¿POR QUÉ CORREN LOS CABALLOS?

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Por KEPA TAMAMES

Sucede con frecuencia que, con el siempre noble fin de obtener respuestas a nuestras más variadas inquietudes, nos valemos de preguntas en apariencia simples para abordar escenarios complejos. Quizá uno de esos escenarios sea el de las carreras de animales inducidas por los humanos. Y entiendo que las cuatro últimas palabras resultan claves a la hora de entender la esencia del presente artículo, por cuanto los hechos que aquí se denuncian escasa o nula relación tienen con la naturaleza real de los animales implicados, perros y caballos en su mayoría. Aducen sus defensores –me refiero naturalmente a los de las carreras organizadas, no a los de sus protagonistas animales– que unos y otros corren de natural, con lo que mal puede criticarse idéntico comportamiento si este tiene lugar sobre una pista de tierra y con público en las gradas. Creo que en efecto se puede, y con toda razón, además. Veamos.

En su sentido más estricto, difícilmente merece ser calificado de “correr” a lo que hacen galgos y pura sangres durante sus actuaciones. Suponer que ello es equiparable a una carrera lúdica en la campiña o en un parque urbano implica manejar una muy exigua información sobre el tipo de vida que son obligados a llevar dichos animales durante su etapa activa. Porque conviene recordar que estos pasan la mayor parte del tiempo recluidos en reducidos espacios, cercenada así su necesidad de ejercicio. Jugar y correr con sus compañeros es algo que les está vedado por completo. Pero esta realidad no deriva de una suerte de crueldad de sus cuidadores (es el maquillado nombre que reciben las personas que se ocupan de ellos, no el que merecen, por descontado), sino de la necesidad de mantenerlos en un permanente estado de ansiedad física y mental, pues solo de esta forma puede producirse en ellos una “explosión” tanto muscular como emocional cuando de repente se abren las puertas de los boxes, haciendo que inicien una desaforada carrera.

A pesar del reiterado –y por ende patético– exhibicionismo de nuestra sacrosanta racionalidad, los humanos no solemos plantearnos preguntas de verdad importantes, una tan elemental como concisa en el caso que nos ocupa: ¿por qué corren los caballos y galgos en las carreras? A bote pronto, puede parecernos una interpelación estúpida, pero no lo es si pensamos que su comportamiento en un estado “normal” paseando por el campo (sin presiones externas, pongamos por caso) no se asemeja en nada al que observan en la pista. Por supuesto que es natural que perros y caballos corran, pero no largas distancias ni a una gran velocidad. Si lo hacen en el hipódromo o en el canódromo es porque sus responsables han diseñado sus vidas para que en el momento apropiado salgan disparados hacia la nada, espoleados por la fusta en un caso, y por un absurdo muñeco guía en el otro. Cualquiera puede hacer la prueba con su perro o caballo, siempre que estos lleven una vida equilibrada y satisfactoria. Colóquese al protagonista en el interior de un recinto cerrado similar a los boxes, en medio de una pradera, y ábrase de repente la puerta. Uno y otro se le quedarán mirando con cara de no saber qué se espera de ellos, y lo más probable es que salgan al poco tiempo con absoluta parsimonia y continúen con la actividad interrumpida minutos antes para ser convertidos en protagonistas de un experimento tan estúpido como incomprensible.

La verdad es que el comportamiento de galgos y caballos en los circuitos de apuestas está en las antípodas de algo que merezca el nombre de “natural”. Pero lo peor es que se trata de una explotación tan cruel como desconocida para el gran público. Los caballos cuestan auténticas fortunas, siempre en estricta proporcionalidad a las ganancias que se espera generen. Son “mimados” mientras rentabilizan su inversión, y sacrificados cuando sufren lesiones graves que les impiden competir y por tanto hacer caja. Muchas de esas lesiones, aunque incompatibles con la alta competición, les permitirían llevar una apacible vida de jubilados. Sin embargo, nadie invierte en un minusválido, por muy cotizado que fuese en su día. El business tiene sus reglas y no entiende de sentimentalismos.

