PALOMAS, PALOMITAS...

PALOMAS PALOMITAS imagen

Por KEPA TAMAMES

 

Las aves generan sentimientos contradictorios en los seres humanos. Por un lado, recurrimos a ellas a través de metáforas e incluso las convertimos en iconos a la hora de transmitir algunos de los valores que más apreciamos, como la libertad o la paz. Por otro, las aniquilamos en masa a través ciertas prácticas deportivas, o las sometemos a la más cruel de las esclavitudes para obtener algunos de sus “productos”. Ello no es sino una clara muestra del desequilibrio moral con que la comunidad humana percibe a los animales con los que comparte planeta. En efecto, mientras algunas especies gozan de la protección legal y la estima general de la sociedad, no mostramos hacia otras el más elemental respeto, por lo que las reducimos a simples objetos de consumo en multitud de campos. Por lo que a las aves respecta, un ejemplo que ilustra de forma drámatica esta realidad lo encontramos en las palomas urbanas, consideradas auténtica “peste” por las administraciones y aun por muchos ciudadanos.

Cada año, cientos de miles de palomas urbanas son capturadas y exterminadas por los ayuntamientos españoles. En realidad, y aunque la razón oficial sea la del “control poblacional”, todo apunta a que se trata de una medida irracional, que a medio plazo no soluciona nada, dado que a los pocos meses del descaste la densidad de aves recupera su nivel. Muchas de estas políticas parten de estudios obsoletos (a veces confeccionados décadas atrás), que no tienen en cuenta factores como el ratio entre hembras y machos, o el porcentaje de animales enfermos. La actuación municipal se limita a matar varios miles y punto; y lo hace capturando sin demasiados miramientos a las víctimas, para luego gasearlas por grupos en dependencias municipales.

Toda esta locura se pone en marcha por las denuncias de los vecinos (de unos muy concretos, que además son los mismos que se quejan por otras muchas situaciones (¿quejicas patológicos?), molestos por la suciedad que los animales generan… ¡como si precisamente los humanos pudiéramos presumir de ser una especie pulcra! Resulta difícil no ver en esta actuación municipal una especie de “tributo político” a ese pequeño sector ciudadano quisquilloso con casi todo. De esta forma, las administraciones locales se blindan ante la ciudadanía con el argumento simplista de “nosotros ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos; no nos exijan más”.

Algunas urbes ya han probado sistemas no traumáticos para el control de aves con suficiente éxito, mientras que en nuestro ámbito geográfico se siguen obviando estas y otras iniciativas humanitarias. Todo ello convierte a la eliminación física de palomas en un crimen execrable.

Pero hay un aspecto especialmente preocupante si de doble moral hablamos, pues mientras las perseguimos con saña inusitada, continuamos recurriendo a ellas como símbolo de concordia y de buenos deseos en actos reivindicativos, y las “liberamos” emocionados de las cajas donde han pasado horas apretujadas, sin siquiera pensar que también ellas merecerían ser destinatarias de nuestra consideración, y que por lo tanto deberíamos dejarlas en paz y tratar de resolver los conflictos entre humanos por nuestra cuenta y riesgo, sin necesidad de involucrar a terceros.

Es poco conocido el hecho de que las palomas se emparejan de por vida (son, en efecto, monógamas), y que, en consecuencia, la muerte de uno de los miembros deja en estado de viudedad al otro. Sí, descojónense si eso les relaja, pero la pérdida de la pareja sentimental es una putada para todo el mundo, y no solo para los humanos. Quién sabe si los ancianos que las alimentan en parques y plazas lo saben por experiencia propia y hay en su comportamiento algo de emociones no contadas…

Conozco gente que curó en su momento una paloma herida y acabó formando parte de la familia durante más de veinte años. Gente que las libera de las jaulas destinadas a la cámara de gas. Gente que devolvió al pichón desubicado a su cornisa y vio cómo durante semanas los padres lo alimentaron con primor y dedicación, hasta que echó el vuelo. Gente que se organiza y las defiende.

