TERAPIA CON ANIMALES

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Por KEPA TAMAMES

 

Se asume por defecto que, cuando hablamos de “medicinas alternativas”, nos referimos a aquellos métodos que se salen en alguna medida de las vías convencionales y aceptadas por la comunidad de expertos. Sin embargo, resulta revelador que bajo este epígrafe no suelan incluirse aquellas terapias basadas fundamentalmente en la utilización de las emociones. En tal sentido, los entendidos en la materia se rindieron hace ya mucho tiempo a la evidencia de que un entorno afectivo adecuado aporta con frecuencia mucho más que toda la batería de fármacos a la que nos tienen acostumbrados. Pues bien… si admitimos que el factor emocional resulta decisivo a la hora de superar con éxito determinadas dolencias, dicha asunción incorpora automáticamente a los animales como parte de esa realidad.

En sí misma, el empleo consciente de animales como vectores terapéuticos es una especialidad relativamente reciente, pero que ha adquirido un importante auge en las últimas décadas dentro de diversas disciplinas científicas, especialmente en el caso de la psicología clínica. Consecuencia de todo ello es que algunas instituciones han acabado orientando buena parte de su labor al desarrollo de programas cuya finalidad es la de contribuir a conseguir mejoras tanto físicas como psíquicas en pacientes aquejados de muy diferentes dolencias, así como la de acelerar y favorecer su reinserción social. Cada vez es más frecuente que la conocida como Terapia Asistida por Animales de Compañía (TAAC) forme parte de programas oficiales, y sea de gran ayuda en realidades como el Síndrome de Down, enfermedad de Alzheimer, o determinados cuadros de autismo. De la misma forma, parece que se han mostrado como importantes elementos de apoyo a la hora de paliar episodios de ansiedad en ancianos solitarios, reclusos o menores en proceso de reeducación. En estos dos últimos casos, se trata de reforzar la autoestima y el sentido de la responsabilidad, constatándose una mejora en las relaciones entre internos y de estos con los educadores.

La presencia de animales de compañía (generalmente perros, pero también gatos) en residencias de la tercera edad dota a la vida cotidiana de sus residentes de un mayor sentido, disminuye su estrés y alivia los procesos depresivos propios de esta periodo vital. Además, los animales actúan como hilo conductor en las relaciones sociales, y constituyen un elemento clave a la hora de ampliar sus círculos de amistades. La incorporación de determinados animales en programas para niños con disfunciones comportamentales es frecuente, actuando como catalizadores, y son de gran ayuda a la hora de la diagnosis.

Pero, con todo –e independientemente de los indudables beneficios, que los hay–, el uso de determinados animales en situaciones como las descritas expone para una ideología como la animalista una situación que, cuando menos, plantea una serie de dilemas éticos que deben ser abordados con objetividad y al mismo tiempo con grandes dosis de prudencia. En dicho contexto, parece claro que los animales son empleados como meros recursos a nuestra disposición, y ello los reduce a simples objetos que los humanos –por causas más relacionadas con nuestra naturaleza egoísta que con argumentos sólidos– deseamos tener a nuestra disposición en todo momento. Por otra parte, debería apreciarse con facilidad que en determinadas ocasiones ambas partes (animal y humana) puedan verse beneficiadas de estas realidades. En tales casos, ¿cómo emitir un juicio crítico? Muchos creemos que, aportando la debida honestidad moral por nuestra parte, determinadas iniciativas no merecen sino elogio. Si todos ganan, se trata sin duda de una situación óptima.

La realidad se nos muestra sin embargo algo menos glamurosa que la que nos quieren vender desde los sectores interesados económica y publicitariamente en la existencia de la zooterapia. La utilización de animales como elementos terapéuticos en centros penitenciarios puede ser un buen ejemplo. No conseguir “el éxito deseado” quizá signifique algo tan sencillo como que los reclusos consideraron el programa una cursilería, y que estamparon a los cachorros contra la pared para hacérselo saber a los monitores. Todos los logros conseguidos con un niño autista pueden quedar truncados cuando, en una inocente expresión de cariño hacia su nuevo amigo, acabe partiéndole la columna al conejo con el que tan estrecha relación mantenía, y que será sustituido rápidamente por otro, para no echar por tierra los buenos resultados del programa. Los rimbombantes reportajes sobre la materia que nos regalan las revistas dominicales no suelen aportar datos sobre qué sucede con los animales “adoptados” por una comunidad de ancianos cuando la residencia echa el cierre por motivos económicos, o en qué situación quedan si se traslada a un lugar mejor, en el caso de las familias de gatos a los que cuidan y alimentan. Durante la tradicional visita al zoológico o al circo, a los niños con problemas no se les explica que, en realidad, se trata de prisioneros sin culpa alguna, a los que se aplican castigos físicos dolorosos –y otros métodos psicológicos más sutiles, peri igualmente perniciosos– para conseguir el comportamiento deseado sobre la pista. En un plano educativo, ofrecer una versión edulcorada de esta brutal realidad constituye un verdadero fraude didáctico. Estoy seguro de que pocos entre quienes lean este artículo han pensado alguna vez en el futuro que les aguarda a los perros lazarillo ancianos que por ello ya no pueden aportar a su tutor las prestaciones para las que le fue cedido, tras toda una vida de frustraciones y aburrimiento.

Pero retomemos de nuevo la cara amable del tema (que la tiene, como quedó dicho), y reconozcamos todas aquellas situaciones de las que ambas partes puedan salir beneficiadas. Per se, el uso de animales como agentes terapéuticos no debería merecer especiales condenas, sino más bien lo contrario. En cualquier caso, España está aún muy lejos de esas sociedades donde se permiten las visitas de nuestro compañero perro a la habitación del hospital, o de otras en las que los programas para la adopción de animales por parte de personas mayores incluye la garantía de que nuestro compañero gato será a su vez adoptado por otro tutor si desaparecemos antes que él.

Por otra parte, no debemos olvidar que nosotros somos también elementos terapéuticos para los animales: paliamos su angustia, les rescatamos del corredor de la muerte para ofrecerles una vida plena, o los incluimos en nuestros planes lúdicos como lo que realmente son: uno más de la familia.

 

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PALOMAS, PALOMITAS...

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Por KEPA TAMAMES

 

Las aves generan sentimientos contradictorios en los seres humanos. Por un lado, recurrimos a ellas a través de metáforas e incluso las convertimos en iconos a la hora de transmitir algunos de los valores que más apreciamos, como la libertad o la paz. Por otro, las aniquilamos en masa a través ciertas prácticas deportivas, o las sometemos a la más cruel de las esclavitudes para obtener algunos de sus “productos”. Ello no es sino una clara muestra del desequilibrio moral con que la comunidad humana percibe a los animales con los que comparte planeta. En efecto, mientras algunas especies gozan de la protección legal y la estima general de la sociedad, no mostramos hacia otras el más elemental respeto, por lo que las reducimos a simples objetos de consumo en multitud de campos. Por lo que a las aves respecta, un ejemplo que ilustra de forma drámatica esta realidad lo encontramos en las palomas urbanas, consideradas auténtica “peste” por las administraciones y aun por muchos ciudadanos.

Cada año, cientos de miles de palomas urbanas son capturadas y exterminadas por los ayuntamientos españoles. En realidad, y aunque la razón oficial sea la del “control poblacional”, todo apunta a que se trata de una medida irracional, que a medio plazo no soluciona nada, dado que a los pocos meses del descaste la densidad de aves recupera su nivel. Muchas de estas políticas parten de estudios obsoletos (a veces confeccionados décadas atrás), que no tienen en cuenta factores como el ratio entre hembras y machos, o el porcentaje de animales enfermos. La actuación municipal se limita a matar varios miles y punto; y lo hace capturando sin demasiados miramientos a las víctimas, para luego gasearlas por grupos en dependencias municipales.

