que conciernen a la vida y a la integridad física y emocional. Cinco son las especies que componen el grupo referido, y a una de ellas pertenecen todos y cada uno de los lectores de estas líneas. Pues sí, qué le vamos a hacer: nosotros y nosotras somos humanos, y por ende monos; “grandes simios” para más señas. Y nuestros compañeros de grupo lo completan orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos. Esto no es ni bueno ni malo, sino una evidencia científica sobre la que no cabe hacer conjeturas de índole moral. Es así y punto.

La cuestión es que los sesudos estudios realizados hasta la fecha no dejan de aportar cada vez más luz respecto al parentesco filogenético que nos une a todos los miembros de este exclusivo club, similitud que en algunos casos como el de los chimpancés llega a superar el 99%. ¡Ninguna broma! Y no lo es hasta tal punto que, con los datos en la mano, ciertas teorías morales que creíamos hasta ahora sólidas como rocas se tambalean ya como hojas. El dilema está servido. ¿Podemos permitir que se destruya la casa de los orangutanes en Borneo sin hacer nada, mientras asumimos el derecho a una vivienda digna de los monos humanos como un logro social digno de elogio? ¿Resulta coherente prohibir que se realicen experimentos médicos en hombres, mujeres y niños, al tiempo que lo permitimos en bonobos? ¿Somos “iguales”? Y, de ser así, ¿en qué aspectos y grados?

Estamos sin duda ante una segunda etapa de la revolución moral que Charles Darwin comenzó allá a mediados del XIX, y que provocó todo una suerte de críticas satíricas alrededor de la tesis según la cual no solo descendemos del mono, sino que somos de hecho “un mono más”. Las viñetas de los periódicos se convirtieron entonces en estrado de jueces, y los ilustradores contemporáneos hicieron su agosto a cuenta de la famosa teoría del naturalista inglés, que el tiempo y la ciencia han acabado convirtiendo en realidad palmaria. Incluso alguno de esos dibujos ridiculizantes preside todavía la etiqueta de cierta castiza bebida alcohólica con gran arraigo popular en nuestro país.

A tenor de lo que acaba de suceder en esta ocasión, se diría que pocas cosas han cambiado en nuestra mentalidad a lo largo de los casi dos últimos siglos, o bastantes menos desde luego de lo que nuestra arrogancia pretende exhibir. Porque la iniciativa socialista ha abierto la espita para que toda una cohorte de pensadores a sueldo, sin el más mínimo rigor ni información (una cosa lleva a la otra) se lance a verter sus críticas, ora estableciendo una comparación grosera entre los monos y el político de turno, ora sacándose de la chistera (que no de lo que pretende cubrir, como sería lógico) toda suerte de chanzas y gracietas, de tan ínfima calidad que apenas si tienen recorrido en el mercado interno de “incondicionales”. Pero la cosa podría quedar en simple anécdota si no se diese la circunstancia de que en el terreno de la argumentación más elaborada –que la hay– la cosa no mejora, y debiera hacerlo si pretendemos hacernos merecedores de la lustrosa etiqueta de “racionales” con la que tan frecuentemente nos regalamos los oídos. Haciendo un esfuerzo por sintetizar los argumentos utilizados por los detractores de la iniciativa, creo que pueden identificarse dos de ellos por encima de cualesquiera otros. El primero hace referencia a la supuesta improcedencia de conceder derechos humanos a individuos que no lo son. Improcedencia que asumimos por completo desde nuestra asociación. Tal es así, que nadie, hasta donde se sabe, ha propuesto tal cosa. Los orangutanes no necesitan “derechos humanos”, sino más bien “derechos orangutanianos”. Cosa bien distinta es que algunos (como los mencionados anteriormente a la vida y a la integridad) coincidan; pero tal hecho no deriva sino de la también coincidente naturaleza que nos caracteriza a humanos y orangutanes: ambos poseemos similar capacidad de experimentar dolor físico y padecimientos psicológicos intensos. Y es en este punto donde el dilema alcanza su punto álgido. Porque ya me dirán ustedes cómo conciliamos idénticos sufrimientos con diferentes consideraciones morales. ¿Estamos dispuestos a aceptar un hecho lesivo proscribiéndolo si la víctima es humana y al tiempo mostrar indiferencia por el solo hecho de que el protagonista pertenezca a otra especie? ¿Acaso este escenario no cae de lleno en el terreno de la discriminación arbitraria? ¿Qué diferencia sustancial existe entre discriminar humanos en razón de su raza, de su género o de su orientación sexual y hacerlo con otros individuos por razones de especie? Conocida es la extraordinaria dificultad de superar mentalidades forjadas durante milenios, de echar abajo ideologías que pesan como losas, para bien y para mal. Pero en eso precisamente consiste el reto: en ser capaces de superar errores e incorporar a nuestra realidad novedades que hagan de este mundo un lugar mejor para un número cada vez mayor de beneficiarios.