No albergo duda alguna sobre el hecho de que el crimen que cometemos con las palomas urbanas es por completo desproporcionado, un castigo del todo injusto por una cagadita en la chaqueta. Aunque sea el día de tu boda.

 

[*] Publiqué este artículo en AllegraMag (sección BICHOS).

 

FacebookTwitter

 

Comentario (0) Impresiones: 15255

POR LOS CERDOS

POR LOS CERDOS imagen

Por KEPA TAMAMES


Con frecuencia se nos pregunta –a quienes militamos en organizaciones proteccionistas– por qué los humanos admitimos que deben tratarse con respeto a unos animales mientras no sentimos la más elemental compasión por otros. Parece claro que tal actitud obedece a la “categoría” que les hemos asignado a lo largo de nuestra historia ética, el estatuto moral del que gozan, o habría que decir en este caso “que sufren”. Así, pocos de nosotros justificamos los malos tratos a los perros, a las ballenas o a las aves rapaces. Los primeros portan desde tiempo inmemorial la etiqueta de “amigos”, las segundas se han acabado convirtiendo en un icono conservacionista, y las últimas pasaron de ser alimañas (por cuya captura la administración pagaba una recompensa hasta no hace tantos lustros) a animales con valor ecológico a los que no se puede molestar bajo ningún concepto. En consecuencia, vemos que algunas especies siempre nos han merecido una cierta consideración, y que con otras se ha conseguido tras una ardua tarea educacional.

Por desgracia para ellos, una generosa mayoría de los animales a los que obligamos a vivir en nuestro entorno no pertenecen a ninguna de estas dos categorías, y por ello siguen cargando con el estigma de “animales-recurso”, a raíz de lo cual se les niega cualquier tipo de derecho básico, como son los concernientes a la vida y a la integridad tanto física como emocional. Y, en dicho plano, los cerdos desempeñan el citado papel como pocos.

Estamos, en efecto, ante un ser que no despierta apenas simpatías, una y mil veces satanizado, y ridiculizado hasta el hastío. En tal grado todo ello, además, que su sola defensa provoca desconcierto, mofa y hasta indignación (quizá por este orden). Sin embargo, cualquiera de las docenas de miles de cerdos que electrocutamos cada día tras haberles condenado a una vida miserable podría haber sido un perfecto compañero de juego si se le hubiera dado esa oportunidad, tal y como hacemos con nuestros perros y gatos. Aunque a muchas de las personas que leen esto pueda parecerles extravagante, a los cochinos les encanta que les rasquen la panza, como a cualquier hijo de vecino, corretear por un prado persiguiendo olores, o tumbarse a descansar a la sombra, al sol, o básicamente donde les salga del hocico, que para eso tienen la misma capacidad de elegir entre diferentes opciones, igual que usted y que yo mismo. Pues sí, resulta que los “despreciados” cerdos son tan animales, tan vertebrados y tan mamíferos como cualquiera de nosotros, con idénticas terminaciones nerviosas y similar interés en no ser agredidos. Sorprendente, ¿verdad? En realidad, no debería serlo tanto; a no ser que, por el peregrino hecho de ser cerdo en lugar de político (les aseguro que no he querido hacer con ello ningún chiste fácil) nos creamos legitimados para considerarlos enseres insensibles en lugar de individuos con intereses propios. Si alguien sufre de manera gratuita, no hay excusa para volver la cara y dejarlo en manos de su verdugo, independientemente de la especie biológica a la que pertenezca dicha víctima.

