ETB: ENGULLIR RANAS VIVAS FORMA PARTE DEL GUIÓN

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Por KEPA TAMAMES

 

Un entramado de tablas hace las veces de mesa para los comensales, y sobre ella varias cacerolas de barro, cubiertas. Enfrente, a una prudencial distancia y en disciplinado orden, dos grupos de personas vestidas con harapos de diseño esperan órdenes. Se trata de gente que intenta sobrevivir en medio de la selva sudamericana. El escenario resulta “premeditadamente informal”. El presentador, al más puro estilo macho alfa, ofrece las oportunas instrucciones para llevar a cabo la prueba:

“Aquel o aquella que designe el capitán deberá comerse vivos los animales que contenga el recipiente. ¡Suerte!”.

La cámara recoge muecas de repulsa, caritas de asco, pero nadie muestra especial desaprobación ni ética ni estética: forma parte del guión. A una de las concursantes le toca en suerte una rana de considerables dimensiones. Esta, una vez atrapada, patalea con desesperación tratando inútilmente de escapar. Nada extraño, por otra parte: el comportamiento que se espera de cualquier batracio en semejante tesitura. Pudiera decirse que también la pataleta forma parte del guión. La chica le asesta sin pensarlo varios contundentes mordiscos al tiempo que tira de su cuerpo, y acaba por engullir al mutilado animal con absoluta grosería. Se queja de que su víctima “tiene mucho hueso”, a lo que un compañero de aventura, por poner las cosas anatómicas en su sitio, añade: “No te preocupes, que es cartílago”. Arantxa no puede evitar un eructo, y el chiste fácil no se hace esperar: “Es la rana”. Otro concursante desmiembra impúdico una especie de nécora antes de tragársela a pedazos. Uno más descubre en su recipiente una escurridiza anguila, a la que descabeza a dentelladas tras ímprobos esfuerzos. Muestra después el valiente muchacho la prueba de tan insigne hazaña: su boca rezumando sangre.

Así relatado, bien pudiera parecer que la anterior escena corresponde a una peli gore de bajo presupuesto, o a la desquiciante trama de una novela urdida por mente perversa. Pero se trata de la más pura y dura realidad. Más en concreto, hablamos del programa El Conquistador del Fin del Mundo (El Conquis, para los amigos), orquestado por Euskal Telebista (ETB) y por tanto sufragado a escote con el erario vasco, detalle que agrava si cabe el hecho, pero que a las víctimas poco les importa, imagino.

En un capítulo anterior confinaron a dos peces en sendas pozas naturales y obligaron a las concursantes a matarlos a lanzazos. No había prisa por terminar la bacanal, y, con tal de que se cumpliera el guión, el presentador ordenó devolver a uno de los animales a la poza para que siguiera siendo alanceado. La escena termina con los peces heridos de muerte, coleando ya por puro protocolo y ahogándose impotentes fuera del agua. Ganó Arantxa, y perdimos todos. Pero el ansia de sangre de la productora no pareció quedar satisfecha, a tenor de los machetazos que asesta ante la gélida cámara otro participante a una serpiente que pasaba por allí, camino de su casa o dando un paseo matutino, eso ni lo sé ni me importa. Hasta una organización conservacionista lo denunció en los medios, manifestando su desazón porque les habían chafado en unos minutos la labor de años, inmersos como estaban en plena campaña de concienciación escolar para tratar de desterrar de la mente de los niños la absurda mala fama que “arrastran” los ofidios. Yo no entiendo mucho de serpientes, pero supongo que por fuerza ha de dolerles un machetazo en la cabeza, dotadas como están de un sistema nervioso centralizado, como lo estamos de hecho todos cuantos leemos estas líneas. ¿De verdad resulta tan difícil empatizar con quienes compartimos naturaleza vertebrada? Y quizá tenga su gracia lo de arrancar a mordiscos la carne de un cerdo abierto en canal –al menos tuvieron el detalle de que este estuviera muerto–, aunque muchos no conseguimos vérsela por ningún sitio. Será que nos manejamos con un sentido del humor diferente. O que nos hemos leído el Artículo 13.a de la Declaración Universal de los Derechos del Animal. Más allá de la agresión objetiva y gratuita a los animales, estaremos de acuerdo en que estos hechos en poco o nada favorecen la imagen de una comunidad política, la vasca en este caso.

He tomado como punto de partida un caso concreto, pero apenas es este un simple ejemplo del uso y abuso de ciertos animales que se prodiga en determinados programas de televisión: de manera burda en algunas ocasiones, más sutil en otras, pero siempre lesivos para ellos. Siendo así, debe tomarse también este texto como denuncia a todos esos espacios de la tele que recurren a la presencia de animales en el plató como mero atrezzo: tigres aterrorizados por el resplandor de los focos, perros temerosos de los aplausos, y no hablemos ya de los insectos y gusanos que servirán de “asquerosa comida” a concursantes ávidos de fama, por efímera y palurda que esta sea. Y hasta creo que merecería una muy seria reflexión el contenido de [supuestos] chistes y gracietas que desde luego no tienen en cuentan la terrible realidad de la que se nutren.

 

[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

 

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DOCE BUENAS RAZONES PARA "NO" TENER PERRO

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Por KEPA TAMAMES

 

1 | BUSCAS UN PERRO PARA QUE VIVA EN EL EXTERIOR. ¿Por qué no pruebas tú, a ver si te gusta? ¡Ya te vale! Una de las principales características de los perros es su talante afectuoso hacia las personas y otros animales. Es por ello que serán MUY desdichados si se les coarta dicho deseo. Un perro condenado al jardín o a una terraza es un perro frustrado, y acabará por generar problemas de comportamiento. ¿Sabes quién pagará tu falta de consideración? Efectivamente: él. Los perros son muy buena gente, y solo pretenden ser razonablemente felices junto a sus amigos. Como ves, compartimos preferencias comunes.

2 | NO TE GUSTAN LOS PELOS. ¡Entonces, depílate de arriba abajo! (Es broma). Los perros no pueden evitarlo: tiran pelo constantemente, y les trae al pairo dónde. Verás al pasar la escoba que ahí va "parte de tu amigo". Es lo que hay. Piensa que, en realidad, recoger cada día esa mata es una excelente noticia, pues confirma su buena salud. Cierto es que siempre compartirás lindos cabellos con la ropa –el mercado ofrece aparatitos bastante eficaces–, pero, por otro lado, cuentan que el género "animales de compañía" es una fuente inagotable de ligoteo (hablo de oídas). Además, recuerda que los perros necesitan ser cepillados regularmente para mantener su pelaje limpio y en óptimas condiciones. Si tienes manía compulsiva a los pelos, descarta vivir con animales.