Toda esta locura se pone en marcha por las denuncias de los vecinos (de unos muy concretos, que además son los mismos que se quejan por otras muchas situaciones (¿quejicas patológicos?), molestos por la suciedad que los animales generan… ¡como si precisamente los humanos pudiéramos presumir de ser una especie pulcra! Resulta difícil no ver en esta actuación municipal una especie de “tributo político” a ese pequeño sector ciudadano quisquilloso con casi todo. De esta forma, las administraciones locales se blindan ante la ciudadanía con el argumento simplista de “nosotros ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos; no nos exijan más”.

Algunas urbes ya han probado sistemas no traumáticos para el control de aves con suficiente éxito, mientras que en nuestro ámbito geográfico se siguen obviando estas y otras iniciativas humanitarias. Todo ello convierte a la eliminación física de palomas en un crimen execrable.

Pero hay un aspecto especialmente preocupante si de doble moral hablamos, pues mientras las perseguimos con saña inusitada, continuamos recurriendo a ellas como símbolo de concordia y de buenos deseos en actos reivindicativos, y las “liberamos” emocionados de las cajas donde han pasado horas apretujadas, sin siquiera pensar que también ellas merecerían ser destinatarias de nuestra consideración, y que por lo tanto deberíamos dejarlas en paz y tratar de resolver los conflictos entre humanos por nuestra cuenta y riesgo, sin necesidad de involucrar a terceros.

Es poco conocido el hecho de que las palomas se emparejan de por vida (son, en efecto, monógamas), y que, en consecuencia, la muerte de uno de los miembros deja en estado de viudedad al otro. Sí, descojónense si eso les relaja, pero la pérdida de la pareja sentimental es una putada para todo el mundo, y no solo para los humanos. Quién sabe si los ancianos que las alimentan en parques y plazas lo saben por experiencia propia y hay en su comportamiento algo de emociones no contadas…

Conozco gente que curó en su momento una paloma herida y acabó formando parte de la familia durante más de veinte años. Gente que las libera de las jaulas destinadas a la cámara de gas. Gente que devolvió al pichón desubicado a su cornisa y vio cómo durante semanas los padres lo alimentaron con primor y dedicación, hasta que echó el vuelo. Gente que se organiza y las defiende.

No albergo duda alguna sobre el hecho de que el crimen que cometemos con las palomas urbanas es por completo desproporcionado, un castigo del todo injusto por una cagadita en la chaqueta. Aunque sea el día de tu boda.

 

[*] Publiqué este artículo en AllegraMag (sección BICHOS).

 

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EL LOBO QUE CAMBIÓ AMÉRICA

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Por KEPA TAMAMES

 

Corre la última década del siglo XIX en la vieja América de la conquista agrícola y ganadera. La caza de búfalos y otras especies se extiende por doquier, y se ha convertido de hecho en una práctica obsesiva y criminal. Ello priva de alimento a los lobos; a ellos, legítimos y ancestrales moradores de aquellas vastas tierras.

Lobo es el líder de una manada que ataca al ganado para sobrevivir, atemorizando a los colonos de Nuevo Méjico, quienes, como buenos creyentes católicos, se ven a sí mismos como dueños y señores de todo cuanto pisan, que para eso Dios dejó claro, negro sobre blanco, que nos cede en usufructo vitalicio Todo Su Santo Monte. La historia de Lobo es también la historia de Ernest Thompson Seton, cazador profesional de origen inglés. Contratado por un puñado de dólares, se dirige al desierto con el único fin de acabar con Lobo. El experto mercenario rastrea sus huellas, le coloca toda suerte de cepos y comida envenenada, pero el animal demuestra una sorprendente habilidad para sortear los engaños mortíferos que coloca Ernest a su paso. El “enfrentamiento” entre ambos dura meses. No pasa mucho tiempo antes de que el cazador observe que las huellas de Lobo siguen a otras algo más pequeñas. Es una hembra, su compañera, a la que bautiza como Blanca. Es época de celo, y ambos son en ese momento pareja de hecho. Es entonces cuando en la mente del cazador germina una brillante idea: si no puede capturar directamente a Lobo, atrapará a su novia. Elige un estrecho cañón por donde sabe que suelen pasar ambos, y coloca un suculento cebo: el esqueleto de una vaca. Al día siguiente, Seton descubre con alborozo el éxito de su estrategia: Blanca ha caído y se retuerce intentando huir de la mandíbula de acero. Lobo permanece a su lado, como el fiel partenaire que es. Al vislumbrar al hombre, no le queda otra alternativa que huir para salvar su vida. Seton mata a Blanca de un disparo.

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El cazador apenas puede pegar ojo durante esa noche, desvelado por los desgarradores aullidos de Lobo llamando a Blanca. Pero el objetivo final del cazador sigue intacto. Durante los siguientes días, Lobo merodea su cabaña, en la creencia de que él la mantiene cautiva. Seton coloca entonces alrededor numerosas trampas impregnadas del olor de Blanca. Al amanecer descubre que algunos de los cepos han desaparecido, y que allí ha estado Lobo. Sigue el rastro, y descubre a su viejo enemigo inmovilizado en el suelo con una trampa en cada pata. En apenas unos segundos arma el guión en su cabeza: Lobo, en su incursión nocturna, fue cayendo en cada uno de los cepos, que olían a su añorada compañera. Algo oprime entonces el pecho del cazador –con toda seguridad, eso que desde antiguo llamamos remordimiento–. El objetivo de los últimos meses se encuentra allí, a unos escasos metros, a su completa merced, abatido de dolor, aunque no acertaría a asegurar en ese preciso momento si es mayor el que le ocasionan los artilugios metálicos o el recuerdo de Blanca. Desde el principio tuvo claro que disfrutaría sobremanera ante un Lobo derrotado. Pero algo no funciona según lo previsto por su mecanismo emocional. Lejos de percibir ante sus ojos a un asesino despiadado, observa a un animal leal y tocado por el afecto, un ser que fue capaz de permanecer al lado de su amada y de acercarse a la cabaña de un humano esperando recuperarla. Le miró fijamente a los ojos, y se le heló el alma al no verse correspondido. El hombre, consternado por sus propios sentimientos, decide en ese mismo momento que se llevará con él a Lobo, a pesar de su lamentable estado, esperando que se recupere de las heridas y tenga así una “segunda oportunidad”. Contó después que el animal ni se resistió, que tenía la mirada clavada en la inmensa planicie, en las montañas donde un día reinó y amó. Lobo murió al día siguiente. Y sí: Seton reunió a ambos y los enterró juntos.  

Hasta en el alma del más aguerrido trampero anida un hálito de compasión, y cabe pensar que en el alma de Ernest Thompson Seton debía de haber una generosa dosis, pues aquella experiencia le marcó de tal manera que al poco abandonó su profesión para dedicarse desde entonces a defender la Naturaleza y a sus moradores: también a los lobos. El ciudadano Seton acabó alcanzando fama mundial tras publicar en 1899 su libro Wild Animals I Have Known (Animales Salvajes Que Conocí), donde, obviamente, relata la historia de Lobo y Blanca. Ecologista prematuro, aprovechó su fama para defender el medio natural americano, a pesar de lo cual la caza de lobos continuó hasta su práctica desaparición. Pero sin duda sembró la semilla necesaria para que las cosas cambiasen. Colaboró de facto en la creación del movimiento Boy Scout, del que acabó alejándose tras apreciar su excesivo belicismo durante la Primera Guerra Mundial. Seton trató de recuperar a través de sus libros el respeto que los indios profesaban hacia los animales en general, aquellos pieles rojas que cazaban para sobrevivir (como los mismos lobos), pero a quienes sus víctimas les merecían un reverencial respeto, al punto de solicitarles el perdón a través de distintos ritos tras de cada jornada cinegética.

En las fotos aparecen los reales protagonistas de esta poderosa historia. Fueron tomadas por el propio cazador poco antes de que su corazón se transformara definitivamente y lo modelase hasta convertirlo en un verdadero ser humano.

