ESPECIES 'INVASORAS'

ESPECIES INVASORAS 24jun2020

 

ESPECIES «INVASORAS»

 

Por KEPA TAMAMES       

 

Nos hemos acabado acostumbrando a oír la etiqueta, hasta hace no tanto apenas conocida para el gran público. Denominamos así a las especies vegetales y animales colonizadoras de espacios ajenos a su hábitat natural, debido a la actividad humana, sea o no esta deliberada. Pretendo aquí hacer algunas reflexiones sobre los efectos de dicho fenómeno en los animales, precisamente, desde su calidad de entidades biológicas sintientes, y por tanto el campo natural de la entidad a la que represento.

Coronadas por semejante cliché («invasoras»), parecería una irrupción fríamente prediseñada, y ejecutada luego con las más aviesas intenciones. Uno se imagina al comando de loritos brasileños en reunión clandestina, ante un enorme mapa de Europa sobre la mesa, y al comandante en jefe comunicando fecha y hora de la acción (nocturna, como manda el más elemental protocolo invasivo). Los humanos se despertarían un día con sus parques poblados de ruidosas cotorritas y sus ríos con un morador extra: el visón americano. También tortuguitas de Florida, y hasta alguna que otra serpiente pitón hasta entonces solo vista por la comunidad local en documentales. Ante tal panorama, quedaría bien justificada una suerte de 'legítima defensa', simple eufemismo para 'eliminación a ultranza de tan intrusos seres', siendo que desplazan estos a la fauna autóctona, generando con ello el siempre indeseable desequilibrio ecológico.

Sin embargo, no es tan elemental (y sobre todo surrealista) la razón por la que aves y reptiles extranjeros moran ahora nuestro espacio, y con harta frecuencia lo deslavazan. En efecto, somos los humanos los únicos responsables del escenario, cuyas peores consecuencias, sin embargo, pagan siempre ellos. ¿Cuán “terribles” son tales consecuencias?

Sabido es que casi todo por estos lares funciona según la oferta y la demanda. Pero no necesariamente en similar proporción ni por cronología dada. En el caso que nos ocupa, primero fue la oferta, y luego el capricho quiso que la demanda confirmase un comercio tan lucrativo como criminal. Sin venir a cuento, y como quien compra una pelota de goma, alguien adquirió en su momento una pareja de simpáticas (¿?) tortuguitas de Florida, junto con el tristísimo terrario de plástico, dotado de una «isla» deprimente y una palmera lamentable. Resultado estético pésimo. Pero no tratamos aquí de estética sino de ética.

Hay en general dos posibilidades futuras para la pareja de quelonios: que sus «ciudadores» sean unos perfectos «descuidados», o bien que les ofrezcan algo [mucho] mejor que el hábitat descrito. Si es lo primero (con diferencia se lleva la palma estadística), los animalitos comenzarán a decaer más pronto que tarde en lo físico ―y, consecuencia de ello, también en lo anímico, pues eso y no otra cosa es el sufrimiento―, privados de los imprescindibles rayos solares y una alimentación adecuada, entre otros muchos factores. Como quiera que el metabolismo quelonio es lento ―el que corresponde a su naturaleza, en cualquier caso―, ni nos percataremos de su decaimiento hasta que la situación sea irreversible: un caparazón descalcificado y un cuerpo envejecido y enfermo. Desde una perspectiva puramente práctica (obviando en consecuencia toda ética del cuidado), no compensa gastarse en visitas veterinarias diez veces más de lo que costó el pack (tortuguita 1 + tortuguita 2 + tortuguera cutre). Con tal panorama, quizá podamos endosarle el material a un familiar despistado o a un vecino bienqueda, quienes  de todas formas no mejorarán una existencia ya sin solución posible. Los boletos para un final trágico de los animales son prácticamente todos: segura depauperación paulatina, frustración y hartazgo humano, quizá cubo de la basura, acaso retrete…

Mas pensemos que la parejita cae en manos de alguien bastante menos indecente, que de verdad se preocupa por sus necesidades y las considera como lo que son: entidades biológicas sintientes. Las tortugas responderán sin dobleces creciendo y poniéndose hermosas. Nos percatamos entonces de que el apelativo de «tortuguitas» apenas resulta un burdo cebo publicitario. Porque las graciosas tortuguitas son ahora impresionantes «tortugones» que ya ni caben ―en el estricto sentido dimensional― en el terrario por separado, no digamos ya juntas. ¿Qué hacemos con ellas? Construirles una piscina ad hoc en el amplio jardín siempre es una buena idea… a menos que no tengamos jardín, ni amplio ni chico. Aparece la mala conciencia y el deseo nervioso de encontrarles un destino razonablemente 'digno'. ¿Pero cuál? Los refugios gestionados por entidades protectoras rebosan de «tortugones» de Florida; en los centros de recuperación hacen limpia cada cierto tiempo; y “liberarlas” en el medio natural supone una condena a la captura y sacrificio sistemático por parte de la administración… sí: ¡la misma que permite la compraventa de especies exóticas, conocedora al dedillo del proceso descrito, y que luego aconseja con paternalismo acusatorio a la ciudadanía que no suelte dichos animales en la naturaleza!

Elegí a las citadas tortuguitas por señalar una especie concreta, aunque fácil es deducir que la historia no cambia demasiado con cualquier otra, tenga pelo, escamas o plumas.

Solo pretendo con el presente texto invitar a la reflexión sobre en qué medida podemos erigirnos, desde un inane desconocimiento, y más desde nuestro más indeseable egoísmo antropocéntrico, en victimarios de seres inocentes, para los que nunca habrá una segunda oportunidad.

En nuestras mentes está cambiar el escenario.

