DE RATONES Y MUJERES

 

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Por KEPA TAMAMES

 

Tengo una amiga con un ratón en casa. No es que haya acudido a mí histérica y me lo haya confesado pidiéndome consejo por ser yo defensor de los animales, ni por tanto pretende con ello que le solucione el "problema". Porque no hay tal. El roedor vive en su casa desde hace algo más de un año; emprende sus correrías cuando toca y se abastece de lo que pilla cuando procede. ¿Cómo consiguió el pequeño entrar en la vivienda de mi amiga?, se preguntarán ustedes. (Y si no lo hacen es lo mismo, porque lo voy a contar de igual manera). Pues por la puerta, el sitio más lógico incluso para un ratón. O no tanto. En realidad, nuestro amigo ingresó en su nuevo hogar en estado de semiinconsciencia, tendido cuan largo era sobre el fondo de una caja de zapatos, cubículo perfecto para su traslado desde la calle, donde no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, menos si tenemos en cuenta que acababa de ser rescatado de las fauces de un gato callejero, quien, sin mala intención, dio rienda suelta por un momento a su ancestral instinto. (Nadie le culpa por ello).

Imagino que durante los primeros días le invadiría el desconcierto –al ratón, digo–, pero enseguida pareció amoldarse con pasmosa naturalidad a su nuevo hábitat. Bien es cierto que a ello ayudó el hecho de que mi amiga le procurase desde el inicio el condumio necesario en cantidad suficiente, y él lo agradece no dejando ni rastro de los presentes. Mi amiga no lo ve con frecuencia, pues es sabido que los ratones son grandes amantes de la discreción, pero escucha a diario sus patitas cuando al anochecer él despierta y se dispone a iniciar su jornada. Sabe que le espera su platito de cereales –de los del desayuno de humanos, de marca, no de los crudos, que a lo bueno se acostumbra uno enseguida–, mas no es ésa su comida favorita, pues tal honor se lo lleva la harina integral: pasión es lo que tiene por ella. Porque en casa de mi amiga se hace pan a diario, con productos naturales y sin conservantes, con lo que es fácil adivinar de dónde le viene al muy pendenciero la salud de hierro de la que parece gozar hasta la fecha, pues conviene aportar como dato adicional que nuestro protagonista pasó en pocas semanas de esmirriado a rollizo.

Durante meses el ratoncito confió en sus anfitriones, dado que éstos nunca mostraron hacia él el menor atisbo de agresividad. Pero todo cambió el día en que trataron de capturarlo con el loable deseo de ofrecerle la libertad en el campo. El susto que se llevó el pequeñajo al verse acorralado en el pasillo por la pareja de grandullones hizo que a partir de entonces perdiera toda fe en los humanos, lo que en cierta forma refuerza la tesis de que los animales –ratones incluidos– poseen una inteligencia bastante mayor que la que nuestro antropocentrismo les atribuye.

No será la primera vez que una visita advierte de repente la presencia del enano y pega un brinco en la silla, situación que mi amiga trata de reconducir con un lacónico "no te preocupes, es de casa". La visita despeja entonces las exiguas dudas que albergaba sobre el equilibrio emocional de la dueña. Piensa que está loca. Y algo de eso debe de haber, pues en una sociedad que masacra a inocentes animales en masa por los motivos más triviales, adoptar a un ratón como refugiado necesariamente tiene que suponer por fuerza algún tipo de síndrome ético no diagnosticado hasta la fecha.