 

DOCUMENTAL

 

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POR LOS CERDOS

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Por KEPA TAMAMES


Con frecuencia se nos pregunta –a quienes militamos en organizaciones proteccionistas– por qué los humanos admitimos que deben tratarse con respeto a unos animales mientras no sentimos la más elemental compasión por otros. Parece claro que tal actitud obedece a la “categoría” que les hemos asignado a lo largo de nuestra historia ética, el estatuto moral del que gozan, o habría que decir en este caso “que sufren”. Así, pocos de nosotros justificamos los malos tratos a los perros, a las ballenas o a las aves rapaces. Los primeros portan desde tiempo inmemorial la etiqueta de “amigos”, las segundas se han acabado convirtiendo en un icono conservacionista, y las últimas pasaron de ser alimañas (por cuya captura la administración pagaba una recompensa hasta no hace tantos lustros) a animales con valor ecológico a los que no se puede molestar bajo ningún concepto. En consecuencia, vemos que algunas especies siempre nos han merecido una cierta consideración, y que con otras se ha conseguido tras una ardua tarea educacional.

Por desgracia para ellos, una generosa mayoría de los animales a los que obligamos a vivir en nuestro entorno no pertenecen a ninguna de estas dos categorías, y por ello siguen cargando con el estigma de “animales-recurso”, a raíz de lo cual se les niega cualquier tipo de derecho básico, como son los concernientes a la vida y a la integridad tanto física como emocional. Y, en dicho plano, los cerdos desempeñan el citado papel como pocos.

Estamos, en efecto, ante un ser que no despierta apenas simpatías, una y mil veces satanizado, y ridiculizado hasta el hastío. En tal grado todo ello, además, que su sola defensa provoca desconcierto, mofa y hasta indignación (quizá por este orden). Sin embargo, cualquiera de las docenas de miles de cerdos que electrocutamos cada día tras haberles condenado a una vida miserable podría haber sido un perfecto compañero de juego si se le hubiera dado esa oportunidad, tal y como hacemos con nuestros perros y gatos. Aunque a muchas de las personas que leen esto pueda parecerles extravagante, a los cochinos les encanta que les rasquen la panza, como a cualquier hijo de vecino, corretear por un prado persiguiendo olores, o tumbarse a descansar a la sombra, al sol, o básicamente donde les salga del hocico, que para eso tienen la misma capacidad de elegir entre diferentes opciones, igual que usted y que yo mismo. Pues sí, resulta que los “despreciados” cerdos son tan animales, tan vertebrados y tan mamíferos como cualquiera de nosotros, con idénticas terminaciones nerviosas y similar interés en no ser agredidos. Sorprendente, ¿verdad? En realidad, no debería serlo tanto; a no ser que, por el peregrino hecho de ser cerdo en lugar de político (les aseguro que no he querido hacer con ello ningún chiste fácil) nos creamos legitimados para considerarlos enseres insensibles en lugar de individuos con intereses propios. Si alguien sufre de manera gratuita, no hay excusa para volver la cara y dejarlo en manos de su verdugo, independientemente de la especie biológica a la que pertenezca dicha víctima.

Lo que hacemos a diario con los cerdos (encerrándolos de por vida en pocilgas infectas, no permitiéndoles siquiera que se relacionen entre ellos, frustrando a perpetuidad todas sus necesidades físicas y afectivas, o tratándolos como simples masas de carne sin ningún valor que no sea el económico) constituye uno más de los crímenes abyectos que la sociedad humana comete a diario con los [demás] animales. Es –digámoslo claramente– un acto de agresión institucionalizada en el que la mayoría de la sociedad participamos en algún grado. En tal sentido, resulta preocupante (y al mismo tiempo ilustrativa) la autocomplacencia de mucha gente, satisfecha consigo misma por condenar la violencia doméstica (malos tratos en el entorno afectivo), política (terrorismo) o cultural (racismo, homofobia), mientras admiten impasibles la más atroz de las violencias que existe en nuestra sociedad: la que ejercemos sobre los animales.

Al admitir con total naturalidad los cuerpos inertes –cuarteados o íntegros, según casos– en los comercios del ramo de individuos cuyo único “delito” fue nacer cerdo en lugar de lince ibérico, no hacemos otra cosa que poner en práctica la forma de discriminación más devastadora que hemos inventado: el especismo.

 

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BONARILLO: OTRA EJECUCIÓN SUMARIA

 

Por KEPA TAMAMES

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■ Una entidad animalista solicita al alcalde de Benavente (Zamora) que indulte a Bonarillo, el Toro Enmaromado 2014. La prensa local recoge la noticia y abre una encuesta… ¡y una mayoría entre quienes votan optan por la compasión! ¿Está cambiando algo en la [rocosa] mentalidad española?

■ Los espectáculos basados en el acoso público a animales inocentes generan ciertas preguntas inquietantes: ¿Qué clase de educación estamos dando a nuestros niños? ¿Merecen sus ejecutores atención sanitaria (pagada por todos) cuando “pierden” una lid que solo ellos promovieron?

 

Decididos de antemano lugar y fecha, solo faltaba por concretar la víctima propiciatoria. Ya se sabe que Bonarillo será acosado por las calles de Benavente (Zamora) el próximo miércoles 18 de junio, y ejecutado después con pulcra legalidad en el matadero local. Como antes lo fueron Cortador, Dibujante o Manzanero. Sus acólitos defienden la tradición (¿quién duda de que en efecto lo es?) con el recurrente argumento de que al toro no se le mata en la vía pública –como sí sucede en otros lugares patrios–; de que no se le “agrede”; de que, en consecuencia, “se le respeta”. Porque algunos se han empeñado en detectar la agresión y la violencia únicamente en el castigo físico, lacerante y cruento. Como si separar a un mamífero de su familia, trasladarlo a un escenario desconocido y soltarlo ante el gentío vociferante no fuera una agresión en toda regla. Pero no nos engañemos: se trata de los mismos que acuden raudos y quejicas al cuartel de la Guardia Civil a denunciar el robo de su cartera (quizá no tanto por la documentación y el dinero cuanto por la foto firmada del Ronaldo ese), o al administrador del bloque en cuanto aparece una pintada sobre su buzón, el consabido hijoputa con rotulador indeleble. Mucho me temo que hablamos de los mismos que no aceptarían que el tipo del tricornio les espetase entonces que “al fin y al cabo, no hay agresión física por medio”, y que “robos y gamberradas pictóricas las ha habido siempre, por lo que bien pueden considerarse `costumbres ancestrales´”. Los mismos que no reservan la menor pega a las clásicas corridas, ni regalan crítica alguna al Toro de la Vega, tan cercano en lo geográfico y en lo moral. Y no lo hacen porque en realidad sus “argumentos” son apenas groseros disfraces de “excusas”, o diríamos más bien “coartadas”. De hecho, ni siquiera es cierto eso de que al animal, por defecto, no lo ejecutan in situ y ante una turbamulta de espectadores, muchos de ellos niños (ahora voy con ello). A veces pasa. Le sucedió a Manzanero, por ejemplo, hace tres años, cuando misteriosamente se rompió la maroma nada más salir del chiquero. Apareció ante las cámaras con el horror marcado a fuego en sus ojitos de cristal, y tuvieron que amarrarlo a lo bruto al primer ejemplar de mobiliario urbano que encontraron: una farola. Hasta la presentadora de cierto informativo oficial reconocía en directo la cara de sufrimiento del pobre animal. A la hora del matarile tuvieron la delicadeza, eso sí, de montar a su alrededor un “cordón estético” de plástico azul, en lo más parecido a una morgue improvisada y cutre. ¡Dios mío, qué santísimo país el que nos ha tocado en desgracia! Por eso quiero dejar aquí un par de reflexiones ajenas al hecho en sí de la letal agresión a Bonarillo y compañía; porque uno está ya un poco fatigado de la matraca de la crueldad, de la injusticia y de la barbarie que acompañan a ciertos espectáculos. Si de verdad portamos en los genes un ápice de la célebre racionalidad, eso se da por supuesto.