Como todo negocio, los espectáculos que se nutren de animales están siempre supeditados al férreo protocolo del mercado. Pueden quebrar en un momento dado, como de hecho sucede, lo que coloca a aquellos en una situación de incertidumbre que casi siempre acaba en tragedia. Una sociedad que permite indolente el sacrificio masivo de animales de compañía abandonados tampoco tendrá conflicto moral alguno para deshacerse de unos cientos de galgos y de algún que otro caballo que ya no sirven para su cometido. Vemos así que la explotación pende siempre sobre estos desdichados seres: si la empresa funciona, no conocerán sino la reclusión y el sometimiento; si el negocio fracasa, sus vidas se verán truncadas para siempre.

Este tipo de escenarios –las carreras– resultan muy atractivos para mucha gente, que ve en ellos una forma de entretenimiento y de posibilidades financieras al mismo tiempo. Y muchos se dejan ver en los hipódromos en una suerte de exhibición social que desprende cierto tufillo a clasismo rancio. Pero la cruda realidad es que las carreras inducidas por interés humano esconden bajo el glamour de las pamelas y los prismáticos una cruel esclavitud y una vida de carencias y sufrimiento.

En realidad, la estrategia que se sigue en el entrenamiento de galgos y caballos no es en el fondo muy distinta a la empleada para las peleas organizadas de perros. Salvando sus diferentes estatutos jurídicos –mientras estas están prohibidas por ley, aquellas son toleradas y aun fomentadas por determinados poderes públicos– ambas realidades se fundamentan en doblegar la voluntad de los protagonistas como método práctico para orientar su conducta hacia los intereses humanos. Nuestra capacidad intelectiva es utilizada con demasiada frecuencia para obligarles a actuar contra natura, haciendo que se comporten de una manera que nunca se daría en condiciones de autonomía individual. Los humanos somos lo suficientemente perversos como para conseguir de ellos casi cualquier cosa que nos propongamos, y las carreras organizadas constituyen en este sentido un fiel paradigma.

 

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`MASCOTAS´ NO, GRACIAS

 

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Por KEPA TAMAMES

 

Hace ya algunos meses que milito en esto de la defensa de los animales (más concretamente desde septiembre: se cuentan el número de meses por más de trescientos, y me refiero al septiembre de 1986, por más señas), y entre las frustraciones que atesoro brilla con luz propia la de no haber conseguido hacer entender –a la gente en general e incluso a ciertos animalistas en particular– que el término “mascota” se muestra por completo inapropiado si lo que con él pretendemos es designar al conjunto de animales que conviven con nosotros, sean estos perros, gatos o lagartos del Alto Paraná. Entiendo –y es esta una apreciación personal e intransferible– que el vocablo “mascota” cosifica a los animales, acercándoles un poquito más si cabe a la categoría de objetos de consumo, condición necesaria para despojarlos de todo derecho, o para que los nuestros de tercer orden (a “consumir” seres vivos) prevalezcan siempre sobre los suyos de primero (a la vida, a un hábitat adecuado, a no ser torturados). Dices mascota y estás diciendo cosa, objeto, adorno, de tal forma y manera que parecen estos fichas intercambiables, perro por gato, tortuguita por hámster, loro por ardilla, lo importante es “tener una mascota en casa”, antes que considerar que cada uno de ellos y ellas son individuos únicos e irrepetibles, sujetos de una vida, y a ella se aferran como si fueran conscientes de que no habrá una segunda oportunidad. Realmente no la hay, pues siendo esta nuestra única experiencia vital, más vale ser aquí felices que desdichados, pues ni una ni otra cosa podremos cambiar, a menos que creamos en algo parecido a la reencarnación, y desde luego no es el caso de quien suscribe.

¿Nos hemos parado a pensar siquiera durante un minuto en qué diantres es eso de “mascotas”, de dónde surge el nombre y todo eso? Deriva del francés mascotte–¡lo sospechaban, no me lo digan!–, y su etimología no da mucho de sí: objeto o figura que proporciona suerte a su poseedor; amuleto. Habrá casos, quién soy yo para negarlo, pero, hasta donde me alcanza el entendimiento, no trae suerte el gato o el perro a su dueño –o mejor diremos tutor, puestos a–, sino más bien al contrario, en especial si se trata de animales abandonados, a los que se le apareció una virgen canina/felina y encontraron la felicidad de un hogar y una familia. De serlo para alguien, soy yo la mascota de Elliot, de Louise, y no al contrario. ¿No les parece?