 

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PORQUE TAMPOCO LES GUSTA A ELLAS

PORQUE TAMPOCO LES GUSTA A ELLAS imagen

 

Por KEPA TAMAMES (ATEA)

 

Lo suyo ha costado, pero al fin parece que una generosa mayoría social acepta que las corridas de toros son ―como mínimo― muy cuestionables desde una perspectiva moral, y hasta que ―como máximo― suponen una canallada inasumible por cualquier comunidad que pretenda definirse 'progresista'.

Así pues, y como quiera que no cree uno demasiado en milagros, habrá que esperar a que tan deleznables espectáculos vayan languideciendo hasta desaparecer por falta de sustento económico, hecho dependiente a su vez de la falta de público en las gradas. El fenómeno de la evolución sin disfraz ni máscara alguna.

Aunque no distinto en el fondo, algo diferente se presenta el espectáculo de las vaquillas, pues goza este todavía de cierta aceptación social, por cuanto “a los animales no se les maltrata”. Tal afirmación no se sostiene, a poco que entremos en la realidad del hecho: los animales ―cachorros de vaca, bueno es remarcarlo una vez más, por evidente que resulte― están ahí contra su voluntad, acosados en su completo perímetro por gente egoísta que no valora sino su propio deseo de divertirse, sin apreciar que eso del divertimento propio a costa del malestar ajeno ofende en su esencia al concepto de respeto. Las vaquillas sufren antes, durante y después del evento. ¡Vaya que sí!

Por supuesto que no se les causan heridas corporales (el Reglamento lo prohíbe; como prohíbe de hecho que sean golpeadas, algo que no se cumple en absoluto), pero ello no impide que sufran en lo psicológico: echan de menos a su manada (¿hemos escuchado el lamento del ternero al ser separado de su madre?), perciben a los participantes del jolgorio como acosadores ―no se equivocan―, se agotan hasta la extenuación tratando inútilmente de ahuyentar a los agresores… Es difícil no leer en ese rostro un «¡Dejadme en paz!». Lo dirán sin duda en su lenguaje bovino, que no necesitamos conocer los humanos para interpretar según qué cosas en según qué animales. ¿Acaso necesitamos del perro abandonado en un pinar o del bebé olvidado a pleno sol lenguajes articulados para saber a ciencia cierta que sufren? Quiero pensar que todo ciudadano estándar asumirá que no. Entonces, ¿por qué hay quien lo duda ―hasta el abierto convencimiento de lo contrario― en el caso de las vaquillas?

La maldad existe en muchos de nosotros, desde luego, y la hay en todos los grados posibles. Pero me niego a pensar que es lo natural y cotidiano: que los aficionados a la tauromaquia sean una suerte de 'sádicos sin remedio', que por ello disfrutan con el padecimiento de toros, caballos y vaquillas. Siempre aprecié el diagnóstico como una etiqueta demasiado reduccionista. Tiendo a pensar que se trata más de una 'educación incompleta' que de crueldad como tal. Siempre con las consabidas excepciones que todo fenómeno conductual arrastra. Quizá me escude en una fórmula personal, que en el fondo persiga un cierto 'blanqueamiento' moral de lo humano, siendo como somos bastante 'oscuros' en el debe de una especie que exhibe a la menor oportunidad su pancarta de «racional».

Y, mencionado el fleco de la 'educación incompleta', sostengo que aquí el maldito déficit de empatía se lleva buena parte del problema. Porque, en efecto, con la dosis adecuada de empatía, uno puede salir al mundo cargado de ilusión y esperanza. Justo lo contrario de lo que se aprecia en un espectáculo de vaquillas.

Además, pensemos que la empatía es 'gratis total'; que no se compra el producto en una mercería; que podemos cargarnos de ella en la cantidad deseada, pues ni peso tiene, a diferencia de los libros en la mochila o la comida en el carrito de la compra. ¿Acaso no es la empatía un regalo del cielo?

Pues bien… nunca supe encontrar mejor respuesta para quienes una y otra vez me preguntaron por qué no me gustan las corridas de toros, o mismamente las vaquillas: “Porque [me consta que] tampoco les gusta ni a ellos ni a ellas”.

 

 

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REFLEXIONES [ANIMALISTAS] SOBRE LA CAZA DE JABALÍES EN SALBURUA

JABATOS AFECTO

Por KEPA TAMAMES

 

Sin duda, una de las noticias que más cola ha traído recientemente a nivel nacional con localización en Vitoria‑Gasteiz es la decisión institucional de reducir la población de jabalíes en la zona de Salburua mediante su caza con arco.

'Reducir la población' se presenta como uno más de los eufemismos usados por la administración para maquillar la verdadera naturaleza de los hechos (matar seres inocentes; a flechazos, en este caso), con todo lo que ello conlleva: estrés, sufrimiento, destrucción de familias, muerte…

Al menos estaremos de acuerdo en que ninguna de tales cosas resultará agradable para la víctima, y menos aún en su conjunto. Y procede recordar algo que no por obvio se comprende a la primera: el mismo grado de distrés (así llaman los entendidos a lo que los profanos denominamos malestar) supone similar contratiempo a quien lo experimenta, sea panadero, águila imperial, concejal… o jabalí.

Argumentan para el «permiso de muerte» los daños causados por los animales tanto a las especies protegidas (la fauna tesoro) como a la agricultura local. Lo primero se queda en mera conjetura técnica, y lo segundo asciende a poco más de 300 euros en la última década. ¿De verdad puede defenderse una medida tan drástica a partir de datos tan líquidos? Y, en todo caso, bueno será hacerse la pregunta del millón: si justificamos la muerte de animales en clave de 'legítima defensa', ¿por qué nos adherimos también a la aniquilación de otros muchos animales, estos inocuos, como puedan ser las perdices, o las truchas, o las liebres? Apreciada aquí una grosera contradicción, ¿acaso no será que con ello tratan de justificar una cosa y la contraria, no consiguiéndolo en ninguno de los casos? ¿O quizá hacen pasar por motivación lo que no es sino mera excusa?