REFLEXIÓN PRIMERA. Los niños de Benavente esperan ansiosos año tras año la emocionante fiesta del Toro Enmaromado, y todo establecimiento que se precie exhibe orgulloso en el escaparate la fotografía del morlaco de turno, posando desconcertado para la posteridad, presidida la imagen por su poético nombre y el de la ganadería. Imagino a los niños de Benavente dibujando en clase tambaleantes borreguitos y gatos jugando con ovillos de lana. Muchos habrán garabateado ya a Bonarillo como regalo a mamá en su festejado Día. Y quizá haya asado esta un cordero para el clan, y el pequeño se chupará los dedos sin establecer el menor vínculo entre plato y dibujo. Y acabarán pareciéndose a sus mayores, incapaces por igual aquellos de vincular maroma y sufrimiento. Los niños de Benavente asisten emocionados a una clase práctica, e incluso viste uno camiseta solidaria a favor de un tal Iván, seguramente otro pequeño de su edad al que golpeó la vida con una de esas malditas enfermedades raras. Debería considerarse crueldad hacia los niños según qué modelos educativos.  

REFLEXIÓN SEGUNDA. Los heridos por las [razonables] embestidas del toro se evacúan de inmediato en la consabida ambulancia. Y me pregunto yo ahora por qué no rechazan amables tal ayuda, mostrando con ello la valentía que se supone a todo amante de semejantes festejos. ¡Que exijan ellos mismos ser dejados junto a la talanquera, con la camisa desgarrada y quizá un boquete en el costado, por ver si en el cara a cara con Bonarillo triunfan o fracasan! Ni aun así quedaría justificada tamaña agresión, unilateral y gratuita, pero al menos se mostraría el escenario coherente con el pelaje moral de sus promotores. ¡Que al susodicho paisano le abandonen allí, con la cabeza abierta y en pleno vahído, a su suerte, como de hecho dejarán a su suerte poco después a Bonarillo en su dictaminado final, solo que a este le espera el matarife en su puesto de trabajo: nada que ver! Entiendo que, como mínimo, los gastos sanitarios ocasionados por la atención a los heridos deberían serles exigidos a estos –y a tocateja–, pues nadie les obligó a estar allí en tan particular jornada. Se me abren las carnes solo de pensar que algunos conciudadanos deben esperar meses a ser operados (si llegan), mientras otros son atendidos de inmediato para reparar las heridas de una batalla a la que fueron por necedad propia.

Una entidad animalista solicitó formalmente al alcalde el indulto de Bonarillo, y explicaba en su carta que “indulto” no es desde luego la expresión adecuada, pues el animal, que se sepa, no ha cometido falta alguna como para que se le conceda el perdón. Hasta el momento, la contestación brilla por su ausencia. Pero a la prensa local se le ocurrió la brillante idea de una encuesta… ¡y hete aquí que la mayoría de los votantes se decanta por la piedad! ¡Sorpresas te da la vida!

Bonarillo, el Toro Enmaromado de Benavente, como cualquier vaquilla anónima de la más mísera alquería ibérica, engrosa ya, cuando acaso todavía disfruta de sus encinas y de sus amigos de manada, la sórdida lista de lo que bien podrían denominarse Crímenes de Lesa Animalidad. Porque a ver si nos vamos enterando de que el sufrimiento es siempre sufrimiento, sea este vacuno, felino o humano, y de que su mera indeseabilidad por parte de la víctima debería ser el principal y único criterio que guíe nuestra conducta.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

 

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PONTE EN SU LUGAR, "NO" EN SU PIEL

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Por KEPA TAMAMES

 

La explotación y matanza de animales para obtener su piel es cada vez más conocida por el gran público, gracias a las constantes campañas llevadas a cabo por las diferentes organizaciones proteccionistas, y está siendo en consecuencia cuestionada por una parte significativa de la sociedad, en especial el apartado que hace referencia a la llamada industria de la “peletería de lujo”. A pesar de ello, no sería justo dar la espalda a otras realidades como el negocio del cuero o de la lana, ni desde luego las que explotan a animales hacia los que tenemos una escasa empatía, como es el caso de los reptiles. Pero, ¿cuál es la realidad de toda esta industria y cuáles sus consecuencias para millones de víctimas? Este artículo trata de ofrecer una visión aproximativa y descarnada de la trastienda de una industria infame, que en ocasiones se dota de una propaganda tan interesada como falsa para distorsionar la realidad y dulcificarla con vistas a tranquilizar las conciencias de los consumidores y obtener así los mayores beneficios posibles, sin tener en cuenta los padecimientos de zorros, visones, terneros, ovejas, cocodrilos, armiños, y un sinfín de animales a los que se despoja de su abrigo natural para confeccionar prendas de las que podríamos prescindir si tan solo pusiéramos un poco de interés en colocarnos en su lugar, aplicando un elemental ejercicio de empatía. De ahí el título: “Ponte en su lugar, NO en su piel”.


La industria peletera, un negocio inmoral

Hubo un tiempo en el que resultaba imprescindible causar daño a los animales para obtener algunas cosas de ellos, entre otras su piel. Se trataba de un mero ejercicio de autodefensa. Pero son épocas ya muy lejanas, que nos retrotraen a escenas prehistóricas. Nuestro sentido de la ética debería habernos hecho entender que vestir la piel de otros pertenece a capítulos superados de nuestra historia evolutiva. Sin embargo, el egoísmo propio de nuestra especie aflora de nuevo para hacer de la industria peletera un negocio que solo consigue satisfacer la vanidad de las personas que visten el producto final. La industria de las llamadas “pieles de lujo” está concebida para obtener la epidermis de los animales explotados, objeto de gran valor en el mercado de las vanidades.

Los animales que nutren la demanda provienen principalmente de dos fuentes: o bien del entorno natural, o bien de granjas específicamente diseñadas para su manejo y sacrificio. A pesar de que la propaganda peletera muestra especial interés en que la gente crea que ya no se capturan animales en libertad, lo cierto es que cada año varios millones de ellos caen en trampas de todo tipo, que por supuesto les provocan atroces sufrimientos. Hasta no hace muchos años, la piel proveniente de este tipo de capturas engrosaba una buena parte del mercado, con lo que, siguiendo una lógica mercantilista, a nadie le resulta fácil perder tan suculento negocio. Es por ello que siempre se encuentran las vías adecuadas para introducir en el circuito grandes partidas de pieles cuyos legítimos dueños vivían en libertad. La existencia de estos seres cambia para siempre en el momento en que tienen la fatalidad de pisar la trampa. El susto inicial apenas dura un segundo, para dar paso a un insoportable dolor físico. La reacción natural es tratar de zafarse inmediatamente del endemoniado objeto (sea este un lazo de cuerda o un cepo metálico), que comienza a rasgar la piel y los músculos de la zona afectada. La infructuosa lucha dura por lo general horas, y el hecho de que los animales no consigan entender qué les sucede no hace sino aportar una cuota de sufrimiento psicológico añadido. La respuesta de la víctima puede observar ciertas diferencias en función de la especie, pero, por lo general, llega un momento en que los animales se abandonan a su suerte, entrando en lo que científicamente se denomina "síndrome de claudicación". Aunque el sufrimiento sea extremo, poco más pueden hacer. O tal vez sí. Comenzar a roer su propio miembro hasta seccionarlo, liberándose así de la trampa. Las heridas provocadas son tan severas que lo más probable es que se produzca una necrosis, con la consiguiente infección y muerte. El proceso dura semanas, y en realidad convierte los últimos días del pobre animal en una lenta y dolorosa agonía. Aquellos que consiguen sobrevivir a semejante trauma se convierten en discapacitados y quedan permanentemente en inferioridad de condiciones respecto a sus competidores, con un futuro muy poco halagüeño. Y a quienes no consiguen quitarse el cepo o el lazo, lo mejor que les puede suceder es que el trampero aparezca cuanto antes y acabe con él. Lo malo es que esto puede suceder hasta varios días después del chasquido inicial. El objetivo último del operario es claro: no dañar la piel. En consecuencia, utilizará cualquier método para que el "material" quede intacto: apalear su cabeza o ponerse encima para ahogarlo puede no ser muy estético, pero funciona. El sufrimiento que se inflija al animal carece de importancia. A toda esta locura deben añadirse ciertos "efectos colaterales", como la destrucción de familias (muchos animales se emparejan para toda la vida) o la muerte por inanición de los cachorros que puedan depender en esa época de los padres.

