ZOOTERAPIA

 

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Por KEPA TAMAMES

 

La utilización de animales en determinados tipos de terapia asistida –conocida con el sobrenombre de zooterapia– es una técnica paliativa que ha experimentado un gran desarrollo en las últimas décadas, al constatarse que mejora de forma notable algunos parámetros de ciertos enfermos y discapacitados. Entre otros progresos, pueden citarse una reducción en la presión arterial de pacientes hipertensos, aumento de la autoestima en procesos depresivos, o un mayor deseo de comunicarse en casos de autismo. Y parece que fomenta asimismo el sentido de la responsabilidad en personas con problemas de relación. En general, se observan cambios emocionales importantes que ayudan al organismo a reforzar sus defensas y contribuyen de manera significativa a lograr un estado de bienestar general. Así relatado, parece poco procedente emitir un juicio crítico sobre tales prácticas.

Pero existen dudas razonables de que todo sea tan idílico, pues no parece tan probado que este tipo de técnicas sean del todo inocuas para sus protagonistas animales. Por lo general, el concepto del que se nutren las distintas terapias donde los animales juegan algún papel es el de ver al animal como una herramienta de trabajo: el medio para un fin, en definitiva. Es por ello que debe examinarse el fenómeno desde la piel de quienes no tienen opción de elegir.

Se hace participar a animales en programas de reinserción social dirigidos a reclusos. Para ello, se han empleado sobre todo cachorros de perro, pues se asume que su cuidado estimula el deseo de superación de los condenados, al tiempo que desarrolla en ellos valores como la capacidad de gestión, el sentido de la responsabilidad y la autodisciplina. No suele informarse, sin embargo, de los fracasos en las terapias. Y el “fracaso” en una de estas situaciones puede significar en la práctica algo tan brutal como que el joven paciente estampe al perrito contra la pared para mostrar su disconformidad a los promotores de la iniciativa. Ello no va a aumentar su condena, y se reflejará en el informe apenas con un breve comentario. Se procede al reemplazo del animal, y listo. Casos similares pueden suceder (y de hecho suceden) con cierta frecuencia, por lo que no se trata de incidentes ficticios inventados para la ocasión. Las publicaciones especializadas no hacen especial mención de los citados “fracasos”, primero porque los asumen como “parte de la casuística”, y segundo porque no contribuyen demasiado a fomentar esa imagen amable que desean sus responsables. Pero incluso el animal puede verse claramente perjudicado aunque no sea víctima de la violencia directa de los pacientes. ¿Qué sucede con aquellos que se encuentran colaborando en el marco de un programa y que ofrecen problemas en un momento dado? Los animales no son autómatas, y el conejo o el perro más paciente puede en cierto momento expresar su disgusto por el agobio al que está siendo sometido, con un pequeño mordisco o un simple gruñido. Aunque la lesión no tenga especial importancia, la sobreprotección a los pacientes hará que el animal sea retirado de inmediato, y a partir de ese momento tendrá un futuro más que incierto. Los programas son muy costosos, y una parte significativa se va en la manutención y entrenamiento de sus protagonistas no humanos. Desde una perspectiva práctica, no tiene sentido mantener animales que se han mostrado problemáticos en algún grado, pues la propia Administración exige un trato exquisito a los enfermos. En ciertas residencias para ancianos, o en hospitales, se mantienen animales de compañía como parte de terapias orientadas a combatir cuadros de soledad o depresión. Algunas sociedades protectoras han denunciado el deseo de los responsables del centro de deshacerse de ciertos animales que han crecido y envejecido en el centro, para al parecer evitar todos los inconvenientes que implica la última etapa de su vida. Visto desde un plano puramente médico –sin dejar que las emociones y la debida consideración interfieran–, puede ser contraproducente que residentes a los que se ofrece un perro joven para darles esperanzas constaten día a día el deterioro físico del animal al que tantas veces han acariciado, por lo que es fácil adivinar que la presencia de animales viejos en determinados entornos puede acabar consiguiendo el efecto contrario al pretendido. Ni que decir tiene que desprenderse de un animal justo en el momento en que necesita más ayuda de los humanos supone una canallada inaceptable.

Algunos de los animales usados en terapias de grupo, como es el caso de los centros de atención y recuperación de disminuidos físicos y psíquicos, son sacados del albergue para animales abandonados, con lo que en apariencia se está favoreciendo a unos y otros. El problema está en que los animales siguen sin tener un dueño, entre otras cosas porque muchas administraciones no permiten su adopción legal. Ello hace que estos se encuentren en un permanente estado de indefensión ante cualquier eventualidad, como pueda ser el cierre del centro, un cambio en la política sanitaria o el desencadenamiento de algún conflicto puntual. En tal caso, el perro de turno es de inmediato devuelto al albergue, con la mácula añadida de su paso por un programa donde no respondió a las expectativas depositadas en él. Toda esta realidad podría mejorar ostensiblemente si se llegara a acuerdos con los posibles adoptantes, incluyendo en la cláusula la obligación de participar en según qué programas, pero también el derecho del tutor o tutora del animal a retirarlo de la terapia si considera que el animal no está recibiendo el trato adecuado. Porque –digámoslo ya– la zooterapia puede de hecho ser beneficiosa para todas las partes, si se gestiona desde una concepción de respeto global. En realidad, la terapia con animales solo es defendible cuando queda completamente garantizada la seguridad y el futuro de estos, aun en el caso de que surjan problemas y el programa sufra variaciones.

 

[*] Considero que un buen ejemplo de lo que acabo de mencionar es la iniciativa que la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Alcoy (Alicante) viene desarrollando en torno a este interesante campo. Me cuentan que en los talleres nadie “usa” a nadie –o pudiera decirse que todas las partes se “usan” entre sí, lo cual no resulta necesariamente gravoso para ninguna de ellas–, siendo así que, en el peor de los casos, no hay damnificados, y es muy probable que encuentren alivio a sus dolencias los unos, e incluso una familia definitiva los otros. ¿Hay quien dé más? Creo que l@s compañer@s de la SPAP de Alcoy han sabido comprender este particular escenario, y a partir de ahí han diseñado unos más que seductores cursos. Es por ello que deseo trasladarles mi público reconocimiento por desarrollar una labor tan completa y gratificante. ¡ENHORABUENA!

 

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VICTORIA

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Por KEPA TAMAMES

Me impuse hace algunos años escribir al menos un artículo de opinión al mes. No se trató del preceptivo cumplimiento de promesa tras concesión mariana, pues imagino a la Virgen en tareas bastante más relevantes que andar prestando atención a un tipo chiflado al que le dio por defender a los animales. Cumplí en la medida de mis posibilidades, que no son otras que las que ofrece el amateurismo literario. Pues bien, y por razones de estricto carácter personal, apenas redacté en los últimos seis meses un par de textos ya comprometidos. La grave situación de un familiar cercano cambió por completo mi vida cotidiana durante setenta y cinco días de plomo, y es de suponer que su despedida final habrá de establecer por fuerza un antes y un después. Siendo este el primer texto tras la irremediable pérdida, no se me ocurre que pueda acometerlo sino como tributo a su memoria, ustedes se harán cargo.