Ante similar tesitura nos encontramos si acudimos a la expresión “animales de compañía”, por cuanto parece que les asignamos con tan sospechoso epígrafe el banal papel de acompañarnos, de servirnos de entretenimiento, de sernos útiles, en la acepción más mercantilista del término “útil”. ¿Hay alternativas? Si hemos encontrado aproximada solución a problemas harto más arduos, ¿no habremos de hacerlo con unas simples palabras? Alguien –hasta pude ser yo mismo– propuso aquello de “animales bajo tutela”, sin duda más apropiado, aunque demasiado desconcertante, quizá. Y pasa con estas cosas como con otras muchas, que acaso la solución esté en la sencillez antes que en lo rebuscado, tan cerca que ni conseguimos enfocarla. Fue la antropóloga –y sin embargo amiga– Carme Fitó quien me habló de los “animales familia”. ¡Claro! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? ¿Qué son los Toby, las Carlota, los Kizkur de turno, sino familiares afectos? Como lo son nuestros amigos humanos, de hecho. ¿Alguien alberga atisbo de duda respecto a que sentimos más aprecio por nuestro perro o gato que por ciertos familiares de sangre, que su pérdida supone para nosotros una mayor aflicción que la muerte de un “simple” vecino, o incluso la de un tío lejano con el que apenas tuvimos trato? ¿Es tan difícil comprender, y sobre todo aceptar, que el amor, el cariño, volvemos al afecto, qué palabra tan hermosa, no conoce fronteras, que no acaba de repente donde lo hace el límite humano?

He aquí un reto bien complejo al que sin embargo nos da pavor enfrentarnos: hablo de difuminar la [de facto] inexistente linde entre lo humano y lo animal hasta hacerla desaparecer de nuestras mentes, el único lugar donde habita.

 

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ESE EJÉRCITO SILENTE

 

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Por KEPA TAMAMES

Me cuentan que en breve cierta organización de defensa de los animales con la que tengo el gusto de colaborar iniciará una campaña de captación de socios –e imagino que asimismo socias–, y les pregunto si les mueve a ello alguna razón en concreto, si acaso la masa social se vio reducida por mor de la dichosa crisis. Me dicen que, por fortuna, la iniciativa no responde a una “imperiosa necesidad”, pero que se percataron de que una inmensa mayoría entre quienes se autoasignan la pomposa etiqueta de “animalistas” ni pagan ni pagaron nunca cuota alguna a la asociación de turno, defienda esta a gatos, caballos, carpines dorados, o al grupo zoológico al completo. ¿Cómo es eso posible?, se me ocurrió preguntar, de natural ingenuo como soy, y mis compañeros se encogieron de hombros, se cruzaron miradas, se rascaron el cuero cabelludo, carraspearon, para al final regalarme un escueto “Ya ves, la condición humana…”. Pobre eufemismo para lo que en realidad bebe de la vieja filosofía –tan antigua y arraigada como la propia “condición”, por cierto– del “que lo hagan otros”.

Pues así es, mis queridos amiguitos: nueve y pico de cada diez personas sensibilizadas con el drama que sufren a diario los animales no contribuyen a sufragar los gastos de ni una sola asociación. Y un servidor, que no se casa con nadie y al tiempo no tiene el menor empacho para acostarse con el mismísimo diablo si la causa lo merece, quiere hacerles partícipes de su perplejidad, cuando no de su directa desazón, en un intento vano de comprender la estructura mental de quien no se lo piensa dos veces a la hora de coger el teléfono y llamar a la organización de turno para que sus aguerridos miembros se pongan en marcha y rescaten a la treintena de perrillos que malvive en cierta alquería de la sierra. Supongo que tales "informantes" esperan que despeguen raudos dos o tres helicópteros desde la sede central de ATEA para el rescate de los necesitados animales, con posterior e inmediato traslado al paraíso de los canes… ¡tras regalar una buena somanta de hostias a los malvados responsables, por descontado! ¡Pero de hacerse soci@, nanai: eso ni mentarlo! Confieso especial interés personal por saber cómo creen dichas personas que se paga teléfono y fax, de dónde suponen que sale el dinero para el ordenata, o quién leches sufraga los costes judiciales. Me muero por saber cómo diantres entiende esta gente que funcionan las cosas, sino aplicando la antiquísima fórmula de acoquinar entre todos para que un grupo de elegidos (en Asamblea General Ordinaria, nada de designios divinos) gestione como mejor sepa y pueda los recursos existentes, siempre guiado por la línea ideológica oficial del colectivo equis. A veces sueño que de mayor quiero ser como ell@s; hablo de quienes se van a la cama creyéndose doctos animalistas por una llamada telefónica. Mas aparece ipso facto el arrepentimiento, y casi prefiero manejarme con un perfil muy diferente, digamos normal, pensar que aquí nada se regala, y que solo una masa social fuerte hace fuertes tanto objetivos como logros.