Lo que hacemos a diario con los cerdos (encerrándolos de por vida en pocilgas infectas, no permitiéndoles siquiera que se relacionen entre ellos, frustrando a perpetuidad todas sus necesidades físicas y afectivas, o tratándolos como simples masas de carne sin ningún valor que no sea el económico) constituye uno más de los crímenes abyectos que la sociedad humana comete a diario con los [demás] animales. Es –digámoslo claramente– un acto de agresión institucionalizada en el que la mayoría de la sociedad participamos en algún grado. En tal sentido, resulta preocupante (y al mismo tiempo ilustrativa) la autocomplacencia de mucha gente, satisfecha consigo misma por condenar la violencia doméstica (malos tratos en el entorno afectivo), política (terrorismo) o cultural (racismo, homofobia), mientras admiten impasibles la más atroz de las violencias que existe en nuestra sociedad: la que ejercemos sobre los animales.

Al admitir con total naturalidad los cuerpos inertes –cuarteados o íntegros, según casos– en los comercios del ramo de individuos cuyo único “delito” fue nacer cerdo en lugar de lince ibérico, no hacemos otra cosa que poner en práctica la forma de discriminación más devastadora que hemos inventado: el especismo.

 

FacebookTwitter

 

Comentario (0) Impresiones: 14807

TEO NO SE ENTERA

TEO NO SE ENTERA imagen

 

 

Por KEPA TAMAMES

 

“Teo es un niño simpático y divertido a quien le gustan mucho los animales y la naturaleza”. Esta viene a ser la presentación de Teo en su visita al zoo local. Para incondicionales, supongo; aunque a mí Teo siempre me pareció un niño entre repelente y megañoño, y sobre todo un perfecto ingenuo. Pues bien, y si tenía alguna duda, se me despeja tras saber que el muchachito no tiene mejores planes para el domingo por la mañana que acercarse al zoológico. Teo cree que los animales residentes son felices, unos suertudos que disfrutan del resort solo tras conseguir una plaza entre multitud de aspirantes, que mueren de viejecitos y que el Director, compungido por tan irreparable pérdida, se ocupa de que sus cenizas sean esparcidas por la tierra que vio nacer a sus antepasados: África, América, Oceanía… Teo debe de pensar sin duda bobadas de tal pelo, más si cabe tras la dominical visita junto a su hermano pequeño, invitados ambos por tía Rosa, otra que tal baila. Teo no se entera.

Como Teo, mucha gente sigue percibiendo los parques zoológicos como “paraísos para los animales”: el lugar soñado por leones, monos y flamencos. Hasta pueda que Marius –con sus facultades físicas y mentales intactas– llegara a pensar algo similar en su cabecita de jirafa adolescente. Pero ni tiempo tuvo el pobre de rectificar en sus creencias, desplomado desde las alturas tras el disparo de un trabajador del centro. ¿Sacrificio humanitario? Pues no, porque, como se ha apuntado, Marius estaba perfectamente sano. Pero cometió el error de no portar genes “demasiado originales”, y eso lo convertía en un ejemplar “sin interés para el programa de reproducción del que formaba parte”. “La gente tiene derecho a protestar. Pero, por supuesto, nos ha sorprendido”, declaraba Tobias Stenbaeck, portavoz del zoológico de la capital. Sin otras valoraciones periféricas, el sr. Stenbaeck me parece lo más parecido a un tontaina, en su estricta acepción moral. Porque hay que serlo para “sorprenderse” por las protestas de la gente ante tan  burda muerte. Mucho más después de conocer que el animal fue fríamente descuartizado ante el público que en esos momentos visitaba el recinto, numerosos niños incluidos numerosos niños incluidos. ¡En Copenhage! Los signos de admiración también son muestra de notable ingenuidad (la mía, en este caso), al creer que, traspasadas ciertas fronteras, se entra en una nueva dimensión. Seguro que hay importantes avances por aquellos lares respecto a estos, aunque conviene recordar igualmente que hablamos del mismo país cuyas autoridades se aferran a la pueril coartada cultural para defender la matanza anual de calderones.