Aunque a algunos les llame la atención (la desinformación habita todos los rincones), ATEA nunca manifestó su oposición incondicional a la muerte de cualquier animal. Según factores y circunstancias, matar puede [y aun debe] ser asumido como un 'mal menor' (alternativa razonable a un escenario de muy peores consecuencias), o como un 'deber desagradable' (autoimposición moral para eludir una tragedia de mayor calado). Y ―aunque se escapa de nuestro ámbito natural de actuación― idéntica afirmación podría hacerse sobre el campo de lo humano.

Así pues, ni los derechos animales ―usted y yo incluidos― son absolutos, ni sus beneficiarios una suerte de 'seres intocables'. Pero siendo 'tocables' (matables), es sin duda criminal causarles daño: muy criminal si el daño es alto; escasamente criminal si leve.

¿Qué parte de este discurso no se entiende?

Parece claro que las administraciones intervinientes (Diputación Foral de Álava y Ayuntamiento de Vitoria‑Gasteiz) no han procedido de manera empática, como de hecho no lo hacen con el asunto de la caza lúdica en general. Si así fuera, la DFA prohibiría con determinación dicha práctica en su geografía competencial, y el Ayuntamiento se negaría a que en la suya se mataran animales como divertimento dominical.

No ocurriendo ni una cosa ni la otra, creemos que ambas instituciones merecen una severa reprobación ética. 

 

 

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LAS FIESTAS, MEJOR SIN ANIMALES

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Por KEPA TAMAMES

 

 

Tanto ATEA como otras organizaciones de similar signo llevamos reivindicando la celebración de fiestas donde no intervengan animales. Antes que nada, porque consideramos que estos no tienen por qué servir de mero atrezzo para los propósitos de nadie. De hecho, los humanos hemos demostrado sobradamente nuestra capacidad para disfrutarsolos, sin necesidad de someter a los demás a situaciones para ellos indeseables. Y bueno será recordar aquí que los animales no humanos padecen a su manera. 

Aunque lo dicho resulte evidente para una amplia mayoría social, todavía hay quien considera necesario usar algún animal en según qué espectáculos. Seguro que un artículo de opinión no les cambia el pensamiento, pero es de esperar que al menos sirva para traer a colación algo que a nosotros nos alegra: el paulatino cambio de mentalidad de mucha gente. Es más lento de lo que quisiéramos, sí; pero también se trata de un fenómeno imparable. Y lo esencial es que se produce en la dirección adecuada.

Cada vez más gente entiende sin dificultad que los animales no humanos poseen una completa capacidad tanto para el sufrimiento como para percibir el bienestar. Pensar lo contrario nos retrotrae a tiempos pretéritos. Y, en consecuencia, nos parece lógico que el pensamiento ha de ir parejo a los tiempos que se viven. ¿O no? 

Nos congratula el hecho de que en Euskadi se utilicen cada vez menos animales en fiestas, y ello es para felicitarse como sociedad. Si acaso el escenario no recomienda aún bajar los brazos, sí creemos que merece un aplauso.

Sigamos así, pues esto nos convierte en una comunidad más progresista y ética. No es poco, ciertamente…

 

 

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JAIETAN, ASKOZ HOBETO GIZAKIOK 'BAKARRIK'

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KEPA TAMAMESek idatzia

 

Bada denbora luzea ATEA eta beste antzeko elkarte batzuek animalien presentziarik gabeko jaiak aldarrikatzen dihardugula. Batez ere, uste dugulako animaliek ez dutelako atrezzo izan beharrik inoren onurako. Gizakiok erabat erakutsita daukagu 'bakarrik' disfrutatzeko gai garela, besteei pairamenik (fisiko ala psikikoa, berdin dio) eragin behar gabe.

Esandakoa gehiengo zabal batentzat begien bistakoa izanik, badira oraindik pertsona batzuek 'beharrezko' ikusten jarraitzen dutenak animaliaren bat edo beste erabiltzea zenbait ikuskizunetan. Akaso iritzi artikulo batek ez diote pentsatzeko era aldatuko, baina espero dugu behintzat baliogarria izango dela argitara ekartzeko guretzat pozgarria den kontu bat: jendearen mentalidadea aldatuz doala. Nahi genukeen baino motelago, bai; baina baita etengabe ere. Eta garrantzitsuena da norabide zuzenean gabiltzala.

Gero eta jende gehiakok ulertzen du aise gizakion eremuz kanpokoek  sufritzeko ―eta gozatzeko― gaitasun osoa dutela. Kontrako moduan uste izateak aintzinako aro batera eramaten gaitu.  Eta, beraz, logikoa iruditzen zaigu bizi dugun denborari dagokion moduan pentsatu behar izatea. Ala ez?

Zorionez, Euskadiko eskenatokian gero eta animalia gutxiago erabiltzen direla ikusten dugu, eta geure buruari zorionik beroena ematekoa da hori. Ez bada oraindik geure borrokan besoak jeisteko beste, bai txalotzeko, ordea.

Jarrai dezagun honela, joera horrek gizarte aurreratuago zein etikoago bihurtzen bait gaitu. Eta ez da kontu makala, benetan…

 

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¿RACIONALES?

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¿RACIONALES?

 

ALICIA ASATEGUI

 

Recibí anoche uno de esos mensajes rápidos que, sin esperarlo, incitan a la reflexión. Esta vez sobre el maltrato banal y absurdo hacia los animales [no humanos]. Dicha agresión suele justificarse por nuestras necesidades fisiológicas, y casi por nuestra propia supervivencia diaria. He oído en infinidad de ocasiones semejantes pretextos. Pero me parece que en este particular caso nadie podrá defender tal comportamiento con ninguno de ellos. Solo un importante grado de ignorancia, sumado al menosprecio más absoluto por la Vida, podría generar ciertos escenarios. Y escribo Vida con mayúsculas porque incluyo tanto la de quien acepta participar en tan estúpido concurso como la del ser al que se le arrebata.

