POR SUS CACAS LES CONOCERÉIS

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Por KEPA TAMAMES

 

Los operarios descienden del coche oficial, abren el portón trasero, se enfundan los guantes de látex y recogen el equipo. Apenas unos segundos después obtienen la primera muestra: una cagarruta (se supone que de chucho local, pues si es foráneo o de especie no canina, de nada sirve). Con gesto contrariado, retiran el zurullo en una bolsa individual, en cuya etiqueta externa apuntan algo, y continúan con la recolección. Con un par de docenas de “setas” a buen recaudo, regresan al vehículo y devuelven el kit a la cabina posterior. Pasan por el laboratorio antes de continuar la ronda, pues no es cuestión de llevar la “cosecha” encima durante el resto de la jornada, y esperan que su jefe les destine a mejores misiones.

La escena se desarrolla en Xàtiva (Alicante), donde las autoridades locales decidieron acabar por la brava –a golpe de Ordenanza– con la muy insana costumbre de dejar las deposiciones caninas tal que ahí, donde su legítimo (e inconsciente) dueño decidió aliviarse. El tema no es baladí, tenida en cuenta la importante demografía perruna de nuestros pueblos y ciudades. En tal sentido, me encuentro entre los convencidos de que una significativa mayoría recoge de forma preceptiva los restos orgánicos de su amigo y los deposita en la papelera más cercana. Pero es que aun siendo mínimo el porcentaje de guarretes, la cosa resulta insoportable. Porque una décima parte de mierda es un buen montón de mierda, reconozcámoslo. De mil evacuadores –a dos por jornada–, son doscientas deposiciones que nadie quisiera no ya en el pasillo de su casa, sino meramente frente al portal del edificio.

La presencia de “material escatológico sólido” se ha visto reducido a la cuarta parte en la localidad. Lo cual apoya la vieja teoría de que no hay nada como que nos amenacen con meternos la mano al bolsillo para que adquiramos de súbito un comportamiento cívico hasta entonces desconocido. ¡Ya nos vale!

Manifiesta ufano a la prensa el Concejal de Seguridad Ciudadana que ”La responsabilidad de tener una mascota significa tener que cuidarla en casa y también en la calle. Porque hay personas que no tienen mascota, y no tienen por qué soportar sus excrementos”. Habla el edil como si de un especialista en “perros que cagan en la calle con que dueños no lo recogen” se tratase. Vamos a ver… Que yo sepa, al perrillo se la trae al pairo que recojas el mondongo o que lo dejes allí como muestra de arte perecedero. Parece claro que se trata de una cuestión de urbanidad, de higiene, de civismo… Pero quede también claro que con recogerlo no cuidas más a las “mascotas”, sino a tus conciudadanos, quienes, por cierto, lo merecen como los que más. Mejor si nos aclaramos con los conceptos y hasta con las ideas, porque de lo contrario esto es un lío. Por otro lado, señor concejal, piense que eso no tiene necesidad de aguantarlo nadie, con independencia de que tenga “mascota” o no. La urbanidad es la urbanidad, convivas con un chucho mil-leches o con tu tío del pueblo. Es como si el mismo concejal adujera en defensa de una campaña municipal contra las pintadas que “Hay personas que no hacen grafiti, y no tienen por qué soportar que otros ensucien las paredes”. En fin…

Esta noticia me suscita al menos dos reflexiones. En primer lugar, me pregunto qué razones puede aducir alguien para, tras ver a su tutelado husmear frenético, elegir espacio, encorvar el lomo y soltar el regalito, dejarlo allí. ¡Con un par! Ni aunque fuera un fanático del abono natural tendría justificación, pues los fanatismos, como tales, no deben afectar a la comunidad toda, particularmente si la comunidad toda está de acuerdo en que eso es una cochinada sí o sí.

40.000 euros de inversión. “Y si hace falta invertir más, lo haremos”, añadía. No es moco de pavo la cifra. Y me hago ahora, de sopetón, la segunda reflexión: ¿cuánto habrá gastado el citado Ayuntamiento en campañas antiabandono; cuántas serán las multas impuestas por maltrato animal en la localidad; qué partida presupuestaria destinará a subvencionar la labor de los colectivos proteccionistas locales (que al fin y al cabo hacen una labor que correspondería en pura lógica a las diferentes administraciones)? Me apuesto algo a que poco o nada. Esta es la desvergüenza de quienes nos gobiernan: que no acaban de distinguir entre lo importante y lo esencial. Que muestran ante las cámaras su verdadero nivel intelectual y ético, sin dobleces ni perifollos.

Así nos va…

[*] Escribí este artículo para la sección BICHOS, del magacín digital AllegraMag.