 

La “piel ecológica”, un engaño propagandístico

Bajo la etiqueta de "piel ecológica" (es la que se usa para denominar a la que procede de animales criados en cautividad) se esconde un cruel engaño a los consumidores, a quienes se transmite la idea de que mientras el producto no provenga de animales silvestres –y en consecuencia no contribuya al desequilibrio del medio y a la desaparición de especies–, el comercio es moralmente legítimo. Pero si mucha gente conociera las condiciones de vida que tienen que soportar los inquilinos de las granjas de producción, tal vez se lo pensarían dos veces antes de adquirir una prenda de vestir o un complemento estético. La cruda realidad es que la piel "ecológica" deja tras de sí una cantidad de sufrimiento notablemente superior a la que podríamos denominar "silvestre", por la sencilla razón de que los animales estabulados deben soportar durante toda su vida una explotación extrema.

Una fórmula eficaz para evaluar tal situación consiste en comparar su vida en libertad y la que se les ofrece en su eterno encierro. Así, mientras en su medio natural suelen recorrer grandes distancias, en las granjas su territorio se limita a una jaula infecta que tienen que compartir con otros compañeros. El carácter solitario de algunas especies hace que el hecho de tener que convivir constantemente con otros individuos suponga para ellos una tortura añadida. Las especies ligadas al medio acuático jamás tienen acceso a nada que se parezca a una charca o a un río, y están condenadas a temperaturas extremas tanto en verano como en invierno. Ni que decir tiene que en libertad este tipo de contratiempos son fácilmente solventados guareciéndose en sus madrigueras o buscando zonas climáticas más benévolas. Nada de esto es posible en cautiverio. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los animales silvestres son por lo general muy asustadizos, pero que en los barracones no tienen posibilidad alguna de huir de aquellos a los que consideran enemigos. Pensemos también en su morfología. Por ejemplo, las patas están adaptadas al medio en el que desarrollan su vida natural, pero en la jaula el suelo es de rejilla, para que las heces caigan directamente fuera de ella, facilitando así la labor de los operarios. Las patas se llagan y se infectan, pero por lo general la hora del sacrificio llega antes que la muerte por gangrena, por lo que no reciben ningún tipo de cuidado. El negocio es el negocio. Se trata además de animales carnívoros, que capturan a sus presas, mientras que en cautividad reciben una alimentación basada en papillas, lo que les provoca constantes diarreas y trastornos digestivos. Pero lo que importa es el producto final, la piel, y para ello el último paso es el sacrificio. Este episodio, como no podía ser de otra forma, se convierte en una chapucera brutalidad. Los métodos utilizados tienden siempre a no dañar la piel, por lo que estos desdichados animales acaban sus vidas en una cámara de gas (en realidad, una cutre instalación cerrada a la que se conecta el motor de un coche en marcha), electrocutados, o simplemente estrangulados. En una situación de violencia tan extrema, resulta comprensible que las víctimas intenten de escapar o zafarse de sus torturadores, por lo que éstos prefieren evitar ser mordidos manipulándolos sin ningún tipo de consideración ni cuidado. Desde la óptica del empresario, no tiene sentido ralentizar el proceso si ello significa pérdidas económicas. Todo vale en la industria de la peletería de lujo. Incluso la manipulación genética para obtener animales con mayor superficie de piel, patas más cortas, aunque sea a costa de que apenas pueda andar y sean casi ciegos.

Cualquiera de las circunstancias aquí relatadas constituiría por sí sola una importante contrariedad para sus víctimas, y haría que su bienestar se resintiera de forma notable. Pensemos por lo tanto en las consecuencias de todos estos hechos juntos. La conclusión no puede ser otra que la de que sus vidas se convierten así en una miserable experiencia.



Cuero, lana, marroquinería…

Cuando desde el discurso animalista se hace referencia a la industria de las pieles, por lo general se entiende que se trata del negocio de las llamadas "pieles finas" (o "de lujo"), es decir, aquellas cuya adquisición responde más a un consumo caprichoso que a verdaderas necesidades de primer orden, como puede ser el hecho en sí de proteger nuestros cuerpos con prendas de abrigo. Sin embargo, parece claro que la piel de los terneros y de las cabras –o la lana de las ovejas– tiene para ellos la misma función que para visones o armiños, por lo que resulta en principio plausible la postura de quienes rehúsan utilizar todo tipo de prendas de origen animal. Siendo así, tampoco debemos olvidar que, en el caso de las pieles que provienen del matadero, el factor limitante no es tanto la piel (considerada como un subproducto cuyo valor económico supone aproximadamente un 15% del total) sino el boicot a la carne. La verdad es que bien podríamos prescindir de no pocas de las prendas de cuero que de las que habitualmente hacemos uso, como cazadoras, cinturones o bolsos. Incluso en el aparentemente difícil apartado del calzado empiezan a aparecer interesantes artículos fabricados con materia prima sintética de buena calidad.

Por otro lado, mucha gente piensa aún que no hay nada de malo en la lana, dado que para su obtención no se sacrifica al animal. La realidad es bien distinta, puesto que el proceso de esquilado se realiza sin ningún tipo de cuidado, con lo que no es raro que muchas veces se produzcan heridas e incluso el corte de los pezones, provocando severas heridas que desde luego nadie se ocupará de tratar adecuadamente, porque ello implica el empleo de recursos humanos y por lo tanto económicos. También aquí, y desde un punto de vista de la rentabilidad del negocio, resulta más rentable que algunos ejemplares mueran por infección que prestarles atención veterinaria.

Mención especial merece el mercado de las “otras pieles”, entre las que se incluyen las de cualquier animal susceptible de rentabilidad comercial. Así, en los comercios de nuestras ciudades pueden verse objetos confeccionados con piel de avestruz o de distintas especies de reptiles. En el caso de estos últimos la crueldad es aún mayor, por la propia naturaleza de los animales, que no son capaces de transmitirnos sus emociones con la misma eficacia que los zorros o las chinchillas. Ello convierte a la operación de sacrificio y despellejado en un escenario dantesco. Casi sin excepción, se desprende la piel de sus cuerpos mientras permanecen vivos y perfectamente conscientes y acaban muriendo por shock traumático.

Pensemos ahora en las cifras, pues se trata de un apartado simplemente escalofriante. Es obvio que para la confección de la mayoría de las prendas de vestir no basta con un solo animal. Dado que de toda la superficie corporal únicamente se aprovechan algunas partes, la realidad es que son muchos los individuos que se necesitan para obtener una sola de las prendas que se exponen en los escaparates de las tiendas. Dependiendo de la especie, pueden ser necesarios hasta varios cientos de animales (seres sintientes, individuales, únicos e irrepetibles) para un abrigo. Si la vida y el bienestar de uno solo de estos animales es en sí valiosa para él, imaginemos lo que significa la muerte y el dolor para los varios cientos de millones de animales que mueren cada año a causa de la demanda social de la piel.


¿Qué podemos hacer?