Me comentaba una amiga en confesión telefónica que de estos trances se sale, en cierta medida, “como una nueva persona”. Si me pareció entenderla entonces, ahora estoy seguro. Y se preguntarán a estas alturas del artículo por la relación que pueda haber entre lo que he contado hasta ahora y el espíritu que alimenta este espacio. La respuesta es sencilla: creo que cambié a mi madre.

Ella reformulaba su [notable] habilidad gastronómica cuando tocaba comida familiar, asumido que le había tocado en suerte un hijo “rarito”. Escribo esto en broma, naturalmente, pues me consta que Victoria siempre aceptó con íntimo orgullo que un servidor dedicase buena parte de su energía a esto del animalismo, que saliera a veces en la tele y hasta que escribiera libros, y de hecho siempre relataba en mis visitas a casa, como si de un parte obligado se tratara, tal o cual noticia protagonizada por animales –no todas agradables– llegadas a sus oídos.  

Desde mi más absoluta inmodestia, reflexiono de cuando en cuando sobre la medida en que cada uno de nosotros acaba por influir en los demás, sea a través de comentarios fugaces o de sosegadas sobremesas. Y me agrada pensar que algo queda de todo eso: de enseñar; pero sobre todo de aprender a escuchar y contemplar el criterio ajeno como una real posibilidad. Es por eso que quiero rescatar para la ocasión un par de pasajes protagonizados por Victoria durante esos fatídicos dos meses y medio en la cama de un hospital. El primero surge de un comentario en cierto modo banal de mi padre sobre el doloroso final que padeció su antiguo patrono, hace de esto la tira de años. Respondió a ello mi madre con un escueto y helador diagnóstico: “Acabó así por ser un criminal con los animales”. Se refería a la conocida afición del finado por la caza mayor en África, cultivada a lo largo de casi toda su vida, lo cual le servía para jactarse de ello y sacar pecho a la menor ocasión ante propios y extraños, exhibiendo, ora en público ora en privado, una “valentía” que oscilaba entre lo palurdo y lo chusco. De hecho, quedan todavía por ahí los restos de la masacre –lo mismo el cadáver acartonado de un pobre león que una pata de elefante reconvertida en espantoso cenicero–, una especie de museo cutre que diferentes instituciones locales consiguieron quitarse de encima en su día. ¡Qué horror!

El otro pasaje tiene que ver con Tordesillas, la conocida localidad vallisoletana, escenario de históricos acuerdos en los estertores medievales, y hoy centro de todas las miradas cada septiembre. Victoria había estado allí a principios de dicho mes, precisamente, en parada rutinaria de vuelta a casa, y nos comentaba en un momento dado a mi padre y a mí lo bonito que era el pueblo… para soltar a continuación a modo de triste epitafio: “Lástima lo que le hacen al toro”.

Mi madre, castellana de origen y crianza, hizo uno y otro comentario con razonable convicción y sin el menor atisbo de lisonja gratuita. Y entiendo que eso es lo que de verdad importa: la ética que uno acaba por esculpir en sí mismo, con independencia de que venga dada aquella por convicción propia o por enseñanza ajena, cuestión baladí si al final salen las cuentas.

La vida sigue, en fin, y no queda otra que intentar en la medida de lo posible dejar un mundo siquiera algo mejor del que se recibió. Que cada cual se autoimponga aportar su correspondiente cuota a ese objetivo no parece desde luego mala idea. Sabemos que resulta imposible calibrar con rigor esa mutua influencia: el mayor o menor poso que cada ser humano deja en los demás. Pero Victoria y su regio nombre sirven en este artículo de fácil metáfora para la esperanza.

[*] Con este artículo retomé la vieja y liberadora costumbre de escribir, cortada de raíz aquel infausto septiembre, cosas de la vida –y de la muerte–. 

 

 

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QUE VEINTE AÑOS NO ES NADA...

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Por KEPA TAMAMES

Afirma el popular tango que veinte años no es nada, y apunto yo que, según para qué, veinte años es toda una vida, o cientos, y seguro que miles en el caso que nos ocupa. Vayan pues por delante mis sinceras felicitaciones para el grupo humano que conforma ANAA (y aún mayores parabienes para sus representados peludos), algunos de cuyos miembros apenas conozco de un par de encuentros y el intercambio de unos pocos correos electrónicos, superficial relación, como se ve, consecuencia lógica, supongo, de mi timidez y de su discreción. Siendo veinte años una más que generosa mochila de vivencias para cualquiera que vea pasar la vida desde su espíritu anodino –una deprimente mayoría en esta sociedad, no nos llevemos a engaño–, imagino lo que supondrán si se emplea todo ese tiempo en ayudar a los demás, que “los demás” son sin duda perros, gatos, caballos, y otros amigos “menores” de la casta roedora, a quienes estos hombres y mujeres rescataron del infierno y les acabaron ofreciendo el paraíso, pues son por lo general chuchos y mininos tipos bien conformistas en dicho aspecto: no necesitan ellos sino un hogar confortable, una familia, y un hoy calcado del ayer que promete un idéntico mañana. Fiel ejemplo de que la felicidad anida tras cualquier esquina y que no necesita de sofisticadas recetas. Y, a pesar de la evidencia, nos permitimos el lujo los humanos de seguir sin aprender la lección…

Pero lleva por título esta sección un poco amistoso Denunciamos, y se me ocurre que, puestos a ello, podríamos reflexionar juntos sobre la imagen que se han labrado los defensores de los animales en esta sociedad marcada por el egoísmo y la banalidad moral, una comunidad atestada de gente y donde escasean sin embargo las personas, entiéndase la metáfora. Pesa como una losa a los desdichados animales la herencia milenaria que coloca a los humanos –como si acaso no tuviéramos nada que ver nosotros en el guión– en el centro del universo, ocupando ellos, sumisos, las zonas periféricas de la instantánea, reducidos a la categoría de mero atrezzo, los animales todos a nuestra entera disposición, que bien claro lo dejan ciertos sagrados textos, atribuidos por más señas al Altísimo, cuando toda la pinta tienen de haber sido pergeñados en pérfida comandita por los “bajísimos”. Están los animales colocados ahí para nuestro uso y disfrute desde que el tiempo es tiempo, como productos de saldo en una estantería, y el simple cuestionamiento de tal disposición se convierte en herejía, la misma que otrora se saldaba con la cremación pública del osado pecador. Algo hemos ganado con el paso del tiempo, no seré yo quien lo niegue, pero uno, descreído por naturaleza, sigue advirtiendo –en la sociedad en general y en las instituciones públicas en particular– una Inquisición encubierta, convenientemente maquillada –eso siempre– por expresiones edulcorantes como Democracia Estado de Derecho, lo que son las cosas y la ingeniería ideológica… Se abre camino el Animalismo a base de inusitado esfuerzo y todavía mayor coraje de sus miembros, verdaderos protagonistas de esta descomunal empresa, seres anónimos cuya máxima satisfacción supone ver cómo este o aquel animal, que llegó arrastrándose al refugio, sale de él apenas unos meses después dando saltos de alegría, acompañando a su nuevo y definitivo clan. No creo que haya atisbo de efectismo gratuito en la etiqueta elegida –“descomunal”– para calificar la tarea, por cuanto nos enfrentamos a un reto tan arduo como mutar la mentalidad social. ¡Casi nada! No conoce este humilde escritor mayor acto revolucionario.