A mi amiga le horroriza pensar que alguien pueda enterarse de su secreto fuera de su círculo más íntimo, y de hecho yo no creo estar desvelándolo si la mantengo a ella en el anonimato. A veces me cuenta entre cómplice y emocionada detalles de su convivencia diaria con un ser que tiene sus horarios, sus preferencias, e incluso sus manías. Me hace partícipe de su particular experiencia: compartir piso con un pequeño duende que con toda seguridad envejecerá con dignidad, a buen recaudo de los monstruos humanos que hemos endosado a los roedores la poco amigable etiqueta de "plaga a exterminar", como si nosotros no fuéramos de hecho la peste más destructiva que el mundo haya conocido. Él acabará sus días sin haber sentido nunca los insoportables retortijones del veneno, sin haber sido perseguido por una horda de jovencitos con aviesas intenciones, sin haberse visto en la necesidad de vivir exiliado en el permanente destierro de las alcantarillas. Él es un ratón feliz, o al menos todo lo razonablemente feliz que pueda ser un ratón. Porque los ratones sienten, créanme. Eligen entre diferentes posibilidades si se les da la oportunidad. Y –¡oh sorpresa!– optan por aquello que les ofrece sensaciones agradables, al tiempo que rechazan el dolor. Ser ratón no implica necesariamente ser imbécil, como ya habrán adivinado.

Apuesto a que pocos de ustedes conocen una historia como la de mi amiga y su ratón. Y de conocerla, hay muchos boletos para que esté protagonizada por una mujer. Porque es este un apartado especialmente significativo para quienes hemos estudiado en algún grado el fenómeno de nuestro comportamiento con los animales. Tal vez sea una chaladura de las mías, pero me dio por pensar que las mujeres han acabado desarrollando una especial empatía hacia los más débiles: las víctimas humanas y animales. Si algo de eso hay, tengo pocas dudas de que tal virtud les viene dada por conocer bien lo que significa ser pateada, golpeada, expulsada de casa; conocer lo que es verte sin hijos y sin futuro, ser paria entre las parias. Son muchos siglos de estigma de mujer, y eso pesa como una cruz de cemento.

Recuerdo haber asistido como público a una conferencia del cineasta Juanma Bajo Ulloa en Barcelona, hará de esto como un par de años. Confesaba Juanma en un momento dado que en las fiestas brutas de los pueblos donde se martirizan animales él sólo veía hombres, que las gradas de las plazas de toros estaban ocupadas fundamentalmente por hombres, que quienes cazan animales por diversión son hombres en su práctica totalidad... y que en aquella sala veía sobre todo mujeres. Podría pensarse que el bueno de Juanma optaba por el discurso demagógico para cosechar el aplauso fácil de la audiencia. Apenas le conozco en lo personal, pero seguro estoy de que lo decía con absoluto convencimiento y de que era su corazón quien hablaba por él.

 

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EL PERRO DE GAZA

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Por KEPA TAMAMES

 

Nunca he comulgado con las historias minimalistas de buenos y malos, donde los primeros despliegan su papel de ángeles melosos y a los segundos se les reserva el de villanos sanguinarios. Supongo que, al menos en el caso de los humanos, las cosas vienen a ser bastante más complejas de lo que ofrece un guión como el descrito. A poco que se observe con ojos críticos, la vida cotidiana nos ofrece ejemplos diáfanos de lo que digo, y creo sin atisbo de duda que uno de los más claros lo vimos a principios de año, cuando el ejército israelí tomó la decisión de atacar las ciudades de la Franja de Gaza. El mundo comprobó indignado cómo la población civil sufría la ira de su poderoso vecino, cuyas bajas en la refriega se cifraron en un ratio tan exacto como grosero: uno a cien.