Podría pensarse que la muerte de Marius entra de lleno en lo estadísticamente anecdótico. Pero la Coalición Infozoos cifra en varios miles los animales que son sacrificados cada año en los distintos zoológicos europeos, escalofriante guarismo que no desmiente la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA, por sus siglas en inglés). Según Infozoos, “se trata en la mayoría de los casos de pequeños mamíferos, por lo que no llaman tanto la atención como el caso de Marius. Pero desde un punto de vista ético estas muerte son por igual condenables”. Pues sí…

Teo, chaval, entérate: los zoos son cárceles de animales, centros sin interés alguno en la conservación de especies ni en el bienestar altruista de sus inquilinos, meros negocios donde impera la lógica comercial de la máxima rentabilidad con la mínima inversión, simples centros de operaciones que se intercambian material, y que eliminan material cuando la Junta Directiva considera que hay excedentes. Pero material y excedentes son en este caso vidas únicas e irrepetibles, como mismamente lo es la tuya. ¿Te preguntaste alguna vez si aquellos monos o aquellos leones eran de verdad los mismos que en tu anterior visita? ¿Hubieras seguido pensando lo mismo si la casualidad te hubiera atrapado de visita en el zoo de Copenhague durante la aparatosa muerte del gigantón con piel de terciopelo? Por eso ejecutaron a Marius: meramente para “hacer sitio” a otros reos.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

 

FacebookTwitter

 

 

Comentario (0) Impresiones: 15284

PONTE EN SU LUGAR, "NO" EN SU PIEL

PONTE EN SU LUGAR imagen

Por KEPA TAMAMES

 

La explotación y matanza de animales para obtener su piel es cada vez más conocida por el gran público, gracias a las constantes campañas llevadas a cabo por las diferentes organizaciones proteccionistas, y está siendo en consecuencia cuestionada por una parte significativa de la sociedad, en especial el apartado que hace referencia a la llamada industria de la “peletería de lujo”. A pesar de ello, no sería justo dar la espalda a otras realidades como el negocio del cuero o de la lana, ni desde luego las que explotan a animales hacia los que tenemos una escasa empatía, como es el caso de los reptiles. Pero, ¿cuál es la realidad de toda esta industria y cuáles sus consecuencias para millones de víctimas? Este artículo trata de ofrecer una visión aproximativa y descarnada de la trastienda de una industria infame, que en ocasiones se dota de una propaganda tan interesada como falsa para distorsionar la realidad y dulcificarla con vistas a tranquilizar las conciencias de los consumidores y obtener así los mayores beneficios posibles, sin tener en cuenta los padecimientos de zorros, visones, terneros, ovejas, cocodrilos, armiños, y un sinfín de animales a los que se despoja de su abrigo natural para confeccionar prendas de las que podríamos prescindir si tan solo pusiéramos un poco de interés en colocarnos en su lugar, aplicando un elemental ejercicio de empatía. De ahí el título: “Ponte en su lugar, NO en su piel”.


La industria peletera, un negocio inmoral

Hubo un tiempo en el que resultaba imprescindible causar daño a los animales para obtener algunas cosas de ellos, entre otras su piel. Se trataba de un mero ejercicio de autodefensa. Pero son épocas ya muy lejanas, que nos retrotraen a escenas prehistóricas. Nuestro sentido de la ética debería habernos hecho entender que vestir la piel de otros pertenece a capítulos superados de nuestra historia evolutiva. Sin embargo, el egoísmo propio de nuestra especie aflora de nuevo para hacer de la industria peletera un negocio que solo consigue satisfacer la vanidad de las personas que visten el producto final. La industria de las llamadas “pieles de lujo” está concebida para obtener la epidermis de los animales explotados, objeto de gran valor en el mercado de las vanidades.