Con cuantas luminosas excepciones procedan, continúa la Administración percibiendo en el Movimiento de Defensa Animal al enemigo, si no a abatir, al menos a combatir. (De similar forma se percibió en otra no tan lejana época al Movimiento Feminista o al Movimiento de Liberación Racial; cuestión de colores, cuestión de sexos, cuestión de derechos y de justas reivindicaciones, al fin y al cabo). Es así que la formulación de una “sencilla” denuncia puede convertirse y de hecho se convierte a menudo en auténtica pesadilla, a pesar de que los innumerables textos legales proteccionistas que inundan este bendito país debieran erigirse en santo y seña de la solidaridad bien entendida ante las autoridades, siendo como es la sociedad civil quien asume una labor que corresponde de facto al poder establecido, díganme si estoy diciendo algo extraño. Se comprueba con desolación que la misma entidad administrativa que se coloca medallas cuando aprueba un texto –siempre tras ímprobos esfuerzos de los diferentes colectivos sociales, subrayemos el detalle– se encarga luego de driblarla, y en cuanto puede hasta de ningunearla. Sin pretender que se regale nada a nadie, entiendo que en el ayuntamiento, en la diputación, en el gobierno autónomo de turno, deberían extender una alfombra roja y tener a punto una bandeja de humeantes canapés cada vez que aparece por la puerta un animalista, pues son ellos y ellas quienes se dejan la piel por un objetivo tan loable como cumplir la ley. Lejos de ser así, las más de las veces son percibidos como “sospechosos”, cuando no como “tocanarices”. Lo único que avala a la Administración en esta lid es el poder que ostenta, sabiéndose ella muy superior en recursos, y sucede que casi siempre la derrota animalista viene de la mano de la desazón y del hartazgo. ¿De verdad creemos que no es esto una forma de violencia soterrada? Resulta simplemente indignante constatar que habitamos en efecto un país donde a la Administración que todos financiamos le resulta con mucho más fácil ignorar la norma que a la sociedad hacer que se cumpla. ¡El mundo al revés!

Acude de nuevo a mi cabeza el estribillo del tango, repite como un soniquete que veinte años no es nada, y merece de nuevo ser contradicho cuando de practicar la solidaridad se trata, particular campo del ejercicio empático en el que hasta un segundo puede cambiar la vida de alguien para siempre, cuánto más han de aportar dos largas décadas, hagan cuentas. Aunque intuyo que –por fortuna– no necesitan estos amigos palabras de aliento, mucho ánimo en este comienzo de los siguientes veinte…

[*] Escribí este artículo con motivo del 20º aniversario de la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA). Pretendo con el texto, además de a ellas mismas (abrumadora mayoría femenina, es lo que hay, rendir un sincero homenaje a todas esas personas que sacrifican parte de su vida (familia, dinero, y en según qué casos hasta imagen social) por algo que seguro no tiene precio: la solidaridad hacia el desheredado.

 

 

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MARY ELLEN

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Por KEPA TAMAMES

 Evoca el nombre a una de esas niñas repipis de serie de televisión setentera. Pero Mary Ellen (nacida Wilson) no tuvo ocasión precisamente para ser repipi, ni se conocía entonces tan grimoso epíteto. Y seguro que sus progenitores no eran versados en literatura clásica griega; lo digo porque hasta pudieran así haber apelado a la sentencia aristotélica, esa según la cual “siendo un hijo propiedad de los padres, nada de lo que se hace con una propiedad es injusto”. (En efecto, hablamos del mismo personaje que justificaba entonces la esclavitud con similar naturalidad y desparpajo que hoy se decora el dormitorio principal de color verde pistacho).

La familia Wilson malvivía en el barrio neoyorquino de Hell´s Kitchen (ya el nombrecito no auguraba nada bueno: La Cocina del Infierno), y fue entregada a la beneficencia por su propia madre tras enviudar. Cedida en adopción a los McCormack, Mary volvió a quedarse huérfana de padre al poco tiempo. Imagino que la niña comenzaría a intuir para entonces el pleno significado de la metáfora esa del “valle de lágrimas”. Pero las peores desgracias para la pequeña aún estaban por llegar. Su madrastra contrajo nuevas nupcias, y los vecinos acabaron alertando al Servicio Municipal de Caridad por sospechas de maltrato. Los hechos quedaron comprobados tras una mera inspección, al descubrirse a la pequeña encerrada en un cuarto oscuro, atada a la cama, con claros síntomas de desnutrición y marcada con numerosos cortes de tijera por todo el cuerpo (véase a la pobre posando sumisa en la fotografía, magullada de arriba abajo, con el arma a sus pies). La indignada ciudadana –voluntaria y de religión metodista– recorrió todas las comisarías de la zona con el firme deseo de interponer una denuncia formal, pero se topó con un muy serio problema: no existía ley alguna que protegiera a los niños de los malos tratos. Asumió el reto como algo personal, y se empeñó en llevar hasta el final toda defensa posible de la cría. La mujer demostró una habilidad jurídica notable, al sugerir al magistrado que aplicase la única normativa proteccionista que de verdad podía ayudar a la víctima: la que defendía a los animales desde algunos años antes. ¿O es que acaso Mary Ellen no era un animal, y además indefenso? El juez Lawrence no supo negarse a tan contundente argumentación zoológica (¿qué hubiera dicho Aristóteles en semejante tesitura?), y ordenó retirar la custodia de la niña, al tiempo que condenó a la madre a un año de cárcel. Y lo mejor de todo: concedió la tutela de la pequeña a Etta Angell Wheeler, su orgullosa rescatadora. (¡No me negarán ahora que los nombres tienen su peso en nuestras vidas!). Mary Ellen experimentó a partir de ese momento el verdadero afecto de una familia (en el campo, además, lejos de la vorágine urbana), e incluso fallecida la madre de Etta –fue dicha señora quien en realidad se ocupó de la niña– fue tutelada por su otra hija hasta que Mary Ellen se casó y formó su propia prole. Felicísimo feliz, ya lo creo.

[Como simple inciso, se me ocurre que solo Dios sabe qué pasa por la mente de un ser apaleado y encerrado durante toda su vida (se trate de un cachorro humano en un cuarto oscuro o de un perro en su fétida caseta) cuando se le ofrece de repente el abrazo diario, comida de verdad y un catre caliente para que sueñe con un mañana parecido. En fin…] 

Pues sí, se constata con esta terrible y al tiempo bella historia que nos equivocamos al pensar que siempre precedieron las leyes humanitarias a las animalistas. La condena de la madrastra tuvo lugar en 1874, y tan solo un año después se fundaba la Sociedad Nacional para la Prevención de la Crueldad con los Niños, pionera en su género.