Asumiendo la trágica desproporción del ataque –y aquí comienza de sopetón mi incorrección política–, soy de los que prefieren evaluar las cosas desde una perspectiva más general, retroceder unos pasos, un par de kilómetros si es menester, alejarse del cuajarón y de la víscera hasta alcanzar a ver el panorama desde una óptica holística. No me consta que los palestinos, en su condición de tales, sean un ápice mejores que los israelíes. La fatalidad (y unos cuantos factores más, seguro que sí) les ha llevado a representar el papel de parias en esta historia, pero no manejo yo elemento sustancial alguno que me haga pensar en que el ahora sometido se comportara de manera muy diferente con todo a su favor, en una suerte de “intercambio experimental de papeles”. Por lo que al proceloso apartado de “la condición humana” concierne, hay pocas cosas nuevas bajo el sol. Es ciertamente raro el caso del que, siendo primero víctima, no se convierte en verdugo a la que se le presenta la ocasión. La lista de ejemplos se hace interminable. Los judíos, perseguidos hasta la casi exterminación hace apenas setenta años, se erigen ahora en despiadados perseguidores, desarrollando su trabajo con tal saña que han merecido el calificativo de nazis por parte de no pocos analistas políticos. Por su parte, los dirigentes mesiánicos de Hamas prometen el cielo para quien se calce un chaleco de explosivos y active el detonador dentro de un centro comercial, hora punta. Escuché a alguien una reflexión demoledora, según la cual el conflicto arabe-israelí comenzaría a vislumbrar una salida cuando el grado de amor de los palestinos hacia los suyos superara al odio que sienten hacia el enemigo. Yo no lo sé, ni sé si tal hipótesis es merecedora hasta de una cierta comprensión. De lo que no tengo duda es de que un pueblo que asume y ejecuta el degüello de miles de inocentes como una celebración tiene muy atenuada su autoridad moral para condenar los bombardeos, e idéntica reflexión me asalta para con los israelíes que ven amenazada su seguridad cuando un militante yihadista se inmola en el autobús, teniendo en cuenta que la religión judía preceptúa el estado de consciencia en los animales sacrificados para alimento. El holocausto se vive cada día tanto en Tel-Aviv como en Ramala, y los responsables son los ciudadanos israelíes, los palestinos, con sus respectivas clases políticas al frente. Unos y otros aceptan el dolor y la muerte masiva de inocentes para invocar a renglón seguido justicia a la que oyen sobrevolar los aviones sobre sus casas, a la atisban un tipo sospechoso subiendo al tranvía.

Las imágenes captadas por los aguerridos reporteros que se recreaban en los escombros de Gaza City apenas se detuvieron unos segundos en la cabeza de un perro muerto entre los cascotes. Se veía su carita dulce, peluche por un momento, cubierta de polvo por el derrumbe del edificio. Con toda probabilidad se trataba de un perro abandonado a su suerte, o quizá fuera uno de esos desdichados a los que se amarra de cachorro y se le condena a una vida de sufrimiento perpetuo. Para mí, la imagen del perro de Gaza encierra todo lo que de perverso hay en el ser humano, palestino o israelí, americano o vietnamita, qué más dará. El perro de Gaza, apenas un elemento de atrezzo en el informativo, era tan inocente como pudieran serlo los niños aterrorizados que protagonizaban las portadas de los periódicos, quién sabe si los mismos que se olvidaron de él cuando acabaron por aburrirse de sus juegos.

Leía hace no demasiado que uno de los primeros objetivos militares del ejército israelí fue el zoológico de la capital, a cuyos inquilinos forzados mataron en su mayoría para evitar al parecer que la gente recurriera a ellos como alimento llegado el caso. Si el concepto de inocencia puede adquirir en determinados momentos diferentes niveles, sin duda la merecen en su grado máximo los leones y camellos allí encerrados primero por unos, bombardeados por otros después. También los monos y las llamas que compartían –convenientemente anestesiados– el siniestro viaje desde Egipto por los túneles de Rafah con sacos de maíz y palés de armas para una resistencia seguro que justa. Es así como surtían los palestinos de prisioneros el zoológico local, y es más que probable que vuelvan a hacerlo apenas superada la pesadilla.

Los bombardeos acabaron, la gente vuelve a sus casas, o a lo que queda de ellas en muchos casos. Las levantarán de nuevo, reharán sus vidas, llorarán a sus muertos, algunos de ellos apenas bebés, nacerán otros que atarán perros y los condenarán al confinamiento de dos metros de cadena, niños que chapotearán alegres sobre la sangre de los corderos degollados, aún vivos, jovencitos que visitarán de la mano de sus progenitores en una mañana luminosa de domingo el nuevo zoo, mejor incluso que el anterior (quién sabe si tal vez se destine a ello parte de la ayuda humanitaria que reciben desde Occidente). Al otro lado del muro los operarios del matadero, imbuidos en pulcras casacas blancas, preparan los cuchillos para asegurarse un corte limpio en la garganta de los terneros huérfanos, de tal suerte que los rabinos acepten la comida como verdaderamente kosher. La vida continúa…