Pues sí: hay gente que acepta el extraño reto de ingerir una hamburguesa de tres kilos en cuarenta y cinco minutos, por mero entretenimiento sabatino. Seguro que sin el menor atisbo de mala fe, pero tampoco sin pensar en que ese trozo de carne fue  animal despierto unos días antes, ni en su trágica experiencia vital: separación de su madre poco después de nacer, engorde artificial y forzado en un estrecho cubículo para aumentar así el beneficio económico, viaje al infierno junto a otros compañeros igual de aterrados, y espera en la cadena de sacrificio, oyendo lamentos conocidos y oliendo sangre ajena.

¿Y para qué tanto sufrimiento? Para que un grupo de individuos ―¿racionales?― concurse y hasta ponga en riesgo su propia salud. Triste, absurdo, injusto… Por evitar tener que elegir uno de estos adjetivos, quizá prefiera el de patético, acaso una trágica mezcla de todos ellos.

 

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ENCUENTROS EN LA `TERCERA FASE´

 

ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE

Por  KEPA TAMAMES

 

Con frecuencia se nos pregunta acerca de cuál es la fórmula más eficaz para la lucha cotidiana en favor de los animales. Siempre respondemos lo mismo: no lo sabemos con absoluta certeza. Pero nuestra experiencia [de varias décadas] nos apunta que el cambio de mentalidad resulta crucial en todos los sentidos. Y quizá de manera particular si se da en el ámbito administrativo-gestor: políticos + técnicos.

Acaso en una primera fase haya que hacer visible la escalofriante problemática animal, a través de los medios de comunicación (gratis total) y de cuantas vías tengamos a nuestro alcance. Cuando advirtamos que la 'cuestión de los animales' ha madurado lo suficiente, y que ya no es entendida por muchos como una excentricidad emocional de cuatro chiflados, podemos pensar en la segunda.

Consideramos que ha de hacerse un especial esfuerzo por crear espacios comunes compartidos por las distintas administraciones públicas (sobre todo ayuntamientos) y  entidades animalistas. Hay quien las denomina 'mesas de trabajo', y la etiqueta parece apropiada. Son dichos escenarios donde mejor se trasladan pareceres, disconformidades y propuestas. Seguro que al principio todo serán discrepancias (¡o no!), pero el manejo de los recursos y de las estrategias de cada cual hará sin duda avanzar el proceso, y se percibirán luces más pronto que tarde, con los beneficios que ello reportará a los animales.

El ejemplo de Vitoria-Gasteiz es paradigmático. Se comenzó con una de esas 'mesas de trabajo', y de ahí salió una Ordenanza Municipal consensuada que, entre otras cosas, prohíbe la presencia de animales silvestres en los circos, así como la amputación estética en los animales. También la exhibición de animales en los escaparates de las tiendas del ramo (por evitar la nefasta compra compulsiva). O mismamente su uso en eventos urbanos. Y, como digno colofón, el Consistorio se comprometió negro sobre blanco a crear un Consejo de Convivencia, Protección y Defensa de los Animales (hoy se llaman Elkargunes: 'espacios de encuentro'), donde ya participan numerosos representantes políticos, técnicos y sociales. Ahí estamos los animalistas, por supuesto, evaluando si conviene ir por aquí o por allá, o si determinadas situaciones merecen dejarse algunos 'pelos en la gatera' para salvar el pellejo completo. Porque nadie dijo que esto fuera sencillo.

Dicho foro de debate (y acuerdos) es la 'tercera fase' del recorrido. Ahí aprendemos todos, y por ello tienen bien merecida mi particular etiqueta: 'encuentros de coaprendizaje'.

Gracias a este contexto se logró recientemente acabar con una carrera de burros con más de medio siglo a sus espaldas (las de los pobres pollinos), o la eliminación definitiva de animales vivos durante el Mercado Medieval. Y las corridas de toros en la ciudad agonizan lenta pero inexorablemente.

Políticos y técnicos saben ahora que 'los animales importan', y que cada vez importan más a un sector mayor de la sociedad. ¡Empieza a resultarles normal oír hablar de derechos animales! Supongo que no es poco…

 

[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.

 

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UNA CRÍTICA RAZONADA A LAS 'CONSULTAS POPULARES'

CRÍTICA CONSULTAS POPULARES

Por KEPA TAMAMES

 

Percibo que vivimos tiempos extraños. Por tal adjetivo ―y desde mi estricto juicio― debe entenderse tanto 'no llegar' como 'pasarse'. Es lo que sucede a menudo con el término 'democracia': que se ha popularizado hasta rozar la banalización más absoluta. Hemos acabado asumiendo que una sociedad es más demócrata y progre cuanto más pregunta. Y no veo yo que tenga que ser necesariamente así.

De forma paralela, aceptamos como 'natural' que no se consulten determinadas cuestiones (de hecho, una abrumadora mayoría de ellas). La presencia de ambas realidades en un mismo escenario debería, cuando menos, hacernos reflexionar.

Recuerdo mis años de 'adolescencia animalista' (mediados los ochenta, siglo XX), cuando en interminables reuniones confesábamos de cuando en cuando nuestro sueño dorado: “¡Que pregunten sobre las corridas de toros, si se atreven!”. Enseguida tomaba la palabra el cuerdo del grupo para recordarnos que perderíamos por goleada una consulta de ese cariz. El silencio de los demás confirmaba de alguna forma la razón del hablante. Pero en la siguiente reunión volvíamos con la matraca del hipotético referendo, y la más que segura y aplastante victoria.

Pasadas tres décadas, las cosas han cambiado de forma muy notable. Casi diríamos que en la actualidad uno confiesa su antitaurinismo por mera 'corrección política'. Tampoco voy a rasgarme las vestiduras por ello, pues creo que ese mero hecho ya supone un pequeño triunfo en el proceso.