Toca reflexionar al respecto. Así, a bote pronto, se me ocurre que el juez mencionado (¡mediada la segunda mitad del siglo XIX!) no fue capaz de negar su condición animal a Mary Ellen, mientras en pleno siglo XXI, y claudicando con mal gesto a la evidencia, todavía seguimos alimentando el lánguido y hasta patético “Vale, de acuerdo, usted gana: somos animales… ¡pero animales racionales, que conste!”. A uno le asalta en ocasiones como esta la dolorosa duda de si en realidad hemos avanzado algo. Y la incertidumbre se despeja de súbito: ¡claro que hemos avanzado! Se avanzó de hecho hace siglo y medio al promulgar leyes animalistas antes que humanitarias, pues de acontecer al contrario jamás hubiera logrado nadie el éxito que cosechó Etta. Quien, por cierto, acudió para su particular cruzada a los servicios del abogado Bergh. Pero esa es otra historia que merece su propio artículo. Todo en su momento.

 

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HIPÓTESIS

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Por KEPA TAMAMES

Habrá pocas dudas de que los Sanfermines encarnan a la perfección la idea del jolgorio desatado y de fiesta popular. Llegado el momento –el ecuador de cada seis de julio, ni antes ni después–, la masa humana enloquece y comienza a pegar brincos en inequívoca muestra de disfrute colectivo. Cosa lógica –lo de la locura coral, digo–, si se piensa que para tal fin se inventó la fiesta, y que casi cincuenta y un semanas esperando son muchas semanas como para que, dada la hora, la gente se tome el chupinazo como una llamada a maitines.

Pero hete aquí que, conocido el caldo nutricio de la fiesta, a uno le da por pensar que a buen seguro la celebración no lo es para todos, al menos no para los animales obligados a correr por las calles empedradas, ni aún menos para esos mismos animales que, olvidada ya la absurda carrera a ninguna parte, serán ejecutados en pocas horas sin un mísero juicio sumario que maquille tan nauseabundo crimen.

Siempre consideré que, entre todas las formas de violencia que los seres humanos ejercemos sobre los demás animales, son las más perversas aquellas en que el maltrato se produce de forma pública; y con toda probabilidad, el hecho de que estén auspiciadas por la Administración, el poder político y hasta el mediático, agrava considerablemente el panorama. Por otro lado, atisbo que, mientras algunas de dichas agresiones son percibidas como tales por la opinión pública (las corridas de toros, por ejemplo), otras se digieren como tradiciones inocuas, por la trivial razón de que no se perfora el cuerpo de las víctimas con objetos metálicos. Me refiero con ello, naturalmente, a los encierros en todas sus versiones, presididos por los que tienen lugar durante los sacrosantos Sanfermines.

El lenguaje pretendidamente culto y rebuscado al que se recurre para hacer referencia a las corridas de toros ayuda a enmascarar su verdadera naturaleza. Pero, a pesar de todo el perfume desplegado, la tauromaquia hiede. Porque al final, lo que queda, por encima de la mística palurda y de las posturitas sobreactuadas, no es más que un reguero de cuajarones humeantes y de bramidos de dolor. Resulta hastiante tener que recordar de nuevo que son toros y caballos (estos, los grandes olvidados de semejantes linchamientos públicos) sujetos sensibles al sufrimiento, de similar manera que pueda serlo usted mismo. Todos los mamíferos estamos dotados de un sistema nervioso y de una estructura emocional en lo esencial idénticos, por lo que agredir a un hombre o a una mujer no es necesariamente peor que hacer lo mismo con cualquier otro animal, sea toro o caballo. Y no está de más traer a colación la obviedad de que una sociedad que legitima realidades como la tauromaquia tendrá por fuerza serias dificultades argumentales para condenar otras variantes de violencia unilateral, como pudieran serlo las de carácter ideológico.

Vivimos tiempos de esperanza (que sea esta lo último, en el fatídico caso de perderla; lleva razón el refrán), con algunos logros palpables como el de Cataluña, a los que sin duda seguirán otros a corto y medio plazo, porque la ética, tozuda como es, solo tiene un camino. Pero ¿qué pasa con los encierros? No son pocos quienes muestran una siniestra doble cara al condenar sin paliativos la clásica corrida mientras prefiere pasar de puntillas por otras formas de diversión popular, o aun apoyarlas sin reservas. La fascinación estética (tonto eufemismo para “morbosa”) que la mayoría de la gente siente hacia los encierros impide una reflexión objetiva y rigurosa sobre las consecuencias que tienen estos para sus verdaderas víctimas: los toros. Si hiciéramos un esfuerzo mental para ponernos en su lugar, comprobaríamos que el auténtico sufrimiento comienza cuando son raptados de la dehesa, el único entorno que conocen. Allí dejan a sus compañeros de manada (en un ámbito humano los llamaríamos “amigos”, como si la amistad no existiera más allá de nuestra especie) y todo cuanto constituye toda su referencia biográfica. El traslado a cientos de kilómetros constituye siempre para ellos una experiencia traumática, por su incapacidad para comprender lo que sucede. El estrés severo que padecen les hace perder kilos de peso, y cada año se producen varios casos de muerte por colapso. Ya en el escenario del encierro, todo está concebido para que los animales corran, y que lo hagan además en el sentido que sus promotores desean. El asfalto constituye para ellos una auténtica tortura añadida, que les genera una constante desagradable sensación de inseguridad. Son frecuentes las caídas, así como los golpes contra las vallas en los bruscos cambios del recorrido. El hecho de no poder refugiarse de quienes les hostigan supone un elemento más de frustración para ellos. Digámoslo alto y claro: los encierros más famosos del mundo, los de Pamplona, son una burda agresión gratuita a seres por naturaleza pacíficos y huidizos, de tal forma que ni la tradición ni la aceptación secular pueden legitimar lo que no pasa de ser sino una burda canallada.

La [oscura, o mejor diremos “oscurecida”] realidad es que los pobres morlacos se muestran aterrorizados ante una multitud hostil, que les acosa con su sola presencia, más si esa horda vociferante está dispuesta a lo que sea para que el guión se cumpla. Es por ello que, en lugar de atacar a sus agresores, tratan de permanecen juntos con el único fin de encontrar así un contacto físico de efecto tranquilizante. Y aquí comienzan de súbito las hipótesis. ¿Nunca pensaron ustedes en por qué concreta razón no decide en cada encierro un toro “tomarse la justicia por su mano” y arremeter contra la masa? Serían suficientes un par de minutos de gestionada furia para ensartar a una docena de corredores y acabar con ellos. ¿Qué sucedería si durante cada encierro de Pamplona un toro diese muerte a ocho o diez participantes? ¿De qué se alimentan los encierros en general, sino de esa “desconcertante” bondad bovina? Como tampoco nadie parece reflexionar sobre por qué corren los toros por las calles, cuando ninguno lo hace desbocado durante varios minutos en su medio natural… ¡salvo que este muerto de miedo! Puestos a establecer hipótesis, ahí va otra: ¿qué pasaría si la manada completa de toros y cabestros decidiera “plantarse”? Sí, imagínense la escena: lanzado el cohete, el portón se abre, y el grupo avanza pausado hacia la cuesta, para, apenas recorridos unos metros, tumbarse en comandita y sestear sin prisa, que la fiesta también es relajo y distracción… ¿Tienen ya fijado en la retina el espectáculo? ¿Cómo se convence a trece astados –en lotes individuales de seiscientos kilos– de que no responde eso al protocolo? Imposible denunciarles ante la Magistratura de Trabajo, pues no hay contrato firmado que valga. ¿Acabaría por intervenir la Guardia Civil para, tras ser convenientemente ametrallados los rebeldes astados, despejar la calle? ¿Y si al día siguiente sucediera otro tanto?