Y con esto nos vamos a la segunda cuestión aducida por los detractores. El manido y sin embargo eficiente argumento del “nosotros primero”. Siguiendo este pensamiento simplista, se supone que la comunidad humana no debería hacer nada por nadie (excepción hecha de nosotros mismos) hasta que no queden definitivamente superados todos y cada uno de los problemas que nos acechan. ¡Pero tal pretensión es egoísta como pocas, máxime teniendo en cuenta que el problema central de los monos chimpancés y de todas las demás especies “grandesimiescas” somos los monos humanos! Intentar dejar aparcadas sus desdichas hasta que no solventemos nuestras desgracias es tanto como intentar acallar la boca de las mujeres maltratadas aduciendo que “antes están los varones” (con el agravante de que son precisamente estos los victimarios de aquellas). Se necesitan grandes dosis de mala fe para que alguien que agrede a un inocente le espete a continuación que debe esperar a que él mismo resuelva sus problemas antes de que se proceda a atenderle de sus heridas.

Pues así están las cosas. Parecía que la actual legislatura política, y en lo que a logros de naturaleza moral se refiere, había tocado techo con las comisarías especializadas en violencia doméstica y los derechos civiles concedidos a los homosexuales. Pero todo apunta a que esta ilusionante etapa aún puede dar mucho juego, teniendo en cuenta además que apenas hemos superado el ecuador de la misma.

Termino recuperando la caprichosa conexión inicial con las fechas. Si incruenta –o casi– fue la primera, más pretende serlo la segunda, dadas sus raíces y características esencialmente protectoras y orientadas en cualquier caso a garantizar el bienestar de inocentes. Al final, y se mire por donde se mire, la concesión de derechos a comunidades a las que hasta ese momento se les negaban es una cuestión de simple y llana generosidad. Nada más. Y nada menos.

[*] Texto escrito en mayo de 2007

 

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ESPERANDO A PATTY

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Por KEPA TAMAMES

 

Estábamos nerviosos como adolescentes en su primera cita. Y no porque hubiera dado comienzo una nueva primavera, menuda cursilada. El pasado sábado nos examinamos: vinieron a casa dos inspectoras de cierta asociación protectora para comprobar in situ nuestra idoneidad como tutores caninos (vulgo "dueños"). Mi mujer y un servidor hemos convivido con perros durante más de un cuarto de siglo ininterrumpido (salvando las dos semanas entre Arkupe y Koska). Ahora le toca el turno a Patty, un ser diminuto –chica– al que solo conocemos por fotos (lo más parecido a una cita a ciegas), y de la que sin embargo estamos ya perdidamente enamorados. Si pasa con los actores de cine, parece aún más lógico que suceda con quienes van a ser tus colegas de por vida.