 

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MANIFIESTO POR LAS AVES

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Por KEPA TAMAMES

 

Las aves generan sentimientos contradictorios en los seres humanos. Por un lado, recurrimos a ellas a través de metáforas, e incluso las convertimos en iconos a la hora de transmitir algunos de los valores que más apreciamos, como la libertad o la paz. Por otro, las aniquilamos en masa a través ciertas prácticas deportivas, o las sometemos a la más cruel de las esclavitudes para obtener algunos de sus “productos”. Ello no es sino una clara muestra de la esquizofrenia moral con la que la comunidad humana ve a los animales con los que comparte planeta. En efecto, mientras algunas especies gozan de la protección legal y la estima general de la sociedad, no mostramos hacia otras el más elemental respeto, por lo que las reducimos a simples objetos de consumo en multitud de campos. Por lo que a las aves respecta, un ejemplo que ilustra esta realidad lo encontramos en las rapaces, cuya seguridad está en teoría garantizada a través de férreas normativas de protección, al tiempo que la vida de otras muchas especies, como las cinegéticas, se pone a disposición de quien desee disparar sobre ellas como simple pasatiempo dominguero con solo acreditar la posesión de una licencia de armas y una mínima pericia intelectual a la hora de pasar el examen preceptivo.

 

La `caza deportiva´, una agresión injustificada

La “caza lúdica (deportiva)” suele justificarse mediante argumentos tan peregrinos como la supuesta necesidad de mantener equilibrados los ecosistemas, como si antes de nuestra aparición en la Tierra reinara en ella un caos que únicamente terminó cuando los humanos la emprendimos a tiros contra los animales.

El supuesto papel de “garantes del medio natural” que se atribuyen a sí mismos los cazadores no pasa de ser un burdo disfraz con el que tratan de dulcificar su imagen ante la sociedad, y maquillar así una práctica sustentada en algo tan brutal como salir al campo y disparar contra conejos y perdices que no les han hecho nada. Hasta el argumento podría tener cierto crédito si la práctica de dicha modalidad de caza se asumiera como “un deber desagradable”. Al fin y al cabo, disparar, herir, mutilar y matar son realidades objetivamente traumáticas, algo que incluso sus practicantes admiten. Pero lo habitual es que se cace por simple placer, y si puede ser, coronando la jornada con una buena comida fraternal en el bosque. Es aquí donde todo el planteamiento se desmorona como un castillo de naipes y lo desenmascara como lo que es: una excusa grosera, y no un argumento serio. La Naturaleza tiene sus propios mecanismos de regulación como para necesitar de nuestra intervención arrogante, que en realidad ha sido la responsable directa del desequilibrio que ahora tanto nos preocupa. Si la caza practicada como deporte se prohibiera, no se producirían mayores desastres ecológicos que los que ahora genera el propio ser humano, y al menos se ahorrarían grandes dosis de sufrimiento gratuito.

La caza deportiva acaba cada año con la vida de cientos (¿miles?) de millones de individuos en el mundo, seres con legítimos intereses, como nosotros mismos, y que como nosotros mismos están dotados de un sistema de percepción del dolor que les hace padecer de forma intensa en determinadas circunstancias. Dicha sensibilidad constituye uno de los más esenciales argumentos animalistas, pues defienden la teoría de que “todos los sufrimientos son iguales”, al menos en cuanto a que son de hecho “indeseables” para sus víctimas, con independencia de la especie biológica a la que pertenezca.

Hubo un tiempo en que cazar era imprescindible, sí. Se trataba de simple supervivencia, y ante eso poco cabe decir. Pero hoy la mayoría de las sociedades se han industrializado hasta tal punto que actividades como la caza deportiva han sido relegadas a la categoría de “deporte”. Y parece evidente que la práctica de un deporte concreto siempre resulta prescindible. De hecho, la inmensa mayoría de los y las ciudadanas no disparan sobre animales por diversión, y sobreviven sin dificultad en su vida cotidiana. ¡El argumento simplemente no se sostiene!

La caza lúdica no solo mata a millones de individuos inocentes, sino que hiere a otros muchos a los que condena a una vida en inferioridad de condiciones. Si la codorniz o la paloma de turno consiguen sobrevivir, será solo después de grandes sufrimientos, tras superar un dolor intenso, padecimiento emocional, y, en definitiva, con una experiencia traumática a sus espaldas. Muchas aves abatidas acaban agonizando y muriendo después de pasar varios días en un ribazo sin entender qué ha ocurrido. El estrés, las infecciones y la inanición harán el resto. Además, se olvida uno de los aspectos más emotivos de toda esta tragedia, como es el hecho de que muchas aves son monógamas. En efecto: se emparejan de por vida. Ello hace que la pérdida del compañero o compañera genere angustia y tristeza en el miembro superviviente. A quien no es capaz de admitir esta realidad podrá parecerle una cursilería, pero muchas especies animales conocen sensaciones como la amistad, la solidaridad  o el afecto.