Debemos ser conscientes de que las situaciones aquí denunciadas no se producen porque sí, sino que responden a una demanda social. Es esta la que desencadena todo el proceso, por lo que si queremos contribuir a erradicar cualquier realidad que afecte a animales inocentes, es imprescindible que la gente se implique y adquiera un mínimo compromiso. Cada cual elegirá el grado y la manera de involucrarse en el mismo. Es evidente que hay determinadas prendas que no solo resultan superfluas sino que además alcanzan elevadísimos precios, por lo que lo más razonable es empezar por rehusar su compra. Se trata de todos aquellos productos que tienen como fin último la obtención de la piel del animal: la llamada alta peletería. En realidad, cualquier grado de compromiso beneficia a los animales implicados. Por eso deberíamos plantearnos en serio si queremos seguir contribuyendo con nuestro dinero a convertir la vida de millones de seres sensibles en una experiencia miserable, o asumir nuestra responsabilidad ética y optar por un consumo más solidario. Conviene no olvidar que en nuestras manos está ser parte del problema o parte de la solución.

 

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RAPTADOS DEL PARAÍSO

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Por KEPA TAMAMES

 

Tan sólo durante las últimas décadas (pongamos medio siglo) la movilidad de especies silvestres ha sido muy superior a la que ha tenido lugar en los anteriores dos millones de años. Animales que durante milenios han ocupado selvas, océanos y desiertos, viven hoy en salas de estar, cocinas, terrazas de apartamentos o discotecas. La razón es muy simple: la comunidad humana del mundo industrializado ha convertido la compraventa de animales exóticos en un negocio con extraordinarios beneficios, que tiene además el dudoso honor de encabezar la lista de las actividades delictivas más rentables, solo superado por el comercio de armas, de drogas y de personas. En realidad, esta transacción zoológica a gran escala responde a la lógica consumista que todo lo condiciona en una sociedad mercantilista como la que hemos creado, unido al hecho de que hoy los animales no humanos siguen teniendo el status de propiedad, de simples objetos de intercambio. Las tiendas especializadas del mundo rico se han convertido en un inmenso bazar donde es posible adquirir casi cualquier tipo de animal. Existe un auténtico `servicio a la carta´, siendo también la oferta publicitaria la que crea tendencias y modas. Si bien es cierto que estamos ante el conocido fenómeno de la oferta y la demanda, debe hacerse la salvedad de que, en el caso que nos ocupa, no se trata de meros enseres inertes, sino de individuos sensibles al dolor físico y al padecimiento emocional.

En realidad, la en apariencia “inocente” compra de un animal en uno de esos establecimientos conocidos popularmente con el horrendo nombre de pajarerías es el desencadenante de todo un engranaje que enriquece a unos y somete a otros a un régimen de esclavitud perpetua (afortunadamente abolido en todo el planeta para los individuos humanos).

Una buena fórmula para advertir todo el dolor que implica el comercio de animales silvestres consiste en realizar un seguimiento de los protagonistas desde que viven libres en su entorno natural hasta que son adquiridos en el lugar de destino, a miles de kilómetros de distancia. Por lo general, los países de procedencia suelen ser pobres, con lo que resulta sencillo convencer a algunos de sus habitantes para que esquilmen el medio natural en busca de lagartos, aves, ranas o cualquier animal que pueda ofrecer ganancias económicas. A sabiendas de que todo el proceso implica un fuerte shock que acabará en la práctica con buena parte de las capturas, estas suelen ser masivas, sin que además se tenga especial cuidado en el manejo de los animales. Muchos de ellos apenas sobreviven a los primeros días de cautiverio, y otros se vuelven inapetentes, por lo que es habitual la alimentación forzada basada en papillas. Lo grosero de la operación hace que a algunos la comida les encharque los pulmones, provocándoles una angustiosa muerte. Las condiciones en las que viajan los supervivientes son simplemente atroces. Hacinados en jaulas, envueltos en papel de periódico o instalados en los más diversos recipientes para sortear las aduanas, no es extraño que el número de ejemplares que llega con vida a su destino sea muy reducido. Dependiendo de la especie de que se trate, el porcentaje de mortalidad llega a afectar a ocho de cada diez animales. Y a los que superan esta etapa les espera una costosa recuperación. En el mejor de los casos, serán adquiridos por personas que, en la medida de sus posibilidades, tratarán de ofrecerles un entorno rico y satisfacer sus necesidades primarias. Sin embargo, todos estos esfuerzos bienintencionados no conseguirán sino una burda caricatura del entorno natural de donde nunca debieron haber salido.

Hasta aquí algunos apuntes –por otra parte bien conocidos– de las nefastas consecuencias que tienen para los animales el que podríamos calificar de “tráfico ilegal”. Porque es este uno de los puntos de inflexión del debate sobre el comercio de especies: la distinción buscada de dos actividades que desde el punto de vista de los intereses y de los derechos de sus desdichados protagonistas tienen secuelas similares. En tal sentido, los medios de comunicación e incluso las diferentes administraciones se han encargado de hacernos creer que es el tráfico ilegal el que debe combatirse, el único negocio perverso, concediendo así una licitud moral al grueso de todo el montante regulado y legal, que crea en la práctica tanto o más sufrimiento que el primero.

Con independencia de que el animal haya sido capturado en su medio o nacido en cautividad, el resultado de una adquisición caprichosa o poco reflexionada es fácil de adivinar. La ilusión inicial se torna más pronto que tarde en falta de interés, desaparece el encanto de las primeras semanas, y la serpiente, ardilla o sapo se acaba convirtiendo en un estorbo del que tratamos de deshacernos a la primera oportunidad que se nos presenta. Para ello, fundamentalmente se utilizan tres vías: depositarlo en uno de los centros de acogida que existen; regalarlo o malvenderlo a terceros; o, por último, liberarlo en la naturaleza. La segunda opción no hace la mayoría de las veces sino alargar el periplo del animal. En cuanto a la primera vía, quienes desarrollan su labor en uno de los centros de acogida mencionados conocen muy bien la dimensión del problema, por ser receptores de cientos de estos animales cada año, a los que buscarles una solución satisfactoria se convierte en un reto imposible. Con frecuencia, la solución más práctica es el sacrificio sistemático.

Pero es la tercera opción la que más preocupa a las diferentes administraciones, paradójicamente las mismas que asumen una incomprensible relajación en las etapas previas a la suelta de ejemplares en el medio. En efecto, estamos ante un problema cuyas consecuencias finales son ya identificables por los expertos en la materia: hibridación con especies genéticamente similares, competencia por la comida con ejemplares autóctonos, agresividad directa… Lo cierto es que los diversos poderes públicos con competencias en el tema suelen aplicar protocolos de actuación tan contundentes como la captura y sacrificio de los animales, a los que se reserva la poca amistosa etiqueta de especies invasoras, como si por su parte se tratara de una estrategia de conquista consciente y malévola. He aquí uno de los elementos de reflexión más sugerentes en este campo: la legitimidad moral que nos asiste para poner en marcha una política de eliminación dolorosa de animales inocentes sin que previamente hayamos establecido fórmulas básicas para evitar estos dramáticos resultados finales.

Parece claro que, desde tesis puramente animalistas, la solución pasa por un cambio de mentalidad profunda que convierta el hecho de adquirir animales en una opción mal vista. Pero mientras llega ese momento debe ejercerse sobre los propietarios un control exhaustivo, que pasa inevitablemente por la identificación del mayor sector de animales posible. Detrás de cada uno de ellos ha de existir un responsable con nombre, apellidos y domicilio. Y es este ciudadano o ciudadana quien debe trasladar al organismo que corresponda cualquier circunstancia relevante, como pueda ser la adquisición, pérdida, fallecimiento o extravío. Una situación como la sugerida puede parecer hoy ciertamente quimérica, pero existen no pocas realidades que han variado de forma radical en apenas unos años, cuando en un principio tal cambio parecía imposible. Nos topamos otra vez con la falta de interés y de voluntad de las instituciones que, como mínimo, deberían cumplir escrupulosamente la normativa que ellas mismas propugnan.