Prolifera por la geografía patria la solicitud de 'consultas populares' [sobre tauromaquia], la aceptación administrativa de consultas, y hasta las consultas mismas. Hasta se celebraron varias en ciertos lugares. Unas se ganaron y otras se perdieron. Soy de los que consideran que se perdieron todas. Porque pienso que aceptar una consulta [vinculante o no] sobre algo que implica la tortura y hasta la muerte ajena no es de recibo. Incluso comprendo que lo acepte el poder, sea del color que sea, pues con ello evita una incómoda carga justificativa, pasándole 'el muerto' a esa masa informe que denominamos pueblo (no siempre sabio). ¿No les parece una forma entre burda y deshonesta de eludir responsabilidades morales? A mí sí.

¡Por supuesto que la consulta popular, como concepto, merece un sitio de honor en toda democracia bien entendida! Pero quizá deba reservarse para cuestiones bastante menores que el arte macabro de la tauromaquia. ¿Cuántas personas entre quienes leen este artículo hubieran aceptado llevar a 'consulta popular' la posibilidad del matrimonio gay? ¿Cuántas asumirían que pueda o no contaminarse la naturaleza según el resultado de un referendo? ¿O cuántas  dejarían en manos de una pregunta dominical las normas de circulación? Téngase en cuenta que ninguno de los ejemplos implica la organización de actos públicos, lúdicos y legales que agredan y maten inocentes por protocolo. Insisto: ¿cuántas lo aceparían? ¿Por qué asumimos entonces encantadas dichas consultas?

No me parece ni de lejos apropiado ofrecer nuestro parabién a algo que debería pertenecer al campo de las obligaciones morales inalienables. Y menos aún convertirnos en promotores. Entre otros motivos, porque con ello fomentamos la idea de que la integridad de los animales (¡tan esencial para ellos como para nosotros!) se queda en el ámbito de lo 'meramente discutible'. Entiéndase el entrecomillado. Por descontado que puede 'discutirse' cualquier cosa desde un plano teórico. Pero siempre con los intereses básicos de las posibles víctimas garantizadas.

Aceptar la 'consultabilidad' de la tauromaquia desvaloriza su peso ético, convirtiéndola así en una 'cuestión menor', acaso compartiendo lista con la intensidad del alumbrado público o la cuantía de la tasa de recogida de basuras. Si todo es importante, sin duda hay realidades más importantes que otras. Es de hecho la valoración que hacemos sobre un quinto parque infantil en el barrio respecto de la seguridad física de nuestros hijos, pongo por caso. ¿O no?

Me parece asimismo pertinente recordar que, allí donde se llevaron a cabo dichas consultas, el factor económico tuvo durante todo el proceso un peso primordial. Con lo cual, donde ocurrió, la 'victoria' fue en realidad un provecho pecuniario (egoísta) más que de progreso social. Preguntemos a esas mismas personas en pura clave de derechos animales, y seguro que descubriremos un resultado muy diferente.

Nunca viene mal tener los pies en el suelo, pues solo así se percibe la realidad tal y como es, y no tanto como quisiéramos que fuera.

 

[*] Escribí este artículo para EL CABALLO DE NIETZSCHE, el blog animalista de eldiario.es.

 

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NO HAY `MATADEROS BUENOS´

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Por  KEPA TAMAMES

 

Recientemente, la máxima autoridad civil de Maule (en la provincia de Zuberoa, País Vasco francés) ordenaba el cierre cautelar del matadero local, después de que trascendieran ciertas imágenes que ponían en cuestión el protocolo de bienestar animal del centro. 'Poner en cuestión' significa en el presente contexto que algunos operarios obviaban la más elemental consideración hacia los animales que pasaban por sus manos. Así,  desmembraban corderos aún conscientes, degollaban terneros agonizantes y golpeaban con brutalidad a otros.

Las terribles imágenes fueron recogidas por cámaras colocadas en lugares estratégicos ―de manera clandestina, claro está― por activistas de una entidad proteccionista gala. La clausura tiene mero carácter cautelar: apenas una semana, el tiempo que necesite la policía para recabar los datos necesarios. De hecho, con toda probabilidad esté a pleno rendimiento cuando este artículo vea la luz. Los treinta y pico empleados se quedaron sin trabajo durante dicho tiempo, y hasta hubo un par de despedidos, que además se enfrentan a penas de cárcel y a fuertes multas.

Califico de 'terribles' las imágenes, y he de confesar sin embargo que no las he visto. Hace años que intento evitar que se me cuele por la retina toda esta mierda. Porque ya vi mucho, y porque ya poco me aporta constatar con mis propios ojos que alguien apalea hasta la muerte a un aterrorizado corderito. Supongo que mi cobardía tiene estrecha relación con la supervivencia emocional.

En el citado matadero se sacrifican cada año setenta y cinco mil almas. Esto da una media de más de doscientas cincuenta diarias, descontados festivos, que para eso tienen los operarios derechos sindicales.

Muchas veces he pensado en cómo se mata una vaca. En cómo se la mata de manera 'natural', quiero decir. Yo no sabría qué hacer para quitarle la vida si me dejasen con ella en un prado, por ejemplo. Imagino que a la primera pedrada el animal se alejaría bamboleando su corpachón ladera abajo. O quizá decidiera devolverme mi propia medicina, y poco recorrido tendría un servidor ante una mole de quinientos kilos. Es bastante más probable que saliera peor parado yo que ella. Pero en un matadero local, de pequeñas dimensiones, matan treinta de esos gigantones cada hora: uno cada dos minutos. Y no solo lo matan, sino que además lo despedazan hasta donde sea preciso: cabeza por aquí, pellejo por allá, vísceras por acullá… En apenas unas horas, cientos de individuos más o menos sanos entran por su propia pata en el recinto, y salen de él descuartizados y mezclados en cajas apilables: ojos con ojos, hígados con hígados, tráqueas con tráqueas.