¿Y qué decir de la supuesta “lucha de igual a igual” con la que se tilda a veces a la caza? ¡Es una ofensa presuponer igualitaria una agresión unilateral que además no ofrece el mismo premio al “vencedor” y el mismo castigo al “perdedor”! Si el que pierde es el pájaro, lo pierde todo: su vida. Si el derrotado es el humano, su pago consistirá en la pérdida de unos cartuchos y a lo sumo un buen enfado. La realidad es que una lucha solo puede ser de igual a igual si los trofeos y las condenas resultan idénticos para sus protagonistas. Con esta premisa, solo una mente retorcida puede defender la idea de que la caza es una lid equilibrada y justa.

 

El exterminio de palomas urbanas, un crimen que no cesa

Decenas de miles de palomas urbanas son capturadas cada año y exterminadas por numerosos ayuntamientos en España. En realidad, y aunque la razón oficial sea la del “control poblacional”, todo apunta a que se trata de una medida irracional que, como tal, no soluciona nada, dado que a los pocos meses del descaste la densidad de aves recupera su nivel anterior. Muchas de estas políticas parten de estudios obsoletos (a veces confeccionados décadas atrás), que no tienen en cuenta factores como el ratio entre hembras y machos, o el porcentaje de animales enfermos. La actuación municipal se limita a matar varios miles, y punto. Y lo hace capturando sin demasiados miramientos a las víctimas, para luego gasearlas por grupos en dependencias municipales.

Toda esta locura se pone en marcha por las denuncias de los vecinos (de unos muy concretos, que además son los mismos que se quejan por casi todo), molestos por la suciedad que los animales generan –¡como si precisamente los humanos pudiéramos presumir de ser una especie pulcra!–. Resulta muy difícil no apreciar en tal actuación municipal una especie de tributo político a ese pequeño sector ciudadano quisquilloso por naturaleza. Las administraciones locales se blindan así ante la ciudadanía con el argumento simplista de “nosotros ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos; no nos exijan más”.

Algunas urbes ya han probado sistemas no traumáticos para el control de aves, con innegable éxito, mientras que en nuestro ámbito geográfico se siguen obviando estas y otras iniciativas humanitarias. Todo ello convierte a la eliminación física de palomas en un crimen injustificado.

Perseguimos con saña a las palomas, al tiempo que recurrimos a ellas como símbolo de concordia y de buenos deseos en actos reivindicativos, y las “liberamos” emocionados de las cajas donde han pasado horas apretujadas, sin siquiera pensar que también hacia ellas deberíamos orientar nuestra consideración, y que, por lo tanto, merecerían ser respetadas, tratando los humanos de resolver nuestros conflictos por separado, sin necesidad de involucrar a terceros.

 

La avicultura intensiva, un infierno para los animales

Si pudiéramos cuantificar todo el sufrimiento que los humanos infligimos a los demás animales, comprobaríamos que una inmensa mayoría se lo lleva el área de los animales destinados a comida. Y dentro de ella, el apartado de la explotación avícola merece especial atención por su extrema crueldad.

Uno de los ejemplos más descarnados lo tenemos en las condiciones que la industria reserva a las gallinas ponedoras de huevos. Casi todas pasan sus cortas vidas en jaulas estrechas que deben compartir con otras compañeras de martirio. La falta de espacio es tal que sus cuerpos rozan constantemente contra el alambrado del suelo y las paredes, lo que les produce rápidamente lesiones en la piel,  que a su vez derivan en llagas que no reciben el tratamiento adecuado. Ello genera en los animales un gran estrés, por lo que se hace frecuente la agresión entre las prisioneras de una misma jaula. Para evitar en parte los indeseables efectos económicos de tal comportamiento, los granjeros someten a sus rehenes a una práctica traumática como el corte del pico cuando aún son jóvenes. No son raros los casos en los que se produce una infección que acaba matando al desdichado animal. Nadie se preocupará de prestar asistencia veterinaria a unos cuantos individuos, por la sencilla razón de que, desde una perspectiva económica, compensa más retirar un cierto porcentaje de cadáveres que tratarlos de sus dolencias cuando todavía están vivos.