3 | NO TIENES SENTIDO DEL HUMOR. Mala carencia en general, que se convierte en verdadero problema si convives con perros. Como seres sociables y amistosos que son, manifiestan una notable predisposición a hacer travesuras. Si de verdad no le acabas de ver la gracia a despertarte con una pelota de tenis baboseada compartiendo almohada, o a que el cachorrito decida que las 3:45 (a. m.) es una hora tan apropiada como cualquier otra para jugar... mejor te olvidas, ¿ok?

4 | ERES UN MANIÁTICO DE LA LIMPIEZA. Prepárate para meter ocasionalmente en casa –que también es la suya, por cierto– a una enorme masa de barro (y quién sabe si de otras materias igual de naturales), o tener marcas de nariz en cada uno de los cristales del coche... o hasta algún que otro escape gaseoso justo en plena reunión familiar. Si no te ves relajándote y poniendo una [medio] sonrisa a estas y similares situaciones, todo apunta a que TÚ y PERRO sois por completo INCOMPATIBLES.

5 | ERES POR NATURALEZA SEDENTARIO, Y PRETENDES QUE TU PERRO TE IMITE. Los perros son animales de por sí activos, y necesitan estímulos como ejercicio regular y socializarse a través del juego y de la relación, o por lo contrario los convertiremos en seres frustrados e infelices. Si te place, tú puedes optar por quedarte apoltronado en el sofá, pero mejor si no condenas a nadie a algo tan aburrido.

6 | TE GUSTA QUE TODO ESTÉ SIEMPRE EN SU SITIO. Los perros no tienen manos (te habrás percatado), con lo que su boca se convierte en un instrumento esencial de interacción. Por tanto, deberás asumir con cierta filosofía que tu amigo decida convertir en juguete tus prendas íntimas, que al fin y al cabo huelen a ti (quizá deberían visitar con más frecuencia la lavadora, por cierto).

7 | TIENES LA INTENCIÓN DE TENER UN PERRO DE FORMA TEMPORAL. ¿Pero tú de qué vas? ¿Crees que un perro es un reproductor de música? Sucede que los perros son amigos –verdaderos colegas, para que nos entendamos–, y tienen la "mala costumbre" de pretender vivir durante mucho tiempo contigo: toda la vida, si puede ser. Repite conmigo: perro = compromiso vitalicio. Si contemplas la mera posibilidad de deshacerte de él cuando tus hijos crezcan y comiencen su etapa escolar, has de saber que no es una opción ni medio aceptable. El mundo rebosa de animales abandonados que claman por una familia decente. ¡Y el tuyo ya la tiene! No aumentes la dramática lista de seres que perdieron su hogar por culpa de decisiones impulsivas y poco meditadas. La mayoría de estos desgraciados acaban muriendo de pena y soledad. Si decides tener un perro, repasa estos puntos tantas veces como sea necesario, por favor.

8 | NO TE GUSTA CONOCER GENTE NUEVA. El animal necesitará ciertas pautas educativas que le ayuden a convertirse en un "ciudadano canino ejemplar". Está científicamente demostrado que el binomio humano-perro es uno de los más eficaces para la relación social. Los perros son "imanes" para la gente (¡es materialmente imposible caminar al lado de un perro y no ser parado por extraños!). Si te reconoces como "misántropo irreversible", deshecha la opción de tener un perro.

9 | QUIERES GANAR UN POCO DE DINERO HACIENDO CRIAR A TU PERRA. Hay mil posibilidades de invertir esperando una lícita rentabilidad. ¡Pero los amigos no son acciones de bolsa! Cada año, miles de inocentes mueren por culpa de los "buenos sentimientos", como hacer caso al vecino que te pidió que le reservaras un cachorrito del perro de tu amiga. ¡No pretendas hacer negocio con tu colega peludo, so caradura! Haz caso omiso al enterado de turno que va por ahí alabando la "bondad de la cría". No te engañes: ellos y ellas no lo echan de menos, y traer más perros al mundo es un criminal acto de irresponsabilidad. Además, si lo piensas, la cría doméstica nunca puede ser rentable, pues requiere desde el principio una considerable inversión: atención veterinaria, medicinas, y un sinfín de "complementos". Pero con independencia de esto, recuerda que los amigos son para disfrutarlos, no para explotarlos.

10 | BUSCAS UN PERRO DE GUARDA. Seguramente has oído hablar de las "alarmas". Son unos aparatitos que, llegado el momento, generan un sonido tan desagradable como necesario. Bueno, pues es eso lo que necesitas; no un perro guardián. Porque los perros son camaradas, no sirenas de la policía. Si de verdad necesitas protegerte, incluye dentro de esa protección a los tuyos –¡también a los animales!–, e instala el correspondiente sistema de seguridad, como todo hijo de vecino.

11 | ¿DARÍAS LO QUE FUERA PARA QUE ESA BOLITA DE PELO NO CRECIESE? Algunos perros –sean de raza o mestizos– llegan a alcanzar un tamaño considerable, pudiendo superar los 50 kilos. ¡Eso es mucho perro! Puede que acabes con un oso peludo e hiperactivo que derribe sin querer con su rabo todo cuanto se interponga en su camino. No hay que ser diplomado en veterinaria para saber que "ese chucho no crecerá demasiado".

12 | PIENSAS EN UN PERRO COMO UN ELEMENTO TERAPÉUTICO PARA TUS HIJOS PEQUEÑOS Y UNA RESPONSABILIDAD PARA LOS MAYORES. Ambas cosas son en parte ciertas. Entre perros y niños deberían establecerse siempre vínculos amistosos y hasta cómplices –es de hecho lo que suele acontecer–. Sin embargo, la responsabilidad máxima de un perro debe recaer siempre sobre un adulto. Los niños pueden ser unos maravillosos amigos y compañeros, pero necesitan ser guiados y adoctrinados por sus referentes pedagógicos: los mayores.

 

RECUERDA: Solo si no te ves reflejado en ninguno de estos puntos puedes considerar que quizá –y solo quizá– estés preparado para convivir con un perro. Es de suponer que habrás captado que JAMÁS DEBES COMPRARLO, SINO ADOPTARLO.

 

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SIMIOS IGUALES, IGUALES DERECHOS

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Por KEPA TAMAMES

 

Parece que el veinticinco de abril se empeña en vincularse al concepto de revolución en la Península ibérica, si nos atenemos a dos acontecimientos que han tenido lugar en la mencionada fecha. Por un lado, la famosa “revolución de los claveles” que acabó con cincuenta años de dictadura salazarista en Portugal, y de paso con una interminable y dolorosa descolonización para el país vecino en sus posesiones africanas. El otro veinticinco de abril de carácter revolucionario tiene lugar treinta y dos años después, cuando uno de los grupos políticos representados en la Cámara Baja, esta vez en España, presenta una Proposición No de Ley para que se apruebe una de las iniciativas más audaces en lo que a avances morales se refiere: el Proyecto Gran Simio. Es esta una propuesta teórica lanzada por dos reconocidos filósofos en 1993, y cuyo propósito es que todos los Grandes Simios gocen de los mismos derechos básicos, entendiendo estos como los que conciernen a la vida y a la integridad física y emocional. Cinco son las especies que componen el grupo referido, y a una de ellas pertenecen todos y cada uno de los lectores de estas líneas. Pues sí, qué le vamos a hacer: nosotros y nosotras somos humanos, y por ende monos; “grandes simios” para más señas. Y nuestros compañeros de grupo lo completan orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos. Esto no es ni bueno ni malo, sino una evidencia científica sobre la que no cabe hacer conjeturas de índole moral. Es así y punto.