Vuelvo al dramático panorama, el protagonizado por ese ejército silente de animalistas, que de verdad lo son, pero que aún no han dado el paso definitivo, que no ha de ser necesariamente quedarse en cueros en la Plaza Mayor, ni asaltar el ruedo, ni integrarse en un corajudo comando de encapuchados. Por supuesto que todas estas cosas, y otras muchas, son estupendas e importantes –diremos al respecto aquello de que “si no existieran habría que inventarlas”–, pero percibo que la fórmula más pragmática de activismo animalista pasa por hacerse miembro de una organización: así de simple. Cada cual elegirá la suya, siendo como es la oferta –por suerte o por desgracia– muy amplia. Si acaso parece que me dio la vena proselitista, parecerá bien: ¡bienvenido sea el proselitismo burdo si alimenta nobles causas! Y la que nos ocupa lo es con creces, vaya que sí.

Desde mi humilde condición de escritor amateur, estimados todos, poco más puedo hacer por salvar sus almas, como no sea ofrecerles la posibilidad de expiar culpas pasadas y presentes, para lo que apenas se necesita rellenar un sencillo formulario, y tendrán el cielo ganado en la tierra. No me negarán que la cosa pinta bien fácil para tan excelso premio. Lo dicho: háganme ustedes el favor de no ser míser@s, y apúntense hoy mejor que mañana a la mayor revolución moral de la historia de la Humanidad. ¡Verán con qué tranquilidad de conciencia duermen a partir de entonces! De nada.

 

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GOLIATH

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Por KEPA TAMAMES

Por puro y simple egoísmo emocional, prefiero imaginar que hubo un tiempo en que Beethoven jugó con niños vociferantes, que correteó a sus anchas por un prado, que se persiguió la cola, que voces amistosas pronunciaron su nombre, que se supo importante, que mordisqueó una pelota de goma, que concluyó feliz y agotado su jornada lúdica. Que acompañó a su familia a la casa común y que durmió de un tirón –o dos, con el interludio de una breve excursión al bebedero–, hasta sentir en el lomo un cálido rayo de sol, ya de amanecida. Por puro y simple egoísmo emocional deseo imaginar a Beethoven alguna vez así, aunque solo fuera durante un mes escaso, o durante una mísera semana, quién sabe si apenas un par de días… Me tortura hasta la más completa desesperación la mera posibilidad de que ni una fugaz caricia en la cabezota pueda rescatar Beethoven de su torturada mente.

Me declaro sencillamente incapaz, desde mi condición de chicarrón del norte y a mis casi cincuenta añazos, para ponerme en el lugar de cualquier perro –hablo de la empatía, ¿de qué si no?– en el justo y preciso momento de verse solo por primera vez, desaparecida ya en el horizonte la imagen de sus amigos (o los que desde su infinita ingenuidad perruna consideró amigos), amarrado de súbito a una mugrienta cadena y con una apestosa caseta por todo refugio, él que llegó a creer que familia y hogar tenían significados muy distintos a lo que ahora descubre de golpe. No pegará ojo Beethoven esperando la sorpresiva vuelta a media noche de sus compañeros de juegos, le explicarán que todo fue una broma, pesada, pero broma al fin y al cabo, cruel e incomprensible sentido del humor el humano, sabido es que jamás un perro hecho y derecho gastaría semejante broma a un niño, a una mujer, a un hombre. Nadie aparece; no hay broma. Regresan al día siguiente, pero el afónicoBeethovenve en ellos a personajes por completo distintos a los que marcharon, apenas le liberan un rato de la horrible cadena, para ser amarrado de nuevo. Persiguen los pequeños –sus antiguos colegas– el balón, cavan la huerta los adultos, y resulta aún peor el suplicio de observarlos y no poder participar de la fiesta, abalanzarse sobre la pelota, escarbar la tierra húmeda. Acaba el domingo, desaparecen de nuevo, sin hacerle caso esta vez. Es el dramático protocolo del desamor, es el desafecto hacia un perro que ya no es un perro, sino una burda alarma, un enorme peluche desesperado cuya función se limita a ladrar a todo el que ose acercarse por la zona, no importa si con buenas o malas intenciones. Tres largos meses después, casi cien días con sus interminables noches en la más absoluta soledad, con un destartalado huerto por todo universo, Beethoven, traspasado de parte a parte por una angustia punzante, ceja en su empeño por entender cuál fue el error cometido para merecer tan cruel castigo.