En las explotaciones intensivas de aves las estructuras sociales propias de estos seres quedan cercenadas por completo, así como ciertas necesidades comportamentales: escarbar el suelo, buscar comida o refugiarse ante situaciones de peligro. Todo ello produce un cuadro de ansiedad (sufrimiento, en definitiva) que acaba por enloquecerlas. No puede ser de otra forma. Esta demencia solo acabará con su muerte, que supondrá para ellas una auténtica liberación. Únicamente verán la luz natural el día del sacrificio, cuando unas toscas manos las agarren y, sin ningún miramiento, sean apelotonadas en las jaulas del camión que las trasladará a una siniestra cadena mecánica, colgadas entonces por las patas y pasadas por las cuchillas de corte. Los trabajadores realizan esta operación de manera rutinaria, de tal forma que la compasión no tiene cabida en un proceso tan deshumanizado. Por simple estadística, es normal que el corte no siempre sea certero, por lo que un número elevado de aves acabará en el caldero de agua hirviendo aún perfectamente conscientes. Llegados a este punto, lo mejor que les puede pasar es que su infierno acabe cuanto antes. No habrán conocido sino el estruendo, el escozor de las heridas y la angustia. Sus vidas habrán sido reducidas a una experiencia miserable que ninguno de nosotros quisiéramos experimentar.

La terrible realidad es que muchas otras aves –como los pavos, las ocas o las  codornices– sufren idéntica tortura, y la única razón por la que algunas como los avestruces todavía no han sido estabuladas es de carácter económico, que no ético. 

 

La gripe aviar, una muestra más de la degradación moral humana

A lo largo de meses, los medios de comunicación nos estuvieron bombardeando con constantes noticias sobre la denominada gripe aviar, una dolencia mortal que afecta a diferentes especies de aves, tanto silvestres como domésticas. Hemos visto cómo el más mínimo indicio de la enfermedad en una zona determinada hacía que millones de aves fueran eliminadas mediante los métodos más brutales que nuestra mente pueda imaginar. Introducidas por docenas en sacos, o incineradas, o enterradas vivas. No es difícil suponer la angustia y el padecimiento que todo ello provocó a los animales: alas rotas, hematomas, asfixia… terror, en definitiva. Cualquier fórmula parece ser válida con tal de quitarse el “problema” de encima. A una vida plagada de carencias se suma este horrendo final.

Los informativos y documentales centraron su atención exclusivamente en el riesgo de que el mal afectase a los seres humanos, como si sus efectos en nuestra especie fueran peores que en gallinas o patos. En este punto, cabe recordar de nuevo que tanto el dolor físico como el sufrimiento emocional (dos caras de la misma moneda) tienen el mismo cometido biológico, y que, en consecuencia, son por igual indeseables para unos u otros. Pero toda la atención mediática se centró en los efectos que la “crisis” pudiera tener en la comunidad humana, sobredimensionando nuestro papel de posibles víctimas e ignorando nuestra responsabilidad como verdugos. Así, se hablaba con absoluta tranquilidad de que tal o cual país “está sufriendo las consecuencias de la gripe aviar”, mientras se obviaba de manera escandalosa el drama de los animales antes, durante y después de la crisis. No es sencillo encontrar un ejemplo más gráfico del egoísmo que caracteriza a la especie humana, entre cuyas características está la de patrimonializar el sufrimiento.

Ya son muchos los informes que apuntan a las condiciones de hacinamiento extremo como uno de los principales factores de expansión no solo de la citada pandemia, sino de todas las que afectan hoy a los animales estabulados. Precisamente son estas enfermedades masivas y su protagonismo en los informativos las que sacan a la luz la verdadera dimensión de la violencia institucionalizada que ejercemos a diario sobre los animales, una agresión que por lo general suele permanecer oculta a los ojos de la opinión pública.

Los medios de comunicación actúan de forma irresponsable. Parecen haberse abonado de manera gratuita a la noticia catastrofista, a pesar de que muchos de los organismos profesionales competentes en la materia minimizan las posibilidades de que este tipo de enfermedades pueda afectar seriamente a los humanos. En tal sentido, más parece que, aun dándose esa hipótesis, los efectos no serían ni de lejos de la misma entidad que los que sufren las aves en los distintos campos en las que son explotadas comercialmente, aun sin crisis de por medio. La irresponsabilidad moral de los medios informativos es doble, en tanto que consiguen, por un lado, que la sociedad acabe satanizando a las aves, viendo a los hasta entonces apacibles patos del parque como seres maléficos con los que hay que acabar antes de que ellos acaben con nosotros. Por otra parte, los mismos medios carecen de todo pudor a la hora de trivializar el problema a través de innumerables viñetas, chistes y representaciones humorísticas de dudoso gusto. También ello es una buena muestra de hasta qué punto despreciamos el sufrimiento ajeno cuando este no tiene forma humana. Solo que aquí nos encontramos, al parecer, en la antesala de una crisis sanitaria sin precedentes. No se comprende muy bien esa especie de “demencia moral” que informa sobre algo tan grave al tiempo que se ríe de ello. Queda por saber si, en el caso de que al final la tragedia humana se produzca, su sentido del humor seguirá intacto, o si aplicarán entonces los presentadores de telediarios y viñetistas cierto protocolo deontológico para evitar una sátira que a lo mejor entonces sí les parecerá macabra.