La cuestión es que los sesudos estudios realizados hasta la fecha no dejan de aportar cada vez más luz respecto al parentesco filogenético que nos une a todos los miembros de este exclusivo club, similitud que en algunos casos como el de los chimpancés llega a superar el 99%. ¡Ninguna broma! Y no lo es hasta tal punto que, con los datos en la mano, ciertas teorías morales que creíamos hasta ahora sólidas como rocas se tambalean ya como hojas. El dilema está servido. ¿Podemos permitir que se destruya la casa de los orangutanes en Borneo sin hacer nada, mientras asumimos el derecho a una vivienda digna de los monos humanos como un logro social digno de elogio? ¿Resulta coherente prohibir que se realicen experimentos médicos en hombres, mujeres y niños, al tiempo que lo permitimos en bonobos? ¿Somos “iguales”? Y, de ser así, ¿en qué aspectos y grados?

Estamos sin duda ante una segunda etapa de la revolución moral que Charles Darwin comenzó allá a mediados del XIX, y que provocó todo una suerte de críticas satíricas alrededor de la tesis según la cual no solo descendemos del mono, sino que somos de hecho “un mono más”. Las viñetas de los periódicos se convirtieron entonces en estrado de jueces, y los ilustradores contemporáneos hicieron su agosto a cuenta de la famosa teoría del naturalista inglés, que el tiempo y la ciencia han acabado convirtiendo en realidad palmaria. Incluso alguno de esos dibujos ridiculizantes preside todavía la etiqueta de cierta castiza bebida alcohólica con gran arraigo popular en nuestro país.

A tenor de lo que acaba de suceder en esta ocasión, se diría que pocas cosas han cambiado en nuestra mentalidad a lo largo de los casi dos últimos siglos, o bastantes menos desde luego de lo que nuestra arrogancia pretende exhibir. Porque la iniciativa socialista ha abierto la espita para que toda una cohorte de pensadores a sueldo, sin el más mínimo rigor ni información (una cosa lleva a la otra) se lance a verter sus críticas, ora estableciendo una comparación grosera entre los monos y el político de turno, ora sacándose de la chistera (que no de lo que pretende cubrir, como sería lógico) toda suerte de chanzas y gracietas, de tan ínfima calidad que apenas si tienen recorrido en el mercado interno de “incondicionales”. Pero la cosa podría quedar en simple anécdota si no se diese la circunstancia de que en el terreno de la argumentación más elaborada –que la hay– la cosa no mejora, y debiera hacerlo si pretendemos hacernos merecedores de la lustrosa etiqueta de “racionales” con la que tan frecuentemente nos regalamos los oídos. Haciendo un esfuerzo por sintetizar los argumentos utilizados por los detractores de la iniciativa, creo que pueden identificarse dos de ellos por encima de cualesquiera otros. El primero hace referencia a la supuesta improcedencia de conceder derechos humanos a individuos que no lo son. Improcedencia que asumimos por completo desde nuestra asociación. Tal es así, que nadie, hasta donde se sabe, ha propuesto tal cosa. Los orangutanes no necesitan “derechos humanos”, sino más bien “derechos orangutanianos”. Cosa bien distinta es que algunos (como los mencionados anteriormente a la vida y a la integridad) coincidan; pero tal hecho no deriva sino de la también coincidente naturaleza que nos caracteriza a humanos y orangutanes: ambos poseemos similar capacidad de experimentar dolor físico y padecimientos psicológicos intensos. Y es en este punto donde el dilema alcanza su punto álgido. Porque ya me dirán ustedes cómo conciliamos idénticos sufrimientos con diferentes consideraciones morales. ¿Estamos dispuestos a aceptar un hecho lesivo proscribiéndolo si la víctima es humana y al tiempo mostrar indiferencia por el solo hecho de que el protagonista pertenezca a otra especie? ¿Acaso este escenario no cae de lleno en el terreno de la discriminación arbitraria? ¿Qué diferencia sustancial existe entre discriminar humanos en razón de su raza, de su género o de su orientación sexual y hacerlo con otros individuos por razones de especie? Conocida es la extraordinaria dificultad de superar mentalidades forjadas durante milenios, de echar abajo ideologías que pesan como losas, para bien y para mal. Pero en eso precisamente consiste el reto: en ser capaces de superar errores e incorporar a nuestra realidad novedades que hagan de este mundo un lugar mejor para un número cada vez mayor de beneficiarios.

Y con esto nos vamos a la segunda cuestión aducida por los detractores. El manido y sin embargo eficiente argumento del “nosotros primero”. Siguiendo este pensamiento simplista, se supone que la comunidad humana no debería hacer nada por nadie (excepción hecha de nosotros mismos) hasta que no queden definitivamente superados todos y cada uno de los problemas que nos acechan. ¡Pero tal pretensión es egoísta como pocas, máxime teniendo en cuenta que el problema central de los monos chimpancés y de todas las demás especies “grandesimiescas” somos los monos humanos! Intentar dejar aparcadas sus desdichas hasta que no solventemos nuestras desgracias es tanto como intentar acallar la boca de las mujeres maltratadas aduciendo que “antes están los varones” (con el agravante de que son precisamente estos los victimarios de aquellas). Se necesitan grandes dosis de mala fe para que alguien que agrede a un inocente le espete a continuación que debe esperar a que él mismo resuelva sus problemas antes de que se proceda a atenderle de sus heridas.

Pues así están las cosas. Parecía que la actual legislatura política, y en lo que a logros de naturaleza moral se refiere, había tocado techo con las comisarías especializadas en violencia doméstica y los derechos civiles concedidos a los homosexuales. Pero todo apunta a que esta ilusionante etapa aún puede dar mucho juego, teniendo en cuenta además que apenas hemos superado el ecuador de la misma.

Termino recuperando la caprichosa conexión inicial con las fechas. Si incruenta –o casi– fue la primera, más pretende serlo la segunda, dadas sus raíces y características esencialmente protectoras y orientadas en cualquier caso a garantizar el bienestar de inocentes. Al final, y se mire por donde se mire, la concesión de derechos a comunidades a las que hasta ese momento se les negaban es una cuestión de simple y llana generosidad. Nada más. Y nada menos.