 

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CON MAYÚSCULA

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Por KEPA TAMAMES

 

Demasiada gente sigue todavía viendo la actividad y la mera existencia del Movimiento Animalista como una ofensa. Y parece que no existe una razón principal para ello, sino dos. La primera supone que deberíamos destinar nuestros recursos a paliar el sufrimiento humano, y no “desperdiciar el tiempo salvando animalitos”. Tal hipótesis se basa –imagino– en la absurda premisa de que no pueden llevarse a cabo dos luchas solidarias a la vez, cosa obviamente falsa, como lo demuestra el hecho de que el grueso de la sociedad condena realidades paralelas e inconexas entre sí como la explotación laboral infantil y la violencia hacia las mujeres con total naturalidad, sin que se dé ninguna suerte de incompatibilidad entre ambas. A nadie se le ocurriría sugerir que luchar contra situaciones traumáticas por separado como el hambre y el cáncer es incompatible. ¿Por qué pensar entonces algo tan extraño si de la defensa organizada de los animales se trata? Por lo general, la gente disfraza de argumentos lo que no son sino burdas excusas para quitarse de encima cuestiones moralmente incómodas. Es por ello que se recurre a afirmaciones tan reduccionistas como la que afirma que “los humanos están primero”, propuesta que encierra la perversa idea de que hemos de poner por delante los intereses del verdugo respecto a los de la víctima.

La segunda razón a la que antes aludía surge de un pensamiento igualmente equivocado, aquél que presume que “hay cosas mucho más importantes que defender a los animales”. No es cierto. ¿Significa esto que no hay lucha que merezca más nuestra atención que la animalista? Es exactamente lo que significa, en efecto. Con ello no trato de abonarme a una afirmación efectista pero hueca, sino adherirme al rigor, si nos atenemos a ciertos escalofriantes datos estadísticos: cada segundo mueren en el mundo a manos de la comunidad humana un número no inferior a tres mil animales, para los que su propia desaparición supone la única liberación a la que pueden aspirar. Confieso que nunca he podido digerir esta cifra. Quienes tenemos la maravillosa oportunidad de convivir a diario con miembros de otras especies conocemos la amarguísima experiencia de su desaparición física. Y es ahí donde radica mi incapacidad para aceptar tan demoledora cifra: ¡tres mil cada segundo!

Quizá la gente no lo sepa, pero nunca existió actividad humana alguna que generara tal cantidad de sufrimiento gratuito como lo hace hoy la agresión a los animales. Nada en lo que podamos pensar supera en dolor a este fenómeno. Por eso, si acaso tuviéramos que optar por una única vía militante, deberíamos hacernos defensores de los animales. Por fortuna no nos vemos obligados a elegir entre diferentes causas solidarias, quedarnos con una y descartar las demás, antes lo decía. Pero conviene dejar claro el anterior punto, porque solo él pone a cada cual en su sitio. Las revoluciones que ha conocido nuestra historia biográfica como especie se quedan pequeñas ante la magnitud de la revolución que hacemos cada día boicoteando los circos, la carne, las pieles, ciertas cremas faciales… Y adoptando animales para ofrecerles un hogar definitivo. Siéndolo las demás, esta es la Revolución con mayúscula.

  

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¡QUE SE JODAN!

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Por KEPA TAMAMES

 

El mero hecho de que una parte significativa de los medios escritos que reciban este artículo decidan no publicarlo por el rudo título que lo encabeza es ya una muestra diáfana de que, o bien hemos perdido definitivamente la razón –en el más que improbable caso de que alguna vez la tuviéramos, pues hay vacas sagradas que cobran una pasta por taco escrito, ustedes lo saben tan bien como yo–, o de que hemos tocado techo, y esto último constituye en sí mismo un signo de esperanza. Pero a lo que vamos.