En el terreno de las reflexiones más genéricas, cabe destacar que uno de los problemas clave que se derivan del cautiverio de animales silvestres en nuestro entorno es que aquellos se hallan en un estado de dependencia absoluta. Nada de lo que hagan les reportará grandes beneficios. En su medio natural, pueden cambiar de lugar con facilidad, evitar con rapidez un buen número de situaciones inconvenientes para ellos, establecer las relaciones sociales que les son propias. Nada de esto es posible en un acuario instalado junto al televisor, o en la jaula que no deja ver más paisaje que una cocina. Para los peces, la temperatura del agua resulta fundamental, y la cautividad no les permite desplazarse ni siquiera un metro. Un medio en pésimas condiciones puede ser el resultado de algo aparentemente tan trivial como que al cuidador humano le dé pereza cambiar el agua de la pecera u olvide oxigenarla adecuadamente.

Los animales silvestres no pueden desarrollarse con una mínima dignidad en nuestro entorno. Sus potenciales biológicos y de comportamentales se encuentran cercenados de por vida. Son víctimas de un “contrato” unilateral en el que siempre salen perdiendo, convirtiéndose así en esclavos de nuestro egoísmo y nuestra vanidad. Sus vidas en cautividad son apenas una burda imitación de la libertad y de todas las posibilidades que esta ofrece.

Como en tantos otros escenarios, se da la aparente paradoja de que quienes crean el problema tienen en sus manos la solución. Si el detonante de toda esta locura es la demanda, el factor de corrección apunta a lo contrario. Nuestra responsabilidad ética como consumidores debería orientarnos hacia la solución: no participar en un negocio sucio, adjetivo aplicable por encima de la etiqueta asignada: “ilegal” o “lícito”. El sufrimiento no entiende de acuerdos jurídicos, de tal forma que un periquito con los papeles en regla pero enjaulado padece las mismas carencias emocionales que la tortuga importada con toda pulcritud legal.

 

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TEO NO SE ENTERA

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Por KEPA TAMAMES

 

“Teo es un niño simpático y divertido a quien le gustan mucho los animales y la naturaleza”. Esta viene a ser la presentación de Teo en su visita al zoo local. Para incondicionales, supongo; aunque a mí Teo siempre me pareció un niño entre repelente y megañoño, y sobre todo un perfecto ingenuo. Pues bien, y si tenía alguna duda, se me despeja tras saber que el muchachito no tiene mejores planes para el domingo por la mañana que acercarse al zoológico. Teo cree que los animales residentes son felices, unos suertudos que disfrutan del resort solo tras conseguir una plaza entre multitud de aspirantes, que mueren de viejecitos y que el Director, compungido por tan irreparable pérdida, se ocupa de que sus cenizas sean esparcidas por la tierra que vio nacer a sus antepasados: África, América, Oceanía… Teo debe de pensar sin duda bobadas de tal pelo, más si cabe tras la dominical visita junto a su hermano pequeño, invitados ambos por tía Rosa, otra que tal baila. Teo no se entera.

Como Teo, mucha gente sigue percibiendo los parques zoológicos como “paraísos para los animales”: el lugar soñado por leones, monos y flamencos. Hasta pueda que Marius –con sus facultades físicas y mentales intactas– llegara a pensar algo similar en su cabecita de jirafa adolescente. Pero ni tiempo tuvo el pobre de rectificar en sus creencias, desplomado desde las alturas tras el disparo de un trabajador del centro. ¿Sacrificio humanitario? Pues no, porque, como se ha apuntado, Marius estaba perfectamente sano. Pero cometió el error de no portar genes “demasiado originales”, y eso lo convertía en un ejemplar “sin interés para el programa de reproducción del que formaba parte”. “La gente tiene derecho a protestar. Pero, por supuesto, nos ha sorprendido”, declaraba Tobias Stenbaeck, portavoz del zoológico de la capital. Sin otras valoraciones periféricas, el sr. Stenbaeck me parece lo más parecido a un tontaina, en su estricta acepción moral. Porque hay que serlo para “sorprenderse” por las protestas de la gente ante tan  burda muerte. Mucho más después de conocer que el animal fue fríamente descuartizado ante el público que en esos momentos visitaba el recinto, numerosos niños incluidos numerosos niños incluidos. ¡En Copenhage! Los signos de admiración también son muestra de notable ingenuidad (la mía, en este caso), al creer que, traspasadas ciertas fronteras, se entra en una nueva dimensión. Seguro que hay importantes avances por aquellos lares respecto a estos, aunque conviene recordar igualmente que hablamos del mismo país cuyas autoridades se aferran a la pueril coartada cultural para defender la matanza anual de calderones.

Podría pensarse que la muerte de Marius entra de lleno en lo estadísticamente anecdótico. Pero la Coalición Infozoos cifra en varios miles los animales que son sacrificados cada año en los distintos zoológicos europeos, escalofriante guarismo que no desmiente la Asociación Europea de Zoos y Acuarios (EAZA, por sus siglas en inglés). Según Infozoos, “se trata en la mayoría de los casos de pequeños mamíferos, por lo que no llaman tanto la atención como el caso de Marius. Pero desde un punto de vista ético estas muerte son por igual condenables”. Pues sí…

Teo, chaval, entérate: los zoos son cárceles de animales, centros sin interés alguno en la conservación de especies ni en el bienestar altruista de sus inquilinos, meros negocios donde impera la lógica comercial de la máxima rentabilidad con la mínima inversión, simples centros de operaciones que se intercambian material, y que eliminan material cuando la Junta Directiva considera que hay excedentes. Pero material y excedentes son en este caso vidas únicas e irrepetibles, como mismamente lo es la tuya. ¿Te preguntaste alguna vez si aquellos monos o aquellos leones eran de verdad los mismos que en tu anterior visita? ¿Hubieras seguido pensando lo mismo si la casualidad te hubiera atrapado de visita en el zoo de Copenhague durante la aparatosa muerte del gigantón con piel de terciopelo? Por eso ejecutaron a Marius: meramente para “hacer sitio” a otros reos.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

 

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ANIMALES EN PUBLICIDAD: CUANDO EL PÁNICO PARECE UNA SONRISA

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Por KEPA TAMAMES

Un loro multicolor suelta gracietas picaronas; un aterido gatito se deja secar amorosamente por su dueña tras caer “por descuido” a la piscina; un caballo camina con brioso gesto sobre una superficie de ascuas… Por lo general, no solemos reparar en la trastienda de este tipo de publicidad, quizá porque se trata de “simple publicidad”, al fin y al cabo la hermana menor de las artes escénicas. Pero trastienda la hay, sin duda, y no resulta excesivo pensar que, dirigidos los hilos por humanos, los animales, con su estigma de “no humanos” cosido a la espalda, sean también aquí meros elementos de atrezzo al servicio de intereses comerciales.

El extraordinario desarrollo de los medios audiovisuales en los últimos tiempos ha traído consigo un mayor uso de animales en el ámbito publicitario, siendo estos son utilizados como gancho comercial, bien apelando a los sentimientos positivos que despiertan, bien como meras unidades estéticas (icónicas). Al parecer, la aparición de determinados animales en según qué mensajes funciona. Pero las cosas están cambiando. Ricardo Devis, asesor en Estrategia y Comunicación, dice que “la inclusión de animales en los anuncios publicitarios se debe al `principio de sustitución necesaria´”. Para que nos entendamos: la divulgación requerida necesita de actores ajenos al producto divulgado. Devis, como buen experto, clasifica los diferentes usos de animales en distintas categorías, una de ellas bajo el curioso epígrafe de “nuda comparación”, donde la clave está, según él, en la simplicidad de las características que por lo común se atribuyen a aquellos: el tigre equivale a fiereza; el guepardo significa velocidad; el león representa la fortaleza. A tenor de la insistencia, parece que el uso de animales en publicidad ofrece muy buenos dividendos a las empresas. Pero ¿es un `buen negocio´ para ellos?