[*] Texto escrito en mayo de 2007

 

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ABANDONOS

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Por VÍCTOR PINTO [*]

 

Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que el abandono es la primera causa de sufrimiento de nuestros animales de compañía. El perro al que con suerte solo lo sacan a pasear una vez al día, o el gato que pasa la mayor parte del día solo y que ocupa las horas en dormir por puro aburrimiento son en cierta forma felices respecto al pobre animal abandonado. El perro expresa sin dobleces su inmensa felicidad cada vez que se reencuentra con su "jefe de manada", a quien saludará con la mayor de las efusividades. Y el gato es razonablemente feliz percibiendo que su territorio está a salvo y que su "madres" (nosotros) lo atenderán sin falta en todo aquello que pueda necesitar. Poco más piden unos y otros. Pero, aun así, para algunas personas es incluso demasiado, y no dudan en abandonarlos en plena calle o en cederlos a algún centro de acogida. Las autojustificaciones corren como el agua, y como los falsos tópicos, no aguantan la más mínima prueba racional. Así, aquello de que "El gatito aquí estará bien, pues siempre encontrará alguna persona caritativa que le alimente", el recurrente "No te preocupes, que alguien lo recogerá", o el no menos conocido "Allí estará bien, junto con otros perros y gatos" apenas pasan de ser burdos lavados de conciencia. Tan groseros que ni pena merece ocupar el tiempo en desmentirlos, porque otros ocuparían rápidamente su lugar. Reconozcamos que los humanos hemos aprendido a justificar muchas de nuestras criminales acciones de una forma prodigiosa, y basta para evidenciarlo un breve repaso a nuestra historia reciente, plagada de barbaries que siempre tuvieron su "razón de ser".

Y, mientras tanto, ahí se quedan ellos y ellas, que tanto daban y tan poco pedían. Deberíamos ocuparnos más en apreciar sus ojos, tristes o alegres según circunstancias, para comprenderlos mejor, o simplemente para comprenderlos. ¿Qué he hecho mal esta vez? o ¿Por qué me dejan aquí? son mientras tanto preguntas que no obtienen respuesta.

[*] Profesor Titular de Geología en la Universidad de Barcelona.

 

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ESPERANDO A PATTY

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Por KEPA TAMAMES

 

Estábamos nerviosos como adolescentes en su primera cita. Y no porque hubiera dado comienzo una nueva primavera, menuda cursilada. El pasado sábado nos examinamos: vinieron a casa dos inspectoras de cierta asociación protectora para comprobar in situ nuestra idoneidad como tutores caninos (vulgo "dueños"). Mi mujer y un servidor hemos convivido con perros durante más de un cuarto de siglo ininterrumpido (salvando las dos semanas entre Arkupe y Koska). Ahora le toca el turno a Patty, un ser diminuto –chica– al que solo conocemos por fotos (lo más parecido a una cita a ciegas), y de la que sin embargo estamos ya perdidamente enamorados. Si pasa con los actores de cine, parece aún más lógico que suceda con quienes van a ser tus colegas de por vida.

Aunque por naturaleza somos gente aseada en lo personal y cuidadosa con nuestro modesto piso, le dimos para la ocasión una limpieza somera, para que las citadas inspectoras se llevasen la mejor impresión posible y nos avalen en la adopción de Patty. Porque esto, reconozcámoslo, ha avanzado que es una barbaridad –me refiero a la gestión de la protección animal–. Yo recuerdo que hace apenas unas décadas las cosas eran como más abruptas y deslavazadas. Hoy, para ser aspirante a "dueño" tienes que rellenar un señor formulario donde lo mismo te interpelan sobre dónde dormirá el animalito que sobre tus planes para las vacaciones del verano. Una vez enviado el documento, una persona te responde amablemente al correo, y te dice que, en calidad de candidato, tu petición será examinada en la correspondiente comisión evaluadora (¡seis miembros!), y que se comunicará el resultado a la mayor brevedad posible, para no hacer esperar a ninguna de las partes, en especial al bichín, que sin saberlo se encuentra en un momento crucial de su vida.

A mí me parece cojonudísimo que las cosas se hagan con este celo y profesionalidad, porque desalmados y tontos del culo hay en todas partes, y si acaso nosotros formásemos parte del club, pues perfecto que se nos niegue alto tan importante.

Cuentan en la red que Patty malvivía en la calle con un hermanito. Que se alimentaba sobre todo de pan, y que por ello estaba desnutrida en su primera visita al veterinario. Hace ya mucho que opté por dejar de intentar comprender determinadas mentes, entre ellas las de quienes permiten y aun fomentan la procreación de perros por puro capricho, porque se ha hecho siempre, o porque un vecino guay les soltó en el ascensor –en lugar de hablar del tiempo, como todo el mundo– aquello de "¡Mira a ver si tu perrilla tiene cachorros y me regalas uno!". Y, claro, la perrilla tiene cachorros, porque uno es un caballero de palabra y hay que repartir muñequitos a toda la comunidad. Luego, la mitad de los que se apuntaron comienzan a silbar y a mirar para otro lado, y los cachorros se los lleva el primer desaprensivo al caserío o a la huerta y los condena a cadena perpetua, o se los ofrece a los sobrinos para que jueguen un par de tardes, no más, pues ya se sabe que los chavales de hoy se cansan enseguida de todo. Si acaso hay un mal gesto del animalito, agobiado por los chiquillos, se pone el grito en el cielo, se le cataloga como "perro peligroso" y se le tira a un pozo, o se le asesta un palo en la cabeza, que nadie se va a enterar de la desaparición de un chucho que de hecho no existía de manera oficial. ¡A esta gentuza la enviaba yo un trimestre a Bangladesh o a Etiopía, para que conociera de primera mano lo que significa ser un paria entre los parias! Creo de verdad que hay gente que solo a hostias aprende. Y muchos –si saben que tienen el pasaje de vuelta pagado– ni aun así.

Les dejo, porque tenemos que seguir limpiando el inminente hogar de Patty. ¡Ojalá pasemos el examen, y que todos nos disfrutemos!

 

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LOBOS: EL FACTOR ÉTICO

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Por KEPA TAMAMES

 

Todo lo que rodea a una especie como la del lobo hace correr ríos de tinta desde tiempo inmemorial, inagotable filón para los mass media. Y suele presentarse el conflicto de forma bipolar: de un lado, los ganaderos; de otra, los ecologistas. Pudiera decirse que la administración desempeña aquí un papel intermedio, como de “espectadora secundaria”, aunque es ella quien al final determina las medidas que se ponen en marcha y que, dicho sea de paso, no suelen dejar demasiado bien parados a los cánidos. Este vendría a ser, grosso modo, el escenario.

Sin embargo, desde una respectiva animalista, el debate se queda por completo cojo si no se otorga su verdadero peso a determinadas cuestiones que suelen soslayar tanto las instituciones públicas como las tesis ecologistas (¡y no digamos ya los ganaderos!). Me refiero a eso que llamaré “el factor ético”, y que entronca directamente con la cuestión de los derechos de los animalesAproximarse al problema desde este prisma implica tener en cuenta no solo al lobo, sino al ganado del que este se alimenta, sin olvidar a otros animales que como elementos periféricos forman parte del cuadro, pues lo sufren como víctimas propiciatorias: los perros pastores.