Quiero hacerles partícipes esta vez de la indignación que me corroe desde que hace unos días comprobé el pábulo que cierta televisión pública española daba a una de esas fiestas patrias en las que un animal tiene el dudoso honor de convertirse en protagonista sin que nadie le haya consultado. No me pregunten dónde era ni qué santo celebraban. Ni lo sé ni me importa. Hablo de uno de esos programas idiotas e idiotizantes, todo en uno, donde lo mismo te orientan sobre cómo hacer unas patatas bravas que te informan sobre violaciones múltiples (también todo en uno, parece que la fórmula funciona). La presentadora, maquillada hasta las cachas y con sonrisa superglú, animaba histérica a los telespectadores para que participasen en la fiesta, a pesar de lo arriesgado de la empresa, ojo, porque hay que ser muy, pero que muy aguerrido para ponerse delante de un morlaco de quinientos kilos psicológicamente derrotado, jadeante y ensogado de la testuz, un animal que no entiende nada de lo que sucede y que no alcanza a ver qué es lo que ha hecho mal para merecer tal castigo, tranquilo como él estaba hasta hace tres días en el campo, con sus compañeros. Solo un héroe es capaz de tal hazaña: acosar en masa a un reo condenado a muerte. Veintiún heridos, uno de ellos grave. Es lo que subrayaba la presentadora, sin que en la cifra incluyera por supuesto al pobre animal, ése no cuenta en el cómputo. Ignoro si es a eso a lo que se refieren con el tan traído y llevado “rigor informativo”.

“¡Que se jodan!”. Con esta lapidaria expresión resumía su ánimo una amiga a la que le hacía partícipe de mi congoja. Que se jodan los veintiuno –incluido el grave– y cuantos con su pasividad permiten estos actos de terrorismo lúdico, sean concejales, fachas de bigotito o progres de vitrina, porque mi amiga hace ya mucho tiempo que no distingue unos de otros. Ella es una vieja militante por los derechos de los animales. Digo “vieja” en tanto que lleva media vida dejándosela por ellos, los más indefensos entre los indefensos, las víctimas con mayúsculas de este santo país. (Si usted cree que le ha tocado el peor boleto por ser mujer o cargo público amenazado, consuélese pensando en que al menos no es toro, o gallina, o galgo, o burro, o cerdo).

“¡Y que quede claro que aquí al toro no se le maltrata!”, manifestaba ufana en rueda de prensa improvisada una doña que pasaba por allí y decidió erigirse en portavoz oficial del populacho. “¡Aquí, de maltrato, nada!”. Usted es boba, señora, déjeme que se lo diga. Usted tiene que ser rematadamente tonta si llega a la conclusión de que un animal pacífico por naturaleza, sacado de su entorno, llevado ante la masa vociferante, amarrado por los cuernos –su defensa natural–, acosado hasta la extenuación y ejecutado finalmente a tiros, no supone un claro caso de maltrato. Usted ha de ser por fuerza imbécil si tras este cúmulo de hechos incontestables decide solita que no, por favor, qué cosas tiene la gente, que al toro no se le maltrata.

¿Qué nos está pasando? ¿Qué demonios nos está sucediendo a los humanos? Los mozos de las peñas, el alcalde, el comandante en jefe de la Guardia Civil y hasta la mujer mencionada, pobrecita mía, podrían al menos defender el linchamiento recurriendo a la tradición, al arte, a la cultura, todos unos clásicos de la estulticia intelectual en la que parecemos estar sumidos. Incluso podrían rescatar para la ocasión el impagable “más sufro yo cuando voy a trabajar”. Incluso ése valdría, abandonados al desvarío mental. Pero afirmar que no se le maltrata nos retrotrae al punto más nebuloso de nuestra historia evolutiva. ¿Por qué hay que pagarles a los agresores heridos un solo punto de sutura? ¿Por qué administrar a esa gente un solo centímetro cúbico de sangre ajena para compensar la pérdida de la propia? ¿Es que acaso se preocupan ellos por la que empapa el cuerpo de sus víctimas? Preguntas de este pelaje me regalaba mi amiga animalista cuando le contaba lo ocurrido, y créanme si les digo que no tengo claro si acabé por apoyarla en cuanto al contenido de su monólogo, mas sí en la esencia de su mensaje, que no era sino desesperanza. “¡Que se jodan!”. Una vieja y correosa activista que en su día escribió cientos de meticulosos artículos tratando de diseccionar cada una de las razones aducidas por los contrarios para refutarlas, que arrebató perros a sus dueños legales para buscarles una vida mejor, que pasó sus horas en el calabozo por manifestarse ante una plaza redonda, ha acabado derrotada, igual que el toro ensogado que vi en la pantalla de la televisión, para terminar rubricando con un sonoro “¡Que se jodan!”, que a un servidor le sonó a epitafio ideológico.