Los animales que nutren la demanda provienen principalmente de dos fuentes: o bien del entorno natural, o bien de granjas específicamente diseñadas para su manejo y sacrificio. A pesar de que la propaganda peletera muestra especial interés en que la gente crea que ya no se capturan animales en libertad, lo cierto es que cada año varios millones de ellos caen en trampas de todo tipo, que por supuesto les provocan atroces sufrimientos. Hasta no hace muchos años, la piel proveniente de este tipo de capturas engrosaba una buena parte del mercado, con lo que, siguiendo una lógica mercantilista, a nadie le resulta fácil perder tan suculento negocio. Es por ello que siempre se encuentran las vías adecuadas para introducir en el circuito grandes partidas de pieles cuyos legítimos dueños vivían en libertad. La existencia de estos seres cambia para siempre en el momento en que tienen la fatalidad de pisar la trampa. El susto inicial apenas dura un segundo, para dar paso a un insoportable dolor físico. La reacción natural es tratar de zafarse inmediatamente del endemoniado objeto (sea este un lazo de cuerda o un cepo metálico), que comienza a rasgar la piel y los músculos de la zona afectada. La infructuosa lucha dura por lo general horas, y el hecho de que los animales no consigan entender qué les sucede no hace sino aportar una cuota de sufrimiento psicológico añadido. La respuesta de la víctima puede observar ciertas diferencias en función de la especie, pero, por lo general, llega un momento en que los animales se abandonan a su suerte, entrando en lo que científicamente se denomina "síndrome de claudicación". Aunque el sufrimiento sea extremo, poco más pueden hacer. O tal vez sí. Comenzar a roer su propio miembro hasta seccionarlo, liberándose así de la trampa. Las heridas provocadas son tan severas que lo más probable es que se produzca una necrosis, con la consiguiente infección y muerte. El proceso dura semanas, y en realidad convierte los últimos días del pobre animal en una lenta y dolorosa agonía. Aquellos que consiguen sobrevivir a semejante trauma se convierten en discapacitados y quedan permanentemente en inferioridad de condiciones respecto a sus competidores, con un futuro muy poco halagüeño. Y a quienes no consiguen quitarse el cepo o el lazo, lo mejor que les puede suceder es que el trampero aparezca cuanto antes y acabe con él. Lo malo es que esto puede suceder hasta varios días después del chasquido inicial. El objetivo último del operario es claro: no dañar la piel. En consecuencia, utilizará cualquier método para que el "material" quede intacto: apalear su cabeza o ponerse encima para ahogarlo puede no ser muy estético, pero funciona. El sufrimiento que se inflija al animal carece de importancia. A toda esta locura deben añadirse ciertos "efectos colaterales", como la destrucción de familias (muchos animales se emparejan para toda la vida) o la muerte por inanición de los cachorros que puedan depender en esa época de los padres.

 

La “piel ecológica”, un engaño propagandístico

Bajo la etiqueta de "piel ecológica" (es la que se usa para denominar a la que procede de animales criados en cautividad) se esconde un cruel engaño a los consumidores, a quienes se transmite la idea de que mientras el producto no provenga de animales silvestres –y en consecuencia no contribuya al desequilibrio del medio y a la desaparición de especies–, el comercio es moralmente legítimo. Pero si mucha gente conociera las condiciones de vida que tienen que soportar los inquilinos de las granjas de producción, tal vez se lo pensarían dos veces antes de adquirir una prenda de vestir o un complemento estético. La cruda realidad es que la piel "ecológica" deja tras de sí una cantidad de sufrimiento notablemente superior a la que podríamos denominar "silvestre", por la sencilla razón de que los animales estabulados deben soportar durante toda su vida una explotación extrema.