En primer lugar, entiendo que conviene diferenciar de forma clara la distinta sensibilidad que mueve a ecologistas y a animalistas, pues con demasiada frecuencia suelen compartir ambos colectivos el mismo saco, cuando la realidad dicta que las diferencias entre ambos son muchas y profundas. Con todo, no se trata desde luego de posturas antagónicas o necesariamente irreconciliables. Lejos de ser así, unas y otras se complementan, e incluso dotan de la fuerza necesaria a una causa tan noble como lo es la defensa de los animales. Pero merecen no obstante ser abordadas por separado, pues una y otra poseen entidad propia. Mientras el ecologismo clásico –al menos por lo que a las especies silvestres respecta– ve a los animales como conjuntos biológicos con un status determinado en el medio, la ideología animalista los percibe como seres individuales con lícitos intereses en evitar el sufrimiento, siendo como son sujetos dolientes. Nos acabamos de topar de bruces con el quid de la cuestión, pues es la capacidad para el padecimiento físico y moral el elemento clave del ideario animalista, sin el cual se desmoronaría como un castillo de naipes. Asumiendo tan esencial detalle, cabría añadir incluso que muchos de los postulados ecologistas se encuentran justo enfrente de los animalistas, teniendo en cuenta que, ante la tesitura individuo vs. especie, no duda el ecologismo en decantarse por la segunda, aun a costa del padecimiento y la muerte de millones de los primeros.

Cimentada la escena, centrémonos en el fenómeno del lobo. Tal vez el primer aspecto que proceda ser tenido en cuenta sea la propia naturaleza del manejo del ganado en la actualidad. Los animales de abasto a los que hoy se explota pasan –en su práctica totalidad– sus días encerrados en sombríos barracones, por lo que apenas puede hablarse ya con propiedad de “pastoreo”. Esta labor implica una dedicación exclusiva, y no parece que merezca tal nombre el hecho de dejar vacas y ovejas en el monte, a su libre albedrío, mientras los propietarios trabajan a diario en una fábrica, subiendo a los pastos los fines de semana en una suerte de “comunión con la naturaleza”. Se me ocurre que, como mucho, no merece dicha variante otro calificativo que el de “pastoreo lúdico”. Así las cosas, no resulta extraño que la situación sea aprovechada por los depredadores de toda la vida, los lobos, que además se han quedado sin parte de su “despensa” natural, a la que el hombre se ha encargado de diezmar en algunos casos hasta la práctica desaparición. Introduciendo la cuña ética que entiendo merece este debate, parece claro quela licitud del lobo para atacar a las ovejas es muy superior a la de los propios ganaderos para similar propósito. Porque conviene ir dejando claro que la práctica de la ganadería, incluida la extensiva, supone un ataque frontal a los derechos más elementales de los animales. Ya me dirán si no qué implica tratar a seres sensibles –las ovejas lo son, sin duda– como simples mercancías, sin dedicar un mínimo esfuerzo a tratar de entenderlas, ponerlos en su lugar. A ellas les desagrada y apetece a grandes rasgos lo mismo que a usted o que a mí. ¿Por qué habría de ser diferente? Se necesitan grandes dosis de ingenuidad –o en su defecto de puro y simple egoísmo– para creer que el manejo de animales de abasto es hoy una actividad respetuosa. Los hechos están ahí para quien quiera aproximarse, libre de prejuicios y con un mínimo rigor, al fenómeno.

Manifiestan los ganaderos que el lobo afecta de manera grave a sus intereses, y no les falta razón. Pero parecen querer obviar tras esta pataleta que los lobos también tienen intereses. ¿O acaso alguien piensa que un disparo en el costado o la pérdida de la compañera sentimental son hechos inocuos para ellos? Sin ningún género de dudas, tales cosas suponen dolor físico y padecimiento emocional, y los lobos están tan interesados como podamos estarlo nosotros mismos en eludirlos. ¿Resulta proporcionada la reacción de los ganaderos al matar y destruir familias ante una pérdida que no supone para ellos sino una parte ínfima de lo que poseen? Salvo que nos abonemos a la discusión reduccionista entreecologistasyganaderos–con la administración como árbitro, bastante casero en este caso–, otras muchas reflexiones deben salir a la palestra en este debate, y la ética global ocupa aquí un lugar preferente.

Precisamente su carácter global nos obliga a considerar a otros grandes olvidados: los perros. Se trata de animales usados –en su acepción más mecanicista– hasta su extenuación. ¿Alguien se ha parado a pensar qué sucede con estos trabajadores cuando cumplen cierta edad y ya no responden con la eficacia inicial a su triste papel de “matones”? ¿Cumplen las instituciones públicas la normativa proteccionista en tales casos? Los mastines destinados a disuadir con su imponente presencia a los lobos apenas pasan de ser burdas herramientas de las que el dueño del rebaño se deshará a la que no satisfaga sus expectativas. Un torpe disparo, una cuerda al cuello, o lanzarlo vivo a una sima son demasiadas veces los expeditivos métodos empleados por los ganaderos para eliminar el “material viejo”.

Como se ve, el tema da para mucho. A poco interés que tengamos en un análisis completo y honesto de la situación, aparecen efectos colaterales por doquier. Mención especial merece, por ejemplo, la execrable actitud de quienes, no contentos con esclavizar animales y disparar sobre aquellos que no pretenden sino su condumio diario, se valen de individuos muertos y heridos para llamar la atención de los medios en ciertas reivindicaciones callejeras, en un comportamiento que raya con la perversión moral.

Cabría decir, por último, que no estaría mal que las diferentes instituciones competentes en la materia –suelen ser las diputaciones provinciales– nos explicaran con claridad diáfana en qué situaciones entienden ellas que está justificado agredir a los animales. Porque la legítima defensa bien puede ser una. Aunque cuesta horrores entonces colocar en el mismo epígrafe a la cría de faisanes con el único objetivo de que una horda de ociosos domingueros con licencia para matar la emprendan a tiros con ellos, en lo más parecido a un fusilamiento sumario.

 

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PERSONAS COMO WASHOE

PERSONAS COMO WASHOE imagen

 Por KEPA TAMAMES

 

Hace ya algunos meses que murió Washoe, una persona por completo desconocida para la mayoría de nosotros, a quienes nada especial nos dice su nombre. Ante la desaparición de tan insigne residente, responsables de la Universidad de Ellensburg (Estado norteamericano de Washington) manifestaron entonces su intención de rendirle un tributo fúnebre, añadiendo que "En el momento del deceso Washoe estaba rodeada de su familia y sus más estrechos amigos". ¿Qué hizo en vida Washoe para merecer tal reconocimiento? En realidad, nada. La comunidad científica obtuvo logros que a buen seguro no eran para ella sino algo natural. Nunca sabremos si Washoe en realidad se mofaba de los sesudos catedráticos de bata blanca cuando éstos se congratulaban de poder establecer con ella conversaciones de cierta complejidad. Hablo de "ella" porque Washoe era una chica, una venerable anciana de 42 años –lo son al parecer las chimpancés a esa edad–.