Nada son tres meses comparado con un año, nada este al lado de un lustro. Transcurrida una eterna década de cadena y aislamiento, constituiría un verdadero acto de compasión poder hacerle entender que tiene en su particular caso la inmensa fortuna de ser ya viejo, pues si fueran los perros tan longevos como los humanos, y ante tan sombría expectativa, más valdría acabar con el infierno cuanto antes. Habrán de pasar todavía tres años más, nos encontramos ya a un Beethoven derrotado física y mentalmente, un anciano reumático que a pesar de todo sigue meneando la cola –¡Dios mío, ¿por qué mueven los perros la cola cuando perciben la presencia de sus torturadores?!– así que vislumbra a otro anciano, este su dueño, ambos de similar edad desde sus respectivas naturalezas. El hombre le libera, y es llevado quizá por primera vez a la consulta de un médico para animales. Mas no está enfermo. El propietario solicita al señor de la bata blanca un servicio rápido, adopta un tono hosco y contundente: mátelo. No es desde luego la primera vez que aparece en la consulta alguien queriendo acabar con la vida de su animal, porque suelta pelo, porque se hizo mayor, porque hay que ahorrar en tiempo de crisis, porque le da la puta gana… Pero la ética profesional impide cumplir el mandato del viejo. Se lo lleva maldiciendo, suelta pestes de aquellos tipos remilgados. Parece que tendrá que hacerlo él mismo, como hizo anteriormente con otros, ni sabemos sus nombres, qué importa… De vuelta a la huerta, dispuestos para su tétrico cometido foso y cal viva, ata con fuerza y rabia las patas de Beethoven, y este entorna los ojos de terror, pero no ofrece especial resistencia, aprendió a no hacerlo durante sus últimos y únicos trece años. El hombre que acaso un día le regalase algo similar a una caricia la emprende ahora a golpes, procura acertar en la cabeza, uno, dos, tres, cuatro… el animal aúlla desesperado, no puede evitarlo, aúlla a cada garrotazo, patalea a cada incisión del hierro en su cuerpo. En plena bacanal de sangre y furia aparecen dos ángeles disfrazados de agentes de Policía Local, se llevan al criminal, mientras dan aviso para que recojan al animal malherido, convertido para entonces en un guiñapo sanguinolento. Beethoven murió.

Y nació Goliath, a sus trece achacosos años. Es el pomposo nombre con que le bautizaron de forma espontánea cientos, miles de amigos a los que nunca conocerá, ni falta que hace cuando de cariño se trata. Goliath por su fortaleza, por sus ganas de vivir, lo que le quede, mucho o poco, que nadie sabe cuánta guerra le queda por librar, o si le acecha la guadaña a la vuelta de la esquina. Goliath sabrá por fin lo que es una familia que merezca tal nombre, el calor del afecto y hasta de la calefacción en invierno. Moverá a partir de ahora la cola con causa justificada, las voces humanas serán ya de amor, precederán siempre a una suave caricia, con frecuencia a una rica galleta.

Y quien esto suscribe, ateo confeso desde que le alcanza la memoria, reza cada noche para que se haga realidad su perverso sueño: verle el rostro a Satanás, aguantarle la mirada al tipo que mató a Beethoven, al miserable criminal que le regaló sin saberlo una última y luminosa oportunidad a Goliath.