Aunque por naturaleza somos gente aseada en lo personal y cuidadosa con nuestro modesto piso, le dimos para la ocasión una limpieza somera, para que las citadas inspectoras se llevasen la mejor impresión posible y nos avalen en la adopción de Patty. Porque esto, reconozcámoslo, ha avanzado que es una barbaridad –me refiero a la gestión de la protección animal–. Yo recuerdo que hace apenas unas décadas las cosas eran como más abruptas y deslavazadas. Hoy, para ser aspirante a "dueño" tienes que rellenar un señor formulario donde lo mismo te interpelan sobre dónde dormirá el animalito que sobre tus planes para las vacaciones del verano. Una vez enviado el documento, una persona te responde amablemente al correo, y te dice que, en calidad de candidato, tu petición será examinada en la correspondiente comisión evaluadora (¡seis miembros!), y que se comunicará el resultado a la mayor brevedad posible, para no hacer esperar a ninguna de las partes, en especial al bichín, que sin saberlo se encuentra en un momento crucial de su vida.

A mí me parece cojonudísimo que las cosas se hagan con este celo y profesionalidad, porque desalmados y tontos del culo hay en todas partes, y si acaso nosotros formásemos parte del club, pues perfecto que se nos niegue alto tan importante.

Cuentan en la red que Patty malvivía en la calle con un hermanito. Que se alimentaba sobre todo de pan, y que por ello estaba desnutrida en su primera visita al veterinario. Hace ya mucho que opté por dejar de intentar comprender determinadas mentes, entre ellas las de quienes permiten y aun fomentan la procreación de perros por puro capricho, porque se ha hecho siempre, o porque un vecino guay les soltó en el ascensor –en lugar de hablar del tiempo, como todo el mundo– aquello de "¡Mira a ver si tu perrilla tiene cachorros y me regalas uno!". Y, claro, la perrilla tiene cachorros, porque uno es un caballero de palabra y hay que repartir muñequitos a toda la comunidad. Luego, la mitad de los que se apuntaron comienzan a silbar y a mirar para otro lado, y los cachorros se los lleva el primer desaprensivo al caserío o a la huerta y los condena a cadena perpetua, o se los ofrece a los sobrinos para que jueguen un par de tardes, no más, pues ya se sabe que los chavales de hoy se cansan enseguida de todo. Si acaso hay un mal gesto del animalito, agobiado por los chiquillos, se pone el grito en el cielo, se le cataloga como "perro peligroso" y se le tira a un pozo, o se le asesta un palo en la cabeza, que nadie se va a enterar de la desaparición de un chucho que de hecho no existía de manera oficial. ¡A esta gentuza la enviaba yo un trimestre a Bangladesh o a Etiopía, para que conociera de primera mano lo que significa ser un paria entre los parias! Creo de verdad que hay gente que solo a hostias aprende. Y muchos –si saben que tienen el pasaje de vuelta pagado– ni aun así.

Les dejo, porque tenemos que seguir limpiando el inminente hogar de Patty. ¡Ojalá pasemos el examen, y que todos nos disfrutemos!

 

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PERSONAS COMO WASHOE

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 Por KEPA TAMAMES

 

Hace ya algunos meses que murió Washoe, una persona por completo desconocida para la mayoría de nosotros, a quienes nada especial nos dice su nombre. Ante la desaparición de tan insigne residente, responsables de la Universidad de Ellensburg (Estado norteamericano de Washington) manifestaron entonces su intención de rendirle un tributo fúnebre, añadiendo que "En el momento del deceso Washoe estaba rodeada de su familia y sus más estrechos amigos". ¿Qué hizo en vida Washoe para merecer tal reconocimiento? En realidad, nada. La comunidad científica obtuvo logros que a buen seguro no eran para ella sino algo natural. Nunca sabremos si Washoe en realidad se mofaba de los sesudos catedráticos de bata blanca cuando éstos se congratulaban de poder establecer con ella conversaciones de cierta complejidad. Hablo de "ella" porque Washoe era una chica, una venerable anciana de 42 años –lo son al parecer las chimpancés a esa edad–.