Me ha cogido el arrebato. A cierta edad hay cosas que no se pueden evitar, supongo. En estos momentos sigo siendo incapaz de arrepentirme de nada de lo que acabo de escribir. Es lo que tiene la indignación. Pero, ¿saben ustedes lo malo, lo peor de todo esto? Lo malo es que se me acabará pasando. Eso es lo peor.

 

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SOLO SON ANIMALES

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Por KEPA TAMAMES

 

Somos nuestros libros. Quien más quien menos tiene una lista de obras que moldearon en algún grado su pensamiento, sin las cuales quizá su vida no sería igual en todos los detalles. En mi caso particular, uno de esos títulos es sin duda The dreaded comparison [La comparación temida, aunque no tengo constancia de que exista versión en español], de la activista estadounidense Marjorie Spiegel, quien en esta pequeña joya (cien escasas pero provocadoras páginas, fotografías e ilustraciones incluidas) nos sacude en plena cara abordando sin temor la para ella pertinente equiparación entre el sufrimiento humano y animal, que siempre estuvo convenientemente separado por un abismo en nuestra cultura antropocéntrica, como separadas estuvieron (quisiera de verdad utilizar el pretérito) distintas comunidades humanas en función de criterios tan triviales como el género o el color. Superadas –al menos en teoría– estas últimas formas de discriminación arbitraria, queda aún intacta la más devastadora: la que condena a alguien no tanto por pertenecer a un determinado grupo, sino por no formar parte del humano.

Traigo a colación todo esto por un artículo de opinión donde cierta periodista exhibía su indignación ante la cabecera elegida por una televisión autonómica para ilustrar la tragedia cotidiana de las gallinas ponedoras, y que mencionaba a un conocido campo de exterminio nazi. Y es aquí donde nos topamos con la verdadera esencia de lo que hacemos con los animales hoy en la llamada sociedad del bienestar, paradójicamente erigida sobre el malestar de otros.

Siempre hubo quien se atrevió con la comparación, ofensa imperdonable para muchos –la citada periodista entre ellos–, aunque no se comprende bien en qué pueda consistir tal injuria, cuando lo único que se hace es ejercer una feroz condena de determinada realidad a partir de un ejemplo de referencia devastador. Pero lo cierto es que aquellos que se aventuraron con la “comparación temida” afirmaron que, lejos de ser equiparable, el trato que damos en la actualidad a un sinnúmero de animales supera con creces el horror que millones de seres humanos soportaron durante los pasados años cuarenta en Centroeuropa. La reflexión no es gratuita, teniendo en cuenta parámetros tan razonables como el número de individuos implicados y el grado de sometimiento que padecen (hablo de los animales). Por cuanto al primero, se baraja una cifra que al menos yo nunca pude digerir, y sigo en esa tesitura: tres mil animales inocentes mueren cada segundo a manos de la comunidad humana por razones que nada tienen que ver con nuestra supervivencia. ¡Cada segundo! Quienes comparten sus vidas con perros y gatos saben bien lo que supone la pérdida física de éstos, lo que cada uno de ellos y ellas significa en la biografía sentimental de sus tutores. Se trata de seres únicos e irrepetibles, tanto como podamos serlo nosotros mismos. Es por eso que la cifra referida debería pender sobre nuestras conciencias como una losa insoportable. Si fuéramos éticamente decentes, claro está. Pero preferimos causar un infinito sufrimiento a un montante extraordinario de individuos inocentes por razones tan peregrinas como que nos agrada el sabor de sus cuerpos, el tacto de su piel, o la estética de un determinado espectáculo. Al final va a ser cierto aquello de que para hallar el famoso eslabón perdido entre el mono salvaje y el verdadero ser humano lo único que hemos de hacer es mirarnos al espejo.