La inmensa mayoría de las aves que han tenido la desgracia de caer en nuestras manos sufren una eterna pesadilla. Para ellas, su vida es una experiencia de exclusivo dolor corporal y padecimiento psíquico. Amputadas algunas de sus partes más sensibles cuando son jóvenes, no conocerán otra cosa que el estrés y la angustia, para acabar todavía más hacinadas en las jaulas del camión que les trasladará al matadero, en una amalgama de heces, miembros rotos y magulladuras. Y si tienen la “osadía” de contraer una dolencia con posibilidades de ser transmitida a sus verdugos, la cosa puede aún empeorar. Serán cogidas en racimos por toscos operarios e introducidas en grandes bolsas negras como si de remolacha se tratase. Para quien es capaz de ver con ojos sensibles, hay pocas escenas tan terribles como uno de estos sacos agitándose por el pataleo de las víctimas que tratan [absurdamente] de huir de esa atmósfera irrespirable. Si la situación lo requiere, intervendrá un camión específicamente diseñado para ello, con capacidad para acabar con la vida de seis mil gallinas a la hora. Solo tendrá que llenar el enorme depósito y abrir la espita para que el gas letal haga el resto. No resulta agradable imaginar la escena de cientos o miles de seres sensibles amontonados unos encima de otros en un tanque oscuro, sumergidos en el más absoluto espanto, muchos con las alas y las patas fracturadas. Si se asigna con relativa naturalidad el término “terrorismo” a realidades como la violencia ejercida en el ámbito doméstico, laboral o medioambiental, no se adivina razón alguna para no aplicar el mismo epígrafe a la práctica de la ganadería intensiva, a la caza deportiva, o a la cobertura legal que proporciona la Administración a muchas de las atrocidades que se cometen de manera constante y premeditada con los animales en general, y con las aves en particular.

En el caso de la gripe aviar, ni siquiera nos asiste una cierta autoridad moral para justificar esta eliminación masiva asumiéndola como “legítima defensa”, porque cuando acabó aquella tragedia para nosotros, la suya continuó como siempre, y su infierno dejó de ser noticia en los telediarios, pero continuó siendo su infierno. A la luz de los hechos, la verdad es que somos nosotros mucho más peligrosos para las aves de lo que puedan serlo ellas para la comunidad humana. Desde nuestra parte no necesitamos transmitirles ninguna enfermedad. Solo tenemos que hacer lo que ya hacemos a diario: explotarlas de manera escandalosa por el simple hecho de que nos agrada el sabor de su carne o nos apetece relajarnos descargando nuestra escopeta sobre sus cuerpos.

 

El paradójico papel de los veterinarios

Como en los demás campos de la explotación animal, también aquí merece una reflexión el papel que cumplen los veterinarios en toda esta tragedia. La cruda realidad es que cualquiera de las situaciones aquí descritas solo es posible con el beneplácito de estos profesionales, a los que [incomprensiblemente] muchos siguen asociando con un sentimiento de amor hacia los animales. Sin embargo, un examen objetivo nos muestra que la mayoría de los veterinarios son en la actualidad elementos indispensables en todos estos procesos de producción y eliminación masiva, y que sus intereses no están en absoluto orientados hacia el bienestar de sus “pacientes”, sino a conseguir la mayor rentabilidad económica posible, aun a costa del sufrimiento extremo de estos. Suponer por defecto que su actividad tiene una naturaleza altruista es un dramático ejercicio de ingenuidad.

Es de desear que la mentalidad que rige esta profesión vaya paulatinamente reconduciéndose hacia un talante de verdad proteccionista, tal y como ya sucede en buena parte de quienes se ocupan de los animales de compañía.