Por supuesto que puede hacerse publicidad sin que ello repercuta de manera negativa en sus actores animales (hay muchos y buenos ejemplos).Pero en no pocas ocasiones el anuncio tiene su “lado oscuro”. Mientras nos resulta familiar leer en los títulos de crédito de las películas aquello de que Ningún animal sufrió malos tratos durante el rodaje de este film (salvo los que murieron a golpes, ahogados o empalados), parece que en el campo de la publicidad las cosas van algo más lentas. Al menos, es lo que denuncia la campaña ADnimalsfree, una plausible iniciativa promovida por la Fundación FAADA, que fija su objetivo en informar y concienciar sobre el indebido trato que sufren muchos de estos “actores” en ciertas producciones audiovisuales. La experta en comunicación Marta Molas afirma que “cuando colocamos a los animales delante de una cámara, dejan de comportarse como ellos mismos, perdidos como están en un mundo que no es el suyo y obligados a un guión que va contra su naturaleza”. Pinta lógico.

La violencia hacia los animales no se limita, por supuesto, a la agresión directa y activa, sino que hay otras muchas formas de atentar contra sus intereses elementales: obligarles a actuar contra su condición, por ejemplo. Aunque estas maneras de agresión se muestren más sutiles –y por ello pasen desapercibidas para una gran mayoría de la opinión pública–, sus críticos aseguran que “los efectos psicológicos y físicos perdurarán para siempre”. Podemos recibir aquí una breve pero práctica clase on line sobre “gestología primate”.

El spot Vota a Mono ha servido de lanzadera para una campaña informativa sobre las consecuencias que una “publicidad deshonesta” puede tener para los animales. En el spot aparece Tiby como candidato a la cartera de Economía, encorbatado en su despacho y ofreciendo mítines a diestro y siniestro. Pero los bonobos, que se sepa, no hacen en su estado natural nada de esto. Es por ello que sus denunciantes hablan sin tapujos de “graves abusos”. Tiby es propiedad de un circo francés, donde nació hace veintitrés años, y en realidad no ha conocido otra cosa que las actuaciones en la pista y una vida trashumante. De hecho, no es la primera vez que participa contra su voluntad en un anuncio (¿la reconoces?),lo que da idea del grado de explotación de estos animales cuando hay un cheque por medio. Tiby es el palpable ejemplo de cómo la publicidad, además de un arte, puede presentarse con frecuencia en forma de engaño manifiesto. Porque en los bonobos la “sonrisa” no representa felicidad, sino pánico; porque sus ojos dicen “no me gusta” cuando nosotros leemos “estoy encantado”; porque sus gestos, leídos con un mínimo de ética y empatía, nos advierten que Tiby quiere abandonar cuando antes en set de grabación, pues para ella supone lo que supondría para cualquiera de nosotros: una absurda tortura.

Las inmensas posibilidades que hoy nos ofrece la recreación virtual de casi cualquier escena publicitaria convierte al uso de animales silvestres en un recurso por completo innecesario. En realidad, es una suerte que la tecnología pueda brindarnos todo esto, pues despoja a sus obcecados defensores de toda excusas para seguir insistiendo en una mala praxis profesional. No deja de resultar paradójico que se recurra al uso de animales en publicidad porque nos inspiran buenos sentimientos, y que al mismo tiempo sigamos reservándoles un estatuto moral tan ínfimo: simples recursos a nuestra disposición. Quizá en este escenario se refleje también esa suerte de esquizofrenia moral que ha presidido desde siempre nuestra relación con ellos.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

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ANIMALITOS

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Por KEPA TAMAMES

 

Confieso que es una suerte disponer de un rinconcito como este donde dejar a discreción pensamientos y reflexiones varias, porque me dio la vena melancólica. Y como mucho me temo que soy el “abuelete” del grupo, pues no me siento demasiado incómodo contando mis batallitas. A ello voy.

Llevo en esto de la defensa de los animales ya algunos meses: desde septiembre, más en concreto. (Se cuentan los meses por trescientos treinta, y me refiero a septiembre de 1986). Con lo que al menos puedo afirmar que he tenido oportunidad de apreciar cambios, algunos baladíes y otros bastante más que significativos. Se asociaba entonces esta ideología con lo más parecido a una tara mental de las gordas (quiero decir “de las graves”, entiéndase la expresión), reflejada icónicamente en la clásica viejecita persiguiendo con el bastón a pendencieros muchachos por haber chafado un parterre o echado a perder una nidada de gorriones. Quede claro que me parece cojonudo que las venerables ancianitas actúen de tan contundente manera, ojo. Pero supongo que ni era entonces justa dicha imagen, ni mucho menos lo es ahora.

Hablo de un tiempo en el que los comunicados de prensa se redactaban en máquinas de escribir “digitales” de la época, con la Junta Directiva en pleno rodeando al mecanógrafo y corrigiéndole cada frase, bien para mejorarla, bien para tocarle las narices. Consensuado el texto (tres o cuatro días más tarde), se acercaba uno o una a la copistería más cercana y encargaba veinte ejemplares, que luego habría de firmar el señor Presidente, y a los que el señor Secretario estamparía uno a uno el flamante y oficial sello. Introducidas las misivas en sendos sobres –presididos estos por el logo de la entidad– ya solo faltaba la distribución por periódicos y radios locales: labor del quinto Vocal (este ni señor). Todo a pata, por supuesto. En resumidas cuentas, que mandar un comunicado se nos ponía en una semanita. Naturalmente, nadie se hacía eco de la nota, pues para cuando la recibían en la mesa de redacción, como “noticia de última hora” aquello no tenía valor alguno.

¡Cómo ha cambiado el mundo, incluido el de la defensa de los animales! Hoy las cosas son muy diferentes a como eran entonces. En unos minutos redactas un texto, y en otro lo has mandado a medio planeta. En la actualidad, los medios recogen con merecida profusión muchas de nuestras acciones… ¡y hasta entrecomillan en sus crónicas segmentos del texto!: sin duda, el mayor logro por lo que a presencia mediática concierne. Incluso los periodistas más reaccionarios etiquetan hoy de animalistas a quienes participan de esta todavía adolescente ideología. Veamos en este detalle la botella medio llena, pues no es poca cosa que se desligue así en cierta medida al animalismo del conservacionismo.

Recuerdo, por ejemplo, que allá por los primeros noventa escribí un artículo de opinión para la incombustible sección de Cartas al Director. Lo titulé Animalistas, precisamente, y trataba de resumir en él la teoría y la práctica del entonces bisoño pensamiento. Ni me preocupé de saber si en efecto fue publicado. No obstante, me llevé una inmensa alegría cuando al poco leí en el diario más afamado de la ciudad un artículo en la citada sección donde alguien expresaba nuestra visión palabra por palabra y frase por frase. ¡Albricias! ¡No estábamos solos! ¡Había gente en nuestro entorno más inmediato con idénticas ideas! Quizá lo que menos nos agradó del artículo fue su título, cursi como él solo: Animalitos. Pero, al fin y al cabo, semejante detalle era lo de menos. Lo de más fue la cara de idiotas que se nos quedó a toda la Junta Directiva al comprobar que aquello estaba firmado por su autor: yo mismo. El inicial momento agriculce (en efecto, seguíamos más solos que la una) se tornó raudo en alegría comedida, por cuanto media ciudad lo estaría leyendo al tiempo que nosotros. Dimos por buena la hipótesis del Vicesecretario: el periodista debió de entender que la equivocación era nuestra (“Animalistas, qué término tan extraño”), y decidió hacernos un favor mutándolo por lo que él supuso queríamos decir en realidad: Animalitos.

Créanme: las cosas han cambiado, y no poco, en los últimos veintisiete años y medio. Sé de lo que escribo. Mas no pretendo con dicha percepción –personal e intransferible, al fin y al cabo– transmitir la idea de que debemos relajarnos, sino más bien la contraria: que el tesón y la paciencia no son precisamente malos aliados, y que con una dosis de cada cual, si no al fin del mundo (¿qué hace uno cuando llega a tan inhóspito lugar?, puede llegarse muy lejos. Y ahora les dejo, porque tengo que perseguir, cachaba en mano, a unos críos que corretean entre los parterres, frente a mi casa.

[*] Publiqué este artículo en la revista digital Allegramag (sección BICHOS).

 

 

 

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