Una fórmula eficaz para evaluar tal situación consiste en comparar su vida en libertad y la que se les ofrece en su eterno encierro. Así, mientras en su medio natural suelen recorrer grandes distancias, en las granjas su territorio se limita a una jaula infecta que tienen que compartir con otros compañeros. El carácter solitario de algunas especies hace que el hecho de tener que convivir constantemente con otros individuos suponga para ellos una tortura añadida. Las especies ligadas al medio acuático jamás tienen acceso a nada que se parezca a una charca o a un río, y están condenadas a temperaturas extremas tanto en verano como en invierno. Ni que decir tiene que en libertad este tipo de contratiempos son fácilmente solventados guareciéndose en sus madrigueras o buscando zonas climáticas más benévolas. Nada de esto es posible en cautiverio. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los animales silvestres son por lo general muy asustadizos, pero que en los barracones no tienen posibilidad alguna de huir de aquellos a los que consideran enemigos. Pensemos también en su morfología. Por ejemplo, las patas están adaptadas al medio en el que desarrollan su vida natural, pero en la jaula el suelo es de rejilla, para que las heces caigan directamente fuera de ella, facilitando así la labor de los operarios. Las patas se llagan y se infectan, pero por lo general la hora del sacrificio llega antes que la muerte por gangrena, por lo que no reciben ningún tipo de cuidado. El negocio es el negocio. Se trata además de animales carnívoros, que capturan a sus presas, mientras que en cautividad reciben una alimentación basada en papillas, lo que les provoca constantes diarreas y trastornos digestivos. Pero lo que importa es el producto final, la piel, y para ello el último paso es el sacrificio. Este episodio, como no podía ser de otra forma, se convierte en una chapucera brutalidad. Los métodos utilizados tienden siempre a no dañar la piel, por lo que estos desdichados animales acaban sus vidas en una cámara de gas (en realidad, una cutre instalación cerrada a la que se conecta el motor de un coche en marcha), electrocutados, o simplemente estrangulados. En una situación de violencia tan extrema, resulta comprensible que las víctimas intenten de escapar o zafarse de sus torturadores, por lo que éstos prefieren evitar ser mordidos manipulándolos sin ningún tipo de consideración ni cuidado. Desde la óptica del empresario, no tiene sentido ralentizar el proceso si ello significa pérdidas económicas. Todo vale en la industria de la peletería de lujo. Incluso la manipulación genética para obtener animales con mayor superficie de piel, patas más cortas, aunque sea a costa de que apenas pueda andar y sean casi ciegos.

Cualquiera de las circunstancias aquí relatadas constituiría por sí sola una importante contrariedad para sus víctimas, y haría que su bienestar se resintiera de forma notable. Pensemos por lo tanto en las consecuencias de todos estos hechos juntos. La conclusión no puede ser otra que la de que sus vidas se convierten así en una miserable experiencia.



Cuero, lana, marroquinería…

Cuando desde el discurso animalista se hace referencia a la industria de las pieles, por lo general se entiende que se trata del negocio de las llamadas "pieles finas" (o "de lujo"), es decir, aquellas cuya adquisición responde más a un consumo caprichoso que a verdaderas necesidades de primer orden, como puede ser el hecho en sí de proteger nuestros cuerpos con prendas de abrigo. Sin embargo, parece claro que la piel de los terneros y de las cabras –o la lana de las ovejas– tiene para ellos la misma función que para visones o armiños, por lo que resulta en principio plausible la postura de quienes rehúsan utilizar todo tipo de prendas de origen animal. Siendo así, tampoco debemos olvidar que, en el caso de las pieles que provienen del matadero, el factor limitante no es tanto la piel (considerada como un subproducto cuyo valor económico supone aproximadamente un 15% del total) sino el boicot a la carne. La verdad es que bien podríamos prescindir de no pocas de las prendas de cuero que de las que habitualmente hacemos uso, como cazadoras, cinturones o bolsos. Incluso en el aparentemente difícil apartado del calzado empiezan a aparecer interesantes artículos fabricados con materia prima sintética de buena calidad.

Por otro lado, mucha gente piensa aún que no hay nada de malo en la lana, dado que para su obtención no se sacrifica al animal. La realidad es bien distinta, puesto que el proceso de esquilado se realiza sin ningún tipo de cuidado, con lo que no es raro que muchas veces se produzcan heridas e incluso el corte de los pezones, provocando severas heridas que desde luego nadie se ocupará de tratar adecuadamente, porque ello implica el empleo de recursos humanos y por lo tanto económicos. También aquí, y desde un punto de vista de la rentabilidad del negocio, resulta más rentable que algunos ejemplares mueran por infección que prestarles atención veterinaria.