En efecto, Washoe fue objeto de una amplia atención mediática en los años ochenta, cuando, integrada en una familia humana como un miembro más, fue objeto de meticulosos estudios sobre la capacidad de los miembros de su especie para desarrollar y usar el lenguaje de signos hasta entonces privativo de los sordos humanos. Los resultados fueron sorprendentes. Se llegó a la conclusión de que los chimpancés son capaces de transmitir ideas estructuradas, deseos abstractos, de establecer planes de futuro, de "engañar" para conseguir prebendas, de burlarse por puro placer, de exteriorizar conscientemente sentimientos y emociones, de compartir penas y alegrías con los demás y recibir así el apoyo necesario para superar determinados traumas. Esta realidad no demuestra tanto que "se parecen a nosotros", como gusta afirmar a los etólogos, sino más bien que "se parecen a ellos mismos". Cabría en consecuencia deducir que, por encima de la autocomplacencia de la comunidad científica (otro día hablamos de ello), los chimpancés son verdaderas personas.

Imagino que muchos de quienes leen este artículo se habrán percatado ya de que he calificado de "persona" desde el mismo título a un mono, un atrevimiento que casi todo el mundo colocaría entre la ofensa y la herejía. Pues sí, Washoe era una persona, tanto como pueda serlo usted o yo, dado que no existe nadie que pueda ser persona "en cierto modo" o "a tiempo parcial". Lo de ser persona es como aquello de estar embarazada, para que nos entendamos: o se es o no se es. Pero vamos al meollo de la cuestión. ¿A qué viene esto de que los monos sean personas? Pues a que el concepto de persona da más juego del que parece, y sobre todo del que nuestro ego está dispuesto a permitirnos. No hay problema –al menos yo no lo tengo– en aceptar la completa equivalencia etimológica entre persona y ser humano en nuestro lenguaje cotidiano, sobre todo por cuestiones de estricto carácter práctico. Pero si nos adentramos un poco en el terreno de la filosofía moral, tal equivalencia salta hecha añicos, por cuanto una persona sería un individuo con unas determinadas características, y no tanto por la mera pertenencia a una determinada especie biológica. (Conviene recordar aquí que con el término "persona" se designaba en las obras teatrales de la Roma clásica a la careta que dotaba de diferentes "personalidades" a los actores). Siendo así, no es difícil concluir algo que resulta turbador para cualquier especie de naturaleza engreída, un descubrimiento que socava lo más profundo de nuestro carácter autorreferencial: ni todos los seres humanos son, stricto sensu, personas, ni todas las personas han de ser necesariamente humanas. (Aclaro que se trata de algo que no depende de mí, ni tengo yo interés especial alguno en ello, pues mi papel aquí se limita al de mero informador).

La historia de Washoe debería servir al menos para revisar nuestra habitual mueca cuando oímos a alguien aquella supuesta redundancia de "las personas humanas", endosándole por defecto una escasa formación académica. Vale que quienes recurren a la castiza expresión lo hacen –imagino– desde un completo desconocimiento de todo el rollo éste de la filosofía moral, lo que no es óbice para que, una vez constatados los hechos, la comunidad humana deba hacer examen de conciencia sobre el trato que da a muchos de sus semejantes, personas no humanas en este caso, a quienes encierra de por vida tras unos barrotes con el único propósito de hacer negocio, somete a dolorosos experimentos pagados por empresas de cosméticos, o convierte en un guiñapo sanguinolento en verdaderos linchamientos públicos. Son ya muchos los científicos que desde muy diversos campos del conocimiento abogan por reconocer derechos jurídicos garantistas "para todas las personas", con independencia de la especie a la que pertenezcan. Se trata de una meta que en nada nos perjudica a nosotros y en mucho les beneficia a ellos, los animales parahumanos. Un estricto ejercicio de decencia y generosidad moral.

[*] Artículo escrito en febrero de 2008.

 

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LA CAMISETA

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Por KEPA TAMAMES

 

Llegan de nuevo los Sanfermines, y con ellos la matraca diaria de todo medio que se precie, sea televisión internacional o periódico gratuito local. Para gustos, desde luego, pero a un servidor la información sobre eventos festivos le parece igual de ligera que una copita de lavavajillas como digestivo. Porque, reconozcámoslo, la cosa esta de los Sanfermines es pesada como ella sola. Que sí, que se trata de una fiesta superdivertida y que hay mogollón de gente en la ciudad. Una sociedad discreta, reservada y conservadora el resto del año, la pamplonica, bulle y se desmelena durante nueve días. Seguro que les suena de algo, aunque sólo sea por el elemental hecho de que, terciado junio, ya empiezan algunos con los dichosos Sanfermines para arriba y para abajo. Lo dicho, las fiestas más conocidas fuera de nuestro país, las más internacionales, sin parangón en lo pachanguero. Con su "lado oscuro", añado yo. Y para tratar de explicarme tengo por delante el resto del artículo.

Mi primer desembarco en los Sanfermines fue fugaz. Se produjo cumplidos los treinta y muchos, algo casi incomprensible teniendo en cuenta que he vivido siempre a no más de una hora por carretera de la vieja Iruña. En una rueda de prensa multitudinaria explicamos a periodistas de medio mundo el aspecto siniestro de la fiesta: las corridas de toros y los encierros. (Hasta donde yo sé, la primera vez que se cuestionaban a micrófono abierto estos últimos). Apenas una hora después del chupinazo yo cogía el autobús de vuelta a casa, no sin antes dar un pequeño paseo por el centro y detenerme en los puestecillos ambulantes cargados hasta los topes de algunos elementos textiles ineludibles para la juerga. Hablo de los consabidos sombreros de paja deshilachada, de las fajas rojas, de camisetas de quita y pon con toda suerte de mensajes que, dicho sea de paso, no rebosaban precisamente enjundia intelectual. Han pasado casi diez años de aquello, y todavía es lo que acude a mi cabeza cada vez que veo en la televisión imágenes de la fiesta. Una de las camisetas más solicitadas por el público no contenía frase alguna; simplemente estaba repleta de agujeros y desgarros, tintada toda ella de manchurrones rojos. Sí, son ustedes unos linces: representaba la de alguien que acabara de ser corneado brutalmente por un toro durante el encierro. Sea por mi particular sentido del humor, sea porque yo allí estaba a lo que estaba, quedé impactado por la escena. Se frivolizaba con el terrible hecho de que un animal acosado por la turbamulta penetre tu torso por aquí y por allá, te perfore el estómago, los pulmones, te abra de par en par las axilas. Tal vez se trate de una cuestión de déficit personal en cuanto a un apartado tan particular como el humorístico, insisto, pero les confieso que aquella visión permanece entre las más obscenas que he presenciado en mi vida. Me pregunto a través de qué mecanismo mental puede aceptarse la banalización de la tragedia y elevarla luego a la categoría de drama social cuando de hecho ésta se produce. ¿Cómo es posible que la población en general asuma ese hecho con anodina complacencia –imagino que la prenda sigue dando buenos dividendos–, y luego se rasgue las vestiduras (la expresión ha surgido sola, lo siento) a la que un toro aterrado osa tocar con sus defensas al mozo de turno? Puestos a barrenar en lo morboso, imagino las portadas de los periódicos, la instantánea del corredor de turno con la vista perdida, llevado en volandas por los servicios de urgencias, enfundado en la camiseta, empapada ahora por su propia sangre y con orificios añadidos a los originales. Dado el severo estado de parestesia moral en que vivimos, hasta tengo dudas de que alguien se percatara del detalle.