Yo sé que son días de juerga y diversión, acaso impropios como tales para la hipótesis filosófica… Pero lo que más angustia me produce es pensar que, cuando se dé cerrojazo a la fiesta, una dramática mayoría continuaremos en la más absoluta inopia moral. Hasta el ecuador justo del próximo seis de julio.

[*] Este texto tiene su origen en el que tuve ocasión de redactar para una campaña de concienciación, hace de esto ya algunos años. Titulamos a la campaña POR UNOS SANFERMINES SIN VIOLENCIA HACIA LOS ANIMALES, y con toda probabilidad supuso el preludio de la peregrinación anual que distintos colectivos animalistas emprenden hacia la capital navarra iniciado julio, con la sana intención de denunciar ese “lado oscuro” de la mundialmente famosa fiesta, pues se nutre esta de sangre y dolor ajeno, con lo que no merece desde luego tan lúdico apelativo.

 

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LA GALLINA DELATORA

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Por KEPA TAMAMES

Cuentan que la neonata Inquisición se guiaba para descubrirlos por la llamativa blancura de su piel, sabiendo que aquella gente tenía por costumbre evitar toda ingestión de carne, pues tan “diabólica manía” se asociaba de manera automática a la debilidad de cuerpo y a su consiguiente palidez. Si lo es para algunos aún hoy, ser vegetariano entonces era lo más extraño del mundo, e inequívoca señal de que en aquellos cuerpos no podía habitar sino el mismísimo Satanás. Pero en época reciente se ha barajado la teoría de que su lividez dérmica se debiera más a la práctica de una regular higiene antes que a la ausencia de chicha en la dieta. Pinta lógico, pues para una amplísima mayoría lo habitual era, en efecto, asear su cuerpo de mes en mes, cuando no se dejaba esta costumbre para recibir los solsticios, o acaso el cambio de lustro. Es lo que tenía el siglo XIII.

Hablamos de cuando los papas gobernaban el mundo y compraban –a veces literalmente– voluntades a diestro y siniestro, aunque cierto es también que la voluntad se vende más barata si la única alternativa es la amenaza del tormento, y no digamos ya el tormento en sí.  Porque la famosa Inquisición que muchos creemos de cuño español se creó ad hoc para acabar con la herejía cátara (de eso tratamos, por si andaban despistados), y ya sabemos que en esto, como en tantas otras cosas, todo es empezar.

Tipos curiosos, los cátaros. Tanto lo eran que su doctrina incluía de hecho a los animales, me refiero al respeto que se supone merecen, algo que todavía ocho siglos después bien podríamos calificar de “asignatura pendiente”.

La Iglesia católica (aleccionada por el papa Inocencio III, valga la ironía nominal), que aúlla quejica en cuanto le rozan la cara y exhibe a conveniencia un victimismo provinciano, la emprendió entonces contra quienes más sombra podían hacerle en su reparto del botín espiritual: la comunidad cátara. En pocas décadas arrasó sus poblados, asaltó sus castillos y abrasó en pública pira a sus dirigentes, los Perfectos. Es así como se cortó de raíz una vía que solo el tiempo y las circunstancias hubieran puesto en su sitio. Disculpen mi ingenuidad, pero me dio por pensar que, de haber triunfado el espíritu cátaro, pueda que hoy los animales no tuvieran que soportar tamaño sufrimiento.

Hay numerosas anécdotas que nos muestran bien a las claras un incipiente y sólido animalismo; a nosotros, que creemos haberlo inventado todo. A modo de meros ejemplos, rescatemos para la ocasión un par de historias, por poner luz al escenario. Digamos, verbi gratia, que, conocida su querencia hacia solidaridades parahumanas, la misma Inquisición tenía en su protocolo obligar al sospechoso a matar a una bestia, pues la simple reticencia constituía per se clara sospecha. Así descubrieron en efecto la condición de cátaras de dos mujeres, a quienes la posadera dejó encargada la preparación de una gallina mientras ella se desplazaba a la ciudad para hacer unas compras. Cuando volvió, la gallina seguía en el corral, escarbando entusiasta, más feliz que una lombriz. La posadera, con la mosca detrás de la oreja desde que aparecieran por la fonda, decidió delatarlas, la muy harpía, y les tendió aquella inocente trampa. Interpeladas sobre por qué la gallina seguía viva, las cuitadas apenas pudieron responderle:“Nos dio pena, y fuimos incapaces de cortarle el cuello”. La miserable posadera había regresado de la ciudad con un par de agentes de la autoridad eclesial, y rápidamente las cátaras fueron aprehendidas sin contemplaciones. Prefirieron ser quemadas a los pocos días en la hoguera antes que cometer sacrilegio.

También cuentan que era costumbre cátara liberar a todo animal hallado en trampas y cepos. Mas como esta gente procuraba impartir justicia, comprendían que la liberación del bicho provocaría un serio perjuicio al cazador, por lo cual dejaban en el cepo las monedas oportunas, de tal suerte que el disgusto del trampero se compensaba con los inesperados cuartos, y todos contentos.

Tómense estos detalles como lo que son: quizá engordadas leyendas de los trovadores occitanos, que por muy cantautores que fueran necesitarían manduca y cobijo, como todo quisque. Pero quedémonos con lo esencial: que los cátaros desarrollaron hace la tira de años una notable empatía. Medieval, pero empatía. Creían de hecho a pies juntillas en la metempsicosis, es decir, en el viaje del espíritu del cuerpo muerto a otro vivo, sin que el susodicho espíritu tuviera el menor prejuicio respecto a calidades o especies. Causar daño a un animal equivalía, por tanto, a causárselo a un humano.

La edad no perdona (hablo de mí), y por ello he de apresurarme a hollar cumbre cualquier año de estos en las ruinas del castillo de Montsegur, el último bastión cátaro, defendido a sangre y fuego por gente con conciencia, algo que por momentos parece escasear en estos tiempos inciertos.

 

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ARMADOS DE DAGA Y ESTILETE

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Por KEPA TAMAMES

 

 

“Si no les gusta el Toro de la Vega, que no vengan”. Con esta elaborada sentencia filosófica sacaba pecho ante los micrófonos el valiente que lanceó a Volante, un ser derrotado de antemano, que no pretendía con su alocada carrera sino encontrar la salida hacia la dehesa, su casa de toda la vida, y con toda probabilidad hasta pueda ser que soñara la noche anterior con reencontrar a amigos toros y a colegas humanos, pues desde siempre existieron casos de dramática complicidad entre víctimas y verdugos, ingenuos aquellos, perversos estos.