 

REFLEXIÓN FINAL

El trato que reciben en la actualidad la inmensa mayoría de los animales a nuestro cargo es simplemente obsceno, y todos los argumentos que se esgrimen para justificarlo no son sino burdas excusas con el único propósito de tranquilizar nuestras conciencias. Se impone, por tanto, una profunda y urgente reflexión en cuanto al derecho que nos asiste para someter cada día a las demás especies animales a una casi inabarcable gama de situaciones dolorosas. Ante tan truculento escenario, no vendría mal poner en práctica un ejercicio tan elemental y saludable como la empatía, esa antiquísima capacidad para colocarnos emocionalmente en el lugar de los demás –de “todos los demás”: humanos o animales–, y abordar a partir de ahí una completa revisión de nuestro comportamiento con “los otros”. Huelga decir que, mientras sigamos sometiendo a los animales a un sinfín de agresiones y martirios, nuestra autoridad moral para indignarnos por otras formas de violencia entre humanos queda, cuando menos, muy seriamente atenuada.

  

[*] Escribí este texto en febrero de 2001 para ATEA, en plena crisis de la “gripe aviar”.

 

 

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COMO QUEDAR ATRAPADOS EN MEDIO DE UN BOMBARDEO

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Por KEPA TAMAMES

 

Uno de los pocos recuerdos agradables que conservo de mi niñez es el olor a pólvora, asociado siempre a la traca que se quemaba cada tarde en una plaza céntrica de mi ciudad, con motivo de las fiestas patronales. Un enjambre de muchachitos inquietos nos agolpábamos en la trayectoria de la ristra por ver si atrapábamos alguno de los juguetes que de allí colgaban: cuchillos Arapahoes, machetes Sioux, penachos de plumas cherokees… Siempre supuse que el ayuntamiento tenía una especie de convenio comercial con las tribus indias americanas, pero es algo que nunca llegué a confirmar. Cosas de críos, supongo.

Sin embargo, hoy es el día que mantengo una más que pésima relación con toda suerte del citado material, sea este en forma de `inocentes´ petardos o de bombetas de inusitado calibre. Porque hay que reconocer que esto ha derivado en una locura colectica de difícil explicación. O acaso simplemente responda a la idiotez coral a la que nos apuntamos enseguida y sin preguntar. Yo no sé ustedes, pero un servidor recuerda que, no hace tanto, la llegada del Año Nuevo se celebraba –además de con el consabido espumoso y las malditas uvas– con el lanzamiento de una discreta cantidad de tracas y artilugios semejantes; durante media hora, no más; y luego la gente se dedicaba al condumio desaforado y a lanzarse pullitas entre familiares, lo clásico en Navidad. Pero de un tiempo a esta parte la cosa se ha desmadrado de tal forma que apenas entrada la última tarde del año ya se sufren a los pequeños dinamiteros haciendo uso por doquier de artefactos explosivos. Así, es habitual que a veces un poco hábil lanzador vea cómo algunos de sus deditos abandonan sin previo aviso la mano donde siempre estuvieron. Los medios dedican ya en sus primeras ediciones anuales un espacio específico a los “accidentes” de este pelo, que en ocasiones van mucho más allá de la pérdida de miembros menores para llegar al fallecimiento del protagonista. A tal punto que no son pocos los municipios españoles que se han visto obligados a regular e incluso prohibir el manejo de según qué material pirotécnico en señaladas fechas.

Con todo, no suelen mencionarse en las normativas a las víctimas animales (tanto domésticas como silvestres), que sufren no obstante la fiesta como un auténtico infierno. En efecto, se contempla ya como una hipótesis razonable el lanzamiento de bengalas en la muerte masiva de aves, cuyos cadáveres “llovieron” de forma misteriosa en algunas zonas urbanas de Estados Unidos coincidiendo con determinadas celebraciones. Y las dudas se disipan por completo en el caso de los animales domésticos, quienes viven a menudo dichas festividades como una experiencia por completo traumática. Hay casos en los que la familia ha optado por “emigrar” durante el tránsito de año a la cabaña del bosque, por evitar la pesadilla al Toby de turno, y de paso al clan entero. Porque, en palabras de un profesional, para ellos “Es como quedar atrapados en medio de un bombardeo”. Nos parecen descorazonadoras –con razón– las imágenes de niños perdidos en medio de conflictos bélicos, pero no es muy diferente el desasosiego de un perro huyendo hacia ninguna parte tras percibir el estruendo del bombazo. Por citar algunos ejemplos documentados de la ciudad donde vivo, diré que una perra conocida se lanzó desde el balcón desquiciada por el petardeo. Tuvo la suerte de rebotar en un toldo, y “solo” se fracturó una pata: coja de por vida. También Ona salió despavorida en plena madrugada de Año Nuevo, y nada supieron de ella hasta marzo, cuando apareció fotografiada en la prensa local con su nueva familia de acogida. Peor le fue a otro can, al que su familia estuvo buscando durante meses en diarias batidas por distintos barrios, sin resultado. Podemos imaginar lo que esta gente pasó y sigue pasando después de aquello. ¡Qué dolor y qué rabia por algo tan absurdo!