La mayoría de la gente se muestra sencillamente incapaz de comprender la tragedia de los animales, su verdadera dimensión, y nuestra responsabilidad directa en esa gigantesca desdicha. La recurrente comparación con la realidad nazi se queda pequeña cuando abordamos el drama de los animales en nuestra sociedad con un mínimo espíritu crítico. Pero ni siquiera podemos atribuirnos los animalistas un ápice de originalidad en tan dolorosa tarea, pues ya lo hicieron con la serenidad pero con la contundencia necesaria intelectuales de calado, antes lo decía. Luminosas excepciones a la regla conformista, como la de Isaac Bashevir Singer, el prolífico escritor de origen polaco (Premio Nobel de Literatura, ningún juntaletras), quien sufrió en su propia familia la persecución étnica e ideológica. El pensamiento de que los hombres son nazis para los animales aparece en varias de sus obras. En un momento dado, pone la reflexión en boca de Herman, el protagonista de su cuento El escritor de cartas, quien, ante una ratona con la que comparte los sinsabores de la vida, especula: “Respecto a los animales, todos los humanos somos nazis. Hemos convertido sus vidas en un eterno Treblinka.

La referencia al Holocausto se repite en las reflexiones de otros intelectuales a la hora de exteriorizar sus sensaciones sobre qué supone el exterminio sistematizado de los animales. Sabido es que lo que sucedió en aquella Alemania negra con millones de personas inocentes sigue ocupando en el imaginario de la opinión pública el primer puesto en cuanto a la degradación moral del ser humano se refiere. Con todo, el escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, galardonado igualmente con el Nobel, gusta de colocar en los personajes de sus novelas sus propias inquietudes morales, y así lo hace en uno de sus trabajos más conocidos: “Dejad que lo diga claramente: estamos rodeados de una cultura de degradación, crueldad y muerte que rivaliza con lo que el Tercer Reich fue capaz de hacer, que, de hecho, lo empequeñece, por cuanto la nuestra es una cultura sin fin, que se autoregenera, trayendo al mundo sin cesar conejos, ratas, aves y ganado, con el único propósito de sacrificarlos”.

En un sentido similar, el filósofo alemán Theodor Adorno expresa su desazón ante la tragedia cotidiana de los animales valiéndose de un campo de concentración como referencia. Así, afirma con indisimulada amargura que “Auschwitz empieza cuando uno mira a un matadero y piensa: sólo son animales”.

 

[*] Este artículo (o al menos su germen) fue censurado por el periódico El País, aunque, eso sí, aduciendo la burda excusa de la “falta de espacio”. Pasa mucho. No creo ser yo sospechoso de connivencia sumisa con ideología alguna (entre las comúnmente aceptadas, quiero decir), como bien saben quienes me conocen. Y por ello considero que lo reaccionario anida con absoluta comodidad tras cualquier ideario, sea rojo, azul o amarillo. El presente texto pretendía servir de mero complemento a otro que, firmado por una periodista de plantilla, criticaba en el citado diario el título elegido por un reportaje televisivo para abordar cierto tema de maltrato animal. Intenté por todos los medios posibles a mi alcance (conversaciones telefónicas incluidas) hacerles entender que lo que se vertía en el artículo publicado era cuando menos sesgado, y que por ello quizá fuera pertinente una versión complementaria. Simplemente me resultó imposible que aceptaran mi posición. Para quien desee ilustrase al respecto y sacar sus propias conclusiones, dejo la dirección del mencionado artículo:

http://www.elpais.com/articulo/pais/vasco/comparacion/elpepiesppvs/20100222elpvas_14/Tes/

 

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