Pues eso, que dice el chavalote de La Seca que "a quien no le guste, que no vaya". Sergio, querido… está claro que no has entendido nada, ni lo más elemental entre lo básico. En el caso que nos ocupa, y que no es otro que una ejecución sumaria y tumultuosa, hay que ir precisa y particularmente a Tordesillas porque no gusta. Hay que ir allí para deciros a un palmo de la cara lo que sois: unos desalmados, unos palurdos iletrados, unos criminales impúdicos. Pero sobre todo unos pobres infelices. Lo decía el corresponsal de un periódico extranjero –no recuerdo cuál ni de dónde– cuando le preguntaban sobre sus sensaciones durante la pasada edición, que se vio obligado a apreciar in situ por cuestiones de trabajo. “Gente triste –resumía–; me pareció una fiesta muy triste con gente aún más triste. No parecía una fiesta. La masa me transmitió una sensación desasosegante, parecía que todos estaban cabreados”. Bueno, supongo que es una forma de expresarlo: la suya, para más señas, personal e intransferible, como de hecho lo son todas. Pero digo yo que el más triste y perturbado entre todos sería Afligido –escrito con jota en el programa oficial de fiestas, no les miento– el reo precondenado de hace un año. A mí, que la gente esté apenada o exultante en semejante chacinería me la trae un poco al pairo, pues el resultado viene a ser el mismo: la agresión y muerte de un inocente. Pero quizá la cosa tenga su recorrido en el particular campo de la antropología social, y hasta de la psicopatología. Si uno asiste [forzado] a un festejo coral y se lleva la nítida sensación de que los participantes tenían cara de vinagre, algo no cuadra: o el observante percibió errada la realidad, o necesitan los lugareños tratamiento de choque urgente.

Sergio se trasladó desde una vecina localidad para participar en el torneo, sobre el que me juego lo que quieran a que no sabe ni cuándo comenzó ni por qué, ni rábanos que le importa. Pero es lo mismo, porque sabido es que estas cosas vienen de muy antiguo, de cuando la Edad Media, y siendo así, no puede permitirse que tradiciones tan añejas se mustien y acaben por desaparecer. Lo del valor intrínseco de lo antiguo adquiere en ciertas mentes una consideración extraña, por cuanto selectiva. Son capaces estos personajes de echarse a llorar de emoción (“¡Es que no se puede expresar con palabras!”; ¿les suena de algo?) por lo antiquísimo del evento mientras encienden en su casa el aire acondicionado y se acercan en buga de última gama a comprar tabaco al estanco de la esquina, al tiempo que hablan por el aifon (sic) con Zutano y Menganito, ardientes defensores por igual estos de las más añosas costumbres, pero aferrados como lapas a la buena vida moderna. Nada nuevo bajo el sol. Muchachotes así se quedarían en simples caraduras si no fuera porque llegan a íntegros sinvergüenzas. “Al que no le guste, que no venga”. ¡Valiente sandez! Me la juego de nuevo, y advino esta vez a nuestro protagonista confesándose lector empedernido –del diario Marca–, y apuntando a un tal Ronaldo como su personaje histórico favorito. Le dan a uno entonces ganas de empezar con el rollo ese de que cuando hay víctimas inocentes que sufren la violencia gratuita y unilateral de agentes morales no cabe reducir el debate a una cuestión de gustos entre partidarios y detractores, como si la víctima principal no existiera, o fuese esta un mero elemento de atrezzo en el polvoriento pinar. Antes que a cualquier otro actor, habría que preguntarle a él, al torito aterrado, y fiarnos de sus ojazos de cristal, donde todavía se refleja su querida encina, a la que ya nunca volverá. Pero mucho me temo que con tales aguerridos lanceros no valen de mucho ni silogismos ni metáforas. Lo único que estos ciudadanos entienden es la hostia en la cara. Que se presenten en su domicilio un grupo de jovencitos con nocturnidad y alevosía, armados de daga y estilete, y que le hagan ver en rápida y práctica lección que no está ni medio bien andar por ahí acuchillando el costado de animales que no le han hecho a uno nada. Que le espeten los visitantes entonces bien clarito, para que lo entienda hasta él, que allí solo están quienes gustan de la didáctica domiciliaria, y que los demás se quedaron en casa. “Al que no le guste, que no venga”.

¿De dónde salen estos individuos? ¿De dónde demonios surgen semejantes seres, capaces lo mismo de atravesar el corazón de Volante que de abatir a tiros una alondra en pleno canto? ¿Qué estamos haciendo mal para que siga habiendo, en pleno siglo XXI y en la ínclita Europa, sujetos como Sergio? A veces me da por pensar que lo peor de nuestra culpa pasa por quedarnos en casa, en lugar de ir a Tordesillas cada septiembre. Me percibo ahora por completo fracasado desde mi humilde condición de escritor amateur al no saber contestar con una mínima solvencia estas y otras similares preguntas. Pero, créanme, la fórmula didáctica antes apuntada, por fea y desagradable que resulte, es la única que aprecio eficaz en estos momentos para meterles en el cerebro a estos gañanes la idea de la empatía, y evitarles así la azarosa tarea de consultar el diccionario.

  

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MUCHO IDIOTA

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Por KEPA TAMAMES

Ahora que lo pienso (fuera por simple desidia o por desobediencia inconsciente, eso ya no lo sé), nunca me reivindiqué como nada, ni me coloqué en el pecho, bien visibles, etiquetas clasificatorias. Y creo que ello me ofrece una cierta libertad para la opinión relajada. En eso invertiré este artículo.

No pude sino recordar la vieja canción de los ochenta (rock radical vasco), aquella letra contestataria que ponía a los “punkies de postal” en su sitio; y la interpretaban ellos, fieles sirvientes de la rama punkie más descastada. Berreaba Evaristo a los susodichos que no le contasen la batallita de ver quién era más punkie: “¡Mucho idiota!”. Resonó en mi cabeza la letra tras escuchar la historia de una persona, animalista desde joven (aún es ambas cosas, quede claro), que rescató del infierno lo que pudo, fueran gatos o caballos, y trató de ofrecerles una nueva oportunidad, que los pobres agradecieron como mejor saben: siendo felices. Pues bien, y a lo que voy, que idiotas hay en todas partes, no librándose de la plaga ni las ideologías más virtuosas. Sí, mucho me temo que tampoco la animalista. Más de uno intuirá ya por dónde voy, pero seguiré contando, para ilustrar a ingenuos y compañía.