Hay que acabar con esta locura. Que quien tiene potestad para ello prohíba de una vez por todas el uso indiscriminado y general de material pirotécnico. Por el bien de todos. También de los humanos, pues ya me contarán qué gracia tiene que te explote un artefacto de los gordos debajo de casa en plena convalecencia quirúrgica, o que simplemente te machaquen los oídos hasta bien entrado el día. Por no hablar de la quema de contenedores, de automóviles aparcados, o incluso de edificios enteros…

Un colectivo animalista solicitó hace años al Síndico de Vitoria-Gasteiz que el Ayuntamiento restringiera de manera drástica el uso generalizado de material pirotécnico durante la Nochevieja, y la Recomendación fue contundente: con un cuarto de hora, suficiente. El consistorio tardó un par de años (y unas cuantas reuniones con los “pesados” animalistas) en tomar nota, pues las Recomendaciones no son vinculantes, sino meramente orientativas. Pero ya en las pasadas fiestas navideñas emitió un Bando al respecto, recogiendo nuestras reivindicaciones y la solicitud del propio Síndico; y, lo que es aún mejor: mencionando en el texto a los animales como uno de los colectivos afectados. Por supuesto que el Bando no tuvo la eficacia práctica deseada (¿quién controla a una horda de desquiciados en plena efervescencia etílica?), pero sin duda la tendrá de forma paulatina en venideras ocasiones. Pues esto, como todo, requiere de empeño y paciencia en sus correspondientes dosis.

 

[*] Escribí este artículo para la sección El caballo de Nietzsche, un blog animalista dentro de eldiario.es.

 

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ESTÚPIDAS, CRIMINALES CABALGATAS

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Por KEPA TAMAMES

 

Acabó la Navidad. ¡Por fin! Será que me estoy haciendo viejo, o que estas celebradas fiestas ya no son ni de lejos lo que eran tras ciertas ausencias. Imagino que le pasará a mucha gente.

Por ejemplo, hace la tira de años que no asisto a la Cabalgata de Reyes. Yo la recuerdo como una cosa insulsa y repetitiva. Y falsa como una moneda de cartón. Quizá esta percepción me surgió de repente el año en que Baltasar me sentó en su regazo. El tipo apestaba a betún. Aprendí aquella tarde que los negros lo son solo de cara, cuando yo creía (¡bendita ingenuidad!) que la capa cromática les cubría todo el cuerpo. Comprobé desde un primer plano que no, que solo alcanza el bajo cuello. En fin…

A lo que voy. Que las mencionadas cabalgatas han cambiado un montón, a tal punto de que, según segmentos, aquello puede ser lo mismo la venida de los Reyes Magos de Oriente que una invasión de ejecutivos de Silicon Valley. Por la atmósfera futurista, digo. Porque me he documentado en la Red, y meten ya en el espectáculo batucadas y gusanos espaciales, entre un incoherente pastiche de “lo que a uno se le ocurra”. A lo mejor la culpa es mía por tomarme en serio una simple representación lúdica, pero sufro con ello en mi fuero interno una suerte de engaño manifiesto. Con la sumisa colaboración de la masa, eso siempre.

Hasta aquí, para gustos, como casi todo en este mundo. Que cada cual se disfrace de lo que quiera, paje o astronauta, y que al público infantil le cuenten lo que este quiera oír, con tal de que a la mañana siguiente la consola de última generación presida la mesa del salón, que para eso –y solo para eso– uno y una se han portado más o menos bien desde que entró el invierno. Lo que no soporto es la utilización de animales [no humanos] en dichos eventos. Siempre hubo caballos, a los que imagino que poca gracia les hará la cegadora luminosidad y el griterío infantil. Pero es que de un tiempo a esta parecemos habernos abonado al palurdo “y yo más”. ¿Pero a ustedes les parece siquiera medianamente normal que saquen un elefante en Béjar, Salamanca? ¿O que un nutrido [y aterrorizado] grupo de ocas desfilen por el centro de Madrid con cascabeles atados a sus cuellos? ¿O que forme parte de la marcha un jaulón repleto de aves para representar a los cazadores (al tiempo que suena de fondo la banda sonora de Superman? ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Tal vez no, pues siempre tuvimos un algo.