Al hilo del caso referido, los veterinarios explicaron que, en líneas generales, “los trabajadores de los mataderos son reclutados a menudo por sus condiciones físicas, y no por su sensibilidad hacia los derechos de los animales”. Me parece una afirmación bien contundente. Por ser cierta, y además porque exhibe una mentalidad entre extraña y macabra. Desde luego que no les concedo a sus autores ni rastro de mala fe. Pero al tiempo me resulta imposible no hacer la subsiguiente reflexión sobre qué entenderá esta gente por “derechos de los animales”. Violar estos debe de significar en su cabeza apalear corderos, degollar vacas conscientes, y poco más. Por consiguiente, no supondría ir contra esos derechos separar madres de hijos a muy temprana edad, ni trasladarlos compartimentados al infausto centro de exterminio, o mismamente soltarles un disparo en el entrecejo. Uno cada dos minutos. El ministro de Trabajo habló en similares términos, reconociendo una “crueldad innecesaria” en la actitud de los trabajadores. En fin…

Seamos claros. Con independencia de que se sea militante animalista acérrimo, de que se crea en una mejora de las condiciones de vida (y de muerte) de los 'animales de renta' o de que sencillamente se tenga un atisbo de humanidad, hemos de concluir que aun el más 'pulcro' matadero ―¡el number one de los mataderos del mundo mundial!― genera inmensas dosis de sufrimiento en su doble vertiente: física y psicológica. ¡No puede ser de otra forma! Pues no cabe imaginar a operario alguno que albergue un poquito de compasión en su pecho. De ser así, quiero pensar que enloquecería a las primeras de cambio. O quizá es que han aprendido a correr un tupido velo sobre sus conciencias nada más fichar a la entrada del recinto.

Las autoridades pretenden convencernos de que, caso de no haber acontecido dichos 'excesos', el matadero de Maule sería un 'buen matadero'. Creo que los 'mataderos buenos' no existen, y que por tanto la expresión se nos presenta en sí misma como un puro y demoledor oxímoron.

Recuerdo haber leído hace muchos años un reportaje sobre mataderos en cierta publicación animalista. Entrevistaban a un operario, precisamente, solicitándole su parecer sobre la opinión generalizada de que los matarifes han de ser por fuerza gente ruda. Él, lejos de desmentirlo, lo aceptaba resignado: “¿Y cómo quieren que seamos, si pasamos buena parte del día con sangre hasta los tobillos?”.

 

[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.

 

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¡QUE VENGA EL LOBO!

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Por  KEPA TAMAMES

  

Confirmado: el lobo feroz no se comió a la abuelita. ¡Es todo un cuento! Como lo es que los lobos, en general, se caractericen por una especial 'ferocidad', o incluso cierta 'mala fe'. Son simplemente lobos, y como tales se comportan, tratando de conseguir su condumio diario y sacar a sus familias adelante, como hace aquí todo bicho que se precie, con nosotros los humanos en la lista.

Lo que sí parece claro es que el lobo no lo tiene fácil en ninguna parte, y menos en Euskadi. Por estos lares se le persigue con saña, en una guerra unilateral liderada por las administraciones públicas, lo que sirve de escudo protector a los ganaderos, quienes exigen a pleno pulmón su 'derecho' a explotar a ovejas y cabras, negando al tiempo a los lobos su derecho a la vida y a la integridad física.

Hace apenas unos días la Diputación Foral de Bizkaia autorizó una batida en Karrantza (zona oeste de la provincia), con el desolador resultado oficial de cuatro ejemplares muertos. Esto bien puede significar en la práctica que las autoridades competentes hayan exterminado al lobo en esta tierra. Por dos razones. La primera es que, si acaso hubiera algún superviviente de la razzia, quedaría dispersado sin posibilidad reproductiva alguna. La segunda apunta al inequívoco deseo institucional de borrar del mapa vasco la especie, pues el permiso no establecía cupo alguno de cadáveres.

El debate sobre el lobo puede abordarse desde muchos prismas, y yo quiero hacerlo aquí desde el puramente ético (¿animalista?). Porque no me acaba de convencer la fórmula bipolar de abordar el tema: de un lado, los ganaderos; de otro, los ecologistas. ¿Qué pasa con los 'derechos individuales', que siempre quedan relegados a un plano menor ―cuando no inexistente―? Aproximarse al escenario desde esta perspectiva conlleva tener en cuenta no solo a los lobos, sino a otros animales, como mismamente los explotados por el sector humano (ovinos, vacunos, équidos). Huelga decir que hoy, en pleno siglo XXI y en el llamado Primer Mundo, la praxis ganadera queda muy cuestionada desde el punto de vista de la supervivencia. Y también los perros pastores, usados como simple herramienta de trabajo por sus dueños, y a los que se escatima por decreto la experiencia de una vida plena como miembro de un clan humano (una verdadera familia, en definitiva).

Convendría establecer de principio determinados hechos ciertos, como son las [distintas] sensibilidades que guían y sustentan el ecologismo y el animalismo clásicos. Y no me parece  pertinente tratar de maquillar ni uno ni otro para poder presentarlos en sociedad como idénticos, o siquiera como similares. Mejor dejar que cada realidad ocupe su puesto y que cada cual elija (ambos, por ejemplo). Porque son en sí mismas deseables por separado, e incluso no debieran tener especial problema para abrazos mutuos, y quién sabe si fundirse en un momento dado.