Resulta que en cierto momento nuestra protagonista descubre un potro (crecidito) en malas condiciones y con negro futuro, habida cuenta del triste final de sus compañeros de manada. Con un dueño mitad cretino mitad cerril, y con la administración bailándole el agua al cazurro, se consigue el milagro de convencer a las autoridades para que incauten a la víctima y se la cedan a una organización proteccionista para que esta le busque un destino digno y definitivo. Insisto en lo del “milagro”, porque puedo asegurarles que estas cosas no se logran con una simple llamada telefónica o una carta certificada. Por defecto, la administración se pone de parte del maltratador, y hay que hacer ingeniería diplomática para que la historia acabe bien para las víctimas que antes comentaba. La frustración y el desaliento acechan tras cada gestión, y no pocas veces resultan tristes vencedores. Aquí no hay más fórmula que armarse de paciencia y hacer un notable trabajo, sin prisa pero sin pausa, con la necesaria discreción pero al tiempo con la inevitable contundencia. Sin chulear a nadie, pues ellos ostentan el poder, pero sin dejar tampoco que te tomen el pelo, por aquello de la autoestima, que también los animalistas la tienen, solo faltaba. Estas operaciones requieren de lo preciso de cada cosa, y hasta de una pizquita de lameculismo, ustedes perdonarán la grosera expresión. Todo con tal de salvar al animal de la ruina, y de paso visibilizar el fenómeno –me refiero a la violencia institucionalizada hacia las pobres bestias–, esa que buena parte de la sociedad sigue desconociendo, casi siempre por pereza intelectual, y también por el consabido egoísmo (¿acaso no son ambas caras de la misma moneda?). Para que luego vengan los animalistas idiotas de turno a tocar las narices y sobre todo a dejar huella de un comportamiento injusto, lo último que uno esperaría de quien se supone destina sus recursos a delatar la mayor injusticia entre cuantas comete el humano; hablo de someter al débil, de sojuzgarlo a sabiendas de que no puede organizarse y señalar al agresor. Escribo “idiotas” por no escribir “miserables”, o incluso otros calificativos, que no por más ásperos serían menos pertinentes. Porque se necesita ser muy miserable para “acusar” en las redes sociales a quien, no contenta con descubrir el caso y hacer cumplido seguimiento del mismo (atroces muertes incluidas, otro día se lo cuento), paga de su bolsillo el traslado final del potro al paraíso, que allí acabó el mocetón. ¿Acusar de qué?, se preguntarán. De provenir de una familia de carniceros. Y harán bien en interpelarse conmigo qué demonios tiene eso que ver para la talla moral de cada cual, siendo como es que no elegimos familia, y que aunque no sea esta la más virtuosa del mundo sigue siendo nuestro clan, nuestra raíz, nuestra semilla. Benditos los que rectifican y optan por otras ideas y otras prácticas; y malditos los que no saben discernir entre el culo y las témporas, erigiéndose por derecho propio en ridículos idiotas. Animalistas de pro según versión libre y propia (la suya), y además idiotas (esta cosecha del autor), porque, que yo sepa, una y otra característica moral son del todo compatibles en un mismo sujeto. Abonada esa idiocia –eso siempre– por palmaditas complacientes de compis de grupo, o mejor diremos de secta, porque hora es de prender a cada cosa su pertinente apelativo.

Los mesías de nuevo cuño no contaron en el feisbuc ese que la chica ya desataba entre lágrimas los sacos trémulos y que sacaba de allí algún que otro conejo destinado al cachetazo. O que llegó a convencer a su padre, a fuerza de puro discurso, que destinara un rinconcito de la carnicería a hamburguesas vegetales (¡en el país del chuletón, superen eso!). Porque supongo que no es necesario apuntar que la muchacha se había hecho vegetariana en medio de una familia que vivía de los pollos rigor mortis y de las chuletillas de cordero. Nada de eso fue contado en las redes sociales. Es muy fácil seranimalistanaciendo en un entorno ya “convertido”, pues se viene con la sensibilidad de serie, y hasta diríamos que uno no se ve a sí mismo como el rarito, sino que entiende que no comer animales es lo natural, lo razonable… lo justo, en definitiva. También conozco alguna de esas personas. Pero no me preocupan, como es lógico, pues poco lastre suponen para la desdicha animal. Los que sí me inquietan –sí, ese es el término– son los animalistas idiotas, legión aunque solo fuera uno, y mucho me temo que son bastantes más. Prueba de ello soy yo mismo, que pudiendo quedarme calladito y en casa, escribo esto y encima lo publico.

No soy ni de lejos partidario de reconocimientos exagerados, y menos de homenajes pomposos. Defiendo, empero, la justicia, término que debiéramos recordar de vez en cuando desde su límpida etimología: dar a cada cual lo que le corresponde; no más, pero sobre todo no menos. Y considero que la difamación constituye sin duda una de las injusticias más repugnantes. Por eso deseo reconocer desde aquí el esfuerzo, a veces heroico, de quienes han remado contra corriente para llegar a la tranquilidad de conciencia que su cuerpo les pedía. Y mi más sincera indiferencia a los y las idiotas que continúan sembrando acritud allí donde menos se necesita.

 

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CLASE TURISTA, CLASE INFIERNO

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Por KEPA TAMAMES

 

Les refresco la memoria. Poco después de tomar posesión de sus asientos para la presente legislatura, sus europarlamentarias señorías votaron de forma masiva –sabido es que la unión hace la fuerza; y la desfachatez, añado yo– contra la propuesta de congelarse el sueldo, de renunciar a suculentas dietas económicas… y de rebajar la categoría del viaje en avión hasta su lugar de trabajo. Quédense con este último detalle: dijeron que nanay de la China a la Clase Turista, habiendo como hay todavía aquí castas y calidades, y antes muertos que mezclados con la chusma, gracias a la cual, por cierto, ocupan sus poltronas y se fuman sus habanos entre sesión y sesión, nunca está de más recordarlo, pues una generosa mayoría de este sagrado clan parece afectada de una amnesia repentina así que ve asegurado su puesto.

Pero pongamos las cosas en su sitio en cuanto a qué supone de verdad el desplazamiento en la mencionada categoría y en una superior, aunque nada más sea que por abonarnos a la con frecuencia poco reconocida virtud del rigor. Vale que esto no es lo que era, y que por tal se añoran las condiciones en que se volaba hace apenas unos años… pero reconózcase igualmente que todavía la comodidad entre Bruselas y Madrid, dos horas escasas, permite echarse un reparador sueñecito tras ingerir el socorrido tándem bocadillo-refresco, a una temperatura más que agradable, y con el ambiente perfumado en su justa medida. Hablo de la Clase Turista, el escalafón más básico en cuanto a glamour pasajero. Aún así, dichas condiciones distan años luz de la forma en que viajan otros pasajeros, estos durante docenas de horas, a veces días, de pie, sin la posibilidad física de recostarse a descansar, entre heces y orines –propios unos, ajenos los más–, en constante roce con sus compañeros de viaje, algunos de los cuales protestan de la mejor forma que saben: muriéndose. Y no regresan nuestros protagonistas a casa tras una agotadora jornada de trabajo, a ese hogar, dulce hogar donde alguien les habrá calentado las pantuflas y preparado un reparador plato de sopa como preludio al suculento asado. Van estos desdichados al matadero, donde les espera el matarife presto a colgarlos boca abajo sin la menor consideración, apenas un segundo después de la descarga eléctrica y del cuchillo en la garganta, forman así una siniestra cadena de montaje, o mejor diremos de “desmontaje”, pues en apenas unos minutos se convierten los hasta hace poco pasajeros en una fuente de sangre que mana de su cuello, en una canal de la que se desploma en golpe seco su humeante paquete visceral, en trozos de trozos de trozos, pulcramente empaquetados con destino a las estanterías del centro comercial o de la charcutería del barrio. Poco habrá de importarle tan nimio detalle a una ternera que ya no es ternera, sino solomillo; como dejó de ser cordero el cordero para convertirse en chuletillas; como mismamente mudó en un pis-pas el gruñón cerdo en jamón y codillo. Pues convengamos en que ni solomillo ni chuletillas ni jamón ni codillo pueden ya sufrir, en calidad de cuerpos inertes, simples trozos postcadáver. Quienes sí sufrieron lo indecible durante toda su vida (¿nos llegamos a hacer una ligerísima idea de lo que debe de suponer toda una existencia de privaciones y dolor?) fueron los animales cuando aún merecían ese nombre, en vida, desde su primer hálito hasta su último estertor. Suele ser ese viaje final “coherente” colofón a una trágica experiencia vital. Porque, como ya se ha comentado, nada que pueda identificarse con el concepto de bienestar –transparente y sin dobleces en su etimología: estar bien– acontece en este definitivo tránsito. Precisamente por eso, ni que decir tiene que acortar su duración supondría por parte de quien tiene potestad para decidirlo un elemental ejercicio de humanidad, de la misma forma que negarse a ello habría de significar, en lógica consecuencia, un lamentable acto de mezquindad.