En una localidad vasca incorporaron a la procesión dos bueyes tirando de un carro, y atado a este un burrito. ¡Pero qué necesidad! Al idiota de turno se le ocurrió lanzar un petardo, con tan mala suerte que, en lugar de explotarle en sus partes pudendas, asustó a los animales, que a punto estuvieron de provocar una desgracia irreparable entre el público. ¿Quién hubiera asumido responsabilidades en tal caso? Ya les digo yo que nadie. Porque aquí todo lo hacemos a la buena de dios y cruzando los dedos, parapetados tras la vieja fórmula del “nunca pasó nada”. Por supuesto, sin noticia alguna del perpetrador, no vaya a ser que la familia se incomode y que el chaval tenga un episodio depresivo de los gordos. Mejor se tapa, y el año que viene vuelta a las andadas.

Regalamos a nuestros niños ilusión, y al tiempo les engañamos de forma miserable ocultándoles que los animales (caballos, ocas, elefantes, dromedarios, ovejas, bueyes, burros…) no desean estar ahí. Ni se nos pasa por la cabeza aprovechar la ocasión para educarles en valores, decirles que diversión y respeto pueden, deben ser compatibles si de verdad nos creemos seres decentes. Pero para educar primero hay que educarse; y no parece que una significativa mayoría entre los papás y mamás contemporáneos tengan esa habilidad didáctica.

[*] Escribí este artículo para la sección BICHOS, del magacín digital AllegraMag.

 

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CELIA: ¡ADÓPTALO!

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Por KEPA TAMAMES

 

 

Salta Celia de contenta, sacudiéndose todavía el notición: ¡le ha tocado el Gordo de la Lotería! A ella y al resto de la familia, porque, al parecer, era costumbre de la casa repartir el mismo número desde la época de los abuelos. La fidelidad reparte al final justo premio. Es lo que tiene regentar una administración de lotería y que caiga ahí un porrón de pasta. ¡Santa bolita! Celia es veinteañera y ya millonaria. Se lo apunta la periodista, y ella no lo niega, embargada por la emoción como está.

–“Así, a bote pronto… ¿qué vas a hacer con el dinero?”.

–“¡Uf! Aún no lo sé… Seguro que un viaje a Nueva York… ¡Y a lo mejor comprarme un perro!”.

 

Celia, mujer… no lo compres. Adóptalo, ahora que estás forrada. Precisamente ahora, no lo compres.

 

Quizá conozcas los escalofriantes datos que con frecuencia nos ofrecen los medios de comunicación, pero, por si acaso, te los recuerdo: unos cien mil perros son abandonados en nuestro país al año, sin que la mayoría de ellos tenga la suerte de encontrar un hogar decente donde poder ser feliz y desarrollar todas sus capacidades emocionales, que son muchas. Es decir: se les niega esa segunda oportunidad que sin duda merecen, para aprender que no todos los humanos somos iguales. Al mismo tiempo, docenas de miles de perros son adquiridos en criaderos a precios astronómicos. En realidad, y tenidos en cuenta ambos escenarios, entiendo que pagar un solo euro sería ya desorbitado. Con toda seguridad has entendido lo que trato de transmitirte: mientras docenas de miles de seres inocentes han de ser sacrificados, otras tantas docenas de miles son adquiridos en criaderos profesionales (asumidos como simples negocios, donde el factor principal es la rentabilidad, qué si no). Hay algo aquí que no funciona como debiera. Si toda aquella persona que siente la necesidad de convivir con un animal lo adoptase de un albergue, el escenario sería muy distinto para ellos.

No lo compres, por favor. La adquisición de animales alimenta no solo un negocio carente de toda ética, sino que estimula la imagen de los animales como simples artículos de consumo. Lejos de ser así, los animales son amigos. Y estarás de acuerdo conmigo en que los amigos no se compran, sino que se ganan. Puedo asegurarte que jamás te arrepentirás de haber tomado la decisión que te sugiero. ¡Jamás!

En un párrafo anterior usé el término “suerte”, y lo subrayé. Hay una buena razón para ello. Tú, que has sido agraciada con la suerte de la lotería este año, por puro azar, y que has repartido a su vez esa suerte entre tus clientes, puedes decidir regalar la mayor suerte del mundo a un inocente: me refiero a una vida digna en una familia igual de digna. ¡Casi nada! No te costará encontrar páginas de entidades protectoras locales que ofrecen perros maravillosos. Lo que si te costará será decidirte por uno (o una), porque cuando se les mira a los ojos algo de ellos y ellas queda para siempre en nuestros corazones.

 

Estas Navidades han comenzado muy bien para ti. Ahora tienes la increíble oportunidad de hacerlas perfectas. ¡Adóptalo!

 

[*] Este artículo fue publicado en el magacín AllegraMag.

 

 

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