Mención especial merece el mercado de las “otras pieles”, entre las que se incluyen las de cualquier animal susceptible de rentabilidad comercial. Así, en los comercios de nuestras ciudades pueden verse objetos confeccionados con piel de avestruz o de distintas especies de reptiles. En el caso de estos últimos la crueldad es aún mayor, por la propia naturaleza de los animales, que no son capaces de transmitirnos sus emociones con la misma eficacia que los zorros o las chinchillas. Ello convierte a la operación de sacrificio y despellejado en un escenario dantesco. Casi sin excepción, se desprende la piel de sus cuerpos mientras permanecen vivos y perfectamente conscientes y acaban muriendo por shock traumático.

Pensemos ahora en las cifras, pues se trata de un apartado simplemente escalofriante. Es obvio que para la confección de la mayoría de las prendas de vestir no basta con un solo animal. Dado que de toda la superficie corporal únicamente se aprovechan algunas partes, la realidad es que son muchos los individuos que se necesitan para obtener una sola de las prendas que se exponen en los escaparates de las tiendas. Dependiendo de la especie, pueden ser necesarios hasta varios cientos de animales (seres sintientes, individuales, únicos e irrepetibles) para un abrigo. Si la vida y el bienestar de uno solo de estos animales es en sí valiosa para él, imaginemos lo que significa la muerte y el dolor para los varios cientos de millones de animales que mueren cada año a causa de la demanda social de la piel.


¿Qué podemos hacer?

Debemos ser conscientes de que las situaciones aquí denunciadas no se producen porque sí, sino que responden a una demanda social. Es esta la que desencadena todo el proceso, por lo que si queremos contribuir a erradicar cualquier realidad que afecte a animales inocentes, es imprescindible que la gente se implique y adquiera un mínimo compromiso. Cada cual elegirá el grado y la manera de involucrarse en el mismo. Es evidente que hay determinadas prendas que no solo resultan superfluas sino que además alcanzan elevadísimos precios, por lo que lo más razonable es empezar por rehusar su compra. Se trata de todos aquellos productos que tienen como fin último la obtención de la piel del animal: la llamada alta peletería. En realidad, cualquier grado de compromiso beneficia a los animales implicados. Por eso deberíamos plantearnos en serio si queremos seguir contribuyendo con nuestro dinero a convertir la vida de millones de seres sensibles en una experiencia miserable, o asumir nuestra responsabilidad ética y optar por un consumo más solidario. Conviene no olvidar que en nuestras manos está ser parte del problema o parte de la solución.

 

FacebookTwitter

Comentario (0) Impresiones: 14628

ANIMALITOS

ANIMALITOS imagen reducida

Por KEPA TAMAMES

 

Confieso que es una suerte disponer de un rinconcito como este donde dejar a discreción pensamientos y reflexiones varias, porque me dio la vena melancólica. Y como mucho me temo que soy el “abuelete” del grupo, pues no me siento demasiado incómodo contando mis batallitas. A ello voy.

Llevo en esto de la defensa de los animales ya algunos meses: desde septiembre, más en concreto. (Se cuentan los meses por trescientos treinta, y me refiero a septiembre de 1986). Con lo que al menos puedo afirmar que he tenido oportunidad de apreciar cambios, algunos baladíes y otros bastante más que significativos. Se asociaba entonces esta ideología con lo más parecido a una tara mental de las gordas (quiero decir “de las graves”, entiéndase la expresión), reflejada icónicamente en la clásica viejecita persiguiendo con el bastón a pendencieros muchachos por haber chafado un parterre o echado a perder una nidada de gorriones. Quede claro que me parece cojonudo que las venerables ancianitas actúen de tan contundente manera, ojo. Pero supongo que ni era entonces justa dicha imagen, ni mucho menos lo es ahora.