En efecto, Washoe fue objeto de una amplia atención mediática en los años ochenta, cuando, integrada en una familia humana como un miembro más, fue objeto de meticulosos estudios sobre la capacidad de los miembros de su especie para desarrollar y usar el lenguaje de signos hasta entonces privativo de los sordos humanos. Los resultados fueron sorprendentes. Se llegó a la conclusión de que los chimpancés son capaces de transmitir ideas estructuradas, deseos abstractos, de establecer planes de futuro, de "engañar" para conseguir prebendas, de burlarse por puro placer, de exteriorizar conscientemente sentimientos y emociones, de compartir penas y alegrías con los demás y recibir así el apoyo necesario para superar determinados traumas. Esta realidad no demuestra tanto que "se parecen a nosotros", como gusta afirmar a los etólogos, sino más bien que "se parecen a ellos mismos". Cabría en consecuencia deducir que, por encima de la autocomplacencia de la comunidad científica (otro día hablamos de ello), los chimpancés son verdaderas personas.

Imagino que muchos de quienes leen este artículo se habrán percatado ya de que he calificado de "persona" desde el mismo título a un mono, un atrevimiento que casi todo el mundo colocaría entre la ofensa y la herejía. Pues sí, Washoe era una persona, tanto como pueda serlo usted o yo, dado que no existe nadie que pueda ser persona "en cierto modo" o "a tiempo parcial". Lo de ser persona es como aquello de estar embarazada, para que nos entendamos: o se es o no se es. Pero vamos al meollo de la cuestión. ¿A qué viene esto de que los monos sean personas? Pues a que el concepto de persona da más juego del que parece, y sobre todo del que nuestro ego está dispuesto a permitirnos. No hay problema –al menos yo no lo tengo– en aceptar la completa equivalencia etimológica entre persona y ser humano en nuestro lenguaje cotidiano, sobre todo por cuestiones de estricto carácter práctico. Pero si nos adentramos un poco en el terreno de la filosofía moral, tal equivalencia salta hecha añicos, por cuanto una persona sería un individuo con unas determinadas características, y no tanto por la mera pertenencia a una determinada especie biológica. (Conviene recordar aquí que con el término "persona" se designaba en las obras teatrales de la Roma clásica a la careta que dotaba de diferentes "personalidades" a los actores). Siendo así, no es difícil concluir algo que resulta turbador para cualquier especie de naturaleza engreída, un descubrimiento que socava lo más profundo de nuestro carácter autorreferencial: ni todos los seres humanos son, stricto sensu, personas, ni todas las personas han de ser necesariamente humanas. (Aclaro que se trata de algo que no depende de mí, ni tengo yo interés especial alguno en ello, pues mi papel aquí se limita al de mero informador).

La historia de Washoe debería servir al menos para revisar nuestra habitual mueca cuando oímos a alguien aquella supuesta redundancia de "las personas humanas", endosándole por defecto una escasa formación académica. Vale que quienes recurren a la castiza expresión lo hacen –imagino– desde un completo desconocimiento de todo el rollo éste de la filosofía moral, lo que no es óbice para que, una vez constatados los hechos, la comunidad humana deba hacer examen de conciencia sobre el trato que da a muchos de sus semejantes, personas no humanas en este caso, a quienes encierra de por vida tras unos barrotes con el único propósito de hacer negocio, somete a dolorosos experimentos pagados por empresas de cosméticos, o convierte en un guiñapo sanguinolento en verdaderos linchamientos públicos. Son ya muchos los científicos que desde muy diversos campos del conocimiento abogan por reconocer derechos jurídicos garantistas "para todas las personas", con independencia de la especie a la que pertenezcan. Se trata de una meta que en nada nos perjudica a nosotros y en mucho les beneficia a ellos, los animales parahumanos. Un estricto ejercicio de decencia y generosidad moral.

[*] Artículo escrito en febrero de 2008.

 

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