Hecho el inciso, y centrado el tema en el lobo, quizá el primer aspecto que merezca ser tenido en cuenta sea la propia naturaleza del manejo del ganado en la actualidad. Al menos en el País Vasco, el tradicional pastoreo dejó de serlo hace ya mucho, dado que hoy la mayoría de los `pastores' echan sus ocho horas en la fábrica, y suben al monte los fines de semana, en una especie de “comunión mística con el medio”. De serlo, sería este una suerte de 'pastoreo lúdico'. Así las cosas, es normal que en ocasiones sean los depredadores de toda la vida ―quienes además se han quedado sin su despensa natural, diezmada por los humanos hasta en algunos casos la práctica desaparición― los que procedan a servirse su ración cotidiana. En tales circunstancias, cabe considerar la 'licitud moral' de los lobos para atacar a las ovejas como bastante superior a la de los ganaderos para similar propósito. Porque deberíamos dejar claro de una vez que la práctica de la ganadería (incluida la extensiva) supone un 'ataque frontal' a los derechos más elementales de los animales implicados. ¡Ya me dirán si no qué es de facto tratar a seres sensibles ―las ovejas lo son, sin duda― como simples mercancías, sin dedicar un mínimo esfuerzo a procurar entenderlas, a ponernos en su lugar! A ellas les apetece y les desagrada a grandes rasgos lo mismo que a usted o a mí. ¿Por qué habría de ser distinto?

Manifiestan los ganaderos que el lobo afecta de manera grave a sus intereses. Y no les falta razón. Pero obvian con indisimulado descaro que también los lobos los tienen. ¿O acaso alguien piensa que un disparo en el costado o la pérdida de la compañera sentimental son hechos inocuos para ellos?Sin ningún género de dudas, tales cosas suponen dolor físico y tormento emocional, y los lobos están tan interesados como podamos estarlo nosotros mismos en eludirlos.¿Resulta proporcionada la reacción de los ganaderos al matar y destruir familias ante una pérdida que no supone para ellos sino una parte ínfima de lo que poseen? Salvo que nos abonemos a la discusión reduccionista entre ecologistas y ganaderos ―con la administración como 'árbitro casero' en este caso―, otras muchas reflexiones deben salir a la palestra en este debate, y la ética global ocupa aquí un lugar preferente.

Precisamente su carácter global nos obliga a considerar a otros grandes olvidados: los perros. Se trata de animales usados ―en su acepción más mecanicista― hasta su extenuación. ¿Alguien se ha parado a pensar qué sucede con estos 'braceros' cuando cumplen cierta edad y ya no responden con la eficacia inicial a su triste papel de matones? ¿Cumplen las instituciones públicas la normativa proteccionista en tales casos?Los mastines destinados a disuadir a los lobos con su imponente presencia apenas pasan de ser burdas herramientas de las que el dueño del rebaño se deshará en cuanto no satisfaga sus expectativas. Un torpe disparo, una cuerda al cuello, o lanzarlo vivo a una sima son demasiadas veces los expeditivos métodos empleados por los ganaderos para eliminar el 'material viejo'.

Los compañeros de Grupo Lobo Euskadi están llevando a cabo una [muy seria] campaña para que el Gobierno Vasco incluya la especie en su Catálogo de Especies Amenazadas. Al parecer, no existe una sola razón objetiva para que el Canis lupus no comparta lista con arrendajos, musarañas y sapos parteros. Se puede firmar todavía la correspondiente petición, apoyada por 26 organizaciones de todo pelaje y condición. Dicha solicitud establece un hito doble. Por un lado, es la primera vez que entidades 'civiles' dan el paso para la inclusión de una especie en dicho catálogo (pues hasta ahora siempre habían sido las distintas administraciones competentes). La otra es el alto número de apoyos recibidos, lo que obliga al Ejecutivo a ofrecer una respuesta argumentada (con su correspondiente informe que la avale), y no limitarse a una anodina contestación monosilábica.

Varias veces se interpeló al Gobierno sobre las razones para la ausencia en dicha lista de una especie tan emblemática como el lobo (en calidad de gran predador, ocupa él solito la cúspide de la famosa pirámide trófica). Primero argumentaron para su negativa que “El lobo no cría en Euskadi”. Se demostró que sí lo hacía. Volatilizada la primera excusa,  dijeron luego que la especie “Goza de buena salud en el resto del Estado”. Este era el caso, en efecto, de un buen puñado de otras especies. Pero todas comparten lista. Ahora ya no saben que responder, y prefieren dejar pasar el tiempo, por ver si tanto ecologistas como animalistas se olvidan del tema. Pero va a ser que no.

Las razones para la petición se muestran contundentes, y pasan por que la especie cumple todos y cada uno de los requisitos exigidos para su incorporación inmediata al listado; o que, de seguir esta dinámica, la situación será por completo irreversible. Y por 'dinámica' hemos de entender aquí la persecución sin tregua a todo lobo que ose pisar Euskadi. Tenga o no pareja; tenga o no cachorros; tenga o no culpa. Añadamos que la 'culpa' del lobo es la necesidad de alimentarse, como todo hijo de vecino. Solo que a ellos se les pone a pedir de boca una estantería repleta a la que ninguno renunciaríamos llegado el caso. Mencionaba antes un pastoreo en muchos casos 'de fin de semana', por cuanto se dejan los animales a su suerte hasta que el sábado al dueño se le ocurre hacer una escapadita al monte a comprobar si su prole continúa intacta.Mejor si lo decimos clarito: ¡esto ni es pastoreo ni es nada! [Conste que, en calidad de animalista, no lloraré el día que desaparezca el último pastor]. Creo que ha de establecerse cuanto antes otra forma de relación entre humanos y animales, muy distinta a la explotación y al sacrificio sistemático en plena juventud. Pero desciendo por un momento al suelo para el caso que nos ocupa, y manifiesto mi coraje ante la afectada indignación de según qué urbanitas snobs cuando les tocan su hacienda, mientras ellos se ponen hasta las trancas de chuletones en la sidrería más cercana.

Insisto: si de intereses se trata, los lobos también los tienen. ¡Y de bastante mayor calado que otros actores del escenario! Porque digo yo que mayor será el interés en sobrevivir que en el de sacarse unas perrillas extras.

Tengo entendido que en Alemania, por ejemplo, la administración correspondiente 'induce' a los ganaderos damnificados por la entrada de lobos desde Polonia a 'reconvertir' en cierto grado su actividad: dedicación exclusiva, protocolo de avistamiento y comunicación de ejemplares… Si al año se comprueba que no ha cumplido su parte del pacto, se les retiran de inmediato las posibles compensaciones económicas.