FINAL FELIZ PARA GOLIATH

 

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CUÁNTOS

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Por KEPA TAMAMES

Con el siempre loable objetivo de que no se empañe la sana alegría deportiva y de que no torne el entusiasmo en disgusto, advierten las autoridades competentes a las fogosas aficiones que observen extremo cuidado con los perros de la calle. Cuentan las crónicas que hay más de cien mil deambulando por las calles de Bucarest en busca de alimento y refugio. Son cazados mediante métodos inmisericordes, como corresponde a la ética local, y los eliminan en masa, cual si fueran judíos y gitanos en época no tan lejana. De hecho –y en este punto la amargura se vuelve trágica–, hay entre los gestores que ordenan despejar las calles de morralla canina, hay, digo, judíos y gitanos, descendientes directos de aquellos que fueron gaseados en grupos de a veinte aún no hace ni un siglo. Es así que parece que no hayamos aprendido de los errores, y aún menos parecemos dispuestos a ceder un ápice en nuestro adobado egoísmo.

Reitero la impresionante cifra: cien mil. Cien mil almas en pena que no tendrán la menor oportunidad de conocer el calor de un hogar, la dulce sensación de pertenecer a un clan que vela por tus intereses, y a quien a tu vez cuidar. Cien mil fantasmas que enseñan los dientes al primer humano que se cruce en su camino, porque saben que nada sino sufrimiento y dolor puede venir de los monos bípedos, bien lo padecen a diario. Como a diario vienen al infierno –nacen– cientos de cachorros en las calles de la capital rumana, ángeles desvalidos que rápidamente se percatan de que, o muerdes, o vas al hoyo, y peor aún: de que irás al hoyo muerdas o no, porque eres perro callejero. Si basta con ser judío para que vean algunos francotiradores en ti una perfecta diana, ¿no habrá de suceder otro tanto si eres chucho sarnoso?

Cuentan las crónicas que se gestó la actual plaga perruna allá por la pasada década de los ochenta, cuando el dictador Ceaucescu dictó la prohibición de animales de compañía en los hogares. ¿Oyeron ustedes algo al respecto entonces? ¿Tuvieron noticia de la situación durante estos últimos veinticinco años? Ha tenido que ser un evento deportivo el que destape la tragedia, y me refiero con ello naturalmente a la que padecen cien mil desgraciados vagabundos en su drama cotidiano, no al mal gesto que pudiera regalarle uno solo de ellos al aficionado, pertrechado este de bufanda y banderín, exclusivos ambos para tan magno acontecimiento.

Cien mil perros se buscan la vida a diario en las tristes calles de Bucarest, no hallando sino hambre, muerte y desprecio. Y me pregunto ahora sobre otra cifra, la de aficionados que se van a dejar una pasta en viaje, entrada y pernocta para ver al equipo de sus amores en tan histórica cita, todo muy lícito y comprensible, no seré yo quien me oponga a que cada cual se gaste los cuartos en lo que estime oportuno. Pero aparco la corrección política de golpe y porrazo, para interpelarme sobre cuántos de ellos –sigo con los hinchas y forofos– abonan una cuota a la organización solidaria de turno, oriente su labor a niños africanos o canes rumanos, qué más dará si de ayudar al paria se trata. Cuántos entre ellos y ellas están dispuestos a pasarse varios días acampados sobre el asfalto urbano por conseguir una entrada, cuántos se lanzan a la adquisición de la camiseta oficial (omito el precio), grabada esta con la histórica fecha. Porque sabido es que los desvelos de una generosa mayoría de aficionados empiezan y acaban donde lo hace su club del alma, pues supone para estos un gol a favor el mayor júbilo, como un penalti en contra la mayor desdicha. Quisiera conocer cuántos de entre quienes se desplazarán al otro extremo de Europa en avión, en coche, en tren –los habrá quienes optarán por el siempre ecológico monopatín, todo con tal de protagonizar una contraportada en el periódico local, lo más de lo más–, cuántos destinan siquiera una décima parte de ese tiempo y dinero a su cuota solidaria. Sería esta sin duda una buena excusa para la consabida y popular encuesta. Pero todo apunta a que tienen en cartera las empresas de opinión temas mucho más profundos y originales: intención de voto, valoración ciudadana de las distintas castas sociales, o mismamente quién se llevará las finales futboleras que nos regala cada florido y hermoso mayo. Consciente de que nadie osará publicar el presente artículo –se erige la opinión indebida en moderna herejía, y no escasean en tan siniestro escenario ciertos oscuros Torquemadas a sueldo, desde ampulosos responsables de sección a becarias de nuevo cuño–, me interpelo sobre esta íntima y dolorosa cuestión: ¿Cuántos? Dicho lo cual, que gane el mejor.

 

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