¿En qué consiste la "fiesta"? ¿Acaso hemos reflexionado sobre si de verdad merece tal nombre una celebración nutrida de sangre inocente –me refiero a la de los toros, naturalmente–, y con frecuencia de la de sus agresores, los que corren a cientos delante, detrás, a los costados? ¿De verdad creen que se puede reservar el calificativo de "inocentes" a quienes con su sola presencia mantienen aterrorizados a los pobres bóvidos, que sólo muy de vez en cuando se defienden y le dan al valiente de turno su merecido? Sí, su merecido; a mí no me miren. Porque quienes se dedican en sus ratos de ocio a acosar a seres pacíficos por naturaleza deben asumir que la consecuencia razonable es que la víctima acorralada haga uso en un momento dado del único arma que posee. Según mi modesto entender, lo de verdad lógico sería dejar que los mozos corneados se desangraran en el asfalto. (Nunca he entendido que se deban utilizar recursos sanitarios sufragados por todos para curar a gente irresponsable). Que se levanten si tienen bemoles, que recojan sus vísceras humeantes y que se vayan a su casa a lamerse las heridas, como hacen los pocos toros indultados que sobreviven al linchamiento en sus dos etapas, matinal y vespertina. Gajes del oficio, chaval, nadie dijo que esto fuera un juego inocente: te la has jugado y has perdido. A estas alturas del texto no pocos lectores estarán horrorizados con lo que he escrito. Y muchos entre quienes maldicen al diario que osa publicarlo serán los mismos que ven con agrado los puestos de fruslerías festivas, con su producto estrella en primera línea: la camiseta.

 

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EL CURIOSÍSIMO Y DECIMONÓNICO CASO DE LA SEÑORA KINGSFORD

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Por KEPA TAMAMES

 

Aunque los menos, algunos activistas por los derechos de los animales han llegado a la agresión física de sus oponentes: por ejemplo, los partidarios del uso de animales en experimentación (eso que aún se sigue denominando "vivisección"). Médicos, farmacéuticos y pensadores recibieron en sus buzones cartas amenazantes, e incluso descubrieron horrorizados bajo su automóvil paquetes que dejaron de ser sospechosos para pasar a ser oficialmente bombas. Los militantes más corajudos se la jugaron, pagaron por ello con la cárcel, y hasta alguno con la propia vida tras varias huelgas de hambre. A buen seguro que cualquiera de ellos daría gustoso sus dedos meñiques por conocer la fórmula secreta de la señora Kingsford, quien se llevó por delante con total impunidad a más de un afamado vivisector. O eso tienden a creer las mentes más fantasiosas.

Ya desde niña, la entonces Annie Bonus aprovechó la condescendencia de su padre, un próspero comerciante inglés, y comenzó a leer... ¡y a escribir! –mediado el siglo XIX y con vagina de serie, sendas proezas–. La chica era más bien rarita, mas no por las aficiones relatadas, sino por la obsesión que acabó condicionando su vida. Dada al ocultismo, y por zanjar cuanto antes algo tan inevitable en la época como el matrimonio, contrajo nupcias con un clérigo (familiar cercano, por más señas), de quien tomó su definitivo apellido. La pareja consensuó desde el primer momento la absoluta independencia de cada cual, a tal punto que Anna se trasladó a París con la doble intención de estudiar Medicina y continuar con sus investigaciones esotéricas. No gozó de especial simpatía entre la comunidad universitaria, fuera por su convencido vegetarianismo, acaso por sus ideas en general radicales, o quizá debido a su férrea condena de la vivisección. Y sí: para la buena de Anna resultaba del todo compatible estudiar una ciencia empírica y comunicarse con genios y espíritus.

La señora Kingsford sentía verdadero odio hacia las prácticas que sus compañeros de estudios realizaban con toda suerte de animales, y solía retar a los profesores a que experimentaran con ella si tenían valor. Le eran insoportables los aullidos desesperados de las víctimas, y sobre ello escribió: "He hallado mi Infierno en esta Facultad; un Infierno más real y terrible que cualquiera que pueda encontrar en otra parte". Le espetó un contundente ¡Asesino! al mismísimo Claude Bernard –entonces profesor suyo– en plena clase, cuando este explicaba cómo cocinó vivos a unos pobres animales para estudiar el calor corporal. Con toda su rabia anheló que el profesor muriese esa misma tarde. Si bien no satisfizo su deseo al completo, apenas tuvo que esperar seis semanas, pues al poco del incidente en el aula Bernard cayó enfermo, y falleció mes y medio después sin diagnóstico médico.

Anna asumió con relativa naturalidad que había sido ella la inductora de la muerte del profesor Bernard, y se prometió en la intimidad de su dormitorio que a partir de entonces, en calidad de "ángel exterminador", dedicaría parte de su energía a acabar con todo vivisector que se cruzara en su camino, convencida de que con ello no hacía sino impartir una especie de Justicia Divina para la que sin duda había sido elegida. Fijó su próximo objetivo en otro profesor: el Dr. Paul Bert. Tras graduarse con notable éxito, pasaría a la historia como la primera estudiante que objetaba a las horribles prácticas de vivisección. Pero ahora estaba centrada en su particular cruzada. Bert no tenía empacho alguno en dejar agonizando durante toda la noche a los animales objeto de sus experimentos, pavoroso escenario que hasta provocaba el insomnio en parte del barrio. El doctor falleció a finales de ese mismo año.

Si su primer "logro" la convenció de ciertos poderes sobrenaturales –y hasta justicieros–, el segundo la animó aún más en su empresa. Metida en faena... ¿por qué no Louis Pasteur? Desdeñó la lenta y antropocéntrica mano de la Justicia, persuadida de que su método era mucho más eficiente, audaz y rápido. Pero la magia es ante todo caprichosa, y lo mismo te ofrece confianza que te da un disgusto de los gordos. Una tormenta, por ejemplo, al salir a hurtadillas del despacho de la que pretendía fuera su tercera víctima. De aquella incursión nocturna cogió una neumonía de las de hace siglo y cuarto, ninguna broma. Y de ahí a la tuberculosis, un paso. Efectivamente, Anna murió en febrero de 1888. Según contaron quienes la acompañaron en el trance, la pobre pasó sus últimos meses atormentada por los gritos e imágenes de los animales en las mesas de prácticas.