En el apartado de las paradojas, baste recordar que algunas especies 'problemáticas' ―e incluso ocasionalmente homicidas, como el Tigre de Bengala en la India― gozan de una estricta protección legal, mientras que los lobos vascos ('solo' ganadocidas, y además en grado mínimo) siguen desamparados y en un permanente punto de mira. 

¡Que venga el lobo! No pasa nada. Porque estaba aquí antes que nosotros. Porque tiene pleno derecho a su parcela en el mundo. Porque no sabe comer otra cosa que animales (a diferencia de lo que sí sabemos comer nosotros).

El lobo forma parte de nuestra cultura, de nuestra iconografía y de nuestros cuentos. El 'lobo malo' no existe. No al menos en mayor grado que el 'humano malo'. Hagamos que comience a formar parte también de nuestra ética colectiva.

 

[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.

 

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CACAHUETE

 CACAHUETE ahora

Por  KEPA TAMAMES

 

Sus cuidadores no se devanaron los sesos a la hora de elegirle un nombre: Cacahuete, pues es la forma que recuerda su caparazón. En inglés, por supuesto, por cuanto la tortuga es de Misuri (USA) de toda la vida. Hoy su mayor ocupación le viene dada como “voluntaria” ecologista. Y lo del entrecomillado tiene razón de ser, dado que, desde su calidad de Tortuguita de Florida, no se entera de tan particular detalle. Por contra, sí se enteró cuando por maldito azar introdujo su cuerpo en una de esas mallas que tan familiares nos resultan a los consumidores, de esas que mantienen juntas varias latas de bebida para mayor comodidad del cliente. Y no puede negarse que el invento cómodo es. Pero también tiene su lado criminal. Lo escribo con contundencia porque el consumo desaforado al que parecemos abonados deja rastros de sangre y muerte. Cacahuetese salvó por los pelos (¡y eso que los quelonios son lampiños como un huevo!), a diferencia de un sinfín de compañeros de toda especie y condición que se enredan las patas en hilos de coser hasta morir de gangrena, o que se tragan preservativos usados confundiéndolos con apetitosos gusanos, o que se atiborran a plásticos de todas formas y colores –auténticas chuches para ellos, imagino–, hasta que la bola obstruye sus sistemas digestivos y una mañana aparecen como cadáveres varados en la playa.

No somos inocentes. Tendemos a pensar que solo contamina quien con deliberación y alevosía arroja basura en un bello paraje; y que solo merece reproche el maleducado que no recicla, el que escupe en la calle o el que deja caer por su propio peso el envoltorio del caramelo. También esos contaminan, claro está, y acaso con el agravante de jeta grosera. Pero aquí quien más quien menos hacemos de las nuestras. Las en apariencia cándidas mallas, o en general cualquier tipo de recipiente abierto, se convierten en trampas mortales para los animales que viven ahí, más allá de nuestras inmediatas paredes. Cualquiera que conviva con gatos sabe bien lo fácil que les resulta meterse en líos monumentales: con las bolsas de plástico, con las cuerdas, con la caja de somníferos que olvidamos quitar de la mesilla… Recuerdo haber visto multitud de fotografías protagonizadas por animales enredados en los más variopintos objetos, y hasta haber liberado palomas, peces y anfibios de su martirio particular. Y tuvieron cierta suerte, pues tropezaron con alguien que se vio en ellos y ellas, e hizo sencillamente lo que a él le hubiera gustado que le hicieran otros ante similar encerrona. Sin embargo, son inmensa mayoría los animales que, sea por mera curiosidad o por desliz alimentario, acaban sus días agonizando en un ribazo, en un lago o en el patio interior de edificaciones urbanas abandonadas.

Cacahuete refleja con dramatismo lo que la basura causa no ya a la Naturaleza –entendida esta como una entelequia emocional–, sino a individuos concretos que ni saben en qué especie quedaron inscritos ni carajo que les importa. ¿Para qué, si el corte de la lata vacía duele por igual a la cigüeña que al camaleón?

Cacahuete es hoy un icono medioambientalista que cumplió de largo la veintena y vive razonablemente feliz en su espacioso acuario, pero que no salió indemne de su historia, claro está, porque tiene afectados de por vida órganos vitales, al ver comprimido en su momento, de tan horrorosa forma, su caparazón.

El avezado lector se habrá percatado de que, en efecto, la Tortuguita de Florida es esa que casi todos tuvimos en alguna ocasión cautiva en un cutrísimo terrario-isla, con su correspondiente palmera igual de cutre y una rampa cutre también. La misma cuya existencia en lo alto del frigorífico olvidábamos durante días, hasta apreciar que apenas conseguía abrir sus ojillos, afectados como estaban por las más variadas infecciones. Aquellas que siempre creímos que no crecían más que la palma de la mano, y que cuando lo hacían acababan en un balde jubilado en la oscuridad del cuarto de baño, hasta que la simple lástima conseguía que la liberáramos en la charca más cercana. Sí: las mismas que ahora son consideradas "especies invasoras" por la Administración, etiqueta que le da carta blanca para capturarlas y eliminarlas en masa con la ley en la mano. ¡Como si las pobres nos hubieran invadido de verdad lanzándose en paracaídas al amanecer para hacernos la puñeta, y esto no fuera sino el justo castigo a su osadía y maldad!

Recuerdo la imagen de Cacahuete en los noventa; una de tantas en aquella época de concienciación medioambiental. Pero desconocía por completo que aún viviera (y lo que le queda), ni que se hubiera convertido en militante verde sin siquiera saberlo. Imagino que tampoco tendrá repajolera idea de que ella fue quien me obligó desde entonces a dedicar el preceptivo tiempo tras cada compra para cortar todos y cada uno de los orificios de las mallas de refrescos.

[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el flamante blog animalista de eldiario.es.

 

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