Hablo de un tiempo en el que los comunicados de prensa se redactaban en máquinas de escribir “digitales” de la época, con la Junta Directiva en pleno rodeando al mecanógrafo y corrigiéndole cada frase, bien para mejorarla, bien para tocarle las narices. Consensuado el texto (tres o cuatro días más tarde), se acercaba uno o una a la copistería más cercana y encargaba veinte ejemplares, que luego habría de firmar el señor Presidente, y a los que el señor Secretario estamparía uno a uno el flamante y oficial sello. Introducidas las misivas en sendos sobres –presididos estos por el logo de la entidad– ya solo faltaba la distribución por periódicos y radios locales: labor del quinto Vocal (este ni señor). Todo a pata, por supuesto. En resumidas cuentas, que mandar un comunicado se nos ponía en una semanita. Naturalmente, nadie se hacía eco de la nota, pues para cuando la recibían en la mesa de redacción, como “noticia de última hora” aquello no tenía valor alguno.

¡Cómo ha cambiado el mundo, incluido el de la defensa de los animales! Hoy las cosas son muy diferentes a como eran entonces. En unos minutos redactas un texto, y en otro lo has mandado a medio planeta. En la actualidad, los medios recogen con merecida profusión muchas de nuestras acciones… ¡y hasta entrecomillan en sus crónicas segmentos del texto!: sin duda, el mayor logro por lo que a presencia mediática concierne. Incluso los periodistas más reaccionarios etiquetan hoy de animalistas a quienes participan de esta todavía adolescente ideología. Veamos en este detalle la botella medio llena, pues no es poca cosa que se desligue así en cierta medida al animalismo del conservacionismo.

Recuerdo, por ejemplo, que allá por los primeros noventa escribí un artículo de opinión para la incombustible sección de Cartas al Director. Lo titulé Animalistas, precisamente, y trataba de resumir en él la teoría y la práctica del entonces bisoño pensamiento. Ni me preocupé de saber si en efecto fue publicado. No obstante, me llevé una inmensa alegría cuando al poco leí en el diario más afamado de la ciudad un artículo en la citada sección donde alguien expresaba nuestra visión palabra por palabra y frase por frase. ¡Albricias! ¡No estábamos solos! ¡Había gente en nuestro entorno más inmediato con idénticas ideas! Quizá lo que menos nos agradó del artículo fue su título, cursi como él solo: Animalitos. Pero, al fin y al cabo, semejante detalle era lo de menos. Lo de más fue la cara de idiotas que se nos quedó a toda la Junta Directiva al comprobar que aquello estaba firmado por su autor: yo mismo. El inicial momento agriculce (en efecto, seguíamos más solos que la una) se tornó raudo en alegría comedida, por cuanto media ciudad lo estaría leyendo al tiempo que nosotros. Dimos por buena la hipótesis del Vicesecretario: el periodista debió de entender que la equivocación era nuestra (“Animalistas, qué término tan extraño”), y decidió hacernos un favor mutándolo por lo que él supuso queríamos decir en realidad: Animalitos.

Créanme: las cosas han cambiado, y no poco, en los últimos veintisiete años y medio. Sé de lo que escribo. Mas no pretendo con dicha percepción –personal e intransferible, al fin y al cabo– transmitir la idea de que debemos relajarnos, sino más bien la contraria: que el tesón y la paciencia no son precisamente malos aliados, y que con una dosis de cada cual, si no al fin del mundo (¿qué hace uno cuando llega a tan inhóspito lugar?, puede llegarse muy lejos. Y ahora les dejo, porque tengo que perseguir, cachaba en mano, a unos críos que corretean entre los parterres, frente a mi casa.

[*] Publiqué este artículo en la revista digital Allegramag (sección BICHOS).

 

 

 

FacebookTwitter

 

Comentario (0) Impresiones: 15927

Back to top