Hará bien el lector –dense ellas también por aludidas– en preguntarse qué diablos tienen que ver sus señorías europarlamentarias, aquellas que abrieron el presente artículo, con el ganado que le tomó relevo, y hará mejor el autor si ofrece a la parroquia una respuesta concisa hasta lo telegráfico: ¡todo! Porque buena parte de quienes se negaron a viajar en Clase Turista durante un par de horas –con bocadillo, refresco y temperatura regulada, recuerden–, se negaron por igual a firmar la Declaración Escrita que instaba a Consejo y Comisión a iniciar los trámites legales para limitar a un máximo de ocho horas el trayecto final del ganado camino del matadero. (Hago aquí una pausa valorativa para que digieran la doble información, que también es doble infamia, se habrán dado cuenta del detalle, perspicaces como seguro son). Tienen dichas señorías nombre y apellidos, además de muy escasa vergüenza, y pueden ser identificadas sin error posible: solo hay que bucear en la red, el ojo que todo lo ve, el dedo que todo lo señala. Algo más de trescientos caballeros y damas, representantes legítimos de la ciudadanía europea toda, fueron simplemente incapaces de estampar una humilde firma, sabiendo como sabían que con ello harían desaparecer una cantidad ingente de padecimiento gratuito a seres inocentes y por completo desarmados ante sus verdugos (¿cómo habría de defenderse un níveo corderillo; ¿a qué armas podría recurrir un rosado lechón?). Un ejército de señorías incapaces para la compasión hacia el prójimo –lo es también el colectivo animal–, pero que se aferran histéricos a la prebenda propia, negándose a dejar su asiento de lujo para ocupar otro sencillamente cómodo.

A pesar de la criminal inacción de estos más de trescientos cincuenta miserables, la propuesta salió adelante, y supuso un histórico éxito –uno más– del Movimiento Animalista, que sigue corajudo colocando baldosas en el camino, también este un viaje, lento pero firme, hacia un mundo sin viajes Clase Infierno, sin campos de concentración, sin separación de familias… ¡Sin mataderos! Y, puestos a pedir, sin políticos farsantes y egoístas.

[*] Escribí este artículo para la revista 4Patas, la revista de ANAA (Asociación Nacional Amigos de los Animales).

 

 

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MUERTA

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Por KEPA TAMAMES

Pues lo más probable es que un muerto, Mariló. ¿Qué crees tú que puede haber dentro de un coche fúnebre? Tú habrás visto alguno de cerca, al menos los que llevaban a tu padre, a tu madre, o mismamente a tu hermano Ignacio o a tu amigo Eduardo. Los coches fúnebres orlados de coronas y escoltados por gente compungida suelen trasladar ataúdes, y allí dentro, a su vez, cadáveres. Es lo normal.

Afirma Mariló que el Toro de la Vega es “una fiesta maravillosa”.  Entiendo que así lo creen también las docenas de miles de almas que asistieron el pasado martes a la ejecución sumaria de Vulcano, en un ambiente entre lo festivo y lo jaranero. Se da la circunstancia de que vivo desde pequeñito en un lugar donde no pocos brindaban con champán tras un tiro en la nuca o la explosión de un coche bomba, con lo que sé bien que determinadas personas están dispuestas a convertir en celebración los sucesos más sangrientos.

A mí me sigue provocando náuseas que miles de jóvenes con su título de periodista recién salido del horno estén en paro, y con toda probabilidad no vayan a encontrar curro de lo suyo jamás, mientras gentuza como Mariló se lleve un pastizal al mes de la caja común, por decir ayer una sandez, hoy una extravagancia y mañana una canallada. A lo mejor es que a esta muchacha el linchamiento de un inocente –con unas gotitas de tradición y una pizca de arrojo palurdo– le parece fantástico porque se crió a las puertas de un centro de exterminio, allí en su Estella natal, y tiene la sensibilidad abotargada. Mientras otros se conectan a la empatía tras ver a diario paquetes intestinales y oír mugidos de agonía, la chica se mantiene impertérrita en su esclerosis moral, y encima lo lleva a gala. Y no parece sentir tampoco especial devoción ni por la historia ni por las matemáticas, por cuanto lo mismo le da miles que cientos; salvo que le ingresen este mes en la cuenta mil eurillos escasos (como a un ejército de españoles), y ya me imagino que correría entonces histérica a su jefe para deshacer el entuerto.

“Ahora mismo, nadie ha agredido ni pegado al animal”, insistía Mariló en su defensa particular de la sangría. Sucede, querida, que cualquier acto violento suele venir precedido por un momento de “no agresión”. ¿Comprendes? Si acaso no, permíteme que te regale un ejemplo didáctico, por si te sirve de algo. Imagínate víctima de eso que llaman “violencia doméstica”, que tu pareja te zarandea y da un par de hostias en la cara por encontrar la cena fría, que las cámaras de seguridad graban la repugnante escena, que la presentas como prueba ante el juez, y que este te comunica que sobresee la denuncia, “porque hasta un momento dado no se produce agresión alguna, y que él solo ve un tipo que te acompaña a la mesa”. ¿Comprendes ahora a qué nivel ha llegado tu estulticia?

Estás muerta, Mariló. Muerta en vida. No importa que tu corazón lata y que tengas los colesteroles esos en su nivel óptimo. Son cuestiones fisiológicas, al fin y al cabo. Porque alguien puede parpadear, reír, sudar, decir chorradas… y estar muerto. Tú eres el mejor ejemplo de lo que digo. Y un corazón, además de cumplir con sístoles y diástoles, tiene que sentir en su interior algo más que un líquido viscoso entrando y saliendo protocolario.

En fin, Mariló, que en paz descanses. Yo, de momento, he dado expresa orden a mis médicos para que, llegado el caso, no me transplanten órganos tuyos, no vaya a ser que en ellos venga incorporada tu alma, y sería entonces peor el remedio que la enfermedad.

 

 

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