Pasteur le sobrevivió siete años largos, con lo que quedaría en parte desmontada la supuesta habilidad mental de la señora Kingsford. O no. Porque en la época en que la mujer ejercía con todo ahínco su odio hacia el científico, este cayó gravemente enfermo, recobrando la salud al poco de que Anna abandonase este valle de lágrimas.

 

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SI NACES TORO

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Por KEPA TAMAMES

 

Si naces toro y las conversaciones que oyes a tu alrededor se desarrollan en español, existen sobrados motivos para preocuparte. A partir de entonces tienes el dudoso honor de haberte convertido en el protagonista de una historia de pasión, de identidad cultural, de negocio y, lo que es peor para tus particulares intereses, de linchamiento público. Todo junto. Dicho así, hasta pudiera parecer sugerente, pero el hecho de que ninguna de las personas que leen estas líneas daría su consentimiento para cambiarse por ti da cuando menos que pensar.

Si naces toro vives con tu madre, y durante cierto tiempo te dejan más o menos en paz. Analizado en ese momento, ser toro hasta podría resultar una experiencia interesante. Apacibles jornadas de sol y moscas, una vivencia que no requiere mucho más que un cronograma rutinario. Despertarte, comer, acercarte con tus compañeros de manada hasta la charca, un relajado sesteo bajo tu encina favorita, y se te va la tarde sin darte cuenta. Hora de regresar. Mañana será otro día.

Si naces toro debe de resultarte muy desagradable que, apenas con unos meses de vida, te separen un día de tu familia y te lleven a un lugar donde hace un calor infernal (casi tanto como cuando acercaron a tu nalga aquel hierro candente, apenas venido al mundo), con un aspecto que en nada recuerda a tu paisaje cotidiano. Arena de color oscuro sobre el suelo, y una banda corrida de cemento y madera por todo horizonte inmediato mires donde mires.

Un tipo a caballo aparece en el extraño escenario y te provoca para que te acerques, en una situación novedosa y desconcertante para ti. Te defiendes, pero cuando lo haces sientes un agudo dolor detrás del cuello. Apenas unos segundos más tarde lo que percibes en un tufillo ferroso: parte de la sangre que hasta ese momento corría por el interior de tu cuerpo se abre ahora paso por la herida. Las provocaciones continúan. Tú respondes, a pesar de que comienza a invadirte una sensación de sofoco, fruto del calor y de la hemorragia. Por la noche, de vuelta con los tuyos, recuerdas la experiencia como algo inexplicable y traumático. Ni te imaginas que, mientras tú apenas puedes pegar ojo por el escozor del boquete abierto, los humanos ya te han catalogado como "toro para lidia" o "morralla para fiesta de pueblo". Lo cierto es que, si pudieras evaluar las consecuencias de uno y otro destino, no te sería fácil elegir tu final en base a uno de los dos estatus.

Cuando una fresca mañana aparece en el horizonte un enorme cubo que se mueve, tienes bien olvidado aquel nefasto día. Han transcurrido por lo menos cuatro años, y eso es mucho tiempo para un toro. Ni sospechas entonces que ésa será la última vez que veas y huelas tu único mundo. Atrás quedará para siempre el paisaje de encinas y tomillo.

El constante traqueteo del vehículo acaba convirtiéndose en un tormento. Ni un instante de sosiego, sin siquiera poder darte la vuelta o echarte un rato a descansar. Tú eres toro, incapaz por lo tanto de medir el tiempo (¿para qué debería servirte tal habilidad?), pero han sido nueve horas de golpes en los costados, vómitos, mareos y angustia. No habías sentido nada tan desagradable desde la jornada de la tienta. Desciendes por la rampa, tambaleante y receloso, con veinte kilos menos. Desconoces por completo que uno de tus compañeros de manada murió hace dos semanas por colapso durante el traslado.

Un par de días más, y otra vez al horrendo chiquero, las varas que pinchan tu cuerpo y te dirigen para aquí y para allá... Otro pinchazo en el cuello como aquel ya casi olvidado, y la única salida hacia un entorno redondo, tumultuoso, asfixiante, vagamente familiar. De nuevo el tipo del caballo, esa figura siniestra que repite la operación, pero esta vez de una menar mucho más brutal, más prolongada. Si naces toro te introducen en la espalda una puya metálica del grosor de un brazo humano. Sacan y meten la vara para agrandar la herida. Una vez dentro, el diabólico instrumento gira sobre sí mismo como un taladro con el perverso fin de raspar la cara interna del boquete, para lo que resulta especialmente eficaz forrar el extremo del palo con maroma. Si naces toro eres lo suficientemente imbécil como para pensar que empujando al caballo te vas a zafar de la tortura. Desconoces que, a estas alturas, no tienes posibilidad alguna de escapar.

Apenas un respiro antes de que se acerque corriendo una absurda figura luminosa y te clave, en diferentes acometidas, hasta media docena de pinchos que te producen un dolor de fuego. Tratas de librare de ellos con bruscos movimientos de cabeza, pero no consigues otra cosa que desgarrarte los músculos con los arpones. La pérdida de sangre te nubla la vista, y ni el incesante jadeo consigue que recuperes tu ritmo cardíaco habitual. La sed te abrasa la garganta, y pensar en el agua de la charca bajo la encina no hace sino angustiarte aún más. No hay tregua. Definitivamente, esto es mucho peor que lo de la tienta. El incesante griterío te impide encontrar un segundo de consuelo.

Si naces toro se te planta enfrente el tipo brillante, se arranca a toda prisa con un sable en la mano y te atraviesa los pulmones. A veces también el corazón. Este pasaje resulta especialmente doloroso, porque te acaban de reventar tu bolsa de oxígeno y comienzas a ahogarte. Por la boca sale un caudal de sangre importante, que se une a las babas y al moco que te ha acompañado desde el principio de la lidia.

Si naces toro no tienes ni puta idea de lo ridículo que resulta pensar que, quizás como la otra vez, al final dejarán que vuelvas a tu encina, a tu charca, con los tuyos. Empiezas a sospechar lo peor cuando, ya inmóvil en el suelo, sientes como te rebanan las orejas hasta desprenderlas de la cabeza, donde siempre habían estado desde que recuerdas. A veces corre la misma suerte el rabo, el mismo que tan útil te había resultado a la hora de mantener a raya a los pesados tábanos. Llegados a este punto, sólo puedes desear morir antes de llegar al desolladero, pero en ocasiones tu destino es tan cruel que ni siquiera eso sucede.

Nunca sabrás que hasta es posible que tu tormento y el de otros cinco compañeros puede haber servido de excusa propagandística con el objetivo de recaudar fondos para luchar contra comportamientos humanos tan deleznables como el terrorismo, la violencia doméstica o la